viernes, 16 de junio de 2017

Desde los archivos: La reseña original de ‘Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band’.

Richard Goldstein. The New York Times. 01-06-2017. Esta reseña del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles fue publicada el 18 de junio de 1967, con el encabezado “Todavía necesitamos a los Beatles, pero…” El crítico principal pop del Times, Jon Pareles, revisitó el álbum esta semana en su aniversario 50. Los Beatles invirtieron cuatro meses y 100.000$ en su nuevo álbum, “Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band” (Capitol SMAS 2653, mono and stereo). Como padres en espera, siguieron muy de cerca cada etapa de su gestación. No son simples superestrellas. Reconocidos como progenitores de la vanguardia pop, han sido idolatrados como los miembros más creativos de su generación. La presión de crear un álbum que es complejo, profundo e innovador debe haber sido abrumadora. Así que se retiraron a la santidad eléctrica de su estudio de grabación, dispensándose con su adorada audiencia, y la inspiración que les puede proveer. El producto acabado llegó a los estantes de los discos la semana pasada; los Beatles habían supervisado hasta la portada del álbum, una mezcla impresionante de personas famosas y oscuras, plantas y artefactos. Las 12 composiciones nuevas del álbum son tan elaboradas como la portada. El sonido es un pastiche de disonancia y delicia. El ánimo es agradable, hasta nostálgico. Pero como la portada, el efecto general es recargado, festivo y desordenado. Como un niño sobre atendido “Sergeant Pepper” es malcriado. Está lleno de cornetas y arpas, cuartetos de armónica, ruidos de animales y una orquesta de 91 piezas. Al menos en una ocasión los Beatles no se oyen instrumentalmente. A veces este elaborado trabajo musical es exitoso al proyectar el estado de ánimo. El tema “Sergeant Pepper” está lleno de metales y vaudeville. “She’s Leaving Home”, es una saga doméstica melodramática, fluye en una nube de cuerdas celestiales. Y lo que se está convirtiendo en una tradición Beatle, George Harrison devela su excursión más reciente al curry y el karma, el exótico acompañamiento de tres tamboras, una dilruba, una tabla, una sítara, un arpa de mesa, tres violoncellos y ocho violines. La canción de Harrison “Within You and Without You”, es un buen lugar para empezar a disecar “Sergeant Pepper”. Aunque está entre los puntos más fuertes, sus debilidades son típicas del álbum como un todo. Comparada con “Love You To” (La contribución de Harrison en “Revolver”), esta melodía muestra una conciencia expandida de los ragas indios. La voz de Harrison, oscila entre la canción y un canto religioso, flota sobre la melodía como queso fundido. Con la sítara y las tamboras, él logra una destacada síntesis pop. Debido a que sus motivos raga no son simples florituras sino que forman parte integral de la estructura de la canción, a “Within You and Without You” no se le ven las costuras. Se estira, pero se ajusta. Qué pena que las letras de Harrison sean depresivas y lentas. “Love You To” explotó con una apasionada calidad sutra, pero “Within You and Without You” revive los clichés que los Beatles ayudaron a enterrar: “With our love/We could save the world/If they only knew.” Todas las escalas menores del oriente no harían profunda a “Within You and Without You”. La obsesión con la producción, acoplada con una sorprendente rudeza para la composición permea hacia todo el álbum. No hay nada bonito en “Sergeant Pepper”. No hay nada real y no hay nada de donde agarrarse. La obscenidad de Lennon se ha convertido en simple capricho en “Being for the Benefit of Mr. Kite”. El pop sufrido de Paul McCartney magnifica que se ha convertido en algo suavemente profundo. “She’s Leaving Home” preserva toda la grandeza orquestal de “Eleanor Rigby”, pero la estructura está desgastada. El cuento de la muchacha provinciana que abandona una vida hogareña reprimida, dejando a los padres llorando su partida, no calza los puntos de aquellos instrumentos de cuerda oscilantes. Donde “Eleanor Rigby” comprimía la tragedia en un detalle impactante, “She’s Leaving Home” es narrativa sin inspiración, y nada más. Para la tercera deprimente audición, empieza a sonar como una parodia inmensa. Ciertamente hay elementos de burla en una composición como “When I’m 64”, lo cual lleva a la pregunta crucial: “Will you still need me/Will you still feed me/when I’m 64?” Pero el tono dominante no es lo burlesco; este es un retiro de fantasía, sobrevivir con nietos, dedicarse a la jardinería y una modesta cabaña en la Isla de Wight. Los Beatles cantan, “We shall scrimp and save” con reverencia estridente. Es un extraño cuento de hadas, raramente triste debido a que está muy distante de la realidad de los compositores. Pero aún aquí, la visión honesta es arruinada por el entorno que busca mejorarla. “Lucy in the Sky With Diamonds” es una curiosidad comprometedora, pero nada más. Está encajonada en el refraseo, el eco y otras distorsiones de estudio. El tono se superpone al significado y nos perdemos en los meandros electrónicos. Las mejores melodías Beatles son simples, de progresiones originales, apoyadas con letras punzantes. Hasta sus composiciones más radicales retienen un sentido de unidad. Pero por primera vez, los Beatles nos han dado un álbum de efectos especiales, incandescente pero ultimadamente fraudulento. Y por primera vez, no es exploración lo que sentimos, sino consolidación. Hay un toque del Jefferson Airplane, un asomo de las vibraciones de los Beach Boys, y una generosa palmada de la gimnasia de The Who. El único toque evidente de originalidad aparece en la estructura del álbum en sí. Los Beatles han recortado el espacio entre surcos de manera que cada canción parece solaparse con la siguiente. Esto produce la posibilidad de una sinfonía pop u oratoria, con movimientos distintos pero relacionados. Desafortunadamente no hay un aparente desarrollo temático en la ubicación de los cortes, excepto por las efectivas yuxtaposiciones de estilos musicales opuestos. Cuando mucho, las canciones están relacionadas solo vagamente. Con una excepción importante, “Sergeant Pepper” es maravilloso pero carente de joyas. “A Day in the Life” es una presencia tan radical en el espíritu del álbum que casi merece su posición peninsular (al seguir la repetición de los temas de “Seargeant Pepper”, este llega casi como una idea posterior). No tiene nada que ver con una postura o pretensión. Es una excursión seria, de música emotiva, con letra escalofriante. Su orquestación es disonante pero dispersa, y su ánimo no es nostálgico sino irónico. Con ello, los Beatles han producido una mirada de la vida en la ciudad moderna, que es terrorífica. Es una de las composiciones más importantes de Lennon y McCartney, y es un evento pop histórico. “A Day in the Life” empieza con la descripción de un suicidio. Con la misma precisión desplegada en “Eleanor Rigby”, el protagonista dice: “I read the news today, oh boy.” Esta suave expresión es la primera pista de su desilusión; comparada con lo que sigue, eso es muy irónico. “I saw the photograph,” continúa él, con voz de corista melancólico: He blew his mind out in a car He didn’t notice that the lights had changed A crowd of people stood and stared They’d seen his face before Nobody was really sure if he was from the House of Lords. “A Day in the Life” nunca pudo llegar a las Top 40, aunque pudo influenciar muchas grandes canciones que si llegaron. Su letra contiene un surgimiento repentino de tragedia pop. La desenfocada multitud al estilo de T.S. Elliot, siempre enfrentando el dolor y volteando hacia otro lado, puede convertirse en un símbolo común. Y su narrador, marcado por la totalidad de su desespero, puede reaparecer en incontables composiciones, como el héroe anónimo y silencioso. Musicalmente, ya hay indicaciones de que la intensa atonalidad de “A Day in the Life” es una clave del sonido de 1967. El rock electrónico, con su enfoque de anonadar a la audiencia ha llegado en media docena de estrenos. Ninguna de estas canciones tiene la intensidad controlada de “A Day in the Life”, pero la voluntad de muchos músicos reprimidos a “soltarse” significa que el pop aleatorio serio puede estar en camino. Sin embargo, es el tumulto de la influencia de las drogas en los Beatles lo que puede evitar que “A Day in the Life” llegue a una audiencia masiva. El refrán de la canción: “I’d like to turn you on,” ha hecho resentirse a disck jockeys supersensitivos a la “subversión oculta” en el rock ‘n’ roll. De hecho, puede haber un caso en la estructura de “A Day in the Life”, por la creencia de que los Beatles, como muchos compositores pop, saben de los altibajos de estar conscientes. La canción esta construída sobre una serie de pasajes tensos, melancólicos, seguidos de escapes a las alturas. En la primera estrofa, de hecho, la voz de John casi se quiebra en desespero. Pero luego de la invitación, “I’d like to turn you on,” los Beatles insertan un extraordinario ataque átono que es impactante, hasta doloroso, a los oídos. Pero eso encajona brillantemente la canción, y si el refrán precedente sugiere la motivación, los paralelos in crescendo llevan a una “velocidad” inducida por las drogas. El puente empieza en un intercambio de discontinuidad. Sentimos al narrador, subiendo, ajustando y apurando de memoria. La música es nerviosa con la disonancia de un jazz de club nocturno. Un tambor percusivo se funde en un sonido de vías férreas. Entonces Found my way upstairs and had a smoke Somebody spoke and I went into a dream. Las palabras se destiñen en un canto de libertad, cuerdas espaciosas, como el “zumbido” inicial de la marihuana. Pero el tono se hace misterioso y luego ominoso. Cuerdas profundas nos llevan a un descenso wagneriano y regresamos al blues del tema original, y la declaración original, “I read the news today, oh boy.” En realidad, es difícil ver por qué la BBC vetó a “A Day in the Life”, porque su mensaje es, claramente, un vuelo desde la banalidad. Describe una realidad profunda, pero no la glorifica. Y su conclusión, aunque magnífica, parece representar una negación del ego. La canción termina en una nota baja, resonante, sostenida por 40 segundos. Al haber logrado la paz absoluta de la nulificación, el narrador está más allá de la melancolía. Pero hay algo ponderado e irrevocable acerca de su calma. Suena como a destrucción. Que pena que “A Day in the Life” sea solo un coda en un trabajo poco distinguido. Necesitamos a los Beatles, no como compositores enclaustrados, sino como compañía. Y ellos nos necesitan. Al substituir a la audiencia por el conservatorio del estudio, han dejado de ser artistas populares, y el cambio es lo que hace del álbum nuevo un monólogo. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 13 de junio de 2017

Día triste para Ciudad Gótica: Adam West, quién interpretara a Batman, fallece a los 88 años de edad.

Anita Gates. The New York Times. 10-06-2017. Adam West, el clásico actor barítono quien convirtiera a un superhéroe de las tiras cómicas en arte pop en acción con la serie televisiva “Batman” de la década de 1960, falleció este viernes 9 de junio en Los Ángeles. La causa fue leucemia, según Molly Schoneveld, una vocera de la familia. “Batman” solo duró dos temporadas y media, desde enero de 1966 hasta marzo de 1968. Pero la serie fue tan fenomenal que Mr. West apareció con el disfraz de Batman en la portada de la revista Life, el tributo más alto a la popularidad nacional para ese momento. La cámara desenfocada y los globos superpuestos como efectos en las escenas de peleas como “pow!” y “splat!” estaban entre los elementos que llevaron a la serie a ser vista como una gran exageración. Mr. West desestimó esa etiqueta pero describió la serie orgullosamente como una parodia. Batman, el nombre de hacer frente al crimen de Bruno Díaz, un soltero millonario de Ciudad Gótica, fue creado como personaje de tiras cómicas en 1939 por Bob Kane y Bill Finger. (Pronto se le unió un joven escudero, Robin el Joven Maravilla). La versión televisiva de Mr. West fue dolorosamente recortada, hacia un ciudadano modelo cuya reacción a la frustración extrema podría ser, “Él tiene razón, ¡condenado!” Durante la mayor parte de la serie se transmitieron dos episodios cada semana y había muchas celebridades como estrellas invitadas. Además de los bien conocidos villanos como el pingüino, interpretado por Burgess Meredith, y el guasón, interpretado por Cesar Romero, las estrellas invitadas incluyeron a Zsa Zsa Gabor, Milton Berle y Liberace. La reseña del primer episodio en The New York Times fue calificada, al declarar que el programa era “de carácter divertido”. Mr. West, decía, tenía “la quijada, la altura y la rudeza del personaje”. William West Anderson nació el 19 de septiembre de 1928, en Walla Walla, Wash., hijo de Otto West Anderson, granjero, y Audrey Speer. Se mudó a Seattle luego que sus padres se divorciaran y su madre se volviera a casar. Se graduó en Whitman College en Walla Walla y trabajó brevemente luego de graduarse en Stanford University. Durante sus dos años en la armada, trabajó en la radio y ayudó a crear estaciones televisivas militares. Su carrera televisiva empezó cuando un amigo le sugirió que se mudara a Hawaii para que trabajara con él en “The Kini Popo Show”, un programa de variedades en vivo. La co-estrella era un chimpancé. En Hawaii, participó en su primera película, “Voodoo Island” (1957) una película de terror de zombies, protagonizada por Boris Karloff. En 1959 fue llamado a Hollywood para hacer una prueba de pantalla. Antes que llegara “Batman”, Mr. West se mantuvo ocupado con papeles de actor invitado en series de televisión, incluyendo “Perry Mason”, “77 Sun Strip”, y casi en todas las series televisivas del oeste, incluyendo “Maverick”, “Bonanza” y “Gunsmoke”. También apareció en un docena de películas, entre ellas “The Young Philadelphians” (1959), “Tammy and the Doctor” (1963) y “Robinson Crusoe on Mars” (1964). Después que terminó “Batman”, Mr West tuvo dificultades para conseguir trabajos actorales significativos debido a que estaba muy identificado con su papel de superhéroe, pero continuó trabajando en películas y la televisión, a menudo interpretando papeles que parodiaban su personaje de Batman. En décadas posteriores, hizo un gran negocio con su trabajo de voz, incluyendo una larga carrera (2000-17) en la serie animada “Family Guy” como Mayor Adam West, un político quien podría ser bien decsrito como sádico, corrupto, vago, despistado y encantador. Apareció en un segmento de 2011 de la página web Funny or Die llamado “Adam West Hits on You…Hard”. Y el año pasado fue estrella invitada en la comedia televisiva “The Big Bang Theory” interpretándose, fue contratado para aparecer en una fiesta privada donde las cosas salen mal. (“Aún así me pagan ¿no?”) Mr. West se casó tres veces y se divorció dos. En 1950, en su último año en la universidad, se casó con Billie Lou Yeager. Se divorciaron seis años después. Se casó con Ngahra Frisbie a mediados de los ’50, y su matrimonio duró casi una década. En 1971, se casó con Marcelle Tagand Lear, quien le sobrevive, junto a sus dos hijos, Nina y Perrin West. También le sobreviven dos hijos de su segundo matrimonio, Jonelle y Hunter Anderson; dos hijastros; cinco nietos; y dos bisnietos. La popularidad de la serie de “Batman” fue internacional, y los seguidores tenían muchas memorias. En 2005, Mr. West fue entrevistado para un artículo en The Independent de Londres. A los 76 años, casi 40 años después del final de la serie televisiva, Mr. West dijo: “Lo que me gustaba de Batman era su total falta de cuidado cuando interactuaba con el mundo exterior”. “Él de verdad creía que nadie lo reconocería al hablar por teléfono cuando era Bruno Díaz, aunque no intentara cambiar la voz”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

sábado, 10 de junio de 2017

E.R. Braithwaite: ‘To Sir, with Love’ (‘Al Maestro con Cariño’)-1959.

Susie Thomas. London Fictions. La novela autobiográfica To Sir, with Love, de Edward Ricardo Braithwaite, la cual está basada en su experiencia como profesor negro de una difícil escuela secundaria moderna del East End, ofrece una destacada visión de la política de clases y razas en el Londres de posguerra. Sidney Poitier fue a Londres en 1967 para protagonizar la versión cinematográfica de la novela, y después apareció en una secuela, ambientada en Chicago, la cual fue hecha para televisión en 1996 (‘To Sir With Love II’ dirigida por Bogdanovich). Aún así, la novela ha permanecido subestimada por mucho tiempo. Cuando el narrador de To Sir, With Love llega a Londres en 1948 se encuentra impresionado por la disparidad entre sus expectativas y la realidad: Yo tenía referencias de la ciudad por los textos clásicos y contemporáneos y estaba ansioso por conocer el Londres de Chaucer y Erasmus y de las Sorores Minories. Había soñado con caminar a lo largo de la adoquinada Street of Cable Makers hasta los ecos de Chancellor y los hermanos Willoughby. Quería mirar el Támesis a la altura de Blackwall, desde donde el capitán John Smith había zarpado en el barco Susan Lawrence para descubrir una colonia inglesa en Virginia. El narrador claramente había leído Heart of Darkness (El Corazón de las Tinieblas) de Conrad (1902) y Londres de hecho se convirtió en una ciudad de ‘brillo sombrío’. Aquellos quienes no han tenido la elitesca educación que recibió Braithwaite, primero en Queen’s College, Guyana Británica (ahora Guyana), luego en City University en Nueva York y después que esta fue disuelta, en Cambridge, pueden estar agradecidos de poder ir a Wikipedia para obtener explicaciones de las referencias más oscuras de este pasaje. Más aún, es quizás irónico que Braithwaite evoque Cable Street mediante una alusión a un explorador inglés del siglo 16 en vez de referirse a Oswald Mosley y sus camisas negras, derrotados en Cable Street en 1936, y aun intentando regresar a la escena en Ridley Road en la década de 1950. ________________________________________ . Queen's College, Georgetown Londres como la ‘ciudad surreal’ de la imaginación colonial permea la ficción de la posguerra inglesa. Si la de Braithwaite es la versión más erudita de esta tropa, la literatura más extasiante se encuentra en Beer in the Snooker Club (1964) del novelista egipcio Waguih Ghali: Yo quería vivir, y leer y leer… y quería vivir. Quería tener amoríos con condesas y enamorarme de una mesera y ser mujeriego y ser líder político y ganar en Montecarlo y salir en Londres y ser un artista y ser elegante y también estar harapiento. Quizás el exponente más lírico del sueño de la ciudad y el devastador encuentro con sus ‘realidades’ sea Sam Selvon con The Lonely Londoners (1956), donde los muchachos de las indias occidentales están primero emocionados por frecuentar la serpentina debajo del reloj de Charing Cross pero tarde o temprano se encuentran deprimidos por la rutina de comer, dormir, trabajar, intentar; y ser rechazados reiteradamente en las oportunidades de trabajo y alojamiento además de ser señalados en la calle. Mientras Galahad yace en su habitación sotanera, calmando sus heridas luego de un encuentro humillante, se pregunta: “Señor, ¿qué hemos hecho en este mundo para que tengamos que sufrir tanto?” ________________________________________ Para el momento cuando Hanif Kureishi miraba en retrospectiva la experiencia de migración de posguerra en el capítulo acerca del viaje del padre de Karim desde la India británica hacia Inglaterra en The Buddha of Suburbia (1990), el desencanto estaba lo suficientemente distante para ser tratado con ironía: Londres, la Old Kent Road, era un choque congelante…Papá nunca había visto ingleses pobres, como barrenderos, dependientes de tiendas, mesoneros. Nunca había visto a un inglés llevarse el pan a la boca con los dedos, y nadie le había dicho que los ingleses no se bañaban regularmente porque el agua era muy fría… Y cuando papá trató de hablar de Byron en las tabernas locales nadie le advirtió que no todos los ingleses sabían leer o que no necesariamente querían ser tutoreados por un indio acerca de la poesía de un loco y pervertido. Mientras invierte la mirada colonial, Haroon se siente “sorprendido “ por lo poco impresionante que resulta ser el centro metropolitano. Interesantemente, la novela de Braithwaite habla de manera directa al joven Hanif Kureishi. En The Word and the Bomb, Kureishi describe su búsqueda de los equivalentes británicos de los grandes escritores afroamericanos, James Baldwin, Richard Wright y Ralph Ellison. Aunque el disfrutaba a Forster, Greene y Waugh, ellos no exploraban las ‘profundas y permanentes alteraciones de la vida británica que habían empezado con el imperio y que ahora habían llegado a casa’: Al vivir en los suburbios de Londres con un padre indio y una madre inglesa, yo quería leer trabajos ambientados en Inglaterra, trabajos que pudieran ayudarme a encontrarle sentido a mi situación. El racismo era real para mí; el imperio no. Me gustaba Colin MacInnes y E.R. Braithwaite, cuya To Sir with Love me impactó cuando la leí bajo un pupitre en la escuela. Ningún escritor de las décadas de 1950 y 1960, ni siquiera V.S. Naipaul, el laureado del desencanto, hurga en las entrañas de las aspiraciones coloniales y el disgusto metropolitano de manera tan devastadora como E.R. Braithwaite. En sus años como piloto en la real fuerza aérea nunca había encontrado prejuicios raciales, pero después de la guerra es rechazado para un trabajo para el cual está calificado eminentemente, simplemente porque es negro. A pesar de haber arriesgado su vida por ‘el ideal del estilo de vida británico’ es visto como un extraño. Luego de su rechazo, él salió del ‘gran e imponente edificio’ en Mayfair: ‘el disgusto y el resentimiento ebullían amargos dentro de mí, me fui al baño público más cercano, me sentía enfermo’. Al recordar las divertidas celebraciones de cada visita a Guyana británica, él concluye: ‘Si, es maravilloso ser británico, hasta que uno va a Gran Bretaña’. Y así, sin ninguna vocación, como admite con candidez, se convierte en maestro en una escuela de East End, porque fue el mejor trabajo que pudo conseguir. Se trata de un edificio oscuro y reluciente ubicado en una zona desolada, el cual compara desfavorablemente con la escuela iluminada y agradable de la soleada Georgetown. La vida alrededor de Cable Street resulta ser dura y no solo para el narrador. En principio fue impresionado por los trabajadores de East End a quienes ve como ‘peones’; un término que Albert Angelo también usa con sus alumnos de East End en la novela epónima de B.S Johnson (1964). Braithwaite se resiste a ver a los muchachos como víctimas a pesar de las condiciones domésticas de pobreza, hacinamiento y humedad: ‘hambrientos o llenos, desnudos o vestidos, ellos eran blancos, y por lo que sabía, ese solo hecho marcaba la única diferencia entre los poseídos y desposeídos. Pero para el fin del año escolar Braithwaite se había adaptado a la clase y había llegado a querer a esos bastardos brutales’. El punto culminante de la novela ocurre luego de la muerte de la madre de uno de sus alumnos. Braithwaite hace los arreglos para que la clase envíe una corona a la familia pero ninguno de los muchachos la llevará porque no pueden ser vistos yendo a la ‘casa de una persona de color’. Los muchachos son amigables con Seales, quien ‘nació entre ellos, creció entre ellos, jugó con ellos’, pero no pueden quebrar el tabú social, el cual parece ser principalmente acerca de mestizaje: Un muchacho de color con una madre blanca, un muchacho de las indias occidentales con una madre inglesa. Siempre lo mismo. Nunca un muchacho inglés con un padre negro o de las indias occidentales. No, eso sería enfatizar en su carácter inglés, en su identificación con ellos. El narrador está amargamente disgustado con sus muchachos y piensa que ha perdido su tiempo (¡una queja común entre los maestros!) pero se maravilla al descubrir que su voluntad para la tolerancia y la paciencia ha dado resultados: sus alumnos, bien aseados y vestidos, asisten al funeral, como prueba de la eficacia de su pedagogía y el triunfo de su humanidad. Es una pena, como dice Bruce King, que ‘Braithwaite parezca tan insistente en proclamar sus habilidades, atractivo, inteligencia, juicio y asertividad’. Pero dado el prejuicio que encuentra, es poco sorprendente que a veces deba mostrarse como el héroe de su historia, especialmente porque a diferencia de ‘los muchachos’ de The Lonely Londoners de Selvon, Braithwaite no tiene nadie a quien acudir cuando es insultado en el bus o el metro. Vive con una amigable pareja blanca, a quienes el llama ‘mamá’ y ‘papá’, pero más allá de eso no tiene comunidad. Como dice Caryl Phillps en su introducción de la edición antígua de la novela: ‘sentimos simpatía por ese hombre aislado quien intenta establecer una comunidad con los alumnos a su cargo y con sus colegas maestros en la oficina’. Quizás el aspecto más impresionante de la novela no sea la auto-felicitación ocasional del narrador sino su quietud. Cuando uno de los muchachos ataca al maestro de deportes por su tratamiento sádico hacia un alumno, Braithwaite insiste en que el muchacho se disculpe con el maestro. La clase se siente afectada por lo que consideran una doble injusticia pero el narrador aboga contra la rebelión: “He sido empujado, Seales”, dije tranquilamente., “de una forma que no puedo explicarte. He sido presionado hasta que empecé a odiar a las personas tanto que deseaba herirlas, herirlas de verdad. Sé como se siente eso, créeme, y algo que he aprendido, Seales, es a tratar siempre de ser más inteligente que las personas que me hieren”. Aunque el discurso es dado frente a la clase, es dirigido particularmente a Seales, el muchacho de raza mestiza, aunque él no es el culpable. Es como si Braithwaite temiese que Seales, más que todo, fuese quien necesitara aprender la lección de la autodisciplina, ante el riesgo de agarrar ‘un puñal o una pistola’ y encontrarse en serios problemas. En otra escena, la madre de una de las muchachas de la clase va a quejarse por la mala conducta de su hija. La muchacha, Pamela, confía en su maestro: está enojada por los hombres quienes llaman a su madre viuda y en particular por algo que ocurrió que ella no puede mencionar. De nuevo el narrador advierte contra la rebelión e insiste en que Pamela debe ser una hija cortés y obediente. Su mensaje para los muchachos parece ser: el mundo hará el trabajo sucio; no se debe usar la violencia contra los remordimientos; trata de mantener tu dignidad; es lo mejor que puedes hacer. En varios momentos de la novela Braithwaite es humillado públicamente. En el bus una mujer inglesa rechaza sentarse a su lado. Él piensa que ella disfruta en secreto: “¡Que perra tan delicada y elegante!”, piensa para sí pero no dice nada. En el metro, al llevar a sus alumnos al Victoria and Albert Museum, dos mujeres mayores bien vestidas empiezan a murmurar acerca de ‘las desvergonzadas jóvenes y estos negros’, hasta que una de las alumnas, Pamela, les grita: “Él es nuestro maestro ¿les molesta?” De nuevo, Ricky permanece silencioso y así mantiene su dignidad. El estoicismo enfurece a su novia blanca inglesa. Cuando van a un costoso restaurant en Chelsea, el mesonero les hace esperar por mucho tiempo y luego, deliberadamente derrama la sopa de él. Gillian insiste en explotar, pero Ricky, asumimos, permanece en la mesa de manera digna, o lo habría complicado todo. Como puede notar el lector esta actitud se basa en pensar que el largo camino de las personas negras hacia la libertad depende de si se piensa en la senda no violenta del Dr. Martin Luther King Jr. o en la manera de Malcolm X (‘a costa de lo que sea’). Hacia el final de la novela, Braithwaite deletrea su filosofía: Dejé claro que…las personas de color en Inglaterra, trabajaban gradualmente por su salvación, notando que no era suficiente quejarse de las injusticias cometidas contra ellos, o confiar en los partidos interesados en agitar a su favor. Trabajaban para mostrar sus méritos, integridad y dignidad a pesar de las fuerzas opuestas a ellos. To Sir, With Love, hoy es principalmente recordada debido a la versión de la película de 1967 protagonizada por Sidney Poitier, la cual actualizó la particular y sorprendente historia de posguerra de Braithwaite en una especie de Blackboard Jungle de los años sesenta con un atractivo tema musical interpretado por Lulú. En una entrevista con Burt Caesar hecha para Radio 4’s, ‘To Sir, with Love Revisited’ (producida por Mary Ward Lovery en 2007) Braithwaite admitió tener sentimientos encontrados acerca de la película, aunque el éxito de esta garantizó que la novela nunca se hundiera en el olvido. Eso le dio alguna seguridad financiera pero aún así la resentía desde las plantas de sus pies, particularmente debido a la traición hacia el romance interracial de la novela, lo cual, sintió él, fue esencial para que el protagonista escapara de su aislamiento. El tema principal de To Sir, with Love tiene que ver con el amorío entre Ricky y Gillian, pero eso no se conocería viendo la película de 1967. Poitier pudo haber sido una de las grandes atracciones taquilleras de su época (‘Guess Who’s Coming to Dinner e ‘In The Heat of the Night’ fueron estrenadas ese mismo año) pero él no era considerado meritorio de ganarse el corazón de los ingleses en la pantalla. Solo tenemos que pensar en la crítica recepción de Ira Aldridge en el siglo 19 y Paul Robeson en el siglo 20 cuando interpretaron Otelo, para entender porqué eso es así. Una novela puede persuadir a los lectores a través de su voz pero en la tarima o en el cine, como Braithwaite lo sabía muy bien, las personas tienden a ver ‘solo la piel’ y no la persona dentro de ella. En la novela, Ricky y Gillian entablan una amistad en la sala de profesores, la cual se desarrolla gradualmente hacia un romance. El principal obstáculo parece ser la preocupación de él acerca del efecto de la sociedad racista sobre ella: ‘¿Por cuánto tiempo sobreviviría nuestra feliz asociación a la malignidad de las miradas que deliberadamente hacían sentir a la mujer sucia, como si hubiese degradado abyectamente no solo a si misma sino a todas las mujeres?’ Mientras tanto ella quiere que él se levante ante los racistas en el metro o en el restaurant. Una vez que deciden casarse, tienen que sobreponerse a la falta de voluntad del padre de ella para dar su consentimiento. Él objeta: “Ustedes pueden tener hijos, ¿Qué pasaría con ellos? Ellos pertenecerán a la nada, nadie los querrá”. Cuando los racistas no se quejaban de que los negros estaban ‘tomando nuestras mujeres’, pretendían estar preocupados por los niños mestizos quienes, argumentaban, no sabrían quienes eran ellos. Braithwaite asegura al padre de Gillian que sus hijos “pertenecerán a nosotros y los querremos”. Pero también prefacia un artículo de fe titulándolo, “Si Gillian y yo nos casamos”. Como To Sir, with Love es una autobiografía ficcional sería muy interesante saber si Braithwaite se queda con su muchacha al final; y lo que ocurre luego. . En cuanto a la precisión de To Sir, with Love, se ha argumentado que Braithwaite planteó todo de manera equivocada. En su memoria autopublicada, An East End Story, Alfred Gardner recuerda haber sido alumno en el salón de clases de Braithwaite: él era un tipo alto, disciplinario sin humor, quien nos transmitía miedo al recurrir al castigo corporal. Aunque eso estaba vetado por el director, en más de una ocasión lo vi golpear a un muchacho’. Puede haberse dado el caso de que la educación estricta de Braithwaite en el sistema escolar colonial le hiciera aparecer un poco victoriano ante algunos de sus alumnos, pero la discrepancia entre el recuento de Gardner de ‘mutuo resentimiento’ entre los muchachos y su maestro y la representación del amor y el respeto en la novela, representa un choque. La novela termina cuando Braithwaite recibe un regalo al partir y una tarjeta titulada “To Sir, with Love”, Gardner asegura que los muchachos lo odiaban tanto que celebraron cuando él se fue de la escuela. Gardner continúa: ‘También había el rumor de que algunas de las chicas mayores a veces se sentían incómodas alrededor de él’. En este punto, uno empieza a desconfiar de la versión de los hechos de Gardner: su insinuación parece tocar el miedo ante la sexualidad superior del hombre negro que era un tema propio del discurso de posguerra acerca de porque los británicos debían mantenerse blancos. Braithwaite parece haber estado consciente de ese miedo e hizo lo mejor por asegurar a sus lectores (de manera divertida) que ‘él sinceramente esperaba no lograr notoriedad especial como atleta de alcoba’. En la novela, Braithwaite sugiere que una de las muchachas, Pamela, siente atracción por su maestro, como a menudo ocurre con las adolescentes. Gillian le advierte de tener mucho cuidado de nunca estar a solas con Pamela. Leer la memoria de Gardner te hace notar cuan fácilmente Braithwaite pudo haber estado falsamente injuriado y terminara en una historia completamente diferente, una versión patricia de Tom Robinson en To Kill a Mocking Bird. Aunque el retrato de Gardner acerca de Braithwaite carece de cumplidos, su recuento de la reverencia de los muchachos por el heroísmo de su maestro parece ser confiable. La novela 'Greendale Secondary School', fue ambientada en la St George-in-the-East Secondary Modern de Cable Street, cuyo director era el carismático e innovativo educador, Alex Bloom (llamado Alex Florian en la novela) quien falleció en 1955. Bloom fue un defensor apasionado de una escuela radical y democrática que no fuera competitiva ni autoritaria y que fomentara el desarrollo individual y el compromiso con la comunidad. En principio, Braithwaite se impresiona con la ética de la escuela: ‘se anima a los alumnos a que hablen y se defiendan’, aunque lo que digan sea ‘alarmante o vergonzoso’; y no hay castigo corporal o ‘alguna otra forma de castigo’. Los alumnos escriben resúmenes semanales de sus lecciones, participan en las reuniones de consejo de escuela y ayudan a decidir sobre sus propios desempeños. Para su sorpresa, Braithwaite descubre que esa educación libertaria no lleva al caos o la violencia en el aula; en lugar de eso los muchachos son motivados a desarrollar una ‘libertad disciplinada’. Él es ganado gradualmente por la filosofía del director: escucha a los alumnos; déjalos bailar (su propia música durante el almuerzo); y enséñales como aprender de sus errores en vez de castigarlos. La escuela St. George fue conocida como la Summerhill del East End; A.S. Neill le dio su aprobación y eso atrajo la atención internacional. El trabajo de Alex Bloom todavía es muy admirado por académicos como Michael Fielding del Institute of Education de la University of London. To Sir, with Love aun tiene mucho que enseñarnos acerca de las clases y la raza en el Londres de la década de 1950, y acerca del sistema educativo de entonces y ahora. Quizás sorpresivamente la gran historia de la Black British Literature, ha ignorado por mucho tiempo a To Sir, with Love. Debe admitirse que Braithwaite no es un estilista brillante: no canta como Selvon ni pica como Naipaul. Pero To Sir, with Love, y la memoria igualmente innovadora de Braithwaite, Paid Servant (1962), acerca de un trabajador social negro contratado para supervisar la adopción de niños negros y mestizos en Londres, cuentan historias importantes nunca antes escuchadas y todavía son noticia. La novela de Braithwaite, A Choice of Straws (1965), narrada por un racista blanco quien mata a un adolescente negro, es misteriosamente previsiva del asesinato de Stephen Lawrence. Braithwaite puede estar totalmente ausente del canon literario inglés pero sus colegas escritores creativos siguen encontrando inspirador su trabajo. To Sir, with Love se convirtió en clásico en 2005 gracias a la novelista Caryl Phillips; la novela fue adaptada para Radio 4 por el guionista Roy Williams con Kwame Kwei-Armah como Ricky Braithwaite en 2007; una adaptación para teatro de Ayub Khan Din fue efectuada en otoño de 2013. Susie Thomas es Editora de Revisiones en The Library London Journal y agradece a Burt Caesar por recomendar el trabajo de Braithwaite. Traducción: Alfonso L. Tusa C. ________________________________________ References and Further Reading Michael Fielding, 'Alex Bloom: Pioneer of Radical State Education' (2005). Available online Bruce King, The Internationalization of English Literature , Oxford History of English Literary History, Vol. 13, 1948-2000 (Oxford UP, 2004). Alfred Gardner, An East End Story (Alfred Gardner, 2002). E.R. Braithwaite, Reluctant Neighbours (New English Library, 1973) Roberto Bangura, writer and director, 'Sidney’s Chair' - on the BFI website and avaliable to watch online Stuart Hall, 'Absolute Beginnings', a review of To Sir, with Love, and Colin MacInnes, Absolute Beginners in Universities and Left Review (Autumn 1959). Here's a link to the article.

martes, 6 de junio de 2017

Sola en la Casa con el Fantasma de Emily Dickinson

Sarah Lyall. The New York Times. 27 de abril de 2017. Amherst, Mass. ¿Importa donde vivía el escritor? ¿Pueden la creatividad y la inspiración insinuarse en un espacio físico, convertirse de alguna forma en parte de la atmósfera? ¿Cree usted en fantasmas? Es imposible no pensar en esas cosas cuando se visita el Emily Dickinson Museum, el cual incluye la casa donde Dickinson pasó la mayor parte de su vida, con su mente feroz merodeando, produciendo su profunda y enigmática poesía. Quizás más que la mayoría de los escritores, Dickinson es asociada estrechamente con un lugar. No se puede separar a la poetisa de la casa. Una tarde reciente, me encontré sola en la habitación de Dickinson, al haber pagado 100 $ por la oportunidad de pasar una hora allí. (El precio actual es mayor; las personas también pueden pagar por dos horas o ir con un amigo). Fue uno de esos días. Viaje por tren y taxi desde Nueva York, mis nervios estaban un poco tensos, mi cabeza zumbaba, preocupada por estar retrasada, revisaba mi teléfono compulsivamente. Y ahora estaba ahí, en un lugar relacionado con el pasado de hace mucho tiempo, trataba de ordenar mis pensamientos, mi bolígrafo apuntaba a una página en blanco de mi cuaderno. Debido a que Dickinson pasó mucho tiempo y fue muy productiva aquí, la habitación tiene una particular resonancia para los académicos y amantes de su poesía. Varias docenas de personas han trabajado (o quizás solo se sentaron) solas ahí por una hora o dos desde julio pasado, cuando el museo empezó a ofrecer visitas privadas, dijo Brooke Steinhauser, la directora del programa. Tienden a llegar con mucha pasión por la poetisa y se van con una nueva comprensión del lugar de ella en sus vidas. “Quería saber lo que es pasar un tiempo en esa habitación”, dijo Lanette Ward, 70, maestra retirada de inglés de Atlanta quien admira tanto a Dickinson que llamó Emily a su hija. Escribió allí por dos horas al final de una tarde, mientras el día se convertía en noche y una réplica de uno de los famosos vestidos blancos de Dickinson, exhibidos en la habitación, empezó a tomar un significado especial. “Oh si, me sentí cerca de ella”, dijo Ms. Ward por teléfono después. “Fue mágico para mí, fue como estar en el santuario de Emily Dickinson”. Ella no había planeado escribir nada en particular, pero lo que emergió, dijo ella, fue el inicio de “un cuento de realismo mágico muy gótico sureño, algo acerca de un vestido animado que empieza a moverse”. María Arenas, una estudiante de 20 años de edad de la University of Massachusetts, Amherst, visitó la habitación el 2 de diciembre, para disfrutar el regalo de cumpleaños sorpresa que le dio su familia. Su padre fue al pueblo a llevarla. “Él fue my misterioso con eso”, dijo Ms. Arenas. “No dijo donde me llevaba, y luego me entregó un bolso pequeño con un cuaderno y varios lápices, cuando llegamos al centro de Amherst”. Instalada en su lugar, ella dejó volar su mente y notó que Dickinson invadió sus pensamientos. “Empecé a escribir cualquier cosa que se me ocurriera”, dijo ella. “Terminé escribiendo un cuento acerca de un pez. Era muy interesante”. Para prepararme para esta experiencia, vagué a través de la casa, la cual está siendo restaurada más o menos al estilo que lucía cuando Dickinson vivió allí hasta su muerte en 1886. La habitación está de vuelta en su antiguo estado, aunque varias piezas del mobiliario, como el escritorio y la mesita de escribir que era tan importante en el trabajo de Dickinson, son reproducciones. (Los originales son propiedad de Harvard). Por alguna razón, la cama individual de Dickinson, hecha de una preciosa madera oscura, parecía particularmente atractiva y evocativa. Hay fragmentos de poemas de Dickinson dispersos a lo largo de la casa, leí algunos, “A chilly Peace infests the Grass” y “I dwell in Possibility”, para entrar en sintonía. La mayoría de las personas se había ido de la casa, yo estaba sola en el segundo piso. El sonido de las personas murmurando abajo empezó a disminuir junto con los ruidos del exterior, como ocurre en las horas pico en Amherst, sube y baja. La luz estaba cambiando, y me sentía diferente. Aun si eres afortunado lo suficiente para tener una habitación propia, como escribió Virginia Woolf en su elegante manifiesto, y esto aplica tanto para escritores masculinos o femeninos, no hay garantía de que serás capaz de suprimir la cacofonía de tu cabeza. Es difícil encontrar un lugar tranquilo para pensar con claridad. Llegué con una mente inquieta, había un proyecto truculento en proceso, en una situación personal aun más truculenta. Había dejado mis bolsos con los equipos electrónicos en otra habitación, todo lo que tenía a disposición era algunos lápices que me había facilitado la oficina del museo, un par de poemas de Dickinson y mi cuaderno. Barbara Dana, actriz y estudiosa de Emily Dickinson quien recorrió el país durante cuatro años y medio con la obra de teatro unipersonal “The Belle of Amherst”, pasó dos horas en la habitación en septiembre, trabajando en una memoria acerca de un momento difícil de su vida. Dijo que eso le ayudó a fraguar una cercanía que había sentido por la poetisa desde hacía mucho tiempo. Aunque para lo que no había estado preparada, era para lo agitada que se sentiría. “Esto va a sonar raro”, dijo Ms. Dana, quien tiene 76 años de edad. “La sentí intensamente allí. Empecé a trabajar. Le dije, que tenía dificultades para hacer esa memoria. Lo dije en voz alta, muy quieta ‘Necesito su ayuda’. Y mientras escribía sentí su apoyo, y pensé, ambas somos escritoras. Nunca antes me había permitido pensar de esa forma”. Llegué sabiendo menos de Dickinson que Ms. Dana. Planeé absorber la atmósfera y tal vez meditar un poco, tratar de imaginar la habitación en el siglo 19. Tenía listo el cuaderno para registrar mis observaciones. Lei un poema de Dickinson en voz alta, en un murmullo, tratando de caer en sus cadencias y absorber su significado. Cerré mis ojos. Estaba muy cansada. Lo que ocurrió a continuación también va a parecer extraño. Me invadió una calma, y fui tomada por un foco incisivo, que invitaba a escribir. Hice algo que no había hecho desde la escuela primaria y que nunca ha sido de mi conformidad: Empecé a componer un poema. Lo que salió no fue muy bueno, pero no era terrible, de todas formas ese no era el punto. El punto era que eso salió de mi interior, ese surgimiento de emoción y lenguaje. Me estaba expresando de una manera completamente nueva. Los pensamientos se derramaron en orden y no se solaparon. No dejé de pensar. No dejé de escribir hasta que Ms. Steinhauser vino una hora después y me dijo que era hora de salir. Eso fue espeluznante. Sobrenatural. Se sintió como si el tiempo no hubiese transcurrido para nada. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 5 de junio de 2017

Luego del Divorcio, le Damos a Nuestros Hijos la Custodia del Hogar,

Beth Behrendt. The New York Times. 30 de mayo de 2017. La Salida Nocturna de los Padres de Cuarto Grado está en pleno apogeo. Estas reuniones solo para adultos, al estilo circunstancial con muchos cocteles, son una tradición en la escuela de mi hijo. Una nueva pareja se presenta y hablamos un poco entre copas de vino mientras veo venir la pregunta inevitable. Ahí está, la esposa mira alrededor de la habitación. “¿Quién es tu esposo?” Estamos divorciados, explico. Él está con los muchachos esta noche. Vivimos en una ciudad pequeña y tradicional del medio oeste. Las personas del medio oeste no son buenas para compartir. Nos ponemos muy nerviosos al referirnos a lo personal. Por lo general, tan pronto como digo divorcio la conversación rápidamente cambia hacia un tópico menos vergonzoso. Como..’¡que tal van los Colts!’ Pero la esposa se inclina curiosa. “¿Entonces los niños viven con ustedes? ¿Cuál es su acuerdo?” (Ella no debe ser de los alrededores, murmuro). Intento explicarme. No es que trate de vender algo. He encontrado que mientras más sencilla sea en mis declaraciones, es más fácil que los otros las digieran (los gestos de manos ayudan). “Nuestro acuerdo es algo inusual. Los muchachos se quedan en la casa (las manos juntas frente a mí, las puntas de los dedos se tocan como si sostuviera una gran bola de nieve) y su papá y yo vivimos en apartamentos separados (estiro la mano derecha hacia un lado; luego la izquierda). Entramos y salimos cada semana (traigo la mano derecha hacia dentro; luego la mano izquierda, mientras saco la derecha) para cuidarlos”, (los dorsos de las manos al frente sosteniendo la preciada bola de nieve). Dejo de mover las manos y espero por una reacción. Por el silencio y la expresión confundida a los que estoy acostumbrada. ¿Tiene lágrimas en los ojos? Eso es nuevo. Lo que describo es llamado “nido de pájaros” o “anidar”. Está basado en la idea de que los niños son como pichones y la madre y el padre pájaros, vuelan dentro y fuera del nido para cuidarlos. Eso significa, en términos no ornitológicos, que después del divorcio los niños permanecen en el hogar familiar y los padres se turnan para estar con ellos. En nuestro caso, mi ex y yo tenemos apartamentos donde vivimos cuando no estamos en la casa con los muchachos. Nuestros cambios de guardia en la casa son los miércoles en la mañana y los sábados en la noche. Los muchachos y todas sus pertenencias, ropas, tareas escolares, implementos deportivos, instrumentos musicales, y pilas de remanentes de la infancia, permanecen ahí. Leí acerca de esa idea en el gran libro de Laura Wasser, “It Doesn’t Have to Be That Way: How to Divorce Without Destroying Your Family or Bankrupting Yourself” (“No Tiene que ser de esa Manera: Como Divorciarte sin destruir tu Familia o arruinarte”). Anidar significó una conexión entre los muchachos, papá y yo. Esperábamos que mantener la rutina de la vida diaria tan consistente como fuera posible daría continuidad a lo que pensamos que el divorcio significaría para nuestra familia. Por supuesto, iba a haber cambios. Esperábamos que si la vida de ellos no se sentía muy diferente, eso podría atenuar el miedo y la incertidumbre. Cuando nos sentamos con ellos para decirles que nos ibamos a divorciar, tenían 12, 9 y 5 años de edad, lo primero que dijimos fue: Pero nada va a cambiar para ustedes. Seguirán viviendo aquí. Los ilustramos con escenarios familiares: Es como cuando papá se va de viaje de negocios por unos días y mamá se hace cargo de ustedes. O cuando mamá va a visitar a sus amigas y papá cuida de ustedes. Cuando nos estábamos divorciando casi no se sabía nada de anidar, al menos en nuestra zona del país. Anita Ventrelli, antigua directora de la sección de leyes familiares de la American Bar Association, dijo que recordaba el concepto de mantenerse a flote de hace 10 años, pero no pensaba que alguien estuviera al tanto de que tan común es eso. “Anidar no es algo que aparezca en los estatutos del divorcio”, notó ella. “Es una solución que los abogados creativos y los padres han desarrollado para aliviar las preocupaciones acerca de la mudanza de los niños. Es algo que a menudo se acuerda fuera de la corte, una criatura de estabilidad, no es algo que los jueces ordenen”. Describir esto a nuestros abogados, terapistas y consejeros financieros, tomó cierta explicación y nos obligó a contestar algunas preguntas difíciles. Decirle a la familia, amigos y maestros de los muchachos requirió aclaratorias y repeticiones (usando los gestos manuales. ¿La pregunta más frecuente? ¿Por cuánto tiempo van a hacer eso? La mejor respuesta que pudimos dar fue, no sé, hasta que decidamos no hacerlo más. Estamos en el tercer año de esto, y nuestra respuesta aun es la misma. Lo cual no quiere decir que esto sea fácil. Hay inconvenientes, seguro, el espacio compartido, las finanzas y hacerme cargo de mis cosas entre la casa y mi apartamento. A las parejas que se proponen anidar. Ms. Ventrelli, socia de Schiller DuCanto & Fleck en Chicago, les sugiere se hagan tres preguntas: “¿Es esto algo en lo que mi ex y yo podemos ponernos de acuerdo? ¿Podemos tener otro lugar donde vivir cuando no estemos en el nido? ¿Podemos trabajar juntos y compartir y cuidar el nido? Si no pueden decir “sí” a estas preguntas, Ms. Ventrelli advierte, “Pueden encontrar que los retos de anidar sean insostenibles, aunque pueda servir como solución a corto plazo hasta que se formalice el divorcio”. Anidar no necesariamente es la respuesta para todos. Pero igual no hay razón para que la única solución tenga que ser el tradicional escenario post-divorcio. En el hogar familiar viven muchas memorias. Si los muchachos siguen viviendo allí, y todos nuestros caminos se cruzan allí, ese es un recordatorio constante para todos. Mientras nuestra narrativa siempre está cambiando, fuimos y seremos nuestra versión de una familia. ¿Qué hay de mi nueva amiga en la fiesta de la escuela? “Dios mío, si mis padres hubiesen hecho algo como eso, todo habría sido diferente”, dice ella, limpiando sus ojos y mirando avergonzada a su esposo y a mí. “Eso fue hace 30 años pero nunca olvidaré como mi hermana pequeña lloraba desconsolada cada vez que teníamos que mudarnos. Era terrible”. De nuevo había lágrimas en sus ojos. “Lo siento, me pongo muy emocional”. “Tranquila”, le digo, mis ojos también se ponen vidriosos. “Me hiciste sentir que lo que estamos haciendo podría de verdad valer la pena”. Beth Behrendt es una escritora independiente de Fort Wayne, Ind., que trabaja en un libro acerca de anidar. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Mi Vida en las Olas del Oceano.

Michael Hutchinson. The New York Times. 26 de mayo de 2017. Londres.- La carrera de veleros Fastnet, empieza desde Cowers, en la Isla de Wight, al sur de la costa de Inglaterra. Los competidores enfilan hacia el oeste a lo largo del English Channel, pasan alrededor de Land’s End, y atraviesan el Celtic Sea hasta llegar a la desolada Fastnet Rock en el extremo sur de Irlanda. La carrera regresa para tener su meta en Plymouth, Devon, al sureste de Inglaterra. El trayecto le toma a la mayoría de los veleros cerca de cinco días y es uno de los clásicos de las competencias alrededor de la costa, notorio por las aguas picadas y los ventarrones repentinos. En línea recta, la ruta es de 608 millas náuticas. Pero los veleros nunca viajan en línea recta. Cuando se disparó el pistoletazo de partida de la última edición en 2015, el velero donde yo estaba ni siquiera avanzaba. En una calma sin viento, nos movíamos hacia los lados, impulsados solo por la marea. Aún así estaba agradado de estar ahí. No me lo esperaba. De hecho, no había navegado en una década. Pero dos semanas antes de la carrera, mientras estaba estacionario en el tráfico londinense una tarde, mi teléfono se iluminó con un mensaje de texto: “¿Quieres competir en Fastnet?” El mensaje venía de un número desconocido. Respondí de inmediato, “Si”. Después de un momento, seguí con, “¿Quién eres?” Y entonces, poco después, “De todas formas iré, no me importa quién seas”. Me moría por participar en Fastnet, había sentido eso por años. Cuando crecía en un pueblo pequeño de Irlanda del Norte, navegar era todo mi mundo. Era el tipo de maníaco que solo puede ser un muchacho. Pasaba mis veranos apurando un bote de madera en Belfast Lough, el estuario donde la ciudad aun lanzaba sus efluentes. Pasaba mis inviernos calafateando y barnizando mi velero hasta que brillaba con luz dorada, esperando que regresara el verano y sus olores violatorios. Memorizaba el contenido de las revistas y libros de velerismo. No había nadie de 10 años de edad mejor capacitado o más dispuesto, para charlar de meteorología, dinámica de fluidos y, en particular, de las carreras clásicas en el océano. Siempre sentí la Fastnet como si fuese parte de mí. Aun 30 años después, quería navegar alrededor de esa roca. La misteriosa invitación había venido desde una mujer llamada Tessa Walsh. Ella había sido parte de la última tripulación de velerismo con la que yo había navegado, pero casi no la había visto desde que el dueño de ese velero lo vendió, en 2007, y la tripulación se había desbandado. Esencialmente, había sido privado de mi diversión. Ms. Walsh había encontrado un nuevo dueño, quien buscaba el último integrante de una tripulación de ocho miembros para un velero de 38 pies, yo fui el primero de sus contactos en responder. (Incidentalmente, los veleristas hablan de los dueños como si estos fuesen los amos de la tripulación también: “Nuestro dueño dijo que no podemos tomar cerveza”. “¿Verdad? Nuestro dueño nos deja hacer casi todo”.) Nuestra nueva dueña se llamaba Flic Gabbay. También era la dirigente y la navegante. Eso significaba que durante la carrera, ella dormiría no más de cerca de una hora en determinado período. Su reto era encontrar la ruta más rápida: tomar decisiones sobre si deberíamos tomar rumbo al norte y bordear la costa, seguir la marea pero lejos del mejor viento. O enfilar hacia el sur, hacia el canal abierto. El viento podía ser mejor, pero la ruta era más larga y la marea podría estar en contra. Los cambios de vientos y corrientes marinas significan que el campo de juego del velerismo está variando constantemente. Es como manejar una bicicleta: si tomas la ruta correcta viajaras en bajada todo el tiempo. Esas cosas en una escala más pequeña, eran las preocupaciones de mis veranos juveniles. Oía que los buenos veleristas podían ver el viento. Pasaba horas sentado al fondo de un muelle mirando hacia el mar, tratando desesperadamente de ver al aire moverse. Entonces alguien me dijo que había entendido mal. No ves el viento, dijo él, lo olfateas. Así que agregué la hiperventilación a mi rutina. Eso no ayudó. El viento venía, se iba. Todo era una sorpresa para mí. Pude haber estado obsesionado, pero eso no implicaba una habilidad real. Parecía empeorar con la práctica. Yo era un chico intratablemente serio. Si pudiera, hubiese tenido bigote y fumado pipa. Mientras más lo intentaba, y los surcos se acentuaban en mi pequeña frente, me hacía más inútil. Establecía grandes estrategias basadas en las distantes formaciones de nubes y las fases de la luna. Pero en las competencias, era dado por muerto por los muchachos quienes solo se concentraban solo en timonear. Aún así me gustaba mucho navegar. Solo era feliz con un bote moviéndose bajo mis pies. Para el momento cuando nuestro velero llegó a Land’s End el segundo día, era claro que mi maldición nos había acompañado, y no estábamos ganando nada. El viento que había inflamado nuestras velas una hora después de la partida se había disipado, y permanecíamos en calma bajo un sol traspasante. Fuimos desafortunados, los veleros que estaban una milla o dos delante de nosotros tuvieron otras condiciones climatológicas, y ya se acercaban a la roca. Ms. Gabbay pasó horas frente a su laptop, tratando de bajar alguna información del viento de alguna parte. Nueva tecnología, la misma vieja frustración. Nada ayudó. Pasaron casi 24 agonizantes horas antes que el viento regresara. Cuando lo hizo, finalmente salimos del canal y entramos al Celtic Sea. Las condiciones eran diferentes, porque ese mar es parte del océano Atlántico. Grandes corrientes de aire soplan a ritmo lento. Las disfrutaba. Me abstraía por una o dos horas mirándolas, me mecía con las subidas y bajadas y escuchaba como pasaban. Lo mejor de todo era cuanto había olvidado. Toda la información técnica acerca de la nubes y otras particularidades, como el albedo de la costa, una medida de como la radiación solar reflejada influye sobre la dirección del viento en las tardes, se había ido. Asumí el papel de timonel. Todos esos años en botes no habían sido totalmente en vano. Ahora que los asuntos difíciles de navegación se habían convertido en el problema de Ms. Gabbay, encontré que yo podía pararme detrás del timón para forjar un paso rápido a través del mar picado por horas hasta el final, sin pensar en nada. Estaba hipnotizado. Rodeamos Fastnet Rock de día, la tarde del cuarto día. Me había preocupado que pudiéramos hacerlo de noche, y no ver nada, Apareció escarpada y alta, gris y desolada, con un faro a un costado. Ese es el segundo faro de Fastnet. Del primero solo quedan escombros, sobre una fundación de concreto que tenía el aire siniestro de una fortificación abandonada. Era un lugar poco acogedor. Aun después de todos esos años de imaginar este momento, tenía un gran deseo de abandonar. En el viaje de vuelta, el viento reapareció. Timonear se hizo más difícil: Tuve que mover con precisión el timón sobre las olas para desplazar el bote de cinco toneladas como una tabla de surf. Luego lo mantuve a flote en el valle de las olas antes de perder el control. Si eso hubiese ocurrido, el bote se hubiese ido de lado, las velas se hubiesen contraído y todos hubiéramos quedado colgando. Sobre una ola grande, maniobré justo a tiempo. Pasamos volando por su frente. Todos en la cubierta soltaron exclamaciones, y alcanzamos una marca de velocidad. Un par de minutos después, me equivoqué, y un muro de agua verde barrió la cubierta y nos arrastró. Todo esto ocurrió no solo durante el día, sino también a través de las horas de oscuridad, cuando nuestro pequeño mundo terminaba en el borde de la cubierta. Tripular un bote pequeño desde la aurora anaranjada hasta el atardecer gris, a muchas millas de tierra firme, es una experiencia extraordinaria en su intensidad. Mi Fastnet fue como una época fuera de lugar. Cinco días que se sintieron como que venían desde otro universo, cinco días tan plenos que sacaron mi vida de mi cabeza. Y todo lo que pensé fue donde estábamos, como nos iba en la carrera, que podíamos hacer para que el bote avanzara más rápido. Intercalado, solo ocasionalmente, con cuanto frío sentía, que tan mojado estaba, y cuan cansado. No quería que la carrera terminara. ¿Por qué, me pregunté, la carrera terminaba en Plymouth? Habríamos tenido otro día o dos de carrera si hubiéramos seguido por el canal hasta Cowes. Había logrado una especie de balance.: En velerismo por lo menos, estaba obteniendo de la vida, todo lo que había invertido en ella. Aún habiendo perdido toda esperanza respecto a un buen resultado general, las últimas horas fueron las mejores. A las 2 de la madrugada, con las luces de Plymouth a la vista y a una hora de llegar a la meta, apareció una escuela de delfines. Dejaban surcos fosforescentes en las aguas negras mientras nadaban en parejas junto a nosotros, antes de sumergirse bajo la quilla. Dos más llegarían para ocupar su lugar, girando y centelleando. Eso fue metafórico, nosotros ocho avanzando hacia la meta rodeados por delfines saltando. Mi yo de diez años, con bigote y pipa, los habría ignorado, para evaluar el efecto de la fuerza Coriolis en las velas. Felizmente, resultó que me había hecho más joven en los años sucesivos. Terminamos en el lugar 186 en una flota de poco más de 300 veleros. Tristemente, pienso que no haré la carrera de nuevo en el futuro cercano. A menudo pienso en Fastnet, aunque; eso se ha convertido en una memoria muy pesada. Tarde en la noche, o en los vuelos fastidiosos, todavía me gusta sentir ese oleaje del Atlántico mecerme hasta dormir. Michael Hutchinson, escritor y columnista de Cycling Weekly, es el autor de “Missing the Boat: Chasing a Childhood Sailing Dream” y más recientemente, “Re:Cyclists: 200 Years on Two Wheels”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

sábado, 27 de mayo de 2017

La Tragedia hizo que Steve Kerr viera el Mundo más allá de la Cancha.

El entrenador de los Warriors de Golden State emerge del asesinato de su padre para buscarle sentido a un mundo complicado. John Branch. The New York Times. 22-12-2016. La última vez que Steve Kerr estuvo en Beirut, su lugar de nacimiento, con las bombas cayendo por doquier y luego de seis meses del asesinato de su padre, partió por tierra. El aeropuerto estaba cerrado. Había conversaciones de tomar un crucero a Chipre, o de acompañar a un embajador en helicóptero hasta Tel Aviv o ir a Israel en bus. Un avión militar que iba a El Cairo tenía un asiento vacío, pero el mismo terminó siendo para otra persona. Finalmente, un conductor privado llevó a Kerr por las montañas libanesas y a través de la frontera siria hasta Damasco, luego hasta Amman, Jordania. Fue como una fuga. “Temo que toda esta incertidumbre e inconveniencia, sin hablar del daño físico, no haya mejorado la imagen que Steve tiene de Beirut, y en su estado anímico actual se pregunte porqué cualquiera de nosotros sigue aquí”, escribió su padre, Malcoml H. Kerr, el presidente de American University of Beirut, a otros miembros de la familia aquel día de agosto de 1983. Pocos meses después, Malcolm Kerr recibió dos disparos en la parte posterior de la cabeza en las afueras de su oficina universitaria. Steve Kerr tenía 18 años, tranquilo y obsesionado por los deportes. Era un estudiante de primer año en la University of Arizona, antes que esta fuese una potencia en baloncesto. Hacía falta una gran imaginación para verlo convertirse en campeón de la NBA como jugador y entrenador, quien ahora lidera a los Warriors de Golden State. Pero quizás no debería ser una sorpresa que a los 51 años, Kerr haya encontrado su voz en el discurso público, al hablar de mucho más que baloncesto: temas pesados como control de armas, protestas de himno nacional, política presidencial y del Medio Oriente. Con un enfoque educado, él enfrenta las discusiones que la mayoría de los otros en su posición evita o conoce poco al respecto, abundando sobre las areas grises de un mundo que se pinta en contrastes acentuados. Se ha convertido de muchas maneras en un eco de su padre. “El verdadero hombre civilizado está marcado por la empatía”, escribió Malcolm Kerr en un prólogo a una colección de ensayos llamado “The Arab-Israeli Confrontation of June 1967: An Arab Perspective”. “Al reconocer que el pensamiento y entendimiento de los hombres de otras culturas puede diferir profundamente de la propia, eso que le parece natural puede ser grotesco para otros”. En una rara y a ratos emocional entrevista este otoño, Kerr habló de la muerte de su padre y las profundas raíces de su familia en Líbano y el medio oriente. Algunas palabras sonaron familiares. “Póngase en los zapatos del otro y tendrá una perspectiva más amplia”, dijo él. “Vivimos en este mundo complejo, de zonas grises. La vida fuera mucho más fácil si se tratara de blanco y negro, bueno y malo”. Hacer comentarios sobre la actualidad política y cultural no es un requisito para el trabajo de Kerr. Hay fanáticos deportivos, tal vez la mayoría de ellos, quienes desean que los atletas y entrenadores no hablen de otra cosa que no sea deporte, se paren ante el himno, sean agradecidos por su buena fortuna, expresen solo humildad, y solo obsequien pequeñas sonrisas y autógrafos. Kerr entiende eso. Los deportes son una diversión para la mayoría de quienes los siguen, “solo significativos para nosotros y nuestros fanáticos”, dijo él. En un mundo deportivo que se toma a si mismo demasiado en serio, esa perspectiva es parte del atractivo de Kerr y los Warriors. Ganaron el campeonato de la NBA en 2015, fueron segundos la temporada pasada y siguen siendo un equipo vanguardista esta temporada. Parecen divertirse más que cualquier otro. Pero Kerr también sabe que los deportes son ingrediente activo de la cultura estadounidense. Sabe como cualquier otro, que los jugadores son complicados, moldeados por el entorno, la raza, la religión y las circunstancias. Y Kerr, también es un hombre cuyos abuelos se fueron de Estados Unidos para trabajar en el medio oriente, cuyo padre fue criado allí, cuya madre se adaptó allí, cuya familia tiene una perspectiva diferente y más amplia que la mayoría. Los Kerr son una familia tocada por el terrorismo de la manera más personal. Malcolm Kerr no fue una víctima aleatoria. Fue un objetivo. Eso le da a Steve Kerr una voz. Su trabajo le da una plataforma. Tendrán que excusarlo si tiene algunas cosas que decir. “Es realmente sencillo satanizar a los musulmanes debido a nuestra rabia por los sucesos del 11 de septiembre de 2001”, dijo él. “La vasta mayoría de los musulmanes son personas amantes de la paz, igual que la vasta mayoría de los cristianos, budistas, judíos y practicantes de otras religiones. Las personas son personas”. Él se ha adentrado en la historia moderna del medio oriente, en la segunda guerra mundial y el holocausto y en la creación de Israel en 1948, en la guerra de los seis días de 1967, en los acuerdos de paz y el conflicto árabe-israelí y la guerra de Irak y la persecución de Estados Unidos ante cualquier cosa que cambie los intereses propios. “Mi papá me habría explicado todo eso”, dijo Kerr. En vez de eso, él lo absorbió de muchacho y lo aplica como adulto. “Por lo menos me dio a entender que eso es complejo. Y así como es tan fácil satanizar a las personas, hay muchos factores involucrados en la creación de esta cultura en la que estamos”. Malcolm Kerr fue profesor de UCLA por 20 años, y la casa donde vivía la familia en Pacific Palisades, Calif., tenía un camino hacia el garaje plano y un aro de baloncesto adosado al techo del garaje. Steve Kerr pasó incontables horas en ese lugar practicando el lanzamiento que le daría la marca vitalicia de la NBA en porcentaje de cestas de tres puntos que aun está vigente. Pero no todas las memorias de ese camino son de baloncesto. “Recuerdo cuando ocurrieron los acuerdos de Camp David”, dijo Kerr, al recordar las conversaciones de paz entre Menachem Begin de Israel y Anwar Sadat de Egipto, propiciadas por el Presidente Jimmy Carter. Kerr era apenas un adolescente. “Uno de mis mejores amigos era un tipo llamado David Zuckerman, judío, y su padre era profesor de inglés”, dijo Kerr. “Mr. Zuckerman y David me llevaron a casa desde la práctica de beisbol, avanzamos por el camino del garaje, mi papá nos ve y viene corriendo. El nombre de Mr. Zuckerman era Marvin, y mi papá dijo: ‘¡Marvin, Marvin! ¿Viste la foto de hoy de Begin y Sadat?’ Era la gran noticia. Era el equivalente de que los Dodgers ganaran la Serie Mundial. El estaba muy emocionado por ese momento, porque lo había esperado con mucha fe: La paz del medio oriente. Ese era su sueño. Nunca olvidaré ese día”. Kerr hizo una pausa “Entonces, poco despues, Sadat fue asesinado”, dijo él. El asesinato de Sadat fue en octubre de 1981, solo 27 meses antes que mataran a Malcolm Kerr, ‘Eramos los Chicos Buenos’ Los padres de Malcolm Kerr, Stanley y Elsa Kerr, fueron misioneros estadounidenses quienes se conocieron en el medio oriente después de la primera guerra mundial. Él trabajó para American Near East Relief en Turquía durante la matanza de innumerables armenios (detallados luego en su memoria, “The Lions of Marash”). Ella había viajado a Estambul para estudiar turco y enseñar. Se casaron en 1921 y se mudaron a Líbano para administrar orfanatos. Llegaron a enseñar en la American University of Beirut por 40 años. Malcolm fue uno de sus cuatro hijos. Fue a Estados Unidos a estudiar preparatoria y se graduó en Princeton antes de regresar a AUB para estudiar posgrado- Fue allí que conoció a Ann Zwicker, una estudiante universitaria occidental de California quien cumplia un año de estudios en el exterior. Beirut era una ciudad cosmopolita, acariciada por el sol en el Mediterraneo, una mezcla de cristianos y musulmanes aparentemente en equilibrio pero no en armonía. La AUB fue fundada en 1866 (celebró su aniversario 150 el 3 de diciembre) como bastión del pensamiento libre y la diversidad, abierta a todas las razas y religiones. Mientras las guerras y las crisis sofocaron el medio oriente en décadas recientes, la AUB siempre se ha sentido como una isla, protegida por su prestigio y apertura de pensamiento. Malcolm y Ann se casaron y criaron cuatro hijos: Susan, John, Steve y Andrew. Los primeros tres nacieron en Beirut. Malcolm Kerr asumió un trabajo como docente en AUB, pero los Kerr se establecieron en California cuando Steve estaba en su primera infancia. La estadía de Malcolm Kerr en UCLA estuvo rociada con estadias temporales y años sabáticos que llevaban a la familia de vuelta al medio oriente. Steve Kerr pasó dos años escolares salteados en El Cairo. Hubo veranos en Beirut y Túnez, otro año en Francia, y viajes por carretera circundando el Mediterráneo en una van Volkswagen. Steve “no siempre estaba emocionado”, admitió él, por dejar atrás a los amigos y la comodidad de California. Odiaba perderse los campamentos deportivos y los juegos de baloncesto y futbol americano en UCLA, donde los Kerr tenían boletos de la temporada. Aunque, en perspectiva, la prolongada historia de su familia en el medio oriente, comenzando hace casi 100 años, lo moldeó de una manera que solo ahora él reconoce. “Se trata de una historia estadounidense, algo de lo que estoy muy orgulloso, el trabajo que hicieron mis abuelos”, dijo Kerr. “Eso parecía como la época cuando los estadounidenses ayudaban de verdad alrededor del mundo, y una de las razones por las que éramos queridos era la cantidad de ayuda que proveíamos, fuera después de la primera guerra mundial, como mis abuelos, o en la segunda guerra mundial. Me siento nostálgico por ese tipo de percepción. Éramos los chicos buenos. Lo sentí mientras crecía, cuando vivía en Egipto, cuando estaba en el exterior. Los estadounidenses eran admirados en muchas partes del medio oriente. Es muy triste lo que nos ha ocurrido en las últimas décadas. Kerr estaba en la escuela secundaria cuando su padre fue nombrado presidente de AUB en 1982. Era el trabajo soñado de Malcolm Kerr. Pero la satisfacción llegó cuando Libano estaba inmerso en la guerra civil. La organización de liberación palestina de Yasser Arafat, expulsada de Siria, tenía sus oficinas en Beirut. Los shiítas iraníes, seguidores del Ayatollah Ruhollah Khomeini, se habían desplazado hacía Libano para darle apoyo allí a la empobrecida minoría shiíta. La población cristiana disminuía, y Líbano estaba en medio de una guerra ente Israel y Siria. “Apuesto con oportunidad de 50-50 que seré despedido rápido”, le dijo Malcolm Kerr a su hija, Susan, en marzo de 1982, recordó ella en su memoria, “One Family’s Response to Terrorism”. (“La respuesta de una Familia al Terrorismo”). Aceptó el trabajo la mañana siguiente. La invasión israelí de Líbano, y la respuesta de los iraníes al enviar su guardia revolucionaria iraní a través de Siria, empezó en junio de 1982, semanas antes, Malcolm Kerr estaba por iniciar su nuevo trabajo. En ese caos, los militantes respaldados por Irán se organizaron y se convertirían al Hezbollah. Malcolm Kerr fue mantenido en Nueva York hasta que las cosas se calmaran, pero el vice presidente de AUB en ese momento, David Dodge, fue secuestrado en julio, y la AUB necesitaba liderazgo. Malcolm Kerr llegó en agosto, y expresó esperanza en que la destrucción y muerte que acechaban al campus serían alejadas de sus paredes. (Dodge, quien fue liberado por sus captores después de un año, falleció en 2009). “Yo quería que él estuviera en los juegos, pero sabía que estaba haciendo lo que le gustaba”, dijo Kerr. “Y cuando tienes 16 o 17, estás muy absorbido en ti. Solo quieres jugar y hacer tus cosas”. Malcolm Kerr escribía cartas a casa casi a diario. Ellas detallaban reuniones tensas con líderes políticos, los últimos asaltos de Beirut, el asesinato en septiembre de 1982 del presidente electo libanés, Bashir Gemayel, las entrevistas con periodistas extranjeros. La mayoría estaban llenas de optimismo y buen humor. “La idea de estar en Pacific Palisades para Navidad es más atractiva de lo que pueda decir, no me perdería la oportunidad de vivirlo”, escribió en una carta. “Espero estar ahí a tiempo de asistir a algunos juegos de baloncesto de Steve y ver a Andrew lavar los carros”. Ese diciembre, los Kerr usaron camisas de la AUB en su casa de California. Steve Kerr fue con su madre y su hermano Andrew a Beirut en el verano de 1983, antes fue a jugar en Arizona para el entrenador primerizo Lute Olson. Pocos meses antes, los milicianos habían bombardeado la embajada de Estados Unidos en Beirut, hubo 63 muertos, incluyendo 17 estadounidenses. Pero la visita ocurrió durante una pausa de la guerra. “Escalamos las montañas que dominan Beirut y nadamos en el Mediterráneo”, dijo Kerr. “La casa donde vivíamos estaba en el campus…la casa presidencial, la Marquand House. Era preciosa. Era surrealista. Había un mayordomo. No teníamos eso en nuestro hogar. Pero ahora él vivía la vida de un presidente. Teníamos grandes momentos durante el día, luego jugábamos naipes afuera después de cenar”. El truco estaba en irse. Ann Kerr fue con Steve al aeropuerto en agosto. “Había algunas interrogantes acerca de si saldrían vuelos debido a todo lo que estaba ocurriendo”, dijo Kerr. “Estábamos en el terminal, y de pronto hubo un descalabro. No fue en el terminal sino en los corredores. Todo el sitio se congeló. Todos se congelaron. Las personas empezaron a reunirse, decían ‘Tenemos que salir de aquí de inmediato’. Mi mamá me tomó de la mano, recuerdo correr para salir del terminal y a través del estacionamiento. Fue algo terrorífico. Recuerdo haber pensado, ‘Esto es real’”- Los Kerr consideraron opciones para lograr que Steve saliera. Sabían que iba a salir un avión privado con diplomáticos que iban a la base marina de Estados Unidos y podría haber algun asiento disponible en ese vuelo. Steve pasó horas esperando, conversando con las personas de la marina. Al final, no hubo asientos. Los Kerr hicieron arreglos para que un chofer de la universidad llevara a Steve por las montañas, a través de Siria hasta Jordania. (El chofer, un amigo de la familia de mucho tiempo, fue asesinado por un francotirador en Beirut en 1985). Una mañana temprano de octubre de 1983, un carro bomba destruyó las barracas de cuatro pisos de la marina. Entre los muertos estaban 220 de la marina y 21 miembros de otros servicios. “Recuerdo mirar todas las fotos después”, dijo Kerr. Empezó a llorar. “Las veo todas, las personas más agradables, a quienes conocí y nos mostraban la base y trataban de hacer sus trabajos y mantener la paz. ¿Y de pronto un carro bomba?” Kerr dijo que reconoció algunos de los rostros de los muertos. “Había un capellán quién había venido y nos tomó bajo su protección”, dijo él. “Un tipo muy considerado. Y vi su rostro…” Kerr secó sus ojos y respiró profundo. “¿Cuántos años han pasado, 30? Y eso todavía me hace llorar”. En diciembre, John visitó a sus padres en Beirut. Tenían una cinta de video del primer juego de Steve con Arizona de hacía un par de semanas. La imagen estaba borrosa, tomada sin sonido desde una cámara en lo alto del gimnasio, no siempre podían reconocer cual jugador era Steve. Eso no importaba. “Pienso que él anotó tres cestas, y debimos haber visto cada una de ellas 10 veces, regresando la cinta una y otra vez para precisar cada detalle”, John escribió en una introducción para un album de la familia hecho en un aniversario de la muerte de Malcolm Kerr. John la llamó “Papá y mi punto más alto como aficionado deportivo”. A mediados de una noche de enero de 1984, Kerr recibió una llamada de Vahe Simonian en su dormitorio, era un amigo de la familia y vice presidente de AUB quien estaba ubicado en Nueva York. Simonian le dijo a Kerr que habían asesinado a su padre. El asesinato del 18 de enero de 1984, fue noticia internacional, incluida en la primera página de The New York Times. Malcolm Kerr, 52, había subido en el ascensor hacia su oficina en College Hall y le dispararon en la parte posterior de su cráneo. Los dos asaltantes desconocidos escaparon. Un grupo autodenominado Islamic Holy War se hizo responsable más adelante ese día. “El Dr. Kerr era una figura modesta y extremadamente popular entre sus 4.800 estudiantes y en la facultad, de acuerdo a sus colegas aquí”, escribió el reportero del Times, Thomas L. friedman desde Beirut ese día. “Fue asesinado, insisten sus amigos, no por ser quien era, sino porque ahora que la marina y la embajada estadounidense en Beirut están cargadas de seguridad, él era el estadounidense prominente más vulnerable en Líbano y por tanto un objetivo que los milicianos usaron para tratar de intimidar a los estadounidenses para que se fueran”. Andrew Kerr, quien tenía 15 años en ese momento, supo de la muerte de su padre a través de un radio, en una tienda cercana al campus de AUB. Ann Kerr se enteró mientras esperaba por una amiga, bajo la lluvia, en la caseta de vigilancia del campus. Ella corrió a College Hall, al segundo piso, donde encontró a su esposo “tirado en el piso, boca abajo, con su maletín y paraguas frente a él”, escribió ella en su memoria, “Come With Me From Lebanon”. Un servicio memorial fue oficiado pocos días después. John fue desde El Cairo y Susan fue desde Taiwan. Steve fue el único de los hijos que no asistió. Perdió otro en Princeton, pero asistió a un tercero en Los Angeles. “Eso suena mal”, dijo él. “Obviamente, el baloncesto no era más importante. Pero la logística era muy complicada. Y para mi fue catársico jugar”. Él estuvo revelador en una victoria sobre los rivales de Arizona State dos noches después de la muerte de su padre. Los Wildcats tenían marca de 2-11, pero ganaron ocho de sus últimos 14 juegos. El año siguiente, llegaron al torneo NCAA en ruta a convertirse en una potencia nacional por mucho tiempo. Cuatro años después, Kerr fue el objetivo de los gritos pre juego en Arizona State. Un grupo de estudiantes vociferaba, “P.L.O., P.L.O.”, “Tu padre es historia”, y “¿Por qué no te enrolas en la marina y regresas a Beirut?” “Cuando oi eso, solté la pelota y empecé a sacudirme”, dijo Kerr. “Me senté por un minuto. Admito que eso me afectó. Tenía lágrimas en mis ojos. Porque eso me trajo memorias de mi papá. Pero también por otra cosa, era triste que las personas hicieran algo como eso”. De Donde Viene la Visión. Ann Kerr-Adams tiene 82 años de edad, usa zapatos Keds y lleva el cabello cortado a la altura de la barbilla. Ha sido la coordinadora por mucho tiempo del programa Fulbright en UCLA, y supervisa una clase llamada “Percepciones de Estados Unidos en el exterior”. También es miembro emérito de UAB y va usualmente a Beirut una vez al año para asistir a reuniones. Ella se volvió a casar en 2008. Ella y Ken Adams comparten la casa de California que ella y Malcolm compraron en 1969. La amplia sala, con un gran piano y vistas del ocenao Pacífico, está decorada con tesoros de una vida de muchos viajes, tales como grabados de El Cairo y las acuarelas enmarcadas de Túnez, de Ann. En el tope de la chimenea hay una fotografía de marco ovalado, de Steve y Andrew en un campo florido en Marruecos. “Diría que los intereses intelectuales de Steve florecieron en los últimos diez años”, dijo ella. “Pero no pienso que Steve sea como Malcolm”. Compartían la pasión por los deportes (el límite diario de una hora diaria de televisión que tenían los muchachos no aplicaba para los deportes) y un irreverente sentido del humor. Pero Steve es más diplomático que su padre, dijo ella. Los hermanos Kerr dormían en una habitación de huéspedes cercana. La cama litera que Steve y Andrew compartían ya no está, pero hay una pintura que Steve hizo de niño, un autorretrato con una franela de UCLA y una gorra de los Dodgers, su cabello rubio cuelga bajo sus orejas. El baño tiene una pintura de flores de navidad (poinsettias) que él hizo cuanto tenía nueve años de edad, y un armario que contiene sus impresiones enmarcadas de botes en El Cairo. “Aquí está una foto de Steve, el adolescente irritable”, dijo Kerr-Adams una tarde reciente dominical, al detenerse en un corredor con fotografías familiares. “Él siempre estaba rechinando los dientes en las fotos. Ahora tiene que sonreir para las fotos. La ironía de todo”. Al fondo del salón está la habitación que Malcolm usaba como oficina. Sus hijos guardan memorias felices del sonido de su máquina de escribir y el olor de las cotufas que le gustaban como merienda. El patio, con vistas amplias del océano que prueban la flexibilidad del cuello humano, desde Los Angeles a la izquierda, hasta las montañas de Santa Mónica a la derecha, muestra un gran panorama. Las tardes dominicales, se llenaba frecuentemente con profesores, vecinos, dignatarios visitantes y amigos de todo el mundo. Fue la conexión de la familia con el medio oriente lo que hizo única su niñez. “Sería totalmente diferente sin eso”, dijo Kerr. “Totalmente diferente. No hubiese estado expuesto no solo a los viajes y la interacción con las personas, sino a las conversaciones políticas en la mesa y en las parrilladas acerca de lo que ocurría en el mundo”. Pero las conversaciones alrededor de la casa involucraban con más frecuencia a los Dodgers o los Bruins. Malcolm fue un buen atleta, baloncestista en su juventud y tenista ávido hasta el final. Él y Steve compartieron mucho tiempo en la secundaria bateando y fildeando, y Malcolm a veces acompañaba a Steve en la carretera, “Él era zurdo y tenía un buen disparo en gancho”, dijo Kerr sonriendo. Kerr le da crédito a su padre por su actitud como entrenador de NBA, calmado y tranquilo, casi siempre, nunca fustiga a un jugador. Kerr no siempre fue de esa manera. “Cuando tenía 8, 9, 10 años de edad, yo tenía un temperamento horrible”, dijo Kerr. “No podía controlarlo. Todo lo que hacía, si fallaba un lanzamiento, si me hacían out, me molestaba. Era vergonzoso. De verdad lo era. En el beisbol era peor. Si estaba pìtcheando y le daba base por bolas a alguien, lanzaba el guante contra el suelo. Él y mi mamá estaban en la tribuna mirando, y nunca decía nada hasta que llegábamos a casa. Él tenía tenía la certeza de que yo necesitaba aprender por mi cuenta, todo lo que decía ganaba más importancia cuando me calmaba”. Su padre, dijo Kerr, era lo que todo padre de pequeñas ligas debería ser. Las conversaciones ocurrían después, casuales y relajadas, conversaciones en vez de arengas. “Él era un observador”, dijo Kerr. “Me dejaba aprender y experimentar. Trato de darle a nuestros muchachos mucho espacio y voz en el momento indicado. Mirando en retrospectiva, pienso que mi papá fue una gran influencia para mí, en mi faceta como entrenador”. Kerr jugó para algunos de los mejores entrenadores de baloncesto de la historia, Olson en Arizona, Phil Jackson con los Bulls de Chicago y Gregg Popovich con los Spurs de San Antonio entre ellos. Por los patrones de los entrenadores de baloncesto, ellos fueron hombres con intereses que iban más allá de la cancha. “Recuerdo a Phil hablando al equipo acerca de control de armas, y preguntarle a sus jugadores: ‘¿Cuántos de ustedes tienen pistolas? ¿Cuántos de ustedes saben que si tienen una pistola en la casa son más propensos a tener una fatalidad doméstica?’” dijo Kerr. “Era una gran discusión, porque los muchachos decían que necesitaban tener alguna protección, debido a que somos vulnerables de muchas formas”. “Y recuerdo una elección presidencial, probablemente la de 2000, estaba con los Spurs e hicimos dos equipos de lanzamientos, el equipo plateado contra el equipo negro o lo que sea”, dijo él, en referencia a un ejercicio de Popovich. “Pop decía, ‘Bien, los demócratas allí, los republicanos aquí’. Pienso que eran como 12 contra 2 en ese momento, así que él tenía que nivelar los equipos un poco. Él lo hacía interesante”. Kerr, quien tiene tres hijos, todos adultos jóvenes, con su esposa Margot, nunca ha hablado de su padre frente al equipo, y los jugadores de los Warriors solo tienen una noción vaga de la historia de la familia Kerr. Eso es contexto, principalmente, una parte no declarada de su entorno. “Me di cuenta con Pop y Phil que podía usar mi experiencia como niño y adolescente en mi crecimiento como entrenador”, dijo Kerr. “Y conectarme con los jugadores y tratar de mantener esa perspectiva saludable. Divertirse, y no tomárselo muy en serio”. Fue durante la estadía de Kerr con San Antonio que la familia, despues de años de reflexión siguiendo el pasaje del Antiterrorism and Effective Death Penalty Act, decidió demandar a Irán. Los Kerr llegaron a creer que el Hezbollah patrocinado por los iraníes había puesto a Malcolm en la mira. “No necesitaba revancha, no necesitaba un cierre”, dijo Steve Kerr. “Así que fui indiferente a la acción legal. Pero entonces reconocí que eso era importante para un par de miembros de mi familia, mi hermana y mi hermano menor, en particular”. Cuando llegó el momento de testificar en el United States District Court en Washington en diciembre de 2002, Kerr estaba con los Spurs, en la última de sus 15 temporadas en la NBA. No quería perder juegos. “No hay nadie mejor que Pop para hablar de algo como eso”, dijo Kerr. “Le dije, ‘No quiero que las personas sepan de eso’. No quería llamar la atención. Pero tampoco quiero que las personas piensen que estoy lesionado. Así que Pop dijo: ‘Pierdes dos juegos por razones personales. Gran cosa. Tu reputación te antecede. Nadie va a cuestionar lo que ocurre contigo’. Y él tenía razón. Le dije a mis compañeros de equipo y eso no pasó de ahí”. Testificó en una corte casi vacía, perdió dos juegos de los Spurs en gira por la costa oeste. Los Kerr supieron dos meses despues que habían ganado la demanda, millones de dólares que pueden no ver nunca. Pero el dinero nunca fue el punto. “Eso provee una estructura que permite a las personas canalizar sus sentimientos a través de la justicia y las reglas de las leyes, antes que convertirse en vigilantes”, dijo su hermana, ahora conocida como Susan van de Ven, en una entrevista telefónica desde Inglaterra, donde está involucrada en política como concejal de condado. “Eso da un acercamiento muy enfocado a las personas quienes se sienten agravadas. Estoy segura de que por eso fue que Steve habló de armas. Todo está relacionado ¿o no?” Su libro detalló la experiencia de la familia con la acción legal. La noche previa a que los Warriors visitaran al Presidente Obama para celebrar su campeonato de NBA de 2015, Steve cenó con Andrew. Quien trabaja para un constructor residencial y diseñador arquitectónico en Washington. Discutieron lo que Steve podría decirle al presidente. Andrew recomendó que lo elogiara por sus esfuerzos hacia el control de armas. Kerr lo hizo. En junio al final de un programa por internet con el columnista deportivo de Bay Area, Tim Kawakami, Kerr preguntó si podía hablar de un tema adicional. Nuestro gobierno es “insano” dijo, al no adoptar revisiones de armas más exhaustivas del entorno con las cuales la mayoría de los estadounidenses está de acuerdo. “Como alguien quien ha tenido un miembro de su familia tiroteado y asesinado, me siento devastado cada vez que leo sobre este tema, como lo que ocurrió en Orlando”, dijo Kerr, en referencia a la masacre de junio en un club nocturno de Florida. “Y todavía es más devastador ver al gobierno intimidar al N.R.A. y recurrir a un desactualizado derecho de portar armas. Si quieres tener un mosquete, bien. Pero esa no es la solución”. Desde entonces, Kerr se ha convertido en una voz activa en los deportes para asuntos de mayor significado. Eso sorprende a su familia de algun modo, al recordar que él fue probablemente uno de los hermanos más tranquilos cuando era niño. “Está llevando el asunto de la familia a otra disciplina”, dijo John Kerr, un profesor de sustentabilidad comunitaria en Michigan State. “No había manera de que él viviera de algo que no involucrara el deporte. Ahora que está en el nivel profesional, tiene la oportunidad de hablar. Es lo suficientemente inteligente para darse cuenta de que puede hacerlo”. Los campamentos de entrenamiento de la NBA empezaron con un debate acerca de la decisión de Colin Kaepernick, el mariscal de campo de los 49ers de San Francisco, de no levantarse durante el himno nacional, como protesta ante la matanza de hombres negros desarmados a manos de oficiales de policía. En medio de las posiciones encontradas, Kerr fue una voz reflexiva. “No importa de que lado estés en el tema de Kaepernick, más te vale estar disgustado con las cosas que están ocurriendo”, dijo Kerr. Y agregó: “Entiendo a las personas quienes se sienten ofendidas por la posición de Kaepernick. Tal vez tienen un miembro de su familia que es militar, o tal vez perdieron a alguien en una guerra y tal vez ese himno significa mucho más para ellos que otra cosa. Pero luego ves las cosas desde otro ángulo, ¿y que hay de las protestas pacíficas? Eso es Estados Unidos. De eso es de lo que trata nuestro país”. En noviembre, luego de la elección presidencial, Kerr estuvo entre los entrenadores de NBA, incluyendo a Popovich, quienes criticaron el estado del discurso político acerca de la edad de Donald J. Trump. “A las personas les pagan millones de dólares para ir a la televisión a gritarse entre sí, sea en deportes, política o entretenimiento”, dijo Kerr. “Entonces, de pronto enfrentas la realidad de que el hombre que va a gobernar ha usado rutinariamente palabras racistas y misóginas”. No es sorpresa, entonces, que Kerr también tenga opiniones sobre el medio oriente. Como su padre hace décadas, Kerr dijo que cree que las políticas estadounidenses han enlodado la región. El meollo del problema, dijo él, proviene de la carencia de una solución bilateral para Israel y Palestina. La guerra de Irak empeoró las cosas. “Se siguió la línea de Colin Powell, ‘Si lo rompes, eres el dueño’ ahora somos los dueños”, dijo Kerr. “Es como, ‘Oh, Dios mío, esto es mucho más complicado de lo que pensábamos’. Todos miran atrás y piensan que estuviéramos mucho mejor de no haber ido a la guerra. Eso fue muy tonto. Pero la historia se repite todo el tiempo. No necesitábamos ir a Vietnam, pero las circunstancias, el patriotismo, la rabia, el miedo, todas esas cosas llevaron a la guerra. Es la historia del mundo. Resulta que ahora es probablemente el momento más tenebroso desde que tengo uso de razón”. En Beirut, la American University aun está activa. En su campus con vista al Mediterráneo aparece un nuevo College Hall, una réplica virtual del lugar donde fue ultimado Malcolm Kerr, el edificio destruido por las bombas en 1991. Está la dignificada Marquand House, donde Malcolm Kerr vivió cuando era un joven profesor y donde regresó cuando se convirtió en presidente. En un jardín ovalado entre College Hall y la capilla, hay un árbol de higos de Bengala que Malcolm Kerr moneaba de muchacho y marcó con sus iniciales, ahora invisibles. Bajo el árbol está una columna corintia que colocó la familia en los días posteriores a su muerte para indicar el lugar donde están enterradas sus cenizas. “En memoria de Malcolm Kerr, 1931-1984”, se lee en la lápida. “Él vivió abundantemente”, Esas fueron las palabras que Susan escribió en un pedazo de papel que identificó el lugar hasta que la piedra fue grabada. El papel todavía está ahí, en una placa que también tiene un extracto del libro de Kerr-Adams. “Estamos orgullosos de que nuestro papá y esposo viniera a AUB”, escribió Susan, en palabras ahora desteñidas por el tiempo. Steve Kerr nunca la ha visto. No ha regresado desde que su padre fue asesinado. Pero cada vez oye más y más los ecos. Anne Barnard contribuyó como reportera. Traducción: Alfonso L. Tusa C.