jueves, 9 de julio de 2015

La angustiosa decisión de una madre

Desde 2012, decenas de miles de Rohingya, han huído de Myanmar, pero perdidas en los escarceos diplomáticos respecto al destino de los refugiados, están las desgarradoras consecuencias personales Chris Buckley y Thomas Fuller. 06-07-2015 Gelugor, Malasia. Llevando un niño en su brazo, un Segundo en su espalda y tomando de la mano a un tercero, Hazinah Izhar se sumergió hasta la cintura a través de un manglar en la Bahía de Bengala, se desplazaba hacia un bote pesquero ondulando en el amanecer. “Vienen las tropas, vienen las tropas”, dijo el contrabandista. “Móntese rápido en el bote”. Si ella se iba a arrepentir, ahora era el momento de hacerlo. La señora Izhar de 33 años, había llegado a la pantanosa costa luego de avanzar por caminos inmundos y alrededor de lagunas de peces de Myanmar occidental, donde ella y alrededor de otro millón de miembros de la minoría Rohingya no tienen país, acorralados y perseguidos por su fe musulmana. Ella había firmado para un pasaje a Malasia, pero sabía que el viaje sería de poco fiar, que aún si sobrevivía, los contrabandistas demandarían rescate para dejarla ir junto a sus niños, y que ellos a veces golpeaban, torturaban o vendían como esclavos a aquellos que no podían pagar. Su esposo, quién había cultivado camarones y criado ganado, había estado entre las decenas de miles quienes hicieron el viaje dos años antes, luego de los disturbios budistas que irrumpieron a través de las villas como la de ellos, quemando casas y matando por lo menos 200 personas. Él la había advertido de no seguirlo, le dijo que el viaje era muy peligroso y muy costoso. Pero a medida que ella se acercaba al bote de madera que los llevaría en la primera etapa de un viaje de una semana, un hecho terrible pesaba en su conciencia: Ella había dejado atrás a su hijo mayor, un muchacho de 13 años llamado Jubair. Desde 2012, decenas de miles de Rohingya han huido de Myanmar, donde son considerados oficialmente intrusos. El éxodo explotó en una crisis regional en mayo luego que los contrabandistas abandonaron miles de ellos en el mar, los dejaron a la deriva con poca comida o agua y ningún país quería hacerse cargo de ellos. En medio del clamor global, Malasia e Indonesia acordaron aceptar los inmigrantes temporalmente. Pero perdidas en los escarceos diplomáticos sobre el destino de Rohingya están las decisiones angustiosas enfrentadas por las familias que se van y las desgarradoras consecuencias personales que deben resistir. La señora Izhar sabía que le costaría tanto como 2000 $ llevar a sus tres hijos menores a Malasia. Llevar a Jubair podía doblar el precio de los contrabandistas, y ella solo tenía 500 $ de la venta de su casa, una choza de bambú y barro en la villa de Thayet Oak. La octava de 10 hijos criados por una pareja de granjeros, ella había pasado su vida entera en el campo alrededor de la villa. Ella ase casó a los 18 años, y perdió a su primer esposo por una enfermedad repentina. Ella se apoyó en la ayuda de familiares para mantener a sus dos hijos, Junair y Junaid. Pocos años después, se casó de nuevo y tuvo otro hijo, Sufaid, y luego una niña, Parmin. Fue mientras ella estaba embarazada de Parmin que su esposo huyó a Malasia. Militantes budistas, enceguecidos por los rumores de que los musulmanes habían violado a una mujer budista, habían atacado villas como Thayet Oak a lo largo de Rakhine State, la región costera donde vive la mayoría Rohingya de Myanmar. La policía y el ejército no hicieron nada. Preocupado de que sería arrestado y golpeado como algunos de sus amigos, el esposo de la señora Izhar, Dil Muhammad Rahman, se escondió, y hacía visitas furtivas a su casa en medio de la noche. Luego a finales de 2012, él desapareció completamente, sin llamarla para decirle que se había ido a Malasia hasta tres meses después que llegó. La violencia contra los Rohingya recrudeció el año pasado. La señora Izhar oyó rumores de niños muertos por disparos. Ella vio a policías romperle la mano a un hombre y golpear a otro en la cabeza con palos, lo dejaron sangrando e inconsciente. Las mujeres que vivían solas eran muy vulnerables, y cuando la noche caía, ella mantenía la casa oscura y silenciaba a sus hijos. “Ni siquiera prendía una lámpara”, dijo ella. El miedo era constante. En diciembre, cuando se corrió la voz en las villas de que había barcos esperando en la bahía de Bengala, ella no pudo esperar más. “¿Cómo me voy a quedar aquí? Preguntó ella. “Los viejos, los jóvenes, todos tienen que vigilar la villa cada noche para proteger a las mujeres. Todas las mujeres se van a Malasia, entonces también me iré a Malasia”. Ahora, mientras ella subía a sus hijos al bote en la oscuridad, su mente era un remolino de alivio, miedo y lamento. Malasia es una nación musulmana, ella lo sabía, y creía que ella y sus hijos estarían a salvo allí. Pero no le había dicho a su esposo que ellos iban para allá. Ella esperaba que él se contentaría de verlos, y que conseguiría el dinero para pagarle a los contrabandistas. “Tuve que subir al bote llena de tristeza y miedo”, dijo ella. Mi esposo no permitiría que nadie nos matara. Nos recataría de alguna manera”. Más que todo, sin embargo, ella estaba atormentada por el pensamiento de Jubair. ¿Qué sería de él, solo en Thayet Oak, expuesto a los peligros de los que ella huía? ¿Qué habría sido de sus otros hijos si se hubiesen quedado? Cuando llegó el momento de partir, Jubair estaba con unos amigos en otra villa, y no había tiempo para pensar. Ella reunió a los otros niños, empacó un equipaje con pocas mudas de ropa para los niños y tres botellas plásticas de agua, y huyeron. Ahora, mientras la línea de la costa desaparecía en la distancia, ella deseaba haber tenido la oportunidad de explicar su decisión a Jubair y darle un abrazo de despedida. “Algunas palabras vinieron a mi mente”, ella recordó después. “Si me mantengo con vida, lo traeré a Malasia. Me sentí muy triste al dejar a mi hijo, pero era mejor para la familia si n os íbamos a morir o vivir en otra parte. No podíamos quedarnos. Myanmar El viaje. Luego de pocas horas, los pasajeros fueron transferidos a una lancha, la cual saltaba a través del mar oscuro y picado, eso le causaba nauseas a ella, y después fueron transferidos otra vez, a un barco en algún lugar de la bahía de Bengala. La señora Izhar y sus hijos se apretujaba con otras doce mujeres y sus hijos en la parte superior. Los hombres y muchachos adolescentes fueron dirigidos a la parte inferior. La mayoría de los 250 pasajeros hablaba Rohingya, mientras que algunos sonaban como si fueran de Bangladesh. En la mañana, la tripulación les suministró la primera comida que ella y sus hijos tendrían desde que salieron de la villa dos días antes: lumpias de arroz frio, precocido y piezas de azúcar de palma. La señora Izhar, mareada, tuvo dificultades para mantenerse estable. Vomitó varias veces. “No pude dormir por seis días y sus noches”, dijo ella. “Un hijo estaba a mi derecha, otro hijo a mi izquierda, y el pequeño sobre mi pecho. No nos podíamos mover. Permanecíamos sentados y esperábamos, y yo trataba de evitar que los niños se movieran alrededor. ¿Qué tal si se caían por la borda? Nadie los rescataría”. Era diciembre, y la pequeña familia Rohingya se había convertido en buena parte de la carga del creciente negocio multinacional de contrabando de personas. Los contrabandistas llevaron alrededor de 58000 personas, mayoritariamente desde Myanmar y Bangladesh, en ese viaje el año pasado, a través de la bahía de Bengala y el mar de Andaman, a menudo via al sur de Tailandia y luego a Malasia, de acuerdo a la Organización Internacional de Migraciones. Trasladaron 25000 personas más en el primer trimestre de este año. Muchos Rohingya terminaron cambiando una pesadilla por otra. Algunos fueron confinados por semanas a lugares fétidos saturados de vómito y excremento. Algunos fueron detenidos en especies de prisión al sur de Tailandia, sujetos a golpizas y tortura mientras los contrabandistas extorsionaban a sus familiares con el pago de sus rescates, Cientos han muerto durante el viaje cada año, a causa del hambre, la deshidratación, y a veces la brutalidad. Mientras el barco enfilaba hacia el sureste, la señora Izhar empezó a considerar los peligros latentes. Las mujeres eran generalmente sometidas a golpizas, pero los hombres recibían puñetazos, latigazos y palazos si irritaban a la tripulación, dijo ella. Al final de una tarde, el barco rompió en gritos y alaridos cuando algunos de los miembros de la tripulación se preparaban a lanzar por la borda el cuerpo inerte de un hombre viejo, cuyas manos y piernas habían sido atadas con cuerda. “Parecía como si estuviese muerto, o tal vez agonizaba”, dijo la señora Izhar. “Pero de pronto empezó a moverse y a gritar, y entonces todos gritaron, ‘¡Él esta vivo! ¡Él está vivo! La tripulación lo golpeó hasta desmayarlo y lo llevaron a la parte de abajo. La señora Izhar no supo que le pasó al hombre después de eso. La transacción Luego de una semana en el mar, la familia de la señora Izhar se subió a un barco más grande, donde se unieron a otros cientos de emigrantes. La tripulación incluyó personas de Tailandia, así como otros Rohingya, y hablaban como si el barco estuviera en algún lugar fuera de Tailandia. Ella y los niños fueron llevados a un lugar maloliente y sobrepoblado tres niveles por debajo del piso superior. Poco después que los pasajeros abordaron, los contrabandistas pidieron que les entregaran los números telefónicos de sus familiares de quienes se esperaba pagaran el viaje. La señora Izhar sacó el número de su esposo de su bulto de pertenencias, y en la mañana los miembros de la tripulación la llevaron lejos para llamarlo. Uno de los miembros de la tripulación le dijo a su esposo que su esposa estaba en Tailandia. Esa fue la primera vez que él supo que ella había salido de Myanmar. La señora Izhar se puso al teléfono y le dijo que los contrabandistas estban pidiendo 2100 $ para liberarla a ella y los tres niños. “¡No tengo el dinero para pagar por ti! gritó molesto, y preguntó porque ella había dejado a Jubair. No es poco común que las mujeres Rohingya se unan con sus esposos en el exilio sin decirles. Si una mujer le dice a su esposo, “la mayor parte del tiempo el esposo no le permitirá irse”, dijo Chris Lewa, un abogado de derechos Rohingya establecido en Bankok. Los hombres temen que si sus familias se les unen, serán recargados con pagos mayores por un apartamento más grande o una habitación adicional. Ni es poco común que los emigrantes sean separados de sus esposas y niños por largos períodos. La señora Izhar y sus niños estuvieron en espera por semanas mientras se negociaba su destino. Dos veces al día, recibían agua y comida: usualmente una escudilla de arroz con lentejas o pescado seco tan descompuesto que ella apenas podía tragarlo, aunque los niños hambrientos se peleaban sus raciones. Los contrabandistas mantenían la presión. Uno le asestaba latigazos en la espalda y la cintura a la señora Izhar varias veces con un pedazo de manguera plástica, y llamaban varias veces a su esposo. “¿No quieres que soltemos a tu familia? Le preguntaban. “Si no, los lanzaremos al agua”. Regateo de por medio. Los contrabandistas bajaron el precio a 1700 $. El señor Rahman imploró a todo el que conocía por ayuda: familiares, amigos, amigos de amigos. “Empecé a llorar; me arrodillaba a sus pies”, dijo él. Les decía: “Por la vida de mis hijos, te devolveré hasta el último centavo. Si no puedo, seré tu esclavo”. Más de tres semanas después que empezó el regateo, llegó el dinero, la mayor parte vino de un tío. Tres días depues, la señora Izhar y sus tres niños abordaron una lancha con docenas de emigrantes, y pronto anclaron en una playa al norte de Malasia. La mayoría de los Rohingya entran a Malasia mediante la travesía de la jungla del sur de Tailandia. Pero la señora Izhar terminó su viaje como lo había empezado: moviéndose por el borde pantanoso del mar mientras se acercaba a la costa. “Me sentía feliz”, dijo ella. “Pensé en cuantas dificultades habíamos tenido en el viaje, y ahora casi todo había terminado”. El muchacho abandonado Desde la ciudad más cercana, Sittwe, la capital de Rakhine State, la villa de Thayet Oak está a 45 minutos de viaje en ferry, y luego una ruta de cuatro horas en carro por carreteras sucias. El primer lugareño que apareció fue interrogado sobre si conocía a un muchacho de 13 años llamado Jubair. “Si”, dijo él, y señaló un camino polvoriento. Al final del camino, un muchacho de camisa anaranjada sucia cargaba dos envases de aluminio llenos de agua en los extremos de un palo de bambú. “Ese es él”. Todos en Thayet Oak parecen conocer a Jubair, el muchacho que fue abandonado. En una habitación oscura de la casa de bambú de su primo, donde duerme a veces, él se sentó en el suelo sucio y respondió con paciencia las preguntas. ¿Dónde está tu hogar? “Mi madre vendió la casa para pagar los gastos del bote”. ¿Por qué tu madre se fue sin ti? “No sabía de eso. Ella no pudo encontrarme. No me pudo decir. Yo estaba en la casa de otra persona. Estaba perdido”. ¿Donde está tu padre? “Murió”. ¿De qué? “No lo sé. Yo estaba pequeño”. ¿Vas a la escuela? No me inscribí este año. ¿Qué haces? “Trabajo en la casa de una persona. Cargo agua para él”. ¿Eres feliz hacienda este trabajo? “No”. ¿Quieres ir a la escuela? “Si”. La escuela es poco probable. La villa, una colección de caseríos con alrededor de 5700 habitantes, no tiene escuela secundaria. Para la mayoría de los niños aquí, una educación significa unos pocos años de escuela religiosa aprendiendo a recitar el Quran y el alfabeto arábigo, aunque no lo suficiente para leer. Seis meses después que su madre se fue, él seguía preguntándose porque no lo había llevado con ella. “Pienso que tal vez ella no tenía suficiente dinero”, dijo él. “No lo sé exactamente”. Tahyet Oak significa cultivo de mango en Burmese, pero la realidad es menos idílica. A los Rohingya les es negada la ciudadanía por el gobierno de Myanmar, y los residente de Thayet Oak deben solicitar permiso para salir de la villa, hasta para buscar leña en la jungla cercana. En una alcabala fuera de la villa, los policías vigilan a todo el que entra o sale. La villa no tiene sanidad, servicio postal, electricidad, computadoras o un simple televisor. “Hay muy pocos trabajos aquí”, dijo Dil Muhammad, un lugareño viejo. “Las personas se sienten atrapadas”. Cientos de hombres jóvenes se han ido. Los lugareños se han acostumbrado a las deserciones y aquellos que se van casi nunca regresan. A principios de mayo, un camaronero, Salim Ullah, vio a Jubair sentado en una choza de bambú que sirve como la tienda de víveres local. “Cuando le pregunté a las personas, dijeron que él no tenía padre. Su madre ya se había ido”, dijo el señor Ullah. “Pregunté ¿donde se queda él? Ellos dijeron que en la calle”. La cama de Jubair había sido el camino arenoso de tierra marrón y anaranjada. El señor Ullah dijo que había llevado a Jubair a su casa como sirviente, le daba trabajo por cargar agua por el equivalente de 9 $ mensuales. Jubair llevó sus únicas pertenencias: tres camisas deshilachadas y dos faldones. “Se puede quedar todo el tiempo que quiera”, dijo el señor Ullah. La casa de bambú y ramas está llena con la familia del señor Ullah, incluyendo sus cinco niños, su hermana y sus dos niños. Jubair carga agua docenas de veces en la mañana y de nuevo al atardecer. El camina descalzo, no tiene zapatos, varios centenares de metros por un camino de tierra que lleva a un pozo, llena los dos envases de metal y regresa, balanceándolos en cada extremo del palo de bambú. Cuando no está trabajando, él trata de ser un muchacho normal. Juega con sus amigos, una sonrisa inocente ocasionalmente burbujea en su rostro. Él es un chico brillante quién rápidamente contesta las preguntas de los visitantes. Pero no puede leer o escribir y empalidecía cuando le preguntaban que trabajo le gustaría tener. “Quiero una educación”, dijo él. Él ha hablado con su madre seis o siete veces desde su partida. Ella llama al teléfono de un vecino, y los vecinos le avisan a él. ¿Qué te dijo tu madre la última vez que hablaron? “Ella dijo, ‘Hijo, no llores, no estés triste, siéntete bien”. ¿Extrañas a tu madre? Él no pudo hablar, y empezó a llorar. Malasia. Dos días después de llegar a Malasia, más de un mes después que su viaje empezara, la señora Izhar fue conducida a Penang Island, donde su esposo estaba trabajando en una construcción. Mr. Rahman fijó la mirada mientras cargaba en brazos a Parmin por primera vez. Pero también hizo preguntas dolorosas mientras miraba a su extenuada familia. “¿Cómo pudiste venir a Malasia con niños tan pequeños”, dijo él. ¿Por qué dejaste a Jubair? Por lo menos 75000 Rohingya viven en Malasia como refugiados registrados o inmigrantes no registrados de acuerdo al alto comisionado de las Naciones Unidas para refugiados. Los grupos Rohingya dicen que el número de no registrados es mucho mayor. En Malasia la vida es mas segura, y hay más trabajos potenciales que en el rural Rakhine State. Pero ante la ley malasia, ni los refugiados ni los emigrantes no registrados pueden trabajar legalmente. Ellos no reciben pensión, y la mayoría de los hombres tienen dificultades para conseguir trabajos informales como trabajadores de díurnos. Sus niños no pueden asistir a escuelas gubernamentales, y deben buscar los cupos limitados en las escuelas repletas auspiciadas por la caridad y la ayuda internacional. “Aquí también somos ilegales”, dijo la señora Izhar. “Pertenecemos a ningún lugar. En el barco, pensamos que tendríamos una vida pacífica y confortable en Malasia. Ahora después de llegar a Malasia enfrentamos más dificultades”. La crisis en el mar ha disminuido por el momento. Los contrabandistas están de bajo perfil y la temporada el monzón ha complicado los escapes por mar. Pero los expertos dicen que la situación del contrabando y el clima cambiarán en pocos meses, y el éxodo reanudará. Casi seis meses después de su viaje, la señora Izhar y su familia comparten una casa pequeña de dos plantas con otras 13 personas, principalmente Rohingya, en Gelugor, un distrito de Penang que es un mosaico de casas de clase media y viviendas económicas, muchas de ellas ocupadas por inmigrantes. Ella se levanta a las 6:30 para rezar; cocinar desayuno para su familia, a menudo arroz y tortilla, prepara a su hijo Junaid para una escuela para refugiados; y ordena la agitada habitación sin aire donde la pareja y los tres niños duermen en un colchón extra grande desgastado. Mr. Rahman camina hasta un lugar al lado de una vía rápida donde espera por contratistas de construcción y mantenimiento que buscan trabajadores. Si tiene suerte, él puede ganar de 8 a 16 $ por día de trabajo, cargando ladrillos, cortando grama, u otro trabajo a destajo. Pero la mayoría de los días él llega a casa con las manos vacías. Él se ha retrasado tres meses con el alquiler de la habitación, alrededor de 94 $ mensuales, y enfrenta el desalojo. También hay presión para que pague los más de 1000 $ que aun debe a sus amigos y familiares, el dinero que pidió prestado para pagarle a los contrabandistas. “La gente a la que le debo dinero siempre llama y me pide que le pague su dinero”, dijo él. “Si hubiera sabido como era la situación aquí, probablemente no me hubiese ido de mi país”. Entre tareas domésticas, la señora Izhar espera, consumida por las deudas. Ella espera que su esposo le diga si ha encontrado trabajo. Espera que la familia obtenga el estado oficial como refugiados, un proceso incierto que puede tomar años. Espera por un tiempo, aparentemente fuera de alcance, cuando su familia se pueda reunificar. Las horas y los días se confunden. El reloj de pared de la habitación ha perdido sus manecillas, las cuales se han caído al fondo de la caja de vidrio. “Como madre, vivir sin mi hijo mayor es un tormento emocional para mí”, dijo ella. “No tuve el coraje de traer a mi hijo en el mismo duro viaje que hice. Pero como madre, siento que debo traer a mi hijo de vuelta”. Finalmente, el señor Rahman regresa. Fue otro día infructuoso de esperar por un trabajo. Él se recuesta en un sofá en el garaje. Una sonrisa flota en su rostro cuando la señora Izhar trae a los dos hijos menores. Él los abraza y llora en silencio. Chris Buckley reportó desde Gelugor, Malasia, y Thomas Fuller desde Thayet Oak, Myanmar. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 6 de julio de 2015

En ‘Love & Mercy’ Brian Wilson es retratado por John Cusack y Paul Dano.

Alan Light. 29-05-2015. The New York Times En 1973, luego de una crisis de creatividad, un largo descenso a las drogas y la muerte de su padre, Brian Wilson, la fuerza principal de los Beach Boys, una de las bandas de rock and roll más significativas de todos los tiempos, se convirtió en recluso. Por los próximos dos años pasó la mayor parte de sus días en cama, ocasionalmente se mostraba en público sin cambiarse su bata de baño. Cuando él reapareció en 1975, estaba bajo el cuidado de un controversial terapista llamado Eugene Landy, quién (incorrectamente) diagnosticó la condición de Mr. Wilson como esquizofrenia paranoíca y vigiló cada uno de sus movimientos por la próxima década, hasta que la familia Wilson, y la nueva novia de Wilson, Melinda Ledbetter, con quien luego se casaría, ganó una orden judicial para liberar a Wilson de las garras de Mr. Landy. Se podría decir que Mr. Wilson, quien luego resultó tener un desorden bipolar esquizoafectivo, fue dos personas diferentes antes y después de sus años en reclusión. De hecho esta idea es la premisa en la cual se base la construcción de la película “Love & Mercy” en la cual dos actores interpretan a Mr. Wilson: La cinta va atrás y adelante entre Paul Dano, quien tiene 30 años, personificando a Mr. Wilson en su pico de creatividad y la subsecuente implosión a mediados de los años ’60, y John Cusack, 48, dibujando sus dificultades para resurgir a mediados de los ’80. Es un acercamiento poco común a la épica de una vida, una concebida por el director de la película, Bill Pohlad. El reto usual del formato, si un actor puede ser creíble a través de las etapas de la vida de un personaje, está invertido:¿Se dirigirán los dos actores a la audiencia como la misma persona? ¿Cuan similares necesitan ser ellos para mantener la consistencia, y cuan diferentes deben ser sus interpretaciones para enriqucer la historia? Mr. Cusack y Mr. Dano se sentaron a tomar café en el recibidor del Crosby Street Hotel en SoHo para discutir en profundidad, por primera vez juntos, la dualidad de Brian Wilson en “Love & Mercy” (la cual toma su título de una canción de Wilson de 1988). Aunque sus horarios se solaparon varios días durante la producción, ellos nunca intercambiaron ideas o planificaron tácticas. “Que no compararamos notas o cualquier fue algo que se dio de esa manera”, dijo Mr. Cusack. “No recuerdo que alguien dijera, ‘Hey, no hables con Paul’, no lo hicimos y punto”. Mr. Dano notó los riesgos de interpretar el mismo personaje tan independientemente. “Es raro que existiera esa confianza en todos, porque es algo difícil de conseguir”, dijo él. “Estoy seguro de que cada quién pensó en privado, ‘¡Espero que esto funcione!’” Sin embargo estuvieron de acuerdo, en que entendieron el intento instantáneamente. “Cuando Brian habló de la versión joven de sí mismo”, dijo Mr. Cusack, “estaba completamente desapasionado, como si fuese alguien distinto a él, de una manera más extrema de lo que otras personas miran hacia cuando tenían 21 años. Al verlo hablar de eso, se notaba que no tenía control de si mismo”. La idea de una película sobre Brian Wilson había estado rondando desde los años ’80. Hace pocos años, una versión del guión llegó a manos de Mr. Pohlad, un productor cuyos créditos incluyen “Wild” y “12 años de esclavitud”. No le gustó mucho el tratamiento, pero le intrigó la historia de Wilson y tuvo la noción de que varios actores podían interpretar al cantante. (Inicialmente, había tres Brian, se había asignado un personaje para los años en cama). El precedente más cercano podría ser “I’m Not There” (2007), el caleidoscópico recuento de Todd Haynes sobre la carrera de Bob Dylan con seis Dylan de varias razas y géneros. “Pienso que fue muy lejos”, dijo Mr. Pohlad. “No funcionó para mí, además de ser un esfuerzo admirable”. Aún, él contactó a Oren Moverman, quién esvribió “I’m Not There” con Mr. Haynes, y empezaron a trabajar en la historia de Wilson. Aunque Mr. Pohlad había dirigido una sola vez, “Old Explorers” (1990), decidió ponerse detrás de las cámaras otra vez. Eventualmente, él le llevó la idea a Mr. Wilson. Mr. Pohlad se encontró primero con él en el estudio de su casa en Los Angeles; Mr. Wilson dejó de tocar el piano y preguntó, “¿Y quién me va a interpretar?” Y entonces él expresó el concepto de historias paralelas con actores diferentes. “Yo estaba muy intrigado”, dijo Mr. Wilson en una entrevista telefónica desde su hogar. “Pensé que era una gran idea, tenía sentido, una persona realmente no podría hacerlo”. Mantener a Mr. Dano y Mr. Cusak separados era parte del plan de Mr, Pohlad. “La mera era que cada cual creara su propio Brian, no solo dar la impresión”, dijo él. “Se sentía muy falso y forzado hacerlos tratar de copiar sus tics o trabajar con un libro de manerismos”. En su lugar, para encontrar la esencia de Brian Wilson, ambos actores se inspiraron en la música de los Beach Boys, especialmente las cajas multidiscos que contienen las sesiones completas del disgusto comercial pero álbum simbólico “Pet Sounds” (1966) y el pretendido álbum siguiente “Smile” que fue abandonado el año próximo cuando la banda perdió la paciencia con el trabajo cada vez más aislado de Mr. Wilson. Mr. Dano le contó a Mr Cusack su memoria de la primera reunión que tuvieron en el estudio. “Yo casi había terminado, y tú estabas llegando y te escuché tararear “Smile” desde tu remolque”, dijo él. “Yo estaba muy obsesionado con eso, inmediatamente empezamos a hablar de ‘Smile’, y supe que íbamos a estar bien”. Como el joven Wilson, destacando por su brillantez y solapando sesiones de grabación, Mr. Dano tiene que competir con imágenes icónicas de los Beach Boys. En contraste, durante sus años bajo el control de Mr. Landy (interpretado por Paul Giamatti), Mr. Wilson estaba tan apagado que Mr. Cusack tenía muy poco material para trabajar. Ambos actores se reunieron con Mr. Wilson y estuvieron muy impresionados por su conducta emocional. “Él es muy crudo”, dijo Mr. Dano. “Es como si no tuviera esa capa extra de piel que muchos desarrollamos como adultos para enfrentar el mundo”. Mr. Cusack pasó un tiempo con Brian y Melinda Wilson (interpretada por Elizabeth Banks) antes de filmar. “Él era una combinación de ser profundamente vulnerable, como un caballo, si siente algo, puede corcovear, a ser un verdadero sobreviviente, tranquilamente más duro que cualquiera que hayas conocido”, dijo Mr. Cusack. “Si miro hacia un período oscuro de mi vida, puedo matizarlo con un poco de sabor editorial. Él regresa a la emoción del momento, casi hasta la música de este”. Él y Mr. Wilson describieron una historia que terminó como un particular momento escalofriante en el guión de “Love & Mercy”. “Él habló de su padre pegándole, y lo que describió fue la manera como eso sonaba”, dijo Mr. Cusak. “Le conté a John de cómo mi padre solía pegarme con una correa, y sonaba como “¡Bum, bum, bum!” Dijo Mr. Wilson, y agregó, “eso está en la película, y es muy divertido”. Las biografías musicales usualmente son grandes éxitos de taquilla; a menudo implican grandes actuaciones, como la de Jamie Foxx al ganar el Oscar como Ray Charles en “Ray”, eso gana una audiencia más allá de los grandes aficionados. La respuesta a las muestras en festivales ha sido muy positiva, pero el interés en “Love & Mercy” probablemente se reducirá a su elenco de novela y a si dos Brian Wilson son de verdad mejores que uno. Un proyecto como este, con tantos saltos de fe, elimina todas las posibilidades de tener una red para resguardarte”, dijo Mr. Cusack. “Hubo que asumir el hecho de se cuenta con la habilidad para llevarlo a cabo”. Para Mr. Wilson, “Love & Mercy” no fue una experiencia fácil, pero la considera una recompensa. “Esto me trajo muchas memorias, buenas y malas”, dijo. “Es rudo mirarme pasar a través del infierno y los malos sentimientos que experimentaba. Pero eso me hizo apreciar el hecho de que tuve el coraje de atravesar esos malos viajes”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

jueves, 2 de julio de 2015

Albert Camus: Spike entrevista a Catherine Camus, hija de Albert Camus: Solitario y solidario.

Russell Wilkinson habla con Catherine Camus acerca de El Primer Hombre de Albert Camus. En enero de 1960, el escritor y filosofo francés Albert Camus falleció en un accidente automovilístico junto a su amigo y editor, Michel Gallimard. De entre los restos del choque se recuperó el manuscrito incompleto de la última novela de Camus, El Primer Hombre. En 1957, Camus había sido premiado con el Premio Nobel de Literatura en reconocimientos de sus novelas más famosas, El Extranjero y La Peste. Cincuenta años después de su publicación original, El Extranjero es aun la novela más vendida en Francia este siglo. En octubre de 1995, El Primer Hombre fue publicada finalmente en inglés, treinta y cinco años después de la muerte de Camus. Su hija Catherine Camus, decidió publicar el manuscrito inédito. Las versiones habían sido organizadas en el texto completo de la novela y las notas del autor que suplementan su progreso y desarrollo. Así, El Primer Hombre muestra la rara visión del proceso de un trabajo en progreso. La novela es una profunda meditación autobiográfica sobre la niñez de pobreza de Camus y su familia sin padre en la Argelia de principio de siglo. Aunque está inacabado, mucho el texto posee la lucidez y sensualidad características de Camus, demostrando claramente que su mejor escritura estaba por venir antes de su trágica e inesperada muerte a los 47 años. Catherine Camus y su socio Robert Gallimard visitaron Londres en octubre de 1995. En el Basil Hotel, discutieron las implicaciones de El Primer Hombre para nuestra evaluación de Albert Camus como escritor y filosofo político al cierre del siglo. La entrevista se hizo en francés. R: En su nota del editor para El Primer Hombre, usted sugiere que ahora es el momento más adecuado para la recepción del trabajo de Camus. ¿Piensa usted que Camus ha sido olvidado en los años recientes? CC: Él nunca fue abandonado por sus lectores. Camus es leído enormemente. Él es el autor más vendido de toda la colección Gallimard, y lo ha sido por varios años. Las ventas nunca han parado, por lo que hablar de redescubrirlo supondría que no es leído y eso no es verdad. Es solo que al publicar El Primer Hombre, me dije, ‘esto va a ser horrible’, pero horrible desde el punto de vista de la crítica. No tengo miedo del público de Camus. Tengo miedo de lo que se escribirá en los periódicos. Sin embargo, hay indicaciones de que los intelectuales están regresando a Camus. La historia les ha dado razones para hacerlo, con la caída del comunismo. De hecho siempre fue el problema comunista el responsable de la oposición a Camus. Siempre fue sobretodo un asunto político, un tipo de malentendido. Camus había denunciado el gulag y los juicios de Stalin. Hoy podemos ver que él tenía razón. Decir que había campos de concentración en la Unión Soviética para la época era una blasfemia, algo muy serio. Hoy pensamos en la Unión Soviética con los campos en mente, pero antes no era permitido. A nadie le era permitido pensar eso o decir eso si era de izquierda. Camus siempre insistió en que el criterio histórico y el razonamiento histórico no eran las únicas cosas a tomar en cuenta, y que ellos no eran todos poderosos, que la historia siempre podía equivocarse con el hombre. Ahora empezamos a pensar así. R: ¿Piensa usted que el trabajo de Camus se está reivindicando, luego de ese período de aislamiento intelectual? RG: Todo depende del período. Justo después de la guerra, la liberación de 1945, Camus era bien conocido, muy querido por Sartre y todos los intelectuales de esa generación. Hay una entrevista de Sartre en Estados Unidos donde le preguntan por el futuro de la literatura francesa, y él replica que el próximo gran escritor del futuro es Camus. El tiempo pasa, e intervienen razones más políticas que literarias, y desde el día cuando Camus escribió El Rebelde, en 1955, empezó la ruptura, y todos, casi todos los intelectuales de izquierda le fueron hostiles. Como él ya era visto desfavorablemente por la derecha, se encontró completamente solo. Entonces, durante los ’80, aquellos que llamarías los filósofos jóvenes de Francia, tales como Bernard and Gluxman, señalaron que Camus había dicho cosas que nadie en la arena política quería oir. Dijeron que Camus tenía razón, no aquellos quienes habían patinado bajo la influencia de Sartre, es decir una devoción incondicional al comunismo, como se hace en la Unión Soviética. Y desde entonces la evaluación de Camus ha seguido modificándose hasta hoy. Los intelectuales coetáneos de Camus quienes anteriormente lo habían condenado ahora lo aprecian. Y en ese punto regresamos a la literatura, y se reconoce que él siempre fue un gran escritor. R:Esto nos lleva específicamente a la publicación de El Primer Hombre. ¿Cómo alterará este libro nuestra percepción del trabajo de Camus? CC: Debemos recordar que Camus no escribió siquiera un tercio de los que hubiera deseado. El Primer Hombre es su último trabajo póstumo. Pero de hecho, de cierta manera, es su primero, porque en el se encuentran las señales de sus compromisos, y también de la manera completa de escribir. Esta mezcla de austeridad y sensualidad, la voluntad de hablar por aquellos que no pueden hacerlo por si mismos. R: Hay momentos en sus cartas a Jean Grenier (el profesor de filosofía de Camus en Argelia, publicado en Selected Notebooks) cuando él se siente infeliz con su trabajo del Primer Hombre. Después de recibir su premio Nobel, ¿se sentía él presionado a producir su trabajo más importante? CC: Él no estaba escribiendo bajo la influencia del premio Nobel. Eso era algo externo para el artista que había en él. El premio Nobel viene de afuera, es un reconocimiento social de alguna manera. Pienso que un verdadero artista se maneja por sus necesidades interiores. No podemos hablar del libro que él quería escribir porque apenas tenemos su inicio. Había escrito muy poco del libro, pero necesitaba escribirlo. Me parece que si se mira el estilo de El Primer Hombre, este refleja mucho más lo que él era como hombre, lo retrata muy de cerca. R: ¿Obtendremos una noción más clara de sus ideas mediante El Primer Hombre? CC: Quizás no, porque está en un estado crudo. Pero, en esta condición uno ve más, sin ninguno de los artificios del arte, sin nada borrado. Es, quizás, a la vez, más verdadero. Pienso que él quería escribir algo para explicar quién era, y que tan diferente era de la época que le toco vivir. Él era visto por muchos como un moralista austero, pero fue en el futbol y el teatro que aprendió su ‘moralidad’. Es algo detectado, eso no pasará solo por el pensamiento. No podría. Él empezó a pensar a través de la sensación. No podía pensar nunca con artefactos o con modelos culturales porque no había ninguno. Por lo que es válido decir que su ‘moralidad’ era extremadamente ‘vivida’ hecha de cosas muy concretas. Nunca pasó por abstracciones. Es su propia experiencia, su manera de pensar. Hay quienes encontrarán atractivas sus nociones sobre el absurdo, y otros quienes estarán impresionados por el lado solar de su trabajo, acerca de Argelia, el calor y todo eso. R: Dado que El Primer Hombre tiene que ver con el nacimiento y la niñez de Camus en Argelia, parece extraño que la profunda conexión personal de Camus con la crisis nacionalista de Argelia tienda a ser pasada por alto en el retrato tradicional de él como escritor francés. ¿Piensa usted que Él Primer Hombre reenfatizará la importancia de Argelia en nuestra consideración de Camus? CC: Así lo espero. Camus nació en Argelia con nacionalidad francesa, y fue asimilado en la colonia francesa, aunque los colonialistas franceses lo rechazaron de manera absoluta debido a su pobreza. Políticamente, él estaba a favor de una federación, y efectivamente que como Suráfrica hoy (o como tratan de hacerlo) debería existir una población mezclada con iguales derechos, los mismos derechos para las poblaciones árabe y francesa, así como para las otras razas que coexistían. R: ¿Piensa usted que él se vio a si mismo como el primer miembro de una raza de insurgentes, debido a la ausencia de su padre y a la dualidad cultural de su crianza? CC: No a un nivel político. Él es El Primer Hombre porque es pobre, lo cual nunca ha sido importante para los seres humanos. Él conocía Argelia. Era un exilado de su país, pero vivía su lenguaje. Solitario y solidario. No es como aquellos quienes están exilados en un país donde el lenguaje no es el de ellos. Él no tenía muchas esperanzas de que las cosas funcionaran, pero lo deseaba. Argelia había alcanzado tal nivel de violencia y una vez que se llega a eso no hay espacio para la reflexión. Y no hay posición mediadora. Si se mira a Bosnia hoy, los croatas, bosnios y serbios, ellos han creado tanto horror que uno empieza a preguntarse como pueden vivir juntas esas personas, después de haber hecho lo que han hecho. La violencia ha alcanzado tal grado que todos el mundo vive con odio, no hay posibilidad de reflexión, ni posición mediadora. No hay nadie quien pueda decir ‘esta persona esta equivocada aquí y acertada aquí’, y que ‘uno esté acertado respecto a eso y equivocado respeto a esto’. Esto es lo que podría permitir a las poblaciones, o hasta dos seres humanos, vivir juntos. Solo resolveremos los problemas mediante la aceptación, y el enriquecimiento de nuestras diferencias. R: ¿Entonces Camus trató de vivir la paradoja de ser a la vez “solitario y solidario”? CC: Pienso que Camus se sentía muy solitario. Se puede ver en todos sus libros. El Extranjero no es Camus, pero en El Extranjero hay partes de Camus. Hay esa impresión de exilio. Pero su exilio no es específicamente en Paris o cualquier lado, sino en el mundo intelectual, debido a sus orígenes. Y ese es un exilio completo. Debido a su manera de sentir antes de pensar. Él está en un campo donde a menudo siente como si estuviese escapando. En cualquier caso, hay que saber lo que es la sangre. Todo tiene que ser racionalizado. El se siente exilado, solitario… EG: …Una cosa que es evidente es que Camus nunca podría ser un hombre ‘neutro’. Esto es debido a que se comprometía; mírese su participación física en la Resistencia. Asumió, ahí, en el combate contra el nazismo. Él siempre mantuvo un profundo compromiso, una real resistencia ante todo totalitarismo. Por ejemplo, a menudo se olvida que Camus era extremadamente hostil respecto al régimen de Franco, por completo. Él rechazó viajar a España, abandonó la UNESCO porque UNESCO aceptó a la España de Franco y le permitió un discurso. Camus era completamente intransigente, y eso no es neutralidad para nada. Es combate, es un hombre quien se involucra por si mismo, se compromete por si mismo. Por supuesto, no era un existencialista, pero si un hombre comprometido. Era un hombre de combate. Por algo dirigió el periódico de la Resistencia llamado Combate. R: ¿Qué hace su compromiso diferente del de los existencialistas? CC & RG al unísono: Él no era un existencialista RG: Siempre rechazó serlo. R: ¿Otro ejemplo de ser solitario y solidario, de ser gran amigo de Sartre pero permaneciendo alejado del credo existencialista? CC: Si, hoy, empezamos a ver como funciona esto. Pero usualmente es cuando recibes un golpe en la cara con estas cosas cuando empiezas a entenderlas. Todos tienen muchas esperanzas en una mejor humanidad, y muchos, incluyendo a Sartre, volvieron a la idea del comunismo en sus comienzos. La generosidad tenía un lugar en la esperanza de las personas. Pero Camus señala que tenemos que pasar por muchas cosas. Todo tiene que ser aceptado antes que pueda ser mejorado. Cuando le preguntaron a Sartre si viviría o no bajo un régimen comunista, dijo, “No, para otros está bien, pero para mí, no”. ¡Él dijo eso! Por lo que es difícil decir cuan intelectual es su postura. ¿Cómo puedes pensar que nunca en tu vida vivirías en un régimen comunista y aún decir que es bueno para todos? Algo muy difícil, pero Sartre lo manejó. Camus no; y hoy esto es con lo que estamos enfrentados, me refiero a lo que es pura ideología, a lo que no incide en el contexto humano. En economía es igual. La economía quería tomar en cuenta la teoría por encima del criterio humano, o el parámetro ‘hombre’. Y se termina otra vez golpeando la cabeza contra una pared, eso no funciona. No si se hace del hombre una abstracción. Por eso es que Camus está más vigente ahora, porque él dice ‘si, pero hay que tomar en cuenta al hombre’. Y eso es lo que es solidaridad. R: ¿Es El Primer Hombre entonces su ‘puente’ entre la experiencia y la filosofía? CC: Lo que los artículos que han sido escritos de El Primer Hombre proponen es humildad. La aceptación de estas contradicciones. Buscar una explicación es la muerte. La mentira es la muerte en Camus. Pore so es qué en la obra de Camus El Malentendido, el hijo muere asesinado por su hermana y su madre, porque mintió. Él nunca les dijo quién era. Ellas lo mataron porque no lo reconocieron. Pero Camus también dice que nada es verdad cuando implica exclusión. Desde ahí, eres obligado a aceptar las contradicciones si no quieres rechazar ciertas cosas obvias de la vida, ciertas evidencias. Si creas un sistema, y dices ‘aquí está la verdad’, en ese tipo de camino, entonces evacuarás todos los otros caminos y matarás la vida. Depende de cada individuo. No fue exactamente al establecimiento lo que él atacó. Él dijo, “si es bueno, debe ser el mejor. Su enfoque era ayudar a las personas a vivir. Eso es lo más importante. Pienso que para un artista lo más importante es tocar tantos corazones como sea posible. R: Al ser escrito para su madre, ¿Piensa usted que El Primer Hombre ofrece una imagen más clara de sus ideas acerca de la femineidad? CC: Es verdad que las mujeres aparecen muy poco en sus otros trabajos. Ellas tiene un lugar muy marginal. Pero efectivamente si hay más femineidad en El Primer Hombre, no solo en términos de mujeres sino estilísticamente, en sus elementos, las notas que escribió. Se puede ver una real historia de amor en el texto, una historia de amor en la niñez, la primera de Camus. Mersault (protagonista de El Extranjero) y Marie en realidad nunca tuvieron mucho. Está Dora en El Justo y otras en sus obras de teatro, pero no son bien conocidas. Pienso que para Camus su madre era más que solo eso. Ella es amor, amor absoluto. Por eso lo escribió para ella, dedicado a ‘ti quien nunca será capaz de leer de leer este libro’. Y el amor es muy importante en El Primer Hombre, en que Camus ama estas cosas que nunca escogió, ama la experiencia de su niñez de forma muy real. Su pobreza significó que no había nada más en lo que pudiesen pensar, sino en lo que comerían, en como se vestirían. No había espacio para otras cosas en su familia. Es difícil para otros imaginar la posición en la cual él se encontraba. No hay existencia imaginaria en sus vidas. Los intelectuales franceses son mayormente pequeños burgueses, y es dificil decir si eso hace más valioso el trabajo de Camus. Yo preferiría decir que es diferente. Necesariamente. Sus posiciones son sensoriales. Tan naturales, que aquellos intelectuales que no tienen esa experiencia tienen dificultad en comprenderlas. Pero pienso que eso hizo a Camus más tolerante porque él había visto ambos lados de las cosas cuando los otros habían visto solo uno. Ellos imaginan la pobreza, pero no saben lo que es. De hecho, ellos tienen una especie de mala consciencia acerca de las clases obreras. Es la perspectiva que nunca podrán adoptar, no de la forma como quiere Sartre, porque ellos no estaban familiarizados con esas clases. Ellos nunca podrían dirigirse a las clases trabajadoras. No saben lo que significa, y eso les da una mala consciencia de ello. Camus tiene una proximidad mayor con aquellos que viven la pobreza. R: ¿Y esta proximidad resulta de su humildad, la cual puede ser vista en las cartas al final de El Primer Hombre a Monsieur Germain, su viejo maestro de escuela? CC: Eso es debido a que su maestro en El Primer Hombre tiene un lugar importante. Camus nos muestra a este maestro exactamente como él era. El Primer Hombre es completamente autobiográfico. La madre que él describe es la mujer que conocí, y ella era exactamente como el la describe. Y este maestro existió de verdad. Pero esto es también para mostrar que las personas conceden mucha importancia a la celebridad, y Camus escribe su discurso de aceptación del premio Nobel para agradecer a su maestro. El reconocimiento y el agradecimiento existen. Esto es para mostrar que esto es lo que ha llegado de lo que su maestro hizo por él. Y también a través del mundo hay Monsieur Germains en todas partes. Por eso publiqué las cartas, para que él pudiera tener un lugar en el trabajo. Pero yo nunca podría actuar o pensar en nombre de lo que mi padre hubiera dicho o hecho. Él es un artista, él se considera un artista, y por eso asume la responsabilidad de hablar por aquellos quienes no tienen los medios o la oportunidad. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 29 de junio de 2015

Raymond Carver, El Arte de la Ficción Nro. 76.

The Paris Review. Entrevista realizada por Mona Simpson, Lewis Buzbee. Raymond Carver vive en una casa de madera, grande, de dos pisos, de una calle tranquila en Syracuse, New York. La grama del frente cae en declive hacia la acera. Un Mercedes nuevo aparece estacionado en el garaje. Un VW viejo, el otro carro de la casa, ocupa un lugar en la calle. La entrada a la casa es a través de un porche grande y empotrado. Adentro, los muebles son casi inexpresivos. Todo encaja, sofas crema, una mesa para café de vidrio. Tess Gallagher, la escritora con quien Raymond Carver vive, colecciona plumas de pavorreal y las coloca en floreros esparcidos por la casa, el intento decorativo más notable. Nuestras sospechas son confirmadas; Carver nos dijo que todos los muebles fueron comprados y entregados en un día. Gallagher ha pintado una anuncio de madera removible que dice No se permiten visitantes, las letras están rodeadas por pestañas anaranjadas y amarillas, y cuelga de la puerta. Algunas veces el teléfono está desconectado y el anunció permanece colgado varios días. Carver trabaja en una habitación grande del piso superior. La superficie del largo escritorio de roble es clara; su máquina de escribir esta situada a un lado, en una ala en forma de L. En el escritorio de Carver no hay juguetes, ni objetos llamativos, ni adornos. No es un coleccionista o alguien con tendencia a la nostalgia. Ocasionalmente, un sobre manila reposa sobre el escritorio de roble, contiene la historia actual en proceso de revisión. Sus archivos están muy en orden. Él puede sacer una historia y todas sus versiones previas en un momento. Las paredes del estudio están pintadas de blanco como el resto de la casa, y como el resto de la casa, están en su mayoría desnudas. La luz se filtra en rayos inclinados a través de una ventana rectangular alta, sobre el escritorio de Carver, como la luz de las ventanas altas de una iglesia. Carver es un hombre grande quién usa ropas simples, franelas, pantalones de caqui o vaqueros. Parece vivir y vestir como lo hacen los personajes de sus historias. Para alguien de su tamaño, tiene una voz inconfundible y marcadamente baja; nos sorprendemos inclinándonos para acercarnos cada pocos minutos y así captar sus palabras y preguntar el irritante “¿Qué, que?” Partes de la entrevista se realizaron por correo, entre 1981 y 1982. Cuando nos reunimos con Carver, el anuncio de No se aceptan visitantes no estaba colgado y varios estudiantes de Syracuse se acercaron para visitarlo durante el curso de la entrevista, incluyendo al hijo de Carver, un estudiante de último año. Para almorzar, Carver nos hizo sándwiches de salmón que había capturado en la costa de Washington. Ël y Gallagher son del estado de Washington y para el momento de la entrevista, estaban construyendo una casa en Port Angeles, donde piensan vivir parte de cada año. Preguntamos a Carver si sentiría esa casa más como un hogar. Él replicó, “No, dondequiera que esté me siento bien. Aquí estoy bien”. Entrevistadora: ¿Cómo fue su vida temprana, y que le hizo querer escribir? Raymond Carver: Crecí en un pueblo pequeño al este de Washington, un lugar llamado Yakima. Mi papá trabajaba en un aserradero ahí. Él era un amolador de sierras y ayudaba a cuidar las sierras utilizadas para cortar y aplanar los troncos. Mi madre trabajaba como cajera o mesera o hacía labores en el hogar, pero no conservaba ningún trabajo por mucho tiempo. Recuerdo conversaciones relacionadas con sus “nervios”. En el gabinete debajo del fregadero de la cocina, ella guardaba una botella de “medicina para los nervios” patentada, ella tomaba dos cucharadas de eso cada mañana. La medicina para los nervios de mi papá era el whiskey. La mayor parte del tiempo, él guardaba una botella de whiskey bajo el mismo fregadero, o afuera en el cobertizo de madera. Recuerdo haberlo probado una vez y lo odié, me pregunté como alguien podía beber eso. El hogar era una casa de dos habitaciones. Nos mudábamos mucho cuando era niño, pero siempre era hacia otra casa de dos habitaciones. La primera casa donde viví que puedo recordar quedaba cerca de las afueras de Yakima, tenía un baño externo. Esto era a finales de los años ’40. Tenía ocho o diez años. Yo solía esperar a mi papá en la parada del bus quién venía del trabajo para ir a casa. Usualmente era tan regular como un reloj. Pero cada dos semanas, él no venía en el bus. Me quedaba ahí y esperaba por el próximo bus, pero ya sabía que tampoco iba a venir en ese bus. Cuando pasaba esto, significaba que se había ido a beber con sus amigos del aserradero. Todavía recuerdo el sentido de tristeza y desesperación que flotaba sobre la mesa en la cena cuando mi madre, mi hermano pequeño y yo nos sentábamos a comer. Entrevistadora: ¿Pero que lo hizo querer escribir? Carver: La única explicación que le puedo dar es que mi padre me contó muchas historias de él cuando era niño, y de su papá y su abuelo. Su abuelo había peleado en la guerra civil. ¡Peleó para ambos bandos! Era un camisa volteada. Cuando el Sur empezó a perder la Guerra, él se fue al Norte y empezó a pelear para las fuerzas de la Unión. Mi padre reía cuando contaba esta historia. No veía nada indebido en eso, y pienso que yo tampoco. De todas formas, mi papá me contaba historias, anécdotas, sin nada de moralidad, de las trampas en los bosques, o viajar en las vías férreas y mirar afuera buscando toros. Me gustaba su compañía y me gustaba escucharle decir estas historias. De vez en cuando me leía algo de lo que estaba leyendo. Las historias del oeste de Zane Grey. Estos fueron los primeros libros de tapa dura, fuera de los textos escolares, y la Biblia, que yo ví. Eso no ocurría muy a menudo, pero de vez en cuando lo veía acostado en la cama de noche y leía a Zane Grey. Parecía un acto muy privado en una casa y familia que no estaban dadas a la privacidad. Noté que él tenía este lado privado, algo de lo que yo no entendía o sabía nada, pero algo que encontraba expresión de esta lectura ocasional. Yo estaba interesado en ese lado de él y en el acto per se. Le pedía que me leyese lo que estaba leyendo, y él me leía desde donde estuviese en el libro.Después de un rato él me decía, “Junior, anda a hacer otra cosa ahora”. Bien, había muchas cosas que hacer. En aquellos días, yo iba a pescar en el arroyo que no quedaba tan lejos de nuestra casa. Poco después, empecé a cazar patos y gansos, un juego de las tierras altas. Eso era lo que me excitaba de aquellos días, cazar y pescar. Eso fue lo que hizo una marca en mis emociones, y de eso era de lo que quería escribir. Mi territorio de lectura en aquellos días, además de una ocasional novela histórica o un misterio de Mickey Spillane, consistía de Sports Afield and outdoor Life y Field & Stream. Escribía algo largo sobre el pez que se escapó, o del pez que capturé, uno o el otro, y le preguntaba a mi madre si podía pasar a máquina. Ella no podía escribir a máquina, pero iba y alquilaba una máquina de escribir, bendito sea su corazón, y entre los dos, escribíamos en la máquina de manera terrible y enviamos la historia. Recuerdo que había dos direcciones en la página del directorio de la revista de actividades al aire libre; por lo que enviamos la pieza a la oficina más cercana, a Boulder, Colorado, el departamento de circulación. La pieza regresó, finalmente, pero eso fue bueno. Había salido al mundo, ese manuscrito, había estado en varios lugares. Alguien lo había leído además de mi madre, o así lo esperaba. Entonces vi un anuncio en Writer’s Digest. Era una fotografía de un hombre, un autor exitoso, testificando sobre algo llamado el Palmer Institute of Autorship. Eso parecía lo indicado para mí. Había una oferta de un pago mensual. Veinte dólares, diez o quince mensuales por tres años o treinta años, una de esas cosas. Había asignaciones semanales con respuestas personales para ellas. Estuve en eso por unos meses. Entonces, tal vez me aburrí; dejé de hacer el trabajo. Mis padres dejaron de hacer los pagos. Pronto llegó una carta del Palmer Institute diciéndome que si les pagaba completo, todavía podía obtener el certificado de culminación. Eso parecía más que justo. De alguna manera hablé con mis padres para pagar el resto del dinero, y en el debido tiempo recibí el certificado y lo colgué en la pare4d de mi habitación. Pero mientras estudiaba en la escuela secundaria se asumió que me graduaría e iría a trabajar en el aserradero. Por mucho tiempo quise hacer el tipo de trabajo que hacía mi papá. Él le iba a preguntar a su jefe en el aserradero que me pusiera a trabajar luego que me graduara. Trabajé allí por unos seis meses. Pero odiaba ese trabajo y sabía desde el primer día que no quería hacer eso por el resto de mi vida. Trabajé lo suficiente para ahorra dinero para comprar un carro, comprar ropas, para salir de la casa y casarme. Entrevistadora: De alguna manera, por las razones que fuera, usted fue a la universidad. ¿Era su esposa la que deseaba que usted fuera a la universidad? ¿Ella lo entusiasmó en ese respecto? ¿Quería ella ir a la universidad y eso lo motivó a usted? ¿Qué edad tenía en ese momento? Ella debió ser muy joven, también. Carver: Yo tenía 18 años. Ella tenía dieciséis, estaba embarazada y se había graduado en una escuela privada episcopal para chicas en Walla Walla, Washington. Ella aprendió en la escuela la manera correcta de sostener una taza de te; había tenido instrucción religiosa y gimnasia, pero también aprendió algo de física y literatura y lenguajes foráneos. Yo estaba muy impresionado de que ella supiera latín. ¡Latín! Ella intento varias veces de inscribirse en la Universidad durante aquellos primeros años, pero era muy dificil hacerlo; era imposible hacerlo y levantar una familia mientras se está limpio todo el tiempo. Me refiero a tener dificultades presupuestarias. Su familia no tenía dinero. Asistió a esa escuela con una beca. Su madre me odiaba y todavía lo hace. Se suponía que mi esposa se graduara y asistiera a la University of Washington para estudiar leyes con una ayudantía. En vez de eso, yo la embaracé, y nos casamos y comenzamos nuestra vida juntos. Ella tenía diecisiete años cuando nació nuestro primer hijo, dieciocho cuando nació el segundo. ¿Qué debo decir de ese momento? No tuvimos ninguna juventud. Debimos asumir responsabilidades para las cuales no estábamos preparados. Pero hicimos lo mejor que pudimos. Quiero pensar que mejor que eso. Finalmente ella terminó la universidad. Obtuvo su grado B.A. en San Jose State doce o catorce años después que nos casamos. Entrevistadora: ¿Usted escribía durante estos iniciales, difíciles años? Carver: Trabajaba en las noches e iba a la escuela de día. Siempre estábamos trabajando. Ella trabajaba y trataba de atender los niños y la casa. Trabajaba en la compañía telefónica. Los niños se quedaban con una niñera durante el día. Finalmente, me gradué con el título de B.A. en el Humboldt State College y colocamos todo en el carro en una de esas parrillas que se colocan en el techo del carro, y nos fuimos a Iowa City. Un maestro llamado Dick Day del Humboldt State me había hablado del Iowa Writers’ Workshop (Taller de Escritores de Iowa). Day había enviado una historia mía y tres o cuatro poemas a Don Justice, quién fue responsable de conseguirme un estipendio de quinientos dólares en Iowa. Entrevistadora: ¿Quinientos dólares? Carver: Eso era todo lo que tenían. Parecía mucho en ese momento. Pero no me quedé en Iowa. Ellos me ofrecieron más dinero para quedarme un segundo año, pero no podíamos hacerlo. Yo trabajaba en la biblioteca por un dólar o dos la hora, y mi esposa trabajaba como mesera. Me iba a tomar otro año conseguir un grado, y el presupuesto era insuficiente. Por eso regresamos a California. Esta vez a Sacramento. Conseguí trabajo como conserje nocturne en el Mercy Hospital. Me quedé en ese trabajo tres años. Era un buen trabajo. Solo tenía que trabajar dos o tres horas por noche pero me pagaban por ocho horas. Había cierta cantidad de trabajo que debía ser hecho, pero una vez realizado, eso era todo, podía ir a casa o hacer lo que quisiera. El primer año o los primeros dos me fui a casa cada noche y estaba acostado a una hora razonable y era capaz de levantarme en la mañana y escribir. Los niños estaban con la niñera y mi esposa en su trabajo como vendedora de puerta a puerta. Tenía todo el día para mí. Esto funcionó por un tiempo. Entonces cuando salía del trabajo en la noche me iba a beber en vez de regresar a casa. Esto era en 1967 o 1968. Entrevistadora: ¿Cuándo le publicaron por primera vez? Carver: Cuando era un estudiante de pregrado en Humbaldt State en Arcata, California. Un día, tenía un cuento en una revista y un poema en otra. ¡Fue un día maravilloso! Tal vez uno de los mejores días de mi vida. Mi esposa y yo manejamos por todo el pueblo y les mostramos las cartas de aceptación a nuestros amigos. Eso le dio una muy necesitada validez a nuestras vidas. Entrevistadora: ¿Cuál fue el primer cuento que publicó? ¿Y el primer poema? Carver: Era un cuento llamado “Pastoral” y fue publicado en el Western Humanities Review. Una buena revista literaria y todavía la University of Utah la publica. No me pagaron nada por el cuento, pero eso no importaba. El poema se llamaba “The Brass Ring” (El Anillo de Bronce) y fue publicado por una revista de Arizona, ahora desaparecida, llamada Targets. Charles Bukowski tenía un poema en el mismo ejemplar, yo estaba muy contento de estar en la misma revista con él. Era un tipo de héroe para mí entonces. Entrevistadora: ¿Es verdad, eso me lo dijo un amigo suyo, que usted celebró su primera publicación llevándose la revista a la cama? Carver: Es parcialmente cierto, era un libro, el anuario Best Short Stories. Mi cuento “Will You Please Be Quiet, Please?” (¿Por favor te tranquilizarás, por favor?) había aparecido en la colección. Eso fue a finales de los años ’60, cuando era ediatado cada año por Martha Foley y las personas solían llamarlo, simplemente, “The Foley Collection”. Ese cuento había sido publicado en una oscura revista de Chicago llamada December. El día que la antología llegó por correo me la llevé a la cama para leerla y mirarla, y tocarla, pero la miré y toqué más de lo que la leí. Me quedé dormido y desperté la mañana siguiente con el libro ahí en la cama, a mi lado, junto a mi esposa. Entrevistadora: En un artículo que escribió para “The New York Times Book Review”, usted mencionó una historia “muy tediosa para tratarla aquí” sobre porqué escogió escribir cuentos en vez de novelas. ¿Quisiera hablar de esa historia ahora? Carver: La historia que era “muy tediosa para hablar de ella” tenía que ver con un número de cosas de las cuales no es muy agradable hablar. Finalmente hablé de algunas de esas cosas en el ensayo “Fires”, el cual fue publicado en Antaeus. En él dije que finalmente, un escritor es juzgado por lo que escribe, y así debe ser. Las circunstancias que rodean la escritura son algo más, algo extraliterario. Nadie me pidió ser escritor. Pero era duro permanecer vivo y pagar cuentas y llevar comida a la mesa y a la vez pensar en mí como un escritor y aprender a escribir. Después de años de hacer trabajos temporales y criar niños y tratar de escribir, me di cuenta de que necesitaba escribir cosas que pudiera terminar rápido. No había manera en que pudiera asumir una novela, un período de dos o tres años para un solo proyecto. Necesitaba escribir algo por lo que pudiese recibir algún tipo de pago inmediatamente, no el próximo año, o tres años después. Por eso, poemas y cuentos. Estaba empezando a ver que mi vida no era, digamos que no era lo que yo quería ser. Había siempre un vagón cargado de frustración con el cual lidiar, por querer escribir y no ser capaz de encontrar el tiempo o el lugar para hacerlo. Solía salir y sentarme en el carro para escribir algo en un cuaderno sobre mi rodilla. Esto era cuando los niños eran adolescentes. Yo estaba a finales de mis veinte o comienzos de mis treinta. Todavía estábamos en un estado de penuria, teníamos una bancarrota encima, y años de trabajo duro sin nada que mostrar excepto un carro viejo, una casa alquilada, y nuevos acreedores en nuestras espaldas. Eso era deprimente, me sentía aplastado espiritualmente. El alcohol se hizo un problema. Más o menos me rendí, tiré la toalla, y me dediqué a beber. Eso es parte de lo que yo estaba hablando de esas cosas “muy tediosas para hablar de ellas”. Entrevistadora: ¿Podría hablar un poco más de la bebida? Muchos escritores, aún sin ser alcohólicos, beben mucho. Carver: Probablemente no mucho más que cualquier otro grupo de profesionales. Usted se sorprendería. Por supuesto que hay una mitología que fluye paralela a la bebida, pero nunca pertenecí a ella. Caí en la bebida por sí misma. Supongo que empecé a beber profusamente luego que noté que las cosas que más quería en la vida para mí y mis escritura, y mi esposa e hijos, simplemente no iban a ocurrir. Es extraño. Nunca empiezas algo en la vida con la intención de caer en bancarrota, o en el alcoholismo, o en la trampa y el robo. O ser un mentiroso. Entrevistadora: ¿Y usted era todas esas cosas? Carver: Lo era. Ya no lo soy más. Bueno, miento un poco de vez en cuando, como todos. Entrevistadora: ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que dejó de beber? Carver: Dos de junio de 1977. Si quiere la verdad, estoy más orgulloso de eso, de haber dejado de beber, de lo que pueda estar de cualquier cosa en mi vida. Soy un alcohólico recuperado. Siempre seré un alcohólico, pero ya no soy un alcohólico practicante. Entevistadora: ¿Qué tan malo se hizo beber? Carver: Es muy doloroso pensar en algunas de las cosas que pasaron entonces. Hice un desperdicio de todo lo que tocaba. Pero podría agregar que hacia el final de mi período de bebedor no quedaba mucho. ¿Cosas específicas? Digamos, que en ocasiones, la policía estuvo involucrada y las salas de emergencia y los tribunales. Entrevistadora: ¿Cómo se detuvo? ¿Qué lo hizo parar? Carver: Mi último año en la bebida, 1977, yo estuve dos veces en un centro de rehabilitación, y también en un hospital; y pasé unos días en un lugar llamado DeWitt cerca de San José, California. DeWitt solía ser, lo suficientemente apropiado, un hospital para lo criminalmente insano. Hacia el final de mis días de bebedor, yo estaba completamente fuera de control y en un lugar muy profundo de mi vida. Desmayos, de todos los calibres, puntos donde no puedes recordar nada que hubieras dicho o hecho en cierto período de tiempo. Se podía manejar un carro, hacer una lectura, enseñar en una clase, romperse una pierna, ir a la cama con alguien, y no tener ninguna memoria de eso después. Se está en algo así como piloto automático. Tengo una imagen de mí sentado en mi sala con un vaso de whiskey en mi mano y mi cabeza vendada debido a una caída causada por una borrachera. ¡Loco! Dos semanas después estaba de vuelta en un centro de rehabilitación, esta vez en un lugar llamado Duffy’s, en Calistoga, California, en el país del vino. Estuve en Duffy’s dos veces, en el lugar llamado DeWitt, en San José; y en un hospital de San Francisco, todo en un espacio de doce meses. Entiendo que eso es muy malo. Me estaba muriendo, tan sencillo como eso, y no exagero. Entrevistadora: ¿Qué le llevó al punto donde pudo dejar de beber por su bien? Carver: Fue a finales de mayo de 1977. Vivía por mi cuenta en una casa de un pueblo pequeño al norte de California, y había estado sobrio por unas tres semanas. Manejé hacia San Francisco, donde había una convención de editoriales. Fred Hills, para ese momento editor jefe de McGraw-Hill, quería llevarme a almorzar y ofrecerme dinero para que escribiese una novela. Pero dos noches antes del almuerzo, uno de mis amigos tuvo una fiesta. A mitad de esta, tomé un vaso de vino y lo bebí, esa es la última cosa que recuerdo. Mente en blanco. La mañana siguiente, cuando abrieron las tiendas, yo esperaba para comprar una botella. La cena de esa noche; fue terrible, la gente peleaba y desaparecía de la mesa. Y la mañana siguiente yo tenía que levantarme e ir a almorzar con Fred Hills. Yo estaba tan enratonado cuando me levanté que apenas podía mantener erguida la cabeza. Pero me tomé medio vaso de vodka antes de buscar a Hills y eso me ayudó, por el momento. ¡Luego él quería ir a almorzar en Sausalito! Eso nos llevó al menos una hora en el tráfico, y yo estaba borracho y enratonado. Pero por alguna razón, él siguió con su plan y me ofreció el dinero para escribir una novela. Entrevistadora: ¿Llegó a escribir la novela? Carver: ¡Aún no! De todas formas salí de San Francisco y regresé a donde vivía. Permanecía borracho por dos días más. Entonces desperté, me sentía muy mal, pero no bebí nada esa mañana. Me refiero a nada alcohólico. Me sentía terrible físicamente, mentalmente también por supuesto, pero no bebí nada. No bebí por tres días, y cuando había pasado el tercer día, empecé a sentirme algo mejor. Entonces seguí sin beber. Gradualmente empecé a poner una pequeña distancia respecto al alcohol. Una semana. Dos semanas. De pronto fue un mes. Había estado sobrio por un mes, y poco a poco empezaba a sentirme bien. Entrevistadora: ¿Le ayudo Alcohólicos Anónimos? Carver: Me ayudó mucho. Iba al menos a una y a veces dos reuniones diarias en el primer mes. Entrevistadora: ¿Alguna vez sintió que el alcohol era del alguna manera una inspiración? Estoy pensando en su poema “Vodka”, publicado en Esquire. Carver: ¡Dios mío, no! Espero haberlo dejado claro. Cheever recalcaba que siempre podría reconocer “una línea alcohólica” en el trabajo de un escritor. No estoy exactamente seguro de lo que quería decir con esto pero pienso que lo sé. Cuando enseñábamos en el Iowa Writer’s Workshop en el semestre de otoño de 1973, él y yo no hacíamos otra cosa que beber. Me refiero a que asistíamos a nuestras clases, por puro formalismo. Pero todo el tiempo que estuvimos ahí, nos quedamos en el hotel que está en el campus, el Iowa House, pienso que ninguno de los dos tocó la cubierta de las máquinas de escribir. Íbamos a las licorerías dos veces a la semana en mi carro. Entrevistadora: ¿Para reabastecerse? Carver: Si. Pero la tienda no abría hasta las 10:00 a.m. Una vez planeamos una visita tempranera en la mañana, a las diez en punto, nos íbamos a encontrar en la recepción del hotel. Bajé temprano para comprar cigarrillos y John caminaba de allá para acá en la recepción. Él usaba mocasines, pero sin medias. Salimos algo temprano. Cuando llegamos a la licorería el dependiente apenas abría la puerta del frente. En esta mañana particular, John salió del carro antes que yo me estacionara apropiadamente. Cuando entre a la tienda ya él había comprado medio galón de escocés. El se quedaba en el cuarto piso del hotel y yo en el segundo. Nuestras habitaciones eran idénticas, hasta el punto de tener las mismas reproducciones de pinturas colgando de la pared. Pero cuando bebíamos juntos, siempre lo hacíamos en su habitación. Él decía que tenía miedo de beber en el segundo piso. ¡Decía que siempre existía la posibilidad de que lo asaltaran en el pasillo! Afortunadamente, poco después que Cheever se fue de Iowa City, fue a un centro de rehabilitación y recupero la sobriedad y la mantuvo hasta que falleció. Entrevistadora: ¿Piensa que las confesiones orales en Alcohólicos Anónimos han influenciado su escritura? Carver: Hay distintos tipos de reuniones, reuniones de oratoria donde un expositor se levanta y habla por quince minutos sobre como era antes, y tal vez como es ahora. Y hay reuniones donde cada cual tiene oportunidad de decir algo. Pero no puedo decir que haya basado mis historias en las cosas que he oído en las reuniones. Entrevistadora: Entonces ¿de donde vienen sus historias? Pregunto esencialmente de las historias relacionadas con la bebida. Carver: La ficción en la que estoy más interesado tiene líneas de referencia al mundo real. Por supuesto, que ninguna de mis historias ocurrieron en la realidad. Pero siempre hay algo, algún elemento, algo que me dijeron o algo que presencié, eso puede ser el punto de partida. Este es un ejemplo: “¡Esta es la última Navidad que nos arruinarás!” Yo estaba borracho cuando oi eso, pero lo recordé. Y mucho, mucho después, cuando estuve sobrio, usando sólo esa línea y otras cosas que imaginé, imaginé tan precisamente que pudieron haber ocurrido, hice una historia, “Una conversación seria”. Pero la ficción en la que estoy más interesado, sea la de Tolstoi, Chekhov, Barry Hannah, Richard Ford, Hemingway, Isaac Babel, Ann Beattie, o Ann Tyler, es la autobiográfica. Al menos es referencial. Las historias largas o cortas no vienen de la nada. Recuerdo una conversación con John Cheever. Estábamos sentados alrededor de una mesa en Iowa City con algunas personas y él refirió que luego de una crisis familiar en su casa una noche, se levantó la mañana siguiente y fue al baño, allí encontró algo que su hija había escrito en el espejo del baño con pintura de labios: “D-e-r-e daddy, no nos dejes”. Alguien de la mesa levantó la voz y dijo, “Reconozco eso de una de tus historias”. Cheever dijo, “Probablemente. Todo lo que escribo es autobiográfico”. Por supuesto que eso no es literalmente verdadero. Pero todo lo que escribimos, es de alguna manera, autobiográfico. No me molesta para nada la ficción autobiográfica. Por el contrario, On the Road, Celine Roth. Lawrence Durrell en The Alexandra Quartet. Mucho de Hemingway en las historias de Nick Adams. Updike, tambien. Jim McConkey. Clark Blaise es un escritor contemporáneo cuya ficción autobiografía pura. Por supuesto, tienes que saber lo que haces cuando conviertes en ficción las historias de tu vida. Tienes que ser inmensamente corajudo, muy diestro e imaginativo y deseoso de contar todo de ti. Cuando eres joven siempre te dicen que escribas de lo que conozcas, y ¿qué puedes saber mejor que tus propios secretos? Pero a menos que seas un tipo especial de escritor, uno muy talentoso, es peligroso tratar de escribir párrafo tras párrafo sobre La Historia de Mi Vida. Un gran peligro, o al menos una gran tentación, para muchos escritores es hacerse muy autobiográficos en su aproximación a su ficción. Lo mejor es un poco de autobiografía y mucha imaginación. Entrevistadora: ¿Sus personajes tratan de hacer lo que importa? Carver: Pienso que si tratan. Pero tratar y tener éxito son dos asuntos diferentes. En algunas vidas, las personas siempre tienen éxito, y pienso que es maravilloso cuando eso ocurre. En otras vidas, la gente no tiene éxito en lo que trata de hacer, en las cosas que más quieren hacer, las cosas grandes y pequeñas que conforman la vida. Estas vidas son, por supuesto, válidas para escribir de ellas, las vidas de la gente que no tiene éxito. La mayor parte de mi experiencia, directa o indirecta, tiene que ver con la última situación. Pienso que a la mayoría de mis personajes les gustaría que sus acciones sirvieran para algo. Pero a la vez han llegado a un punto, como les ocurre a muchas personas, donde saben que no es así. No funciona más. Las cosas que una vez pensaste que eran importantes o por las que valía la pena morir ahora no valen nada. Se sienten incómodos con sus vidas, ven como sus vidas se derrumban. Les gustaría hacer las cosas bien, pero no pueden. Y usualmente ellos lo saben, y después de eso ellos hacen lo mejor que pueden. Entrevistadora: ¿Podría decir algo acerca de una de mis historias favoritas en su colección más reciente? ¿Dónde se originó la idea para “Why don’t you dance?” (¿Por qué no bailas?) Carver: Estaba visitando a unos amigos escritores en Missoula a mediados de los años ’70. Estábamos sentados bebiendo y alguien contó una historia sobre una mujer que atendía un bar llamada Linda quién se emborrachó con su novio una noche y decidieron sacar todos los muebles de su habitación hacia el patio. También sacaron la alfombra, la lámpara, la cama, todo. Había cuatro o cinco escritores en el lugar, y después que el tipo terminó de contar la historia, alguien dijo: “Bien, ¿Quién la va a escribir?” No sé quien más podría haberla escrito, pero la escribí. No entonces, pero después. Pienso que como cuatro o cinco años después. Cambié y agregué cosas, por supuesto. Por cierto, fue la primera historia que escribí después que dejé de beber finalmente. Entrevistadora: ¿Cómo son sus hábitos de escritura? ¿Siempre está trabajando en una historia? Carver: Cuando estoy escribiendo, escribo todos los días. Es maravilloso cuando ocurre eso. Un día solapado con el siguiente. Algunas veces no sé cual día de la semana es. La “ruleta de los días”, lo ha llamado John Ashbery. Cuando no estoy escribiendo, como ahora, cuando estoy enredado enseñando deberes como lo he estado estos últimos tiempos, es como si nunca hubiese escrito una palabra o hubiera tenido ningún deseo de escribir. Caigo en malos hábitos. Me quedo despierto hasta muy tarde y duermo mucho. Pero está bien. He aprendido a ser paciente y a esperar mi momento. Aprendí eso hace tiempo. Paciencia. Si creyera en las señales, supongo que la mía sería la de la Tortuga. Escribo en ráfagas y comienzos. Pero cuando escribo, pasó muchas horas en el escritorio, diez o doce o quince horas por sesión, día tras día. Me gusta cuando ocurre eso. Mucho de este tiempo de trabajo, es dedicado a revisar y reescribir. No hay mucho que me guste más que tomar una historia que he tenido alrededor de la casa por un tiempo y trabajarla otra vez. Es igual con los poemas que escribo. No tengo apuro en enviar algo justo después de escribirlo, algunas veces lo mantengo alrededor de la casa haciéndole esto o eso, quitándole esto o poniéndole aquello. No me toma tanto tiempo hacer la primera versión de la historia, usualmente ocurre en una sentada, pero toma un tiempo hacer las diversas versiones de la historia. He hecho tantas como veinte o treinta versiones de una historia. Nunca menos de diez o doce versiones. Es instructivo y sentimental mirar las primeras versiones de los grandes escritores. Pienso en las fotografías de galeras pertenecientes a Tolstoi, para nombrar a un escritor a quien le gustaba revisar. Quiero decir, no sé si le gustaba o no, pero era muy importante para él. Siempre estaba revisando hasta que llegaba el momento de probar las páginas. Él reescribió La Guerra y la Paz ocho veces y aún hacía correcciones en las galeras. Cosas como estas deberían animar a cada escritor cuyas primeras versiones estén llenas de errores, como las mías. Entrevistadora: Describa lo que ocurre cuando escribe una historia. Carver: Escribo la primera versión rápidamente, como lo dije. Simplemente llenó las páginas tan rápido como pueda. En algunos casos, dejo algunos vacíos, notas para mí de lo que haré más tarde cuando regrese ahí. Tengo que dejar algunas escenas incompletas, en algunos casos no escritas; las escenas que necesitaran cuidado meticuloso luego. Todo requiere de cuidado meticuloso, pero dejo algunas escenas para la segunda o tercera versión, porque hacerlas bien tomaría mucho tiempo en la primera versión. La primera versión trata de bajar del título, determinar la historia. Entonces en las revisiones subsecuentes veré el resto de ella. Cuando termino la versión larga, la paso a máquina y empiezo desde ahí. Siempre luce diferente para mí, mejor, por supuesto, luego de pasarla a máquina. Cuando tipeo la primera versión, comienzo a reescribir y a agregar y borrar un poco. El verdadero trabajo viene después, después que he hecho tres o cuatro versiones de la historia. Es igual con los poemas, solo que estos pueden pasar por cuarenta o cincuenta versiones. Donald Hall me dijo que algunas veces escribe alrededor de cien versiones de sus poemas. ¿Puedes imaginar eso? Entrevistadora: ¿Ha cambiado su forma de trabajar? Carver: Las historias de What We Talk About (De lo que hablamos) son diferentes. Por una cosa, es un libro de mucha más autoconciencia en el sentido de cuan intencional era cada movimiento, cuan calculado. Empujé, halé y trabajé esas historias antes de presentarlas en el libro como nunca lo había hecho con otras historias. Cuando el libro fue armado y colocado en las manos de mi editor, no escribí nada en los próximos seis meses. Y entonces la primera historia que escribí fue “Cathedral”, la cual siento totalmente diferente en concepción y ejecución de cualquier historia que haya escrito antes. Supongo que refleja un cambio en mi vida así como en mi manera de escribir. Cuando escribí “Cathedral” experimenté esa ráfaga y sentí. “Esto es de lo que trata esto, esta es la razón de porque hacemos esto”. Era diferente de las historias que habían venido antes. Había una brecha cuando escribí la historia. Yo sabía que había ido tan lejos en la otra dirección como pude o quise ir, cortando todo hasta la médula, no hasta el hueso. Si hubiese ido más lejos en esa dirección, habría estado en un punto muerto, el tipo de escritura y publicación que no quería leer de mí, esa es la verdad. En un resumen del último libro, alguien me llamó escritor “minimalista”. El crítico hizo ese comentario como un cumplido. Pero no me gustó. Hay algo acerca de “minimalista” que resalta la pequeñez de visión y ejecución que no me gusta. Pero todas las historias del libro nuevo, llamado Cathedral, fueron escritas en un período de dieciocho meses; y en cada una de ellas siento esta diferencia. Entrevistadora: ¿Tiene usted algún sentido de una audiencia? Updike describía su lector ideal como un muchacho joven de un pequeño pueblo del medio oeste que encontraba uno de sus libros en el estante de una biblioteca. Carver: Es agradable pensar en el lector idealizado de Updike. Pero a excepción de las primeras historias, no pienso que sea un muchacho joven de un pueblo del medio oeste quién lea a Updike. ¿Qué haría este joven con The Centaur, o Couples, o Rabbit Redux, o The Coup? Pienso que Updike está escribiendo para la audiencia que John Cheever decía que escribía, “hombres y mujeres, inteligentes”, donde fuera que viviesen. Cualquier escritor que valga la pena leer, escribe tan bien y tan verdadero como puede y espera una audiencia tan grande y perceptiva como sea posible. Se escribe tan bien como se pueda y se espera por buenos lectores. Pero pienso que también se escribe para otros escritores hasta cierto punto, los escritores muertos cuyo trabajo se admira, así como los escritores vivos cuya lectura se disfrute. Si a ellos les gusta tu escritura, a los otros escritores, y probablemente a otros “hombres y mujeres inteligentes”, podría gustarles también. Pero no tengo en mente a ese muchacho que mencionaste, o alguien más al respecto, cuando escribo. Entrevistadora: ¿Cuanto de lo que escribe lo desecha finalmente? Carver: Mucho. Si la primera versión de la historia tiene cuarenta páginas, usualmente tiene la mitad cuando la termino. Y no es solo un asunto de sacar o eliminar. Saco mucho, pero también agrego cosas y luego agrego más y saco algo más. Es algo que disfruto hacer, agregar palabras y sacar palabras. Entrevistadora: ¿Ha cambiado el proceso de revisión ahora que las historias parecen más largas y generosas? Carver: Generosas, si, esa es una buena palabras para ellas. Si, y te diré por qué. En la escuela hay una mecanógrafa quien tiene una de esas máquinas de escribir avanzadas, un procesador de palabras, le puedo entregar una historia para tipear y una vez que lo ha hecho y obtengo mi copia definitiva, la puedo corregir a mi gusto y regresársela; y el próximo día puedo tener mi historia de vuelta, mi copia definitiva una vez más. Luego puedo corregirla de nuevo, cuantas veces quiera, y al día siguiente tendré una copia definitiva una vez más. Adoro eso. Puede parecer algo insignificante, pero eso ha cambiado mi vida, esa mujer y su procesador de palabras. Entrevistadora: ¿Hubo alguna vez cuando dejó de trabajar para ganarse la vida? Carver: Hubo un año. Fue uno muy importante para mí. Escribí la mayoría de las historias de Will You Please Be Quiet, Please? En ese año. Fue en 1970 o 1971. Trabajaba para esa editorial de libros de texto en Palo Alto. Era mi primer trabajo de cuello blanco, después del período cuando había sido conserje en el hospital de Sacramento. Había estado trabajando ahí tranquilamente como editor cuando la compañía, llamada SRA, decidió hacer una reorganización. Yo planeaba irme, estaba escribiendo mi carta de renuncia, pero entonces de pronto, fui despedido. Fue maravillosa la manera como se dio todo. ¡Invitamos a nuestros amigos ese fin de semana e hicimos una fiesta de despido! No tuve que trabajar por un año. Me mantuve desempleado y tenía my pago de cesantía para vivir de él. En ese período mi esposa terminó su grado universitario. Ese tiempo fue un punto de inflexión. Fue un buen período. Entrevistadora: ¿Es usted religioso? Carver: No, pero creo en milagros y la posibilidad de la resurrección. No me pregunte porque. Cada día que me despierto, soy feliz por despertar. Por eso me gusta despertar temprano. En mis días de bebedor dormía hasta el mediodía y usualmente me despertaba con las sacudidas. Entrevistadora: ¿Lamenta usted muchos eventos que ocurrieron cuando las cosas iban mal? Carver: Ahora no puedo cambiar nada. No hago nada con lamentarme. Esa vida simplemente se fue, y no puedo lamentar su partida. Tengo que vivir en el presente. La vida pasada se fue, es tan remota para mí como si le hubiese ocurrido a alguien de quien leí en una novela del siglo diecinueve. No paso más de cinco minutos al mes en el pasado. El pasado realmente es un país extranjero, hacen cosas diferentes allá. Las cosas ocurren. De verdad siento que he tenido dos vidas diferentes. Entrevistadora: ¿Puede usted hablar un poco de sus influencias literarias, o al menos nombrar algunos escritores cuyo trabajo admire mucho? Carver: Ernest Hemingway es uno. Las primeras historias. “Big Two Hearted River”, “Cat in the Rain”, “The Three-Day Blow”, “Soldier’s Home”, muchas más. Chekhov. Supongo que él es el escritor cuyo trabajo admiro más. Pero ¿a quién no le gusta Chekhov? Hablo de sus cuentos, no de su dramaturgia. Sus obras de teatro son muy lentas para mí. Tolstoi. Cualquiera de sus cuentos, novellas cortas, y Anna Karenina. La Guarra y La Paz no. Muy lenta. Pero en The Death of Ivan Ilitch, Master and Man, “How Much Land Does a man Need?”, Tolstoi es el mejor que hay. Isaac Babel, Flannery O'Connor, Frank O'Connor. Dubliners de James Joyce. John Cheever. Madame Bovary. El año pasado releí ese libro, junto a una traducción nueva de las cartas de Flaubert escritas cuando el componía, no hay otra palabra, Madame Bovary. Conrad. Too far to Go de Updike. Y hay escritoires maravillosos con los que me he cruzado en los últimos dos años como Tobias Wolff. Su libro de cuentos In the Garden of the North American Martyrsis es maravilloso. Max Schott. Bobbie Ann Mason. ¿La había mencionado? Bueno ella es buena y merece que la mencione dos veces. Harold Pinter. V.S. Pritchett. Hace años leí algo en una carta de Chekhov que me impresionó. Era una especie de consejo a uno de sus muchos corresponsales, le decía algo como esto: Amigo, no tienes que escribir acerca de gente extraordinaria quienes logran hechos memorables o extraordinarios. (Entiendo que estaba en la universidad en ese momento y leía teatro sobre princesas y duques y deposición de reinos. La búsqueda o algo parecido, grandes indagaciones para establecer héroes en sus lugares correctos. Novelas con héroes más grandes que la vida). Pero leer lo que Chekhov tenía que decir en esa carta, y en otras cartas de él, y leer sus cuentos, me hizo ver las cosas diferente a como las había visto antes. Poco después leí una obra de teatro y varios cuentos de Maxim Gorki, y él simplemente reforzaba en su trabajo lo que Chekhov decía. Richard Ford es otro buen escritor. Él es principalmente novelista, pero también ha escrito cuentos y ensayos. Es un amigo. Tengo muchos amigos que son buenos amigos, y algunos de ellos son buenos escritores. Algunos no tan buenos. Entrevistadora: ¿Qué hace usted en ese caso? Me refiero a ¿como maneja la situación si uno de sus amigos publica algo que a usted no le gusta? Carver: No digo nada a menos que el amigo me pregunte, y espero que no lo haga. Pero si te preguntan tienes que responder de una manera que no afecte la amistad. Quieres que tus amigos lo hagan bien y escriban lo mejor que puedan. Pero algunas veces su trabajo es un disgusto. Quieres que todo les salga bien, pero tienes el temor de que tal vez no sea así y no hay mucho que puedas hacer. Entrevistadora: ¿Qué piensa de On Moral Fiction? Me imagino que esto lleva a hablar de John Gardner y su influencia en usted. Sé que usted fue su estudiante hace muchos años en Humboldt State College. Carver: Eso es verdad. He escrito de nuestra relación en la pieza Antaeus y pronfundicé más sobre él en mi introducción a un libro póstumo suyo llamado On Becoming a Novelist. Pienso que On Moral Fiction es un libro maravillosamente inteligente. No estoy de acuerdo con todo el libro, pero generalmente él tiene razón. No tanto en sus asesorías de escritores vivos como en los enfoques y las aspiraciones del libro. Es un libro que quiere afirmar la vida más que desecharla. La definición de Gardner de moralidad es afirmar la vida. Y en ese sentido él cree la buena ficción es la ficción moral. Es un libro para argumentar, si te gusta argumentar. En cualquier caso , es brillante. Pienso que él puede argumentar su caso aún mejor en On Becoming a Novelist. Y él no va detrás de otros escritores como lo hizo en On Moral fiction. Habíamos estado sin comunicarnos por años cuando publicó On Moral Fiction, pero su influencia, las cosas que él inculcó en mi vida cuando fui su estudiante, todavía eran muy fuertes y no quise leer el libro. ¡Tenía miedo de encontrar que lo que había estado escribiendo todos estos años era inmoral! Debes entender que no nos habíamos visto por casi veinte años y solo habíamos renovado nuestra amistad después que me mudé a Syracuse y él estaba en Binghamton, a setenta millas. Hubo mucho odio dirigido hacia Gardner y el libro cuando fue publicado. Tocó muchas fibras. Pienso que es una pieza de trabajo destacable. Entrevistadora: Pero luego de leer el libro, ¿Qué pensó sobre su trabajo? ¿Estaba escribiendo historias “morales” o “inmorales”. Carver: ¡Aún no estoy seguro! Pero lo oi de otras personas, y luego él me dijo que le gustaba mi trabajo. Especialmente el trabajo nuevo. Eso me agrada mucho. Lea On Becoming a Novelist. Entrevistadora: ¿Todavía escribe poesía? Carver: Algo, pero no lo suficiente. Quiero escribir más. Al menos cada seis meses, si hablamos de un período de tiempo largo, me pongo nervioso si no escribo poemas. Me encuentro preguntándome si he dejado de ser poeta o he dejado de ser capaz de escribir poesía. Es usualmente entonces cuando me siento y trato de escribir algunos poemas. Este libro mío que sale en primavera, Fires (Fuegos), tiene todos mis poemas que quiero conservar. Entrevistadora: ¿Cómo se influencian una a otra? ¿La escritura de ficción y la escritura de poesía? Carver: Ya no lo hacen más. Por mucho tiempo estuve igualmente interesado en escribir poesía y escribir ficción. En las revistas siempre iba a los poemas primero antes de leer los cuentos. Finalmente, hube de tomar una decisión, y lo hice por el lado de la ficción. Fue la mejor decisión para mí. No soy un poeta “nato”. No sé si soy un algo “nato” excepto un varón blanco estadounidense. Tal vez me convertiré en poeta ocasional. Me estableceré como tal. Eso es mejor que no ser ningún tipo de poeta. Entrevistadora: ¿Cómo le ha cambiado la fama? Carver: Me siento incómodo con esa palabra. En primer lugar, empecé con unas expectativas tan bajas, me refiero a ¿cuan lejos vas a llegar en esta vida escribiendo cuentos? Y yo no tenía mucho autoestima como resultado de esta cosa de la bebida. Para mi es una sorpresa contínua, esta atención que ha llegado. Pero te puedo decir que luego de la recepción que tuvo What We Talk About (De lo que hablamos), me sentí tan confiado como nunca antes lo había sentido. Cada cosa buena que me ha ocurrido desde entonces ha contribuido para hacerme querer hacer un trabajo mayor y mejor. Ha sido un buen acicate. Y todo llega en un momento de mi vida cuando tengo más fuerza de la que haya tenido antes. ¿Sabes lo que estoy diciendo? Me siento más seguro y consciente de mi dirección ahora que nunca antes. Por eso “la fama”, o digamos esta nueva encontrada atención e interés, ha sido una cosa buena. Afianzó mi confianza, cuando esta necesitaba afianzarse. Entrevistadora: ¿Quién es el primer lector de su escritura? Carver: Tess Gallagher. Como sabes, ella es poeta y cuentista. Le muestro todo lo que escribo, excepto las cartas, y hasta le he mostrado algunas de esas. Ella tiene un ojo maravilloso y una manera de sentir por sí misma lo que escribo. No le muestro nada hasta que lo he acotado y llevado tan lejos como puedo. Eso es usualmente la cuarta o quinta versión, y entonces ella lee cada versión subsecuente. Hasta el momento le he dedicado tres libros a ella y esas dedicatorias no son solo un toque de amor y afecto; ellas también indican el alta estima que le tengo y un reconocimiento de la ayuda e inspiración que ella me ha dado. Entrevistadora: ¿Dónde entra Gordon Lish en esto? Sé que él es su editor en Knopf. Carver: El fue el editor quién empezó primero a publicar mis historias en Esquire a principios de los ’70. Pero teníamos una amistad que se remontaba varios años antes, hasta 1967 0 1968, en Palo Alto. Él trabajaba para una firma de publicaciones de libros de texto justo al frente de la firma donde yo trabajaba. La que me despidió. Él no cumplía horario de oficina. Hacía la mayor parte de su trabajo para la compañía en su hogar. Por lo menos una vez a la semana me invitaba a almorzar en su casa. El no comía nada, cocinaba algo para mí y entonces merodeaba por la mesa viéndome comer. Eso me ponía nervioso, como te puedes imaginar. Siempre terminaba dejando algo en el plato, y él siempre terminaba comiéndoselo. Decir que esto tenía que ver con la forma como fue criado. No es un ejemplo aislado. Él aun hace cosas como esa. ¡Él me invita a almorzar ahora y no ordenará nada para si excepto por una bebida y comerá cualquier cosa que deje en mi plato! Lo vi hacerlo una vez en el Russian Tea Room. Habíamo cuatro para cenar, luego que llegó la cena, él nos observó comer. Cuando vio que íbamos a dejar comida en nuestros platos, él los limpió de inmediato. Además de esta locura, la cual es más divertida que otra cosa, él es muy inteligente y sensible con las necesidades de un manuscrito. Es un buen editor. Tal vez un gran editor. Todo lo que sé es que él es mi editor y mi amigo, y soy feliz con ambas cosas. Entrevistadora: ¿Consideraría usted hacer más trabajo de guiones cinematográficos? Carver: Si el tema pudiera ser tan interesante como el que terminé hace poco con Michael Cimino sobre la vida de Dostoievski, si, por supuesto. De otra manera, no. ¡Pero sobre Dostoievski! De seguro lo haría. Entrevistadora: Había buen dinero de por medio. Carver: Si Entrevistadora: Eso sirvió para el Mercedes. Carver: Así es. Entrevistadora: ¿Qué hay de The New Yorker? ¿Alguna vez envió sus historias a The New Yorker cuando estaba comenzando? Carver: No lo hice. No leía The New Yorker. Enviaba mis historias a las revistas pequeñas y de vez en cuando algo era aceptado, y me sentía muy feliz por la aceptación. Yo tenía algún tipo de audiencia, como puedes ver, aunque nunca me encontré con mi audiencia. Entrevistadora: ¿Recibe usted cartas de las personas que han leído su trabajo? Carver: Cartas, cintas, a veces fotografías. Alguien me envió un cassette, con canciones hechas a partir de algunas historias. Entrevistadora: ¿Escribe usted mejor en la costa occidental, allá en Washington, o aquí en el este? Pregunto sobre cuan importante es el sentido del lugar en su trabajo. Carver: Una vez, fue importante verme como un escritor de un lugar particular. Fue importante para mí ser un escritor del oeste. Pero eso ya no es así, para bien o para mal. Pienso que me he mudado mucho, vivido en muchos lugares, me sentí descolocado y desplazado, para ahora tener un sentido de “lugar” firmemente enraizado. Si alguna vez localicé una historia conscientemente en un lugar y período particular, me aparece que fue especialmente en el primer libro, supongo que ese lugar fue al noroeste del Pacífico. Admiro el sentido de lugar en escritores como Jim Welch, Wallace Stegner, John Keeble, William Eastlake, y William Kittredge. Hay muchos buenos escritores con este sentido de lugar de que hablas. Pero la mayoría de mis historias no están ubicadas en un lugar específico. Me refiero a que podrían ocurrir en cualquier ciudad o zona urbana, aquí en Syracuse, pero también en Tucson, Sacramento, San Jose, San Francisco, Seattle, o Port Angeles, Washington. ¡En cualquier caso, la mayoría de mis historias ocurren dentro de la casa! Entrevistadora: ¿Trabaja usted en algún lugar particular de la casa? Carver: Si, arriba en mi estudio. Es importante para mí tener mi lugar. Muchos de nuestros días transcurren cuando desconectamos el teléfono y colgamos nuestra tablilla de “No se permiten visitantes”. Por muchos años trabajé en la mesa de la cocina, o en el escritorio de una biblioteca, o en algún lugar más afuera en mi carro. Esta habitación mía es un lujo y una necesidad ahora. Entrevistadora: ¿Caza y pesca usted todavía? Carver: No mucho. Todavía pesco un poco de salmón en el verano, si estoy en Washington. Pero no cazo, lamento decirlo. ¡No sé donde ir! Pienso que podría encontrar a alguien quien me llevaría a esos lugares, pero no he salido a buscarlo. Pero mi amigo Richard Ford es cazador. Cuando él estuvo aquí en la primavera de 1981 para hacer una lectura de su trabajo, siguió el procedimiento de su lectura y me compró una escopeta. ¡Imagínate! E hizo que le escribieran: Para Raymond de Richard, abril 1981. Richard es un cazador, como puedes ver, pienso que trataba de animarme. Entrevistadora: ¿Cuánto espera que sus historias influyan en las personas? ¿Piensa usted que su escritura cambiará a alguien? Carver: De verdad no lo sé. Lo dudo. Ningún cambio en cualquier sentido profundo. Tal vez ningún cambio. Después de todo, el arte es una forma de entretenimiento, ¿si? Para ambos, el creador y el consumidor. Me refiero a que de alguna manera es como disparar bolas de billar o jugar cartas, o boliche, es solo una forma diferente, y diría más alta de diversión. No digo que no haya nutrición spiritual involucrada. La hay, por supuesto. Escuchar un concierto de Beethoven o pasar un tiempo frente a una pintura de van Gogh o leer un poema de Blake puede ser una experiencia profunda en una escala que jugar bridge o hacer un juego de 220 puntos en bowling nunca se puede alcanzar. El arte es todas las cosas que esta supuesto a ser. Pero el arte es también una diversión superior. ¿Estoy equivocado en esto? No lo sé. Pero recuerdo cuando tenía veinte años que leía teatro de Strindberg, una novela de Max Frisch, la poesía de Rilke, escuchaba la música de Bartók toda la noche, veía un programa especial de televisión de la capilla Sixtina y Michelangelo y en cada caso sentía que mi vida tenía que cambiar luego de estas experiencias, no podía ser de otra manera que ser afectado por estas experiencias y cambiado. Simplemente no había manera de que no me convirtiera en una persona diferente. Pero entonces me di cuenta que mi vida no iba a cambiar. No de ninguna manera que pudiera apreciar, percibir. Entendí que el arte era algo que podía seguir cuando tuviera el tiempo para eso, cuando pudiera afrontarlo, y eso es todo. El arte era un lujo y no iba a cambiarme ni a mi vida. Llegué a la dura convicción de que el arte no hace que nada ocurra. No. No creo ni por un minuto en ese absurdo sin sentido de Shelleyan que describe a los poetas como los “legisladores no reconocidos” de este mundo. ¡Qué idea! Isak Dinesen dijo que ella escribía un poco cada día, sin esperanza y sin desespero. Me gusta eso. Pasaron los días, si alguna vez estuvieron con nosotros, cuando una novela o una obra de teatro o un poemario podían cambiar las ideas de las personas sobre el mundo en el que viven o aún sobre sí mismos. Tal vez escribir ficción sobre particulares tipos de personas viviendo particulares tipos de vidas permitirá que ciertas areas de la vida sean entendidas un poco mejor de lo que eran entendidas antes. Pero me temo que eso esto, al menos en lo que me concierne. Quizás es diferente en la poesía. Tess ha recibido cartas de personas quienes han leído sus poemas y dicen que los poemas los salvaron de saltar de un precipicio o ahogarse a si mismos, etcétera. Pero eso es otra cosa. La buena ficción es traer parcialmente traer las noticas desde un mundo hasta otro. Ese fin es bueno de por sí, pienso. Pero cambiar las cosas a través de la ficción, cambiar la afiliación política de alguien o al sistema político, o salvar las ballenas o los arboles de madera roja, no. No si esos son los tipos de cambio a los que te refieres. Y no pienso que deba tener que ver con alguna de estas cosas. No tiene nada que ver. Solo tiene que estar ahí por el fiero placer que vivimos al hacerla, y el diferente tipo de placer que se vive al leer algo que es durable y hecho para durar, así como es hermosa en si misma. Algo que lanza esas chispas, un brillo persistente y estable, sin embargo decae. Traducción: Alfonso L. Tusa C.