Siempre que había un año olímpico te emocionabas con las eliminatorias de cara a los juegos. La gesta del Morochito Rodríguez la viviste íntegra con tus hermanos. Cada noche se iban al lugar donde mejor se sintonizaba la emisora, bajo un poste al lado de un charco inmenso con una sinfonía de sapos en el más intenso allegro. Hasta allá los perseguías y los arrinconabas a preguntas.
De todas las competencias, la que más te emocionaba era aquella donde los atletas salían del estadio a correr por las calles y colinas de la ciudad para regresar al óvalo con el dolor en los ojos y los calambres en las piernas. Se te había quedado grabada la imagen de aquel corredor al que llamaban la locomotora checa. Emil Zatopek, corría de lado, con el rostro retorcido, como si fuera dejando el alma en cada zancada y aún así corría cada vez más duro. Quizás porque retrataste su expresión cuando tu padre te descubrió detrás del pilar del comedor siguiendo por televisión un programa titulado “Ruta Olímpica” o “Camino a los Juegos Olímpicos”. Media hora antes te había advertido que debías acostarte temprano porque al día siguiente había clases.
Sin embargo el año que recordabas con más pasión fue aquel cuando cursabas quinto grado. Difícilmente pasaba un día sin que llegases al salón libre de algún episodio de los Juegos Olímpicos, sobre todo de aquella carrera bárbara que impregnaba de valentía y dolor los rostros de los competidores. Una tarde la maestra casi nos arrastra hacia la clase. Hablábamos del orígen de la carrera. De cómo tu padre, luego de regañarte aquella noche, se apareció la mañana siguiente con un libraco de Historia Universal y te habló de Fidípides y una guerra entre los griegos y los persas que tomaría lugar en la bahía de Maraton. Los griegos enviaron a un mensajero llamado Fidípides a buscar refuerzos en Esparta. Éste cubrió la distancia de 240 km pero los lacedemonios negaron la ayuda. Fidípides regresó a Maratón y se sorprendió al saber que los griegos habían vencido a los persas. Una versión cuenta que Filípides corrió de Maratón a Atenas para informar la victoria sobre los persas. Al completar el trayecto de 42.195 cayó muerto. La otra historia refiere que durante el trayecto de Esparta a Maraton, Fidípides escuchó del rey Pan la estrategia para vencer a los persas. Por tanto la honra del maratón está condensada en el heroísmo de llevar la noción de cómo vencer a un ejército casi invencible en tierra.
Dentro del aula, cada vez que la maestra volteaba para hundir la tiza en el pizarrón, escribíamos papelitos: “tengo dos metras bolombolo”, “conseguí un bollo de pabílo”, “saqué el rollo de teipe de la caja de herramientas de papá” .Desde enero empezamos a planear atravesar el pueblo de Cumanacoa para ir a jugar béisbol en la trilla de café de la hacienda de Leo.
Mientras apretábamos el pabilo sobre las metras bolombolo, recordaste como tu padre siempre te relataba lo ocurrido en el maratón de 1932 en Los Ángeles. Lo recordaba muy bien porque un atardecer mientras regresaba de la escuela vio un barullo en una esquina, desde el interior de una bodega salían las ondas de un radio de galena que anunciaba la victoria del argentino Juan Carlos Zabala. Llego casi desfalleciente a la meta, varios de sus compañeros de delegación tuvieron que agarrarlo. Algunos periodistas lo compararon con Fidípides. Siempre te quedabas paralizado al referir este cuento porque tu padre alcanzaba unos niveles de emoción a medida que avanzaba en la historia, parecía que se iba a desplomar y luego daba dos pasos y decía que te había asustado. Cuando tuvimos todas las pelotas cubiertas de teipe, las metiste en una bolsa y saliste a la esquina. La neblina obstruía la visión del pecho hacia arriba.
Allí esperaban todos los muchachos, había suficientes para armar dos equipos de siete jugadores. Todavía resonaban en tus oídos las instrucciones de tu madre y la voz de tu padre detrás de una taza de café con leche llena de galletas Nic-Nac. Te invitó a sentarte. Ante tu apuro masculló unas palabras y a una velocidad desconocida para su estilo de conversación, mencionó un sonido que te hizo sentar. “Emil Zátopek, en las Olimpíadas de 1952 en Helsinki, ganó la carrera de 5000 metros, la de 10000 y por si fuera poco el maratón”. Te quedaste casi sin aliento, tal cual maratonista al llegar a la meta, tragaste saliva varias veces hasta que tu papá te dio dos palmadas en los hombros. “No, no es invento mío. Por eso lo llamaban la locomotora checa”. Saliste del comedor caminando hacia atrás, te pareció que varias veces la faz de tu padre se transmutaba en la de Zátopek. Aún luego de reunirte con los muchachos caminabas ausente.
Cuando llegamos a la altura de la escuela José Luis Ramos, decidimos continuar por la acequia. Lo estrecho de las veredas que dominaban el embaulado de piedras nos hacía saltar en las curvas más cerradas. Allí empezaste a mencionar a Abebe Bikila. Con cada paso, resbalón o manotazo sobre una pared para evitar la caída al cuerpo de agua, referías con fruición como el maratonista etíope corría descalzo por las calles de Roma y al entrar al estadio olímpico desplegó un remate bestial que estremeció a la multitud. En el cruce hacia La Represa, algunos volteaban hacia atrás y arrugaban los labios. Entonces casi gritaste como Bikila había regresado a correr el maratón cuatro años después en Tokio y allí también traspasó la meta en primer lugar. Primero que conseguía el doblete dorado en el maratón olímpico. En la subida de La Represa, muchos respiraban por la boca. Adelantaste a paso redoblado hasta sacar media cuadra de ventaja.
En el cruce hacia el camino de ripio te paraste con las manos en jarra, parecías al propio Paavo Nurmi luego de aquel escalofriante día cuando corrió la prueba de campo traviesa y después corrió los cinco mil metros en la pista. Cuando el último de los muchachos llegó a la entrada del camino tú ya apretabas el paso a mitad de trayecto, varios perros de raza Gran Danés ladraban tras la alambrada de puas de la hacienda vecina. Pasaste como un trueno la curva del portón y la mayoría de los muchachos se doblaban sobre las rodillas o se recostaban de los cocoteros. Cuando por fin llegó el último de los muchachos, hablabas con Leo. Toda la trilla estaba cubierta de café verde y rojo. Había que esperar por lo menos hasta el comienzo de la tarde para que empezaran a recoger el café. Intentaste entrar a la trilla pero Leo te haló de un brazo.
Aquel inicio de 1972 referías mucho un episodio del maratón olímpico de México ’68. Todo se originó mediante un recuento de los juegos anteriores que hizo la revista Sport Gráfico que siempre compraban tus hermanos cada jueves. Le preguntaste a tus hermanos si aquello había ocurrido en realidad. Varios minutos después de que el último maratonista cruzara la meta, empezaron a escucharse sirenas y gritos de admiración en las adyacencias del estadio olímpico, John Akhwari, atleta de Tanzania entraba a la pista con una pierna vendada, en la penumbra del atardecer se podían distinguir los matices carmesí sobre el blanco de los vendajes. Casi arrastrando la pierna logró completar la mítica distancia completada por el mensajero Fidípides. Cada día que pasaba lo marcabas en el calendario, te emocionabas con la cercanía de la inauguración de los juegos.
A eso de las tres de la tarde había tres montones de café en distintos puntos de la trilla. Volviste a hablar con Leo y consiguieron que su papá los dejara ayudar a terminar de recoger el café. Los trabajadores sonreían al ver la velocidad con que trataban de llevar el café al depósito. Pronto aquel ímpetu degradó a rostros colorados y respiraciones asmáticas con sacos arrastrados sobre el cemento. Cuando finalmente despejaron la trilla, el sol de las cinco de la tarde jugueteaba tras las copas de los árboles. Apenas jugamos tres innings, se me dificultaba creer como jugabas como si nada, luego de todos esos sacos de café arrastrados. De regreso por el camino de ripio uno de los perros atravesó la cerca y nuestros pies desplegaron la carrera más desenfrenada. Te vi caer y levantarte tan rápido como lo haría Lasse Viren unos meses después en la carrera de 10000 metros de los Juegos Olímpicos de Munich. Corriste tan duro que dejaste atrás a los que iban adelante. Al llegar al asfalto de La Represa tuviste que sentarte en la acera con dificultades para respirar. Tenías el aspecto de Fidípides en la cara.
Alfonso L. Tusa C.
viernes, 10 de febrero de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
Los callejones del poder
Misiles en Cuba apuntando hacia USA, el doblete de oro de Abebe Bikila en la maratón olímpica, el vuelo de Yuri Gagarin, el primer transplante cardíaco, el brazo izquierdo de Dios en Sandy Koufax, el movimiento de los derechos civiles en USA, el Carupanazo, el Porteñazo, el Sueño Imposible de los Medias Rojas de Boston, la guerra de Vietnam, las señales de amor y paz de los hippies, la medalla de oro olímpica de Morochito Rodríguez, el bossa nova, el mayo francés, la integridad del Látigo Chávez, la voz de Cherry Navarro, el soul, los 30 juegos ganados de Denny McLain, el twist,la efectividad microscópica de Bob Gibson, los milagrosos Mets de Nueva York. Todas luces incandescentes de una época indeleble, al fondo del desfile reposa un hecho acaecido el mediodía de un 22 de noviembre en Dealey Plaza, Dallas. En ese momento el Presidente John F. Kennedy recibía varios disparos que destrozaron su cráneo. Siempre quise conocer el misterio, palpar el suspenso, sentir las tortuosidades de aquel laberinto.
Cuando llegó a mis manos “JFK: El último testigo” de William Reymond y Billie Sol Estes, editado por La Esfera de los Libros, se me erizaron todos los nervios de la curiosidad, desde aquellas imágenes pavorosas que papá escondió con disimulo en una revista de su oficina, nunca pude sacarme del cráneo que había ocurrido aquel día con el Presidente Kennedy. Aquella revista me ocasionó las primeras conversaciones a solas con papá y aquel burbujeo en la frente que siento cada vez que sospecho que persiste algo oculto aun cuando se diga que todo fue dicho. El libro es un documental, pero tiene todo el romance de la poesía, la pasión de la novela y la intensidad de la crónica. En la primera página comprendía porque el escritor además de detective, tiene la escafandra más resistente y más de las tres cuartas partes del olfato de un sabueso. Varias veces, cuando papá dormía la siesta, llegaba en puntillas a su oficina. El primer día casi rompí una de las gavetas del escritorio de cedro, salí justo cuando escuché el tintineo de la cucharilla de café y los pasos pausados.
Reymond se adentra en el misterio acicateado por otro libro de su autoría: “Autopsia de un asesinato”. Allí muchas cortinas empezaron a descorrerse en torno a la limusina que giraba en Dealey Plaza. Al profundizar en los detalles forénsicos y físicos, las conclusiones se distanciaban mucho de la historia oficial. Las voces de muchas personas ligadas a los acontecimientos empezaron a templar los tímpanos de Reymond, pero este se retorcía en sus cavilaciones. Solo eran simples recuerdos. Necesitaba pruebas contundentes. Estuve tentado a devorar aquellas trescientas, casi cuatrocientas páginas cuando pasé la primera. Me pasó igual con la primera vez que regresé a buscar la revista. La ansiedad me llevó a desprender dos tramos del estante de las resmas de papel y las carpetas. Solo apareció una lata de dulces árabes de pistacho, los favoritos de papá. A la salida de la oficina, Papá secaba el sudor de su frente. “¿Cual es el empeño con esa revista?” Mis ojos escrutaron el envase de los dulces a la distancia. Ni rastro de la revista.
Sólo cuando Estes se decide a relatar su historia y a refrendarla con pruebas, Reymond entiende que ha llegado el momento del otro libro, el que recogerá la esencia del asesinato más enigmático de todo el siglo veinte. En ese instante, sin saberlo, emprende una aventura detectivesca que revienta todos los esquemas de las películas de suspenso más escalofriante. Conseguir el testimonio de Estes delineará el más tortuoso proceso de zig zags, pasos adelante, atrás; vacíos, asfixias. Una prueba extenuante de persistencia que sólo la pasión de un escritor tras una misión puede resistir. La próxima vez que apareció el tema, comentaban las noticias más resaltantes de los años ’60 en la televisión. Le dije a papá que en esa historia faltaba algo. Me quedó mirando mientras pasaba la llama del yesquero bajo un cigarrillo. “Eso fue producto de una mente enferma que actuó por su cuenta. No le busques las cinco patas al gato”.
Las páginas volaron en mis dedos, con velocidad de piezas de ajedrez la confabulación de intereses del poder económico y político fue encajando arista por arista hasta que los casquillos de las balas cayeron bajo la ventana desde donde se hicieron los disparos que dejaron en vilo a un país y al mundo en general. Luego un silencio general y prolongado, estirado por los hilos del poder. Muy pocos pensaron que la saña venía desde dentro del mismo gobierno, menos aún que procedía desde el propio partido del Presidente. Con escalofríos propios de “La Dimensión Desconocida” descifré cada una de aquellas líneas y por arte de magia volví a la segunda ocasión que regresé a buscar aquella revista. Papá levantó el envase de dulces árabes. “Te doy todos los mabrumes si existe toda esa conspiración detrás del francotirador”.
Cuando llegó a mis manos “JFK: El último testigo” de William Reymond y Billie Sol Estes, editado por La Esfera de los Libros, se me erizaron todos los nervios de la curiosidad, desde aquellas imágenes pavorosas que papá escondió con disimulo en una revista de su oficina, nunca pude sacarme del cráneo que había ocurrido aquel día con el Presidente Kennedy. Aquella revista me ocasionó las primeras conversaciones a solas con papá y aquel burbujeo en la frente que siento cada vez que sospecho que persiste algo oculto aun cuando se diga que todo fue dicho. El libro es un documental, pero tiene todo el romance de la poesía, la pasión de la novela y la intensidad de la crónica. En la primera página comprendía porque el escritor además de detective, tiene la escafandra más resistente y más de las tres cuartas partes del olfato de un sabueso. Varias veces, cuando papá dormía la siesta, llegaba en puntillas a su oficina. El primer día casi rompí una de las gavetas del escritorio de cedro, salí justo cuando escuché el tintineo de la cucharilla de café y los pasos pausados.
Reymond se adentra en el misterio acicateado por otro libro de su autoría: “Autopsia de un asesinato”. Allí muchas cortinas empezaron a descorrerse en torno a la limusina que giraba en Dealey Plaza. Al profundizar en los detalles forénsicos y físicos, las conclusiones se distanciaban mucho de la historia oficial. Las voces de muchas personas ligadas a los acontecimientos empezaron a templar los tímpanos de Reymond, pero este se retorcía en sus cavilaciones. Solo eran simples recuerdos. Necesitaba pruebas contundentes. Estuve tentado a devorar aquellas trescientas, casi cuatrocientas páginas cuando pasé la primera. Me pasó igual con la primera vez que regresé a buscar la revista. La ansiedad me llevó a desprender dos tramos del estante de las resmas de papel y las carpetas. Solo apareció una lata de dulces árabes de pistacho, los favoritos de papá. A la salida de la oficina, Papá secaba el sudor de su frente. “¿Cual es el empeño con esa revista?” Mis ojos escrutaron el envase de los dulces a la distancia. Ni rastro de la revista.
Sólo cuando Estes se decide a relatar su historia y a refrendarla con pruebas, Reymond entiende que ha llegado el momento del otro libro, el que recogerá la esencia del asesinato más enigmático de todo el siglo veinte. En ese instante, sin saberlo, emprende una aventura detectivesca que revienta todos los esquemas de las películas de suspenso más escalofriante. Conseguir el testimonio de Estes delineará el más tortuoso proceso de zig zags, pasos adelante, atrás; vacíos, asfixias. Una prueba extenuante de persistencia que sólo la pasión de un escritor tras una misión puede resistir. La próxima vez que apareció el tema, comentaban las noticias más resaltantes de los años ’60 en la televisión. Le dije a papá que en esa historia faltaba algo. Me quedó mirando mientras pasaba la llama del yesquero bajo un cigarrillo. “Eso fue producto de una mente enferma que actuó por su cuenta. No le busques las cinco patas al gato”.
Las páginas volaron en mis dedos, con velocidad de piezas de ajedrez la confabulación de intereses del poder económico y político fue encajando arista por arista hasta que los casquillos de las balas cayeron bajo la ventana desde donde se hicieron los disparos que dejaron en vilo a un país y al mundo en general. Luego un silencio general y prolongado, estirado por los hilos del poder. Muy pocos pensaron que la saña venía desde dentro del mismo gobierno, menos aún que procedía desde el propio partido del Presidente. Con escalofríos propios de “La Dimensión Desconocida” descifré cada una de aquellas líneas y por arte de magia volví a la segunda ocasión que regresé a buscar aquella revista. Papá levantó el envase de dulces árabes. “Te doy todos los mabrumes si existe toda esa conspiración detrás del francotirador”.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
La pelea del frasquito.
A medida que se acercaba noviembre crecía la expectativa por la pelea por el título mundial de los pesos mosca. Desde el penúltimo salón del primer pasillo de la escuela José Luis Ramos, varias veces me encontré hablando sólo. “Será que Betulio acompañará a Vicente Paul Rondón, Alfredo Marcano y Antonio Gómez para que Venezuela tenga cuatro campeonatos mundiales”. Juan, Leo y Santiago se reían cada vez que me sorprendían en aquella meditación.
Betulio González se iba a enfrentar con el filipino Erbito Salabarría por la corona de los mosca del Consejo Mundial de Boxeo. Desde principios de mes anunciaban la pelea por Radio Caracas Televisión. “Sábado 20 de noviembre de 1971. Betulio González buscará la cuarta diadema universal para Venezuela en 1971”.
A medida que se acercaba la pelea, en cada recreo sacaba las páginas deportivas de El Universal y El Nacional. Una vez la pelota de baloncesto cayó en las raíces del flamboyant del medio del patio. Juan estiró el cuello. “No creo que Betulio tenga chance de ganar. En abril perdió con el japonés Ohba”. Le respondí que en esa ocasión le habían robado la pelea a Betulio. “Hasta los mismo japoneses pitaron a los árbitros y al campeón”. Juan agarró la pelota y le dio un puntapié mientras se quejaba de que Betulio era pura corredera y no se paraba a cambiar golpes. En el periódico decían que después de la pelea con Ohba, Betulio había derrotado al californiano Tony Moreno por decisión en 10 asaltos, al dominicano Natalio Jiménez por decisión en 10 asaltos y al filipino San Sacristán por decisión en 12 asaltos en la eliminatoria para pelear por el título de Salabarría.
La noche siguiente registré los cerros de la revista Sport Gráfico que mis hermanos guardaban bajo la cama. Entre las hojas amarillentas encontré una especie de biografía de Betulio. “Sus sueños de boxeador empezaron a los 14 años cuando vio la película “Pepe, el Toro”, donde el famoso actor Pedro Infante interpretaba a un aguerrido boxeador. En 1965 inició su carrera en el amateur. Allí representó a su estado en varias competencias importante. Nunca tuvo oportunidad de integrar la selección nacional debido a que tenía por delante a un gigante llamado Francisco “Morochito” Rodríguez, Félix Márquez, Luis “Lumumba” Estaba y Armando “Mono” Mendoza.
Saltó al profesional en 1968 bajo la tutela de Ángel Atilio Leal. Debutó el 24 de abril de aquel año y venció por nocaut técnico en tres asaltos a Elio Monzant.
Hilvanó una seguidilla de diez victorias hasta que el primero de agosto de 1969 entabló con el argentino José Brizuelas en Caracas. El 19 de septiembre de ese año, en Maracaibo, Betulio venció por decisión en 10 rounds a Brizuelas y quedó listo para disputar el campeonato nacional mosca ante Héctor Criollo.
El 10 de octubre noqueó a Criollo en 7 asaltos, en Caracas. Entonces el cumanés Félix Márquez retó a González. Betulio realizó tres peleas que ganó por la vía de la anestesia. El 06 de marzo de 1970 se efectuó el esperado combate ante Márquez, aunque sin la corona en juego. Con esta pelea renació una añeja rivalidad entre caraqueños y zulianos, aunque Márquez venía del estado Sucre, fue adoptado como local. Los capitalinos se quejaban de que Betulio era un estilista que arriesgaba poco y algo cómico en el ensogado, al tiempo que Márquez se había ganado los afectos de la afición por la agresividad mostrada en cada combate.
El 20 de noviembre me senté en los muebles de ratán del comedor. Felipe ajustó la nitidez de la imagen y Miguel Thoddé empezó a describir los movimientos de González y Salavarría. Los asaltos avanzaban y los púgiles se mantenían amagando sin concretar. Thoddé se preguntaba si la pelea había comenzado o estaban en una sesión de sombras.
Las páginas de Sport Gráfico regresaron a mi campo visual. Carlos González escribió una reseña que resaltaba la espectacularidad del combate donde Félix Márquez fue muy superior a Betulio, quién había derrochado coraje, pero había quedado claro que no era el mejor. Márquez arrebató el invicto a Betulio, más este continuaba siendo el campeón nacional. Betulio volvió al ring el 17 de abril de 1970 y derrotó por decisión al colombiano Nestor Jiménez en una pelea insípida. Luego fue derrotado, vía tarjetas, por el dominicano Ignacio Espinal el 08 de mayo.
La pelea avanzaba entre los adjetivos de Miguel Thodde y las quejas de Felipe. “En esa pelea no pasa nada”.
La revancha ante Márquez se realizó en 15 de junio de 1970. Betulio llegaba con marca de 16 victorias, dos reveses y un empate. Márquez mostraba récord de 10 triunfos y un empate. Era el favorito de los entendidos y el público que otra vez llenó el Nuevo Circo. Esta vez Betulio cambió el planteamiento de la pelea al seguir las ordenes de Juan Medina, su nuevo entrenador, debía sacar partido de su mejor boxeo y evitar pararse a intercambiar golpes con Márquez. Siguió las instrucciones y pese a casi perder por nocaut en el séptimo round, completó la pelea y se adjudicó la victoria por decisión dividida.
El 03 de agosto también se desquitó de Ignacio Espinal al vencerlo por nocaut en el décimo round en Maracaibo.
A partir del duodécimo asalto Felipe adelantó su asiento hasta casi meter la cara en la pantalla del televisor. Guillermo Vílchez comentaba que ocurría algo extraño en la esquina de Salavarría. “Algo se traen entre manos el entrenador y los “seconds”. Se meten mucho las manos en los bolsillo y a cada momento se hablan en los oídos”.
El 18 de septiembre Betulio venció por decisión en 10 asaltos al argentino Ubaldo Duarte quién había noqueado a Félix Márquez en Puerto Cabello. Desde ese momento el público de la capital empezó a tomarlo en serio. Se afianzaba en el noveno lugar del ranking de la AMB. Luego subió al segundo lugar al noquear en sucesión a los mexicanos José García y Rodolfo López. La AMB ordenó una pelea eliminatoria entre el venezolano y el filipino Bernabé Villacampo, segundo aspirante del monarca Masao Ohba.
La pelea fue a 12 asaltos y se realizó el 21 de diciembre en Caracas. El panorama se presentaba cuesta arriba para Betulio. El asiático tenía una foja de 35 victorias y 3 reveses. Había ostentado la corona mundial. Betulio hizo alarde de velocidad y logró superar por amplio margen a su adversario. La pelea ante Ohba se aproximaba a pasos agigantados. González noqueó al mexicano Lucio del Río el 20 de febrero de 1971 y todo quedó listo para disputarle el cetro mundial a Ohba el 01 de abril.
Al sonar el campanazo final, Felipe bostezó y se retiró al fondo del comedor. Los jueces decretaron tablas. Se formó un maremagno alrededor del ring hasta que el presidente de la Comisión de Boxeo del Zulia, Ramón Barrios subió al ensogado y declaró nuevo campeón mundial a Betulio, alegando que Salavarría había utilizado sustancias prohibidas. Luego el Presidente del Consejo Mundial de Boxeo ordenó congelar el título hasta que el comité ejecutivo de la entidad se reuniera y decidiera en base a los resultados de los examenes practicados al contenido del frasquito. El test arrojó que el asiático había consumido anfetaminas, sustancia ilegal. A finales de diciembre de 1971 el CMB reiteró a Betulio González como nuevo campeón mundial del peso mosca con la condición de brindarle la revancha a Salavarría en un lapso de tres meses.
Alfonso L. Tusa C.
Betulio González se iba a enfrentar con el filipino Erbito Salabarría por la corona de los mosca del Consejo Mundial de Boxeo. Desde principios de mes anunciaban la pelea por Radio Caracas Televisión. “Sábado 20 de noviembre de 1971. Betulio González buscará la cuarta diadema universal para Venezuela en 1971”.
A medida que se acercaba la pelea, en cada recreo sacaba las páginas deportivas de El Universal y El Nacional. Una vez la pelota de baloncesto cayó en las raíces del flamboyant del medio del patio. Juan estiró el cuello. “No creo que Betulio tenga chance de ganar. En abril perdió con el japonés Ohba”. Le respondí que en esa ocasión le habían robado la pelea a Betulio. “Hasta los mismo japoneses pitaron a los árbitros y al campeón”. Juan agarró la pelota y le dio un puntapié mientras se quejaba de que Betulio era pura corredera y no se paraba a cambiar golpes. En el periódico decían que después de la pelea con Ohba, Betulio había derrotado al californiano Tony Moreno por decisión en 10 asaltos, al dominicano Natalio Jiménez por decisión en 10 asaltos y al filipino San Sacristán por decisión en 12 asaltos en la eliminatoria para pelear por el título de Salabarría.
La noche siguiente registré los cerros de la revista Sport Gráfico que mis hermanos guardaban bajo la cama. Entre las hojas amarillentas encontré una especie de biografía de Betulio. “Sus sueños de boxeador empezaron a los 14 años cuando vio la película “Pepe, el Toro”, donde el famoso actor Pedro Infante interpretaba a un aguerrido boxeador. En 1965 inició su carrera en el amateur. Allí representó a su estado en varias competencias importante. Nunca tuvo oportunidad de integrar la selección nacional debido a que tenía por delante a un gigante llamado Francisco “Morochito” Rodríguez, Félix Márquez, Luis “Lumumba” Estaba y Armando “Mono” Mendoza.
Saltó al profesional en 1968 bajo la tutela de Ángel Atilio Leal. Debutó el 24 de abril de aquel año y venció por nocaut técnico en tres asaltos a Elio Monzant.
Hilvanó una seguidilla de diez victorias hasta que el primero de agosto de 1969 entabló con el argentino José Brizuelas en Caracas. El 19 de septiembre de ese año, en Maracaibo, Betulio venció por decisión en 10 rounds a Brizuelas y quedó listo para disputar el campeonato nacional mosca ante Héctor Criollo.
El 10 de octubre noqueó a Criollo en 7 asaltos, en Caracas. Entonces el cumanés Félix Márquez retó a González. Betulio realizó tres peleas que ganó por la vía de la anestesia. El 06 de marzo de 1970 se efectuó el esperado combate ante Márquez, aunque sin la corona en juego. Con esta pelea renació una añeja rivalidad entre caraqueños y zulianos, aunque Márquez venía del estado Sucre, fue adoptado como local. Los capitalinos se quejaban de que Betulio era un estilista que arriesgaba poco y algo cómico en el ensogado, al tiempo que Márquez se había ganado los afectos de la afición por la agresividad mostrada en cada combate.
El 20 de noviembre me senté en los muebles de ratán del comedor. Felipe ajustó la nitidez de la imagen y Miguel Thoddé empezó a describir los movimientos de González y Salavarría. Los asaltos avanzaban y los púgiles se mantenían amagando sin concretar. Thoddé se preguntaba si la pelea había comenzado o estaban en una sesión de sombras.
Las páginas de Sport Gráfico regresaron a mi campo visual. Carlos González escribió una reseña que resaltaba la espectacularidad del combate donde Félix Márquez fue muy superior a Betulio, quién había derrochado coraje, pero había quedado claro que no era el mejor. Márquez arrebató el invicto a Betulio, más este continuaba siendo el campeón nacional. Betulio volvió al ring el 17 de abril de 1970 y derrotó por decisión al colombiano Nestor Jiménez en una pelea insípida. Luego fue derrotado, vía tarjetas, por el dominicano Ignacio Espinal el 08 de mayo.
La pelea avanzaba entre los adjetivos de Miguel Thodde y las quejas de Felipe. “En esa pelea no pasa nada”.
La revancha ante Márquez se realizó en 15 de junio de 1970. Betulio llegaba con marca de 16 victorias, dos reveses y un empate. Márquez mostraba récord de 10 triunfos y un empate. Era el favorito de los entendidos y el público que otra vez llenó el Nuevo Circo. Esta vez Betulio cambió el planteamiento de la pelea al seguir las ordenes de Juan Medina, su nuevo entrenador, debía sacar partido de su mejor boxeo y evitar pararse a intercambiar golpes con Márquez. Siguió las instrucciones y pese a casi perder por nocaut en el séptimo round, completó la pelea y se adjudicó la victoria por decisión dividida.
El 03 de agosto también se desquitó de Ignacio Espinal al vencerlo por nocaut en el décimo round en Maracaibo.
A partir del duodécimo asalto Felipe adelantó su asiento hasta casi meter la cara en la pantalla del televisor. Guillermo Vílchez comentaba que ocurría algo extraño en la esquina de Salavarría. “Algo se traen entre manos el entrenador y los “seconds”. Se meten mucho las manos en los bolsillo y a cada momento se hablan en los oídos”.
El 18 de septiembre Betulio venció por decisión en 10 asaltos al argentino Ubaldo Duarte quién había noqueado a Félix Márquez en Puerto Cabello. Desde ese momento el público de la capital empezó a tomarlo en serio. Se afianzaba en el noveno lugar del ranking de la AMB. Luego subió al segundo lugar al noquear en sucesión a los mexicanos José García y Rodolfo López. La AMB ordenó una pelea eliminatoria entre el venezolano y el filipino Bernabé Villacampo, segundo aspirante del monarca Masao Ohba.
La pelea fue a 12 asaltos y se realizó el 21 de diciembre en Caracas. El panorama se presentaba cuesta arriba para Betulio. El asiático tenía una foja de 35 victorias y 3 reveses. Había ostentado la corona mundial. Betulio hizo alarde de velocidad y logró superar por amplio margen a su adversario. La pelea ante Ohba se aproximaba a pasos agigantados. González noqueó al mexicano Lucio del Río el 20 de febrero de 1971 y todo quedó listo para disputarle el cetro mundial a Ohba el 01 de abril.
Al sonar el campanazo final, Felipe bostezó y se retiró al fondo del comedor. Los jueces decretaron tablas. Se formó un maremagno alrededor del ring hasta que el presidente de la Comisión de Boxeo del Zulia, Ramón Barrios subió al ensogado y declaró nuevo campeón mundial a Betulio, alegando que Salavarría había utilizado sustancias prohibidas. Luego el Presidente del Consejo Mundial de Boxeo ordenó congelar el título hasta que el comité ejecutivo de la entidad se reuniera y decidiera en base a los resultados de los examenes practicados al contenido del frasquito. El test arrojó que el asiático había consumido anfetaminas, sustancia ilegal. A finales de diciembre de 1971 el CMB reiteró a Betulio González como nuevo campeón mundial del peso mosca con la condición de brindarle la revancha a Salavarría en un lapso de tres meses.
Alfonso L. Tusa C.
martes, 8 de noviembre de 2011
Un tren humeante
El ferrocarril cruzaba en diagonal el cuadrilátero, registraba las verticales, escrutaba las horizontales, la lona se iba llenando de rieles cargados de esgrima, protectores bucales apretados, temperaturas de fusión, y sobre todo un gancho de izquierda que relumbraba en lo más intenso del enfrentamiento. Esa es la imagen que ilustró mis ojos cuando me enteré que Joe Frazier había dejado este mundo bajo una andanada de impactos de un cáncer hepático este lunes 07 de noviembre de 2011.
La pantalla del Zenith tenía un vendaval de interferencias, la voz del narrador nos hacía buscar a los boxeadores entre el ruido del televisor. Papá abrió la puerta y pasó de largo hasta el poste de la antena, tuvo un intercambio de impactos con el tubo de acero tan o más vibrante que la de Alí con Frazier. “No me vine de jugar dominó para ver puras rayas”.
Billy Joe Frazier nació el 12 de enero de 1944 en Laurel Bay, Carolina del Sur. En sus días infantiles era llamado Billy Boy por su padre Rubin y su madre Dolly. A los 13 años abandonó la escuela y se fue a perseguir el sueño de ser como Joe Louis, Ezzard Charles o Archie Moore.
Más por la emoción del narrador que por la nitidez de la imagen nos enteramos de los avances imparables de Frazier buscando la pelea adentro mientras Ali lo mantenía a raya a punta de jabs y bailoteos. Papá reclamaba que “ese manganzón se pare a pelear. ¡No le da pena que el pequeño lo persigue y el lo que hace es correr!”.
Yank Durham descubrió a Frazier en un gimnasio de Filadelfia sudando la gota gorda para perder peso. Lo apodo “Smokin’ Joe” (Joe el humeante) porque cada vez que le daba los últimos consejos antes de salir a pelear le decía “Sal a pelear y haz que salga humo de tus guantes”. De la mano de Durham, Frazier ganó el campeonato de los guantes de oro y la medalla áurea en los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964.
Luego mis hermanos empezaron a justificar a Alí por su posición de no ir a la guerra del VietCong. Felipe decía que fue injusto encarcelarlo por no ir a una guerra ajena. Jesús Mario alegaba que si Alí perdía era por haber permanecido todo ese tiempo tras las rejas. Mientras tanto la voz del narrador hacía ver la pelea en toda su magnitud.
Frazier saltó al profesional en 1965 y ganó sus primeros 11 desafíos por la vía rápida. Para el invierno de 1968 tenía marca de 21-0.
Papá refirió que Frazier tenía razón cuando había dicho que Ali había renegado de sus orígenes al renunciar al nombre que le dieron sus padres. “Que no me venga con ese cuento de, nombre de esclavos, ese concepto lo lleva cada quién en su cabeza, y aún cuando en algún momento hayan sido esclavos, le corresponde a cada quién modificar esa situación, y para eso no hay que cambiar de nombre, hay que demostrar que los seres humanos merecen respeto”.
En febrero de 1970 Frazier se apoderó del título de los pesos pesados de la Asociación Mundial de Boxeo. Y en el verano de aquel año Alí ganó una batalla en los tribunales que le permitió recuperar su licencia para boxear. Luego venció a Jerry Quarry y Oscar Bonavena para dejar todo listo para la “Pelea del Siglo”, el 08 de marzo de 1971.
En el round 15 las modulaciones del narrador subieron hasta la platabanda, Papá se levantó de la silla, Jesús Mario descruzó los brazos y Felipe se atragantó con un vaso de agua. Frazier había logrado colocar su mortífero gancho izquierdo a la mandíbula y Alí había caìdo por tercera ocasión en su carrera.
Luego vendría la revancha en una pelea a 12 asaltos en enero de 1974. Alí ganó por decisión unánime. Frazier se quejó que su contrincante pasó todo el tiempo agarrándose de él.
Mis hermanos respiraron profundo cuando Alí se levantó a la cuenta de cuatro y continuó fajándose con aquel tren indetenible. Puños arriba, metía los hombros para buscar espacio, embestía con la cabeza al tiempo que los brazos parecía aspas de radiador.
El punto culminante de aquella rivalidad llegó el 01 de octubre de 1975 en Manila, cuando Frazier y Ali se batieron en una espeluznante pelea que sacó no sólo humo sino los vahos más ardientes de dos pugilistas que salieron a dejar el alma sobre aquel ensogado. Alí empezó mandando. Frazier arremetió a mediados de la pelea hasta que Alí lo golpeó varias veces en la cara a partir del round 12. Frazier se fajó con él y seguía hacia adelante a pesar del vendaval. Hasta que las hematomas cerraron por completo su ojo izquierdo y no pudo salir para el décimoquinto asalto. “Es lo más cerca que he estado de la muerte”, declaró Alí al final del combate.
Al conocer la decisión Felipe y Jesús Mario protestaron y anunciaron que Ali se desquitaría.
Toda la intensidad de aquella enemistad empezó a cambiar cuando en marzo de 2001 Alí dijo que en el fragor de la rivalidad había expresado cosas que nunca debió decir. Frazier respondió que era tiempo de abrazarse, de reunirse y conversar, que la vida era muy corta. Cuando la lucha de Frazier contra el cáncer se hizo pública, Alí declaró: “Mi familia y yo tenemos a Joe y a su familia en nuestras oraciones diarias”.
Papá se levantó de la silla soltó que había que reconocer que Frazier había ganado en buena lid.
Yank Durham dijo una vez de Frazier: “He tenido muchos boxeadores con mucho más talento bruto que él, pero ninguno tiene más dedicación ni fuerza que Joe”.
Alfonso L. Tusa C.
La pantalla del Zenith tenía un vendaval de interferencias, la voz del narrador nos hacía buscar a los boxeadores entre el ruido del televisor. Papá abrió la puerta y pasó de largo hasta el poste de la antena, tuvo un intercambio de impactos con el tubo de acero tan o más vibrante que la de Alí con Frazier. “No me vine de jugar dominó para ver puras rayas”.
Billy Joe Frazier nació el 12 de enero de 1944 en Laurel Bay, Carolina del Sur. En sus días infantiles era llamado Billy Boy por su padre Rubin y su madre Dolly. A los 13 años abandonó la escuela y se fue a perseguir el sueño de ser como Joe Louis, Ezzard Charles o Archie Moore.
Más por la emoción del narrador que por la nitidez de la imagen nos enteramos de los avances imparables de Frazier buscando la pelea adentro mientras Ali lo mantenía a raya a punta de jabs y bailoteos. Papá reclamaba que “ese manganzón se pare a pelear. ¡No le da pena que el pequeño lo persigue y el lo que hace es correr!”.
Yank Durham descubrió a Frazier en un gimnasio de Filadelfia sudando la gota gorda para perder peso. Lo apodo “Smokin’ Joe” (Joe el humeante) porque cada vez que le daba los últimos consejos antes de salir a pelear le decía “Sal a pelear y haz que salga humo de tus guantes”. De la mano de Durham, Frazier ganó el campeonato de los guantes de oro y la medalla áurea en los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964.
Luego mis hermanos empezaron a justificar a Alí por su posición de no ir a la guerra del VietCong. Felipe decía que fue injusto encarcelarlo por no ir a una guerra ajena. Jesús Mario alegaba que si Alí perdía era por haber permanecido todo ese tiempo tras las rejas. Mientras tanto la voz del narrador hacía ver la pelea en toda su magnitud.
Frazier saltó al profesional en 1965 y ganó sus primeros 11 desafíos por la vía rápida. Para el invierno de 1968 tenía marca de 21-0.
Papá refirió que Frazier tenía razón cuando había dicho que Ali había renegado de sus orígenes al renunciar al nombre que le dieron sus padres. “Que no me venga con ese cuento de, nombre de esclavos, ese concepto lo lleva cada quién en su cabeza, y aún cuando en algún momento hayan sido esclavos, le corresponde a cada quién modificar esa situación, y para eso no hay que cambiar de nombre, hay que demostrar que los seres humanos merecen respeto”.
En febrero de 1970 Frazier se apoderó del título de los pesos pesados de la Asociación Mundial de Boxeo. Y en el verano de aquel año Alí ganó una batalla en los tribunales que le permitió recuperar su licencia para boxear. Luego venció a Jerry Quarry y Oscar Bonavena para dejar todo listo para la “Pelea del Siglo”, el 08 de marzo de 1971.
En el round 15 las modulaciones del narrador subieron hasta la platabanda, Papá se levantó de la silla, Jesús Mario descruzó los brazos y Felipe se atragantó con un vaso de agua. Frazier había logrado colocar su mortífero gancho izquierdo a la mandíbula y Alí había caìdo por tercera ocasión en su carrera.
Luego vendría la revancha en una pelea a 12 asaltos en enero de 1974. Alí ganó por decisión unánime. Frazier se quejó que su contrincante pasó todo el tiempo agarrándose de él.
Mis hermanos respiraron profundo cuando Alí se levantó a la cuenta de cuatro y continuó fajándose con aquel tren indetenible. Puños arriba, metía los hombros para buscar espacio, embestía con la cabeza al tiempo que los brazos parecía aspas de radiador.
El punto culminante de aquella rivalidad llegó el 01 de octubre de 1975 en Manila, cuando Frazier y Ali se batieron en una espeluznante pelea que sacó no sólo humo sino los vahos más ardientes de dos pugilistas que salieron a dejar el alma sobre aquel ensogado. Alí empezó mandando. Frazier arremetió a mediados de la pelea hasta que Alí lo golpeó varias veces en la cara a partir del round 12. Frazier se fajó con él y seguía hacia adelante a pesar del vendaval. Hasta que las hematomas cerraron por completo su ojo izquierdo y no pudo salir para el décimoquinto asalto. “Es lo más cerca que he estado de la muerte”, declaró Alí al final del combate.
Al conocer la decisión Felipe y Jesús Mario protestaron y anunciaron que Ali se desquitaría.
Toda la intensidad de aquella enemistad empezó a cambiar cuando en marzo de 2001 Alí dijo que en el fragor de la rivalidad había expresado cosas que nunca debió decir. Frazier respondió que era tiempo de abrazarse, de reunirse y conversar, que la vida era muy corta. Cuando la lucha de Frazier contra el cáncer se hizo pública, Alí declaró: “Mi familia y yo tenemos a Joe y a su familia en nuestras oraciones diarias”.
Papá se levantó de la silla soltó que había que reconocer que Frazier había ganado en buena lid.
Yank Durham dijo una vez de Frazier: “He tenido muchos boxeadores con mucho más talento bruto que él, pero ninguno tiene más dedicación ni fuerza que Joe”.
Alfonso L. Tusa C.
jueves, 22 de septiembre de 2011
Treinta años de aquella fulgurante pelea de Ray Leonard y Tommy Hearns.
Acabábamos de regresar a clases luego de una larga huelga. El
Instituto Tecnológico de Cumaná recuperaba la vida de la actividad
académica, aunque la desazón flotaba en toda la comunidad. El gobierno
había violentado el funcionamiento de la institución al nombrar
unilateralmente nuevas autoridades. Los temas deportivos resultaban
bálsamos que aliviaban aquellas heridas infligidas por una democracia
dictatorial.
En aquellos días de inicios de septiembre de 1981 un enfrentamiento
pugilístico martillaba las páginas deportivas, programas de radio y
televisión además de las tertulias deportivas. Ray Sugar Leonard
campeón de los pesos welter del Concejo Mundial de Boxeo, enfrentaría
a Thomas Hearns campeón welter de la Asociación Mundial de Boxeo, para
unificar el título de la categoría.
Mientras discutíamos una clase sobre la basicidad de las aminas
después de la clase, Luis sacó el Meridiano y poco a poco la discusión
llegó hasta el gimnasio. Luis decía que Leonard le ganaba a Hearns.
Ramón y Armindore replicaban que Hearns tenía dos mandarrias en las
manos y Leonard no iba a resistir esos impactos. Pedro y Alfredo
opinaban que era una pelea muy difícil. Para ponerle más picante al
ambiente me incliné por Leonard y así todo estaba super parejo.
Leonard había ganado el campeonato de los pesos Welter del CMB al
noquear a Wilfredo Beníez en el décimoquinto asalto en 1979. Luego
perdió ese título ante Roberto Mano è piedra Durán en una decisión muy
cerrada en junio de 1980 y lo recuperó cinco meses después en aquella
recordada pelea del “No más” en la cual Durán abandonó en el quinto
round. En junio de 1981 Leonard subió a la categoría de los pesos
medio medianos para realizar una pelea. Noqueó a Ayub Kalule en nueve
rounds para ganar el título de los medio medianos de la AMB.
Hearns ganó el campeonato de los welter de la AMB en 1980 al noquear
a José Pipino Cuevas en el segundo round de un combate escenificado en
Detroit, Michigan. Hizo tres defensas exitosas ante Luis Primera,
Randy Shields y Pablo Baez.
Leonard llegaba con record de 30-1 (21 KO). Hearns estaba invicto en
32 peleas (30 KO). La pelea estaba pautada para el 16 de septiembre de
1981 en el Caesars Palace de Las Vegas, Nevada.
Antes, durante y después de las clases, los trabajos dirigidos y las
prácticas de laboratorio, la discusión por la pelea subía en
vehemencia. Más de una vez los profesores nos pidieron silencio.
Cuando faltaba una semana para la pelea el ambiente empezó a
caldearse con emociones y discusiones que llegaban hasta que
desmontábamos el último experimento en el laboratorio. La porfía
llegaba a los asientos del autobús, el chofer nos quedaba mirando. “Me
parece que esa pelea ya empezó aquí”. Una tarde los epítetos subieron
tanto de volumen que decidimos apostar algo para amortiguar la
disputa. Acordamos que los que perdieran debían comprar lo necesario
para hacer un sancocho de pescado a la orilla del río, además de
prepararla y por supuesto comprar la bebida. Eso calmó un poco los
ánimos. Tanto Ramón y Armindore como Luis y yo nos frotábamos las
manos pensando en lo fácil que iba a ser almorzar a costa de los
perdedores al día siguiente de la pelea. Sin embargo cada vez que
aparecía una noticia nueva, la discusión reaparecía.
Aquel enfrentamiento convocó a 23.618 aficionados alrededor del ring
y una teleaudiencia de algunos 300 millones.
Los primeros asaltos se desarrollaron de acuerdo a lo esperado.
Leonard boxeaba desde afuera y Hearns lo perseguía. Cuando terminó el
quinto round empecé a visualizarme en la avenida Perimetral a las seis
de la mañana para comprar el pescado del sancocho. Leonard había
tenido dificultades para escapar del incisivo y largo jab de Hearns.
Tenía una apreciable hematoma debajo del ojo izquierdo. Hearns había
tomado una ventaja considerable en las tarjetas.
En el sexto round me levanté de la mecedora. Leonard se fue encima y
conectó un gancho de izquierda a la barbilla. Mientras Ray Sugar
zarandeaba a Tommy recorrí todo el salón. Eso duró hasta el octavo
round cuando round se recuperó con una estrategia de pegar y moverse,
así empezó a ganar puntos otra vez. Los papeles se invirtieron: ahora
Leonard era el perseguidor y Hearns el boxeador.
El día de la pelea los únicos que hablaban de boxeo eran Alfredo y
Pedro. Decían que Hearns se veía grande. Que Leonard iba a tener que
echarle un cerro para poder ganar. Le dije a Luis entredientes: “Eso
lo vamos a ver esta noche”. Armindore y Ramón chocaban las manos con
una sonrisa que atravesaba el aula.
Hearns ganó desde el noveno hasta el duodécimo round en las tarjetas
de los jueces y el árbitro. Volvíeron las imágenes de nosotros
preparando el sancocho a la orilla del río. Me llamó la atención de
los gritos que daba el legendario entrenador Angelo Dundee en la
esquina de Leonard. Tenía los ojos afilados y una maraña de venas
brotadas en el cuello. “¡Estás botando la pelea hijo! ¡La estás
botando!”
Leonard salió a echar el resto en el décimo tercer round. Aún cuando
tenía el ojo izquierdo muy hinchado. Después de impactar a Hearns con
un derechazo, logró asestarle una combinación explosiva que lanzó a
Hearns contra las cuerdas. Hearns se levantó, pero se volvió a caer al
final del round.
En el décimocuarto round, luego de golpear a Hearns con una derecha
por encima del brazo, Leonard llevó a Hearns contra las cuerdas, allí
desarrolló otra combinación intensa que obligó al árbitro a detener el
combate y acreditarle a Sugar Ray Leonard el Campeonato Mundial
Unificado del peso Welter. Hearns dominaba las tarjetas 124-122,
125-122 y 125-121.
Estuve saltando como dos minutos, mientras veía la celebración de
Leonard a hombros de sus segundos, suspiré profundo, me había salvado
de ir a comprar pescado y vituallas a la boca del Manzanares. Deseaba
con todas mis fuerzas que amaneciera rápido para echarle broma a los
muchachos e irnos para el río.
Antes de apagar el televisor hablaban de una discusión debida a los
puntajes de los rounds seis y siete. Aún cuando Leonard dominó,
zarandeando a Hearns, los tres jueces le dieron ambos asaltos por
margen de 10-9. Muchos sintieron que la puntuación no fue apropiada y
que esos rounds debieron haber sido anotados 10-8.
Luis llegó temprano a la casa. Nos reunimos con Armindore y Ramón en
“las cuatro esquinas” para agarrar el bus hacia San Juan. Alfredo
llegó a última hora y agarró una de las bolsas que le entregaron
Armindore y Ramón. Pedro se adelantó en su motocicleta. Cuando el
autobús remontaba el “policía acostado” de la alcabala, los agentes
hicieron la señal de alto. Revisaron lo que llevaba cada pasajero. Se
quedaron viendo las bolsas que llevaban Ramón y Armindore. Hicieron
una seña a Alfredo y se los llevaron a la caseta. Mientras caminaban
por el pasillo nos señalaron “¿Y a estos no los van a registrar? Ellos
vienen con nosotros”. Desde la ventanilla vimos como los policías
ordenaban a los muchachos a pegarse contra la pared mientras los
revisaban de la cabeza hasta los pies. A la distancia se escuchaban
los lamentos de Ramón: “Perdió Hearns. Tuvimos que ir a comprar el
pescado, la vitualla,. Y ahora nos requisan como malandros”.
Alfonso L. Tusa C.
Instituto Tecnológico de Cumaná recuperaba la vida de la actividad
académica, aunque la desazón flotaba en toda la comunidad. El gobierno
había violentado el funcionamiento de la institución al nombrar
unilateralmente nuevas autoridades. Los temas deportivos resultaban
bálsamos que aliviaban aquellas heridas infligidas por una democracia
dictatorial.
En aquellos días de inicios de septiembre de 1981 un enfrentamiento
pugilístico martillaba las páginas deportivas, programas de radio y
televisión además de las tertulias deportivas. Ray Sugar Leonard
campeón de los pesos welter del Concejo Mundial de Boxeo, enfrentaría
a Thomas Hearns campeón welter de la Asociación Mundial de Boxeo, para
unificar el título de la categoría.
Mientras discutíamos una clase sobre la basicidad de las aminas
después de la clase, Luis sacó el Meridiano y poco a poco la discusión
llegó hasta el gimnasio. Luis decía que Leonard le ganaba a Hearns.
Ramón y Armindore replicaban que Hearns tenía dos mandarrias en las
manos y Leonard no iba a resistir esos impactos. Pedro y Alfredo
opinaban que era una pelea muy difícil. Para ponerle más picante al
ambiente me incliné por Leonard y así todo estaba super parejo.
Leonard había ganado el campeonato de los pesos Welter del CMB al
noquear a Wilfredo Beníez en el décimoquinto asalto en 1979. Luego
perdió ese título ante Roberto Mano è piedra Durán en una decisión muy
cerrada en junio de 1980 y lo recuperó cinco meses después en aquella
recordada pelea del “No más” en la cual Durán abandonó en el quinto
round. En junio de 1981 Leonard subió a la categoría de los pesos
medio medianos para realizar una pelea. Noqueó a Ayub Kalule en nueve
rounds para ganar el título de los medio medianos de la AMB.
Hearns ganó el campeonato de los welter de la AMB en 1980 al noquear
a José Pipino Cuevas en el segundo round de un combate escenificado en
Detroit, Michigan. Hizo tres defensas exitosas ante Luis Primera,
Randy Shields y Pablo Baez.
Leonard llegaba con record de 30-1 (21 KO). Hearns estaba invicto en
32 peleas (30 KO). La pelea estaba pautada para el 16 de septiembre de
1981 en el Caesars Palace de Las Vegas, Nevada.
Antes, durante y después de las clases, los trabajos dirigidos y las
prácticas de laboratorio, la discusión por la pelea subía en
vehemencia. Más de una vez los profesores nos pidieron silencio.
Cuando faltaba una semana para la pelea el ambiente empezó a
caldearse con emociones y discusiones que llegaban hasta que
desmontábamos el último experimento en el laboratorio. La porfía
llegaba a los asientos del autobús, el chofer nos quedaba mirando. “Me
parece que esa pelea ya empezó aquí”. Una tarde los epítetos subieron
tanto de volumen que decidimos apostar algo para amortiguar la
disputa. Acordamos que los que perdieran debían comprar lo necesario
para hacer un sancocho de pescado a la orilla del río, además de
prepararla y por supuesto comprar la bebida. Eso calmó un poco los
ánimos. Tanto Ramón y Armindore como Luis y yo nos frotábamos las
manos pensando en lo fácil que iba a ser almorzar a costa de los
perdedores al día siguiente de la pelea. Sin embargo cada vez que
aparecía una noticia nueva, la discusión reaparecía.
Aquel enfrentamiento convocó a 23.618 aficionados alrededor del ring
y una teleaudiencia de algunos 300 millones.
Los primeros asaltos se desarrollaron de acuerdo a lo esperado.
Leonard boxeaba desde afuera y Hearns lo perseguía. Cuando terminó el
quinto round empecé a visualizarme en la avenida Perimetral a las seis
de la mañana para comprar el pescado del sancocho. Leonard había
tenido dificultades para escapar del incisivo y largo jab de Hearns.
Tenía una apreciable hematoma debajo del ojo izquierdo. Hearns había
tomado una ventaja considerable en las tarjetas.
En el sexto round me levanté de la mecedora. Leonard se fue encima y
conectó un gancho de izquierda a la barbilla. Mientras Ray Sugar
zarandeaba a Tommy recorrí todo el salón. Eso duró hasta el octavo
round cuando round se recuperó con una estrategia de pegar y moverse,
así empezó a ganar puntos otra vez. Los papeles se invirtieron: ahora
Leonard era el perseguidor y Hearns el boxeador.
El día de la pelea los únicos que hablaban de boxeo eran Alfredo y
Pedro. Decían que Hearns se veía grande. Que Leonard iba a tener que
echarle un cerro para poder ganar. Le dije a Luis entredientes: “Eso
lo vamos a ver esta noche”. Armindore y Ramón chocaban las manos con
una sonrisa que atravesaba el aula.
Hearns ganó desde el noveno hasta el duodécimo round en las tarjetas
de los jueces y el árbitro. Volvíeron las imágenes de nosotros
preparando el sancocho a la orilla del río. Me llamó la atención de
los gritos que daba el legendario entrenador Angelo Dundee en la
esquina de Leonard. Tenía los ojos afilados y una maraña de venas
brotadas en el cuello. “¡Estás botando la pelea hijo! ¡La estás
botando!”
Leonard salió a echar el resto en el décimo tercer round. Aún cuando
tenía el ojo izquierdo muy hinchado. Después de impactar a Hearns con
un derechazo, logró asestarle una combinación explosiva que lanzó a
Hearns contra las cuerdas. Hearns se levantó, pero se volvió a caer al
final del round.
En el décimocuarto round, luego de golpear a Hearns con una derecha
por encima del brazo, Leonard llevó a Hearns contra las cuerdas, allí
desarrolló otra combinación intensa que obligó al árbitro a detener el
combate y acreditarle a Sugar Ray Leonard el Campeonato Mundial
Unificado del peso Welter. Hearns dominaba las tarjetas 124-122,
125-122 y 125-121.
Estuve saltando como dos minutos, mientras veía la celebración de
Leonard a hombros de sus segundos, suspiré profundo, me había salvado
de ir a comprar pescado y vituallas a la boca del Manzanares. Deseaba
con todas mis fuerzas que amaneciera rápido para echarle broma a los
muchachos e irnos para el río.
Antes de apagar el televisor hablaban de una discusión debida a los
puntajes de los rounds seis y siete. Aún cuando Leonard dominó,
zarandeando a Hearns, los tres jueces le dieron ambos asaltos por
margen de 10-9. Muchos sintieron que la puntuación no fue apropiada y
que esos rounds debieron haber sido anotados 10-8.
Luis llegó temprano a la casa. Nos reunimos con Armindore y Ramón en
“las cuatro esquinas” para agarrar el bus hacia San Juan. Alfredo
llegó a última hora y agarró una de las bolsas que le entregaron
Armindore y Ramón. Pedro se adelantó en su motocicleta. Cuando el
autobús remontaba el “policía acostado” de la alcabala, los agentes
hicieron la señal de alto. Revisaron lo que llevaba cada pasajero. Se
quedaron viendo las bolsas que llevaban Ramón y Armindore. Hicieron
una seña a Alfredo y se los llevaron a la caseta. Mientras caminaban
por el pasillo nos señalaron “¿Y a estos no los van a registrar? Ellos
vienen con nosotros”. Desde la ventanilla vimos como los policías
ordenaban a los muchachos a pegarse contra la pared mientras los
revisaban de la cabeza hasta los pies. A la distancia se escuchaban
los lamentos de Ramón: “Perdió Hearns. Tuvimos que ir a comprar el
pescado, la vitualla,. Y ahora nos requisan como malandros”.
Alfonso L. Tusa C.
martes, 6 de septiembre de 2011
El desquite de Antonio Gómez.
Podría decirse que a partir de la derrota (por decisión) de Pedro Gómez a
manos de Shozo Saijo el 09 de febrero de 1969, la carrera de Antonio Gómez
dio un vuelco en cuanto a su actitud sobre el ensogado. Hasta esa fecha
Antonio se había caracterizado por enfatizar el arte de la esgrima que lo
hacía practicar una gran defensa. El público lo calificaba de “apático y
frío”. La derrota de su hermano lo hizo jurar que lo vengaría y a partir de
allí empezó a complementar su defensa con efectivas combinaciones de
certeros impactos.
Antonio había decidido practicar el pugilismo animado por las
demostraciones de Pedro. “Siempre me gustó verlo pelear y entrenar, tanto
que un día Heli Montes me preguntó si quería boxear. Le contesté que sí y me
dijo que me fuese al día siguiente por la tarde con un pantaloncito corto y
unas vendas”.
El salto al pugilismo rentado ocurrió a los 22 años. Gómez arregló la
transición a través de Heli Montes. “Mi esperanza era llegar a ser campeón
nacional, no campeón mundial. Cuando conquiste el título nacional, me
retiro. Así lo dije varias veces”.
Debutó el 18 de febrero de 1967 en Caracas ante el tambien venezolano
Eduardo Blanco. Lo anestesió en el tercer round. Labró un invicto de 7
peleas hasta que se atravesó Domingo Bastidas el 01 de septiembre de aquel
1967. Salió vencido por nocaut técnico. Antonio alegó que Bastidas lo había
golpeado en el cuello, por lo que debió abandonar. Pidió la revancha. El 29
de enero de 1968 y se desquitó en una clara decisión de 8 rounds. Este
triunfo resultó el cuarto de otra seguidilla de victorias, esta vez de 9.
Entonces perdió una discutida decisión el 04 de noviembre de 1968 (8 rounds)
ante Gustavo Briceño. Derrotó a Manuel Arnal y a Mario Enrique antes de
cobrar venganza de Briceño al noquearlo en 9 asaltos el 30 de marzo de 1969.
El 02 de septiembre de 1971 Antonio Gómez salió a buscar a Shozo Saijo
desde el principio. En el primer round lo alcanzó con un jab y el japonés
fue a la lona pero el árbitro Alfred Giarruso no hizo el conteo de
protección por considerar que había sido un resbalón del hasta entonces
campeón mundial.
La primera gran oportunidad de Antonio Gómez se presentó el 22 de agosto de
1969 en Los Ángeles, Estados Unidos. “Habían llamado a Ramiro Machado para
que Cruz Marcano peleara con Hawkins, pero el Loco estaba de farra y me
dijeron a mì. Fui como carne de cañón a pelear con el tipo. Pedro me estuvo
explicando varias cosas antes de viajar, y como el tenía más experiencia que
yo, hice lo que me dijo”. El boxeador cumanés se impuso por nocaut en el
décimo asalto y quedó listo para enemigos de cartel como el colombiano Kid
Pambelé y el mexicano Gil Noriega.
En el segundo round Gómez se desplazó con elegancia y la seguridad que
reflejó mientras hablaba con los entrenadores Willie Ketchum y Heli Montes,
con su representante Ramiro Machado y con los 17 venezolanos que estaban con
él en el hotel. Sacudió tres veces el jab y aplicó el upper en un
contragolpe. Las esperanzas de que el título mundial de los plumas pasara a
manos venezolanas crecían.
El careo con Gil Noriega se realizó el 14 de febrero de 1970 en Los
Angeles. Gómez ganó por nocaut en 7 asaltos. Empezaron a llamarlo “El
noqueador de Los Angeles”.
El 20 de abril de 1970 enfrentó en Tijuana, México, al “manito” Memo
Morales quién había derrotado al campeón nacional de los plumas Cruz Marcano
el 20 de febrero de 1970. Gómez lo anestesió en 3 rounds y vengó a su
paisano. Le ganó decisión en 10 rounds al tambien mexicano Antonio Hernández
en Los Angeles. Entonces fue en búsqueda del campeonato de los pesos pluma
del estado de California frente a Fernando Sotelo. El 05 de septiembre de
1970, en Los Angeles, Gómez noqueó en el noveno salto.
En el tercer round Saijo salió a echar del resto. Antonio lo recibió con
izquierdazo al mentón. Algunos venezolanos empezaron a saltar en el ring
side. Tuvieron que regresar a sus asientos cuando Saijo se levantó a los ocho
segundos de conteo y atacó con garra. Llevó a Gómez contra las cuerdas y lo
zarandeó con impactos de ambas manos. Antonio se sorprendió y respondió con
derecha fuerte al mentón.
Extendió su seguidilla de victorias a 14 con triunfos ante Ray Vega, por
nocaut en 7 rounds, el 09 de noviembre en Caracas. Y ante el dominicano Juan
Collado por decisión en 10 rounds, el 14 de diciembre en Caracas.
En el cuarto asalto Gómez impactaba sin contemplación ante un hombre que
resistía gallardamente en defensa del título que había ganado en1968.
El 27 de febrero de 1970 en Caracas, derrotó por decisión apretada al
joven Esteban DeJesus que venía invicto en 18 peleas (17 nocauts). El 28 de
mayo, en Caracas, terminó de reiterar su condición de aspirante número 1 al
título de los plumas de la AMB. Entonces fulminó en el primer round al
mexicano Vicente García.
En el quinto, Gómez metió dos veces el jab y cuando el campeón respondía con
otro, el venezolano lanzó su mano derecha en recto y Saijo dobló las piernas
y cayó de espaldas. El ábitro Giarruso frotó los guantes de Saijo cuando
este se levantó con la guardia erguida. Gómez se abalanzó de nuevo y golpeó
a los costados. Lo tumbó por 8 segundos con derechazo en gancho. Saijo
volvió a levantarse tambaleándose. Pero se volvió a encontrar con el ataque
del venezolano. Saijo cayó por vez definitiva a los 2:07 minutos. Era el
primer nocaut que recibía en su carrera.
Alfonso L. Tusa C.
manos de Shozo Saijo el 09 de febrero de 1969, la carrera de Antonio Gómez
dio un vuelco en cuanto a su actitud sobre el ensogado. Hasta esa fecha
Antonio se había caracterizado por enfatizar el arte de la esgrima que lo
hacía practicar una gran defensa. El público lo calificaba de “apático y
frío”. La derrota de su hermano lo hizo jurar que lo vengaría y a partir de
allí empezó a complementar su defensa con efectivas combinaciones de
certeros impactos.
Antonio había decidido practicar el pugilismo animado por las
demostraciones de Pedro. “Siempre me gustó verlo pelear y entrenar, tanto
que un día Heli Montes me preguntó si quería boxear. Le contesté que sí y me
dijo que me fuese al día siguiente por la tarde con un pantaloncito corto y
unas vendas”.
El salto al pugilismo rentado ocurrió a los 22 años. Gómez arregló la
transición a través de Heli Montes. “Mi esperanza era llegar a ser campeón
nacional, no campeón mundial. Cuando conquiste el título nacional, me
retiro. Así lo dije varias veces”.
Debutó el 18 de febrero de 1967 en Caracas ante el tambien venezolano
Eduardo Blanco. Lo anestesió en el tercer round. Labró un invicto de 7
peleas hasta que se atravesó Domingo Bastidas el 01 de septiembre de aquel
1967. Salió vencido por nocaut técnico. Antonio alegó que Bastidas lo había
golpeado en el cuello, por lo que debió abandonar. Pidió la revancha. El 29
de enero de 1968 y se desquitó en una clara decisión de 8 rounds. Este
triunfo resultó el cuarto de otra seguidilla de victorias, esta vez de 9.
Entonces perdió una discutida decisión el 04 de noviembre de 1968 (8 rounds)
ante Gustavo Briceño. Derrotó a Manuel Arnal y a Mario Enrique antes de
cobrar venganza de Briceño al noquearlo en 9 asaltos el 30 de marzo de 1969.
El 02 de septiembre de 1971 Antonio Gómez salió a buscar a Shozo Saijo
desde el principio. En el primer round lo alcanzó con un jab y el japonés
fue a la lona pero el árbitro Alfred Giarruso no hizo el conteo de
protección por considerar que había sido un resbalón del hasta entonces
campeón mundial.
La primera gran oportunidad de Antonio Gómez se presentó el 22 de agosto de
1969 en Los Ángeles, Estados Unidos. “Habían llamado a Ramiro Machado para
que Cruz Marcano peleara con Hawkins, pero el Loco estaba de farra y me
dijeron a mì. Fui como carne de cañón a pelear con el tipo. Pedro me estuvo
explicando varias cosas antes de viajar, y como el tenía más experiencia que
yo, hice lo que me dijo”. El boxeador cumanés se impuso por nocaut en el
décimo asalto y quedó listo para enemigos de cartel como el colombiano Kid
Pambelé y el mexicano Gil Noriega.
En el segundo round Gómez se desplazó con elegancia y la seguridad que
reflejó mientras hablaba con los entrenadores Willie Ketchum y Heli Montes,
con su representante Ramiro Machado y con los 17 venezolanos que estaban con
él en el hotel. Sacudió tres veces el jab y aplicó el upper en un
contragolpe. Las esperanzas de que el título mundial de los plumas pasara a
manos venezolanas crecían.
El careo con Gil Noriega se realizó el 14 de febrero de 1970 en Los
Angeles. Gómez ganó por nocaut en 7 asaltos. Empezaron a llamarlo “El
noqueador de Los Angeles”.
El 20 de abril de 1970 enfrentó en Tijuana, México, al “manito” Memo
Morales quién había derrotado al campeón nacional de los plumas Cruz Marcano
el 20 de febrero de 1970. Gómez lo anestesió en 3 rounds y vengó a su
paisano. Le ganó decisión en 10 rounds al tambien mexicano Antonio Hernández
en Los Angeles. Entonces fue en búsqueda del campeonato de los pesos pluma
del estado de California frente a Fernando Sotelo. El 05 de septiembre de
1970, en Los Angeles, Gómez noqueó en el noveno salto.
En el tercer round Saijo salió a echar del resto. Antonio lo recibió con
izquierdazo al mentón. Algunos venezolanos empezaron a saltar en el ring
side. Tuvieron que regresar a sus asientos cuando Saijo se levantó a los ocho
segundos de conteo y atacó con garra. Llevó a Gómez contra las cuerdas y lo
zarandeó con impactos de ambas manos. Antonio se sorprendió y respondió con
derecha fuerte al mentón.
Extendió su seguidilla de victorias a 14 con triunfos ante Ray Vega, por
nocaut en 7 rounds, el 09 de noviembre en Caracas. Y ante el dominicano Juan
Collado por decisión en 10 rounds, el 14 de diciembre en Caracas.
En el cuarto asalto Gómez impactaba sin contemplación ante un hombre que
resistía gallardamente en defensa del título que había ganado en1968.
El 27 de febrero de 1970 en Caracas, derrotó por decisión apretada al
joven Esteban DeJesus que venía invicto en 18 peleas (17 nocauts). El 28 de
mayo, en Caracas, terminó de reiterar su condición de aspirante número 1 al
título de los plumas de la AMB. Entonces fulminó en el primer round al
mexicano Vicente García.
En el quinto, Gómez metió dos veces el jab y cuando el campeón respondía con
otro, el venezolano lanzó su mano derecha en recto y Saijo dobló las piernas
y cayó de espaldas. El ábitro Giarruso frotó los guantes de Saijo cuando
este se levantó con la guardia erguida. Gómez se abalanzó de nuevo y golpeó
a los costados. Lo tumbó por 8 segundos con derechazo en gancho. Saijo
volvió a levantarse tambaleándose. Pero se volvió a encontrar con el ataque
del venezolano. Saijo cayó por vez definitiva a los 2:07 minutos. Era el
primer nocaut que recibía en su carrera.
Alfonso L. Tusa C.
lunes, 22 de agosto de 2011
La gesta de Alfredo Marcano
El ambiente previo a la pelea por el título lígero junior de la Asociación Mundial de Boxeo entre el campeón Hiroshi Kobayashi y el retador Alfredo Marcano, empezó a calentarse cuando empezaron a llegar elogios a través de la prensa. El ex campeón mundial mosca japonés Yoshio Shirai, para 1971 uno de los comentaristas de boxeo más destacados de aquel país declaró: “Kobayashi se enfrentará a muchas dificultades cuando defienda su título esta vez, a menos que disponga de todo su poder para esta pelea.
Luego de observar los entrenamientos del púgil cumanés, Shirai comentó: “Los ganchos de Marcano serán una amenaza para el campeón”.
Marcano llegó a Japón el lunes 19 de julio y declaró que no se sentía en su mejor forma debido al viaje. Sin embargo cuando Shirai lo vio el 23 de julio notó que se encontraba en óptimas condiciones. Para ese momento Marcano ocupaba el quinto lugar en el ranking de la división.
Un intercambio pugilístico entre Sucre y Nueva Esparta marcó el inicio de Marcano como boxeador aficionado. En aquellos días de 1961 Alfredo alternaba los estudios con labores de limpiabotas en los alrededores del Teatro Humboldt. De allí se iba a ver los entrenamientos de Pedro Gómez y José Luis Vallejo en el Gimnasio Cabrujas. Empezó a practicar y lo seleccionaron para el intercambio. Fue catalogado como el mejor peso mosca al vencer en la final a Esteban Marcano. Estuvo un tiempo alejado del cuadrilátero. Cuando regresó lo llevaron a Caracas junto a otro gran boxeador: Cruz Marcano. Participaron en una eliminatoria para asistir al torneo “Guantes de Oro” de Puerto Rico. Ambos sortearon la primera eliminatoria. Para la siguiente Marcano debía enfrentar a Pedro Gómez. “Pedro dijo que no pelearía conmigo, que prefería saltar al profesional. Esa pelea no se dio porque entre nosotros había una gran amistad”. Gómez se hizo profesional y Marcano viajó al “Guantes de Oro” donde fue subcampeón.
La afición y los periodistas estaban escépticos de lo que pudiese hacer Marcano ante Kobayashi. Durante el último año el púgil cumanés había experimentado muchos altibajos, de allí la incertidumbre. Marcano había librado tremendos combates ante Bernardo Caraballo o Miguel Herrera en el Nuevo Circo y solo dos meses después desconcertó al abandonar la pelea luego de recibir un impacto del mexicano Fernando Sotelo en el tercer round. Alegó que tenía un cólico. También cayó lastimosamente en mayo de aquel año ante el panameño Ernesto “Ñato” Marcel. Esto ocurre luego de reaparecer en grande con nocauts ante el mexicano Memo Morales en el tercer round y ante el japonés Nobuo Chiba en el sexto. Ante Marcel perdió por decisión unánime. Quizás este decepcionante resultado fue lo que ocasionó la oportunidad que tenía de pelear por el título ante Kobayashi.
Marcano decide saltar al boxeo profesional en 1966 con la idea de comprarle una casa a su madre. El 01 de marzo debuta ante el tambien venezolano Pedro Chirinos y lo vence por decisión en 4 asaltos. Formaba filas con la empresa Gondell, dirigida por los periodistas Carlos González y Delio Amado León. Su primera pelea importante ocurrió el 19 de julio de 1968, entonces noqueó al mexicano Raimundo Vera en 2 asaltos y dejó su marca en 17 triunfos, 3 empates y 2 derrotas. Lo más llamativo eran los 8 nocauts en sus últimos 9 refriegas.
El 15 de agosto de 1969 se enfrentó a Cruz Marcano en “La pelea del año”. Durante los primeros 5 rounds Alfredo dio una lección de esgrima y buenos desplazamientos. Pero se dedicó a correr del sexto al décimo tramo. En principio Alfredo fue declarado ganador, pero minutos después los jueces rectificaron y dieron tablas.
La pelea por el campeonato ligero jr., comenzó alrededor de las 6 de la mañana (hora venezolana). Aquel 29 de julio Marcano salió a fajarse con Kobayashi. Al entrar al noveno asalto el nipón aventajaba en las tarjetas, aún cuando la refriega había presentado muchas alternativas, entonces el retador recibió un impacto que lo paralizó por lo cual el árbitro efectuó un conteo de protección. Marcano recuerda con lujo de detalles. “Estaba demasiado cansado porque hacía mucho calor. La temperatura era de 42 grados y nos estábamos deshidratando. Cuando me hicieron el conteo me fui caminando y me recosté de las cuerdas. El maestro Heli Montes me hacía señas para que me quedara en la esquina. Cuando la cuenta llegó a ocho, continué la pelea. El japonés me lanzó un recto de derecha, yo lo cambié por un upper de derecha y lo tumbé. Allí sonó la campana. Ya en mi esquina, el maestro Montes me atendió muy bien y tomé otro aire. Para el décimo salí a gastar el último carburo que me quedaba, la última pólvora. Lo tiré a la lona otra vez y se puso de pie. Se volvió a caer y se volvió a levantar. Por más que le daba, se caía y se levantaba. Yo tenía que dar lo último que me quedaba porque estaba agotado. Lo había tirado tres veces y todavía se levantaba. El hombre estaba cansadísimo pero aún se mantenía en el ensogado en posición de combate. Kobayashi salió a pelear otra vez, le di un golpe fuerte y cayó arrodillado. Me quedé parado frente a él y me dije a mí mismo, en forma de broma, que si volvía a pararse le iba a dar una patada. Parecía imposible que resistiera tanto”.
El profesor Heli Montes tambien tiene sus impresiones al respecto: “Alfredo era un elemento que pegaba bien a la zona media, lo que demostró en la pelea por el campeonato mundial con Kobayashi. El estaba casi perdido.Había una temperatura que según los japoneses, nos iba a perjudicar a nosotros, pero los perjudicados fueron ellos, porque nos pusieron una lámpara a casi un metro de la cabeza de los boxeadores y eso generaba un calorón, pero los japoneses no sabían que Alfredo era de un sitio donde hace mucho más calor como es Cumaná, y eso en parte no nos afectó tanto como al japonés. Cuando los dos estaban deshidratados, entonces Alfredo aplicó la táctica de la pegada abajo. En el round en que se decidió la pelea, ambos estaban desgastados, pero más lo estaba el japonés. Alfredo estaba tan agobiado que no quería continuar. Entonces apliqué una de las tácticas que yo tenía en el boxeo, y le di una cachetada para que se enfureciera y cuando se enfureció le dije: ‘Pégale a ése que viene allá, es a él a quien tienes que pegarle’”.
Alfonso L. Tusa C.
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