lunes, 10 de febrero de 2020
La entrevista de Pat Barker: ‘Soy inquieta, pero no de ese tipo de preocupación de paloma muerta’.
Alex Clark. the guardian.com. Sábado 29 de agosto de 2015, modificada el jueves 22 de febrero de 2018.
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Despues de entregar uno de los retratos más poderosos de conmoción psicológica en las trincheras, Pat Barker ha fijado ahora su vista sobre la segunda guerra mundial. Habla con Alex Clark de su nueva novela, Noonday, sus sentimientos ambiguos hacia Londres, y el amor y la pérdida que han moldeado su vida.
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Pat Barker regresa de ser fotografiada para encontrarse en el camino una paloma muerta. ¿No hubiese sido mejor, bromea ella, si Martin Amis hubiera estado allí en lugar de ella? Ya veo lo que ella quiere decir: La escritura de Amis, y ciertamente los personajes creados por él, muestran tal enfoque macabro. Pero, desafortunadamente “ahí estaba el pobre fotógrafo, obsesionado conmigo. Pienso que soy bien inquieta, pero no de ese tipo de preocupación de paloma muerta”. No es verdad, por supuesto. No solo palomas golpeadas aparecen en su nueva novela, Noonday, con sus alas en fuego durante el así llamado segundo incendio de Londres en medio de un ataque aéreo, sino que su trabajo regresa una y otra vez a temas notablemente dolorosos y complejos. En un amplio rango, sus libros la llevan a confrontar y transmitir la violencia personal y militar, la moralidad de la guerra, la clase y el conflicto sexual y la naturaleza de la psicopatía. En sus primeras novelas ella se enfocaba en el día a día de las vidas de las trabajadoras del noreste de Inglaterra, hizo un debut tan impresionante con Union Street (1982), que fue incluida en la selección inaugural de Granta para Best of Young British Novelists (fue fotografiada junto a otras luminarias, una de ellas fue M. Amis). En 1991, empezó su trilogía épica Regeneration, la cual concluyó en 1995 con la ganadora del premio Booker, The Ghost Road; y, en Border Crossing y Double Vision, exploró la vida interior y la respuesta de la sociedad ante un niño que mata.
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A menudo se ha dicho que Barker es una novelista quien regularmente se reinventa, y ahora una vez más se adentra en un territorio nuevo. La escritora responsable de uno de los retratos ficticios de la primera guerra mundial más sutiles en las décadas recientes, está fijando su mirada en la segunda guerra mundial. Noonday es la conclusión de la trilogía que empezó en 2007 con Life Class y continuó en 2012 con Toby’s Room; pero mientras en las dos primeras historias, los protagonistas de Barker, los artistas Paul Tarrant, Kit Neville y Ellinor Brooke, vieron a su vigor juvenil y ambición secuestrados por los eventos de Francia y Bélgica, ahora son personas de mediana edad, y la batalla que enfrentan esta mucho más cercana a casa.
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¿Por qué ella hizo eso? Si quería escribir una trilogía, ¿por qué terminarla adelantando rápidamente 23 años? Bien, contesta, ella quería mostrar la manera como los hombres de la generación de Tarrant y Neville encontraban la segunda guerra mundial mucho más impactante que aquellos quienes nunca habían experimentado el combate: “Pensé que cosa tan terrible debió haber sido para los hombres que habían peleado en la primera guerra mundial ver a un niño pequeño usar una mascarilla de gas, porque el gas era una buena parte de su experiencia…Y al tener cunas de gas, como había para los bebés; pienso que lo que esa generación sentía muy a menudo era desconcierto, y un sentido de completa falla, porque habían ganado la guerra, habían hecho ostensiblemente todo lo que podían hacer, y todavía enfrentaban de muchas maneras una amenaza aún peor”.
Un elemento clave en las dos novelas previas fue el enfoque femenino de la relación de Elinor con su hermano, Toby, asesinado en el frente en circunstancias ambiguas. Eso animó la postura anti-bélica de Elinor, y su creencia de que los artistas, y de hecho las mujeres, a quienes no se les permite participar en la toma de decisiones deberían alejarse del combate. En las páginas iniciales de Noonday, ella se detiene en el salón de su casa familiar, para contemplar el retrato de Toby, reflexiona sobre “que tan culpables se sintieron, entonces y ahora. Especialmente ahora, cuando otra generación de jóvenes estaba muriendo. Perdimos la atrapada, pensó. Nuestra generación”.
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Pero, como explica Barker, la posición de Elinor se hace cada vez más complicada: “Por supuesto que el frente del hogar es de hecho la zona de combate. Paul dice, ‘Las personas no llevan a sus esposas a las trincheras’, y Elinor dice, ‘Pero las trincheras no se extienden a través de las salas de las familias’”. Mientras ella maneja su ambulancia alrededor de las calles bombardeadas, “ella acepta que, de alguna manera, esta es su guerra, su ciudad está siendo atacada”.
Noonday revisita muchas de sus preocupaciones de siempre y símbolos ficticios: al hacerse eco de Regeneration de Billy Price y Border Crossing de Danny Williams, hay un muchacho perdido, Kenny, quien es abandonado y desilusionado por muchos de los adultos que lo rodean, pero quien también es manipulador, astuto, ocasionalmente inescrupuloso (luego de ser rescatado por Paul, insinúa conducta inapropiada del adulto para asegurar regresar con su madre: “Prefiero admirar eso”, dice Barker. “Un verdadero instinto de superviviente”.). También está la interrogante de la utilidad del arte, o por el contrario, cuando la nación está en dificultades, llena de preguntas concomitantes de propaganda y censura. Y está lo investigado intensivamente pero también el percibido sentido de lugar.
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Esta vez, ese lugar era Londres. “Era muy extraño”, dice Barker, quien nació y se crió en Teeside y, aparte de tres años en la London School of Economics en los años 1960s, nunca se ha movido lejos de allí. “Cuando terminé este libro, me di cuenta que amo Londres. Pero cuando salgo de la estación King Cross, sea el subterráneo o un taxi, ambos son horribles, y siento a Londres como un gran embotellamiento de tráfico. Solo pienso, quiero salir de aquí tan rápido como sea posible. Y aun así, sin lugar a dudas en la página, hay amor por Londres. Eso me sorprendió. Me tomó mucho tiempo asimilarlo, ahora de eso trata el tercer libro”.
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Se admite, que esa es, la capital del pasado, de hecho, ella ríe, “quizás me gusta Londres en ruinas”, una ciudad alterada significativamente por el tema del cual escribe, caminar por las calles, dice ella, fue inevitablemente frustrante, porque mientras más fuerte fue el bombardeo, “hay menos cosas cuando regresas”. Pero eso lleva a otra perspectiva, la idea de Londres como un lugar fantasmal. Buena parte del tiempo, Barker es una escritora que muestra poco, “No podría escribir con adornos”, insiste ella, “para mí eso sería insincero”, pero en todos sus libros, su prosa restringida de pronto será perforada por una imagen impresionante y a menudo misteriosa. En Noonday aparece la idea de “Una Londres muerta desplazándose hacia las alcantarillas”, la yuxtaposición de los ciudadanos atemorizados y desesperados de la segunda guerra mundial con aquellos de una era mucho más vieja. Como lo explica Barker: “Existe esa sensación de que si hay un apagón total, y se está en una ciudad donde no se conoce a nadie se caminará hacia el pasado de todas formas, ¿Cómo saber si se encontrará un fantasma? No se puede saber. No hay nada que lo asome”.
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Le pregunto si esa es una manera específica de conectar los conflictos del pasado y el presente, de hacer una continuidad con este tipo de experiencia. ¿Siente ella, cuando escribe de los soldados de la primera o segunda guerra mundial, que de alguna manera está escribiendo de otros combatientes, y otros tiempos?
“Pienso que si. Y pienso que fue más fácil hacerlo en este libro. Tienes que escribir acerca de una guerra en particular, pero de alguna manera siempre escribes de todas las guerras, sin embargo hay muchas diferencias. Paul piensa, esos hombres pudiesen estar de vuelta a casa desde Dunkirk, o pudiesen ser rezagos de la armada de Boudicca. Desde el punto de vista del soldado común, un lío es igual que otro”.
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Los fantasmas y la guerra: no era un mal prisma a través del cual aproximarse al trabajo de Barker, y entender su extrañamente hipnótico poder. Ella ha contado, en el pasado, la historia de la herida de bayoneta de su abuelo; como verla habitualmente mientras él la lavaba en el fregadero de la cocina antes de las salidas nocturnas a la British Legion, estimulaba la imaginación de ella, quizás particularmente porque algo tan lleno de daño y dolor había sido absorbido en el día a día de la vida doméstica. Pero ese hombre era el segundo esposo de su abuela; el primero, quien falleció a los 49 años de edad y a quien ella nunca conoció, también tenía una historia que contar.
Todo esto sale a flote mientras hablamos acerca de Bertha Mason de Noonday, una médium a quien Paul pasaba a regañadientes, y quien está basada parcialmente en Helen Duncan, quien fuera convicta y prisionera como bruja en 1944 porque reveló que un barco británico había sido hundido, aunque no había habido ninguna noticia oficial (luego se supo que la información había sido alterada, y que la banda del sombrero de un marinero que Duncan había usado como evidencia era falsa). Mason es un personaje convincente, grotesco con un pasado terrible quién, dice Barker, llegaba preferentemente de pronto: “ahí estaba ella, husmeando, no podías callarla. Oh, querida! Ella era muy sorprendente”. Tal manejo del poder, explica ella, no tenía precedentes, y era el tipo de cosa que ella normalmente asocia con “gente que es más, lo que yo diría del tipo, inestable respecto a escribir novelas”. Pero esta vez, eso era innegable: “Ella estaba furiosa, porque -eso nunca me ocurrió antes- ella pensó que ese era su libro. Ella no era una presencia benevolente. Ni en lo más mínimo, de hecho”.
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El abuelo de Barker no se parece mucho a Mason. Él era, dice ella, un hombre muy brillante con poca salida para su inteligencia; de pobre salud buena parte de su vida, él había abandonado la escuela temprano y estaba “más o menos permanentemente desempleado”. Pero tenía su vida como médium- “incluyendo un espíritu guia muy aburrido. Él era un jefe indio. Muchos de ellos son jefes indios”. También hacia sanaciones de fe, lo cual le involucraba en identificar los síntomas de la persona que intentaba curar. “Era una religión principalmente de clase obrera, pero también era algo que hacían mucho las mujeres. En parte, por la pasividad de eso: caes en trance y el muerto habla a través de ti, así que si el médium era ignorante y educado e iletrado, eso no importaba”.
En su trabajo y en la conversación, Barker es brillantemente astuta y articulada sobre como los asuntos clasistas son parte de la urdimbre y la trama de la sociedad británica, y como esto ha tenido un impacto en los eventos históricos. Después de todo, explica ella, “los grandes médiums tendrían famosos novelistas, ministros de gabinete, todo tipo de persona buscándolos para consultarles, escuchar a no muy bien educadas mujeres hablar bien, no ocurría en otras circunstancias. Era realmente un tipo de empoderamiento”.
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Como, por supuesto, la guerra en sí podría ser. Barker recuerda a su madre, Moyra, quien era un ruiseñor destacado en Dunfermline, hablando con entusiasmo de la guerra: “Ella adoró eso desde el comienzo hasta el final_ bien, ella lo adoraba hasta que llegué yo. Esa fue la mejor época de su vida; fue una época dinámica, se unió a las fuerzas, se fue de casa. Compartió con muchas mujeres, muchas de ellas de diferentes estratos de la sociedad, eso fue una especie de educación para ella. Ella creía absolutamente en la razón por la cual estábamos peleando, como la gran mayoría de las personas, por supuesto. Tuvo una muy buena época”.
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Pero hay mucho detrás de ese “hasta que llegué yo”. En medio de los bailes con los oficiales polacos y el primer encuentro con una lesbiana, la madre de Barker salió embarazada, y dio a luz a su hija en 1943. Barker nunca supo quien fue su padre, dice ella, honestamente no cree que su madre “tuviese alguna memoria verdadera de quien era, o de algo referente a él”. Ella y su madre vivieron con los padres de su madre en Thornaby-on-Tees, pero cuando Moyra se casó, Barker, entonces de siete años de edad, permaneció con sus abuelos. Eventualmente, Moyra tuvo cinco hijos: dos hijastros, dos hijos con su esposo, y Barker. Pero, dice la novelista, “a veces contaba sus hijos naturales y decía tres, a veces decía dos. Y eso era extraño”.
Sin embargo, dice ella, “Es muy fácil hablar de eso de manera que implique autocompasión, pero no me siento así. Pienso que es una situación interesante, tener la mitad de tu herencia genética completamente extraviada”. Lo único que la molesta, mantiene ella, es la “inconveniencia” de no saber lo suficiente de su historia médica. “De otra manera pienso que es una especie de libertad, la cual puede ser ilusoria, pero pienso aumenta la habilidad para inventarse uno mismo”.
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Cuando su madre falleció, hace unos 20 años, Barker se dio cuenta de que la única oportunidad de que esa información perdida saliera a la luz se había ido para siempre. “Esperaba sentirme molesta por eso, y no lo estaba, me sentía aliviada. Pensé, bien, se acabó. Esa puerta está cerrada para siempre ahora, y puedo seguir adelante y ser yo”. Su madre, piensa ella, había sentido una gran vergüenza acerca del nacimiento de su primera hija, y nunca se recuperó de eso, porque más adelante en su vida, se convirtió en testigo de Jehová, “por lo que eso pasó a ser un acto muy pecaminoso, mientras que para la mayoría de las personas, no lo era. No hubo conciencia de lo que los años 60s, 70s y 80s hicieron por las mujeres”.
¿Cargó Barker algo de esa vergüenza? “Hasta cierto grado, si, en los años 50s lo hice, pero a diferencia de mi madre, dejé eso atrás”, responde ella. “Supongo que eso moldeó mi vida negativamente, pero no de manera de obstaculizar que estuviera felizmente casada, o de tener una carrera, o de tener mis propios hijos. Así que si tomas eso como signo de normalidad, eso no tuvo un impacto tan negativo. Y también, por supuesto, si tus padres no te complican ¿de qué vas a escribir?”
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Empezó a escribir historias desde niña; el éxito a los 11 años significó que sus oportunidades educativas no estuvieron restringidas como las de sus generaciones previas. Después de la escuela, viajó al sur para leer historia internacional en el LSE, y luego regresó al norte, a Durham, donde obtuvo un diploma en educación, y luego se hizo profesora de historia y política.
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Su trabajo no fue publicado hasta que tuvo cerca de 40 años de edad; para entonces tenía hijos y estaba casada (en ese orden: ella y su esposo, David, un zoólogo 20 años mayor que ella, habían tenido que esperar hasta 1978 para casarse, cuando se hizo efectivo el divorcio de él; sus hijos John y Anna, también escritora y ahora su primera lectora, nacieron en 1970 y 1974 respectivamente). Su irrupción creativa, ella había escrito algunas novelas y las había desechado, llegó en un curso Arvon dictado por Angela Carter, aunque para ver sus textos publicados todavía faltaba cierto trecho. Lo que Carter hizo por ella, recuerda Barker, “fue decir que lo que yo estaba haciendo acerca de las mujeres trabajadoras era interesante y que debería seguir adelante con eso. Más que enseñarme, ella me dio fe en mi propia voz. La mejor enseñanza es reconocer la voz y respaldarla, y adecuadamente desalentar los intentos de ser otra persona. Y Angela fue una profesora, muy, muy buena”.
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En el camino, Barker escribió un cuento acerca de dos mujeres ambientada durante una huelga de mineros; se iba a convertir en parte del final de Union Street, la cual empezaba con la violación de una niña de once años de edad y seguía con las vidas de varias mujeres en el curso de pocos meses. El libro fue publicado por Carmen Calill en Virago Press, la cual había sido fundada casi una década antes, y fue seguido por otros dos, Blow Your House Down (1984) y The Century’s Daughter (1986; reimpreso en 1996 como Liza’s England). Es tentador ver los libros no solo como una trilogía de suertes, sino también como parte de un período discreto en la carrera de Barker, al final del cual ella se movió al completamente diferente territorio de la guerra, y desde describir las vidas de las mujeres hasta las de los hombres.
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Barker no ve esa trayectoria creativa en tales términos. Para comenzar, las novelas tienen mucho más en común con cada otra de lo que se podría imaginar: “Pienso que si se mira a Mason en Noonday, perfectamente podría estar en Union Street”, ella lo dice, y tiene absolutamente toda la razón. Y no solo había un libro entre sus primeros trabajos y la trilogía Regeneration- 1989’s The Man Who Wasn’t There, la cual tiene como protagonista a un muchacho de 12 años de edad quien imagina para su padre ausente una heroica carrera en tiempos de guerra- sino que había un grado de necesidad en juego. “Pienso que había ese tipo de cosa artificial que ocurrió al principio porque fui publicada por Virago y si se escribe para Virago se tiene que poner en primer plano las experiencias de las mujeres. Pienso que después de Union Street y Blow Your House Down, tendría que haberme movido para representar ambos sexos mucho antes y mucho más fácilmente. Así que pienso que eso fue un efecto ligeramente distorsionador”. ¿Estaba ella consciente de eso en ese momento? “Hacia el final me estaba volviendo muy incansable”.
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Ella concede que se fue “al otro extremo, y escribió acerca de los hombres en una institución masculina”. Pero en Regeneration, The Eye in the Door y The Ghost Road, ella creó un cuerpo de trabajo que trataba la guerra de una manera poco familiar, combinando las figuras históricas de Siegfried Sassoon, Wilfred Owen y el psiquiatra William Rivers con la figura extraordinaria de Prior, un soldado bisexual de clase obrera quien, cuando lo conocemos, está sufriendo de neurosis de guerra y, como consecuencia, de mudez electiva. Ella está atraída, dice ella, “al personaje casi sociópata, quien nunca es completamente sociópata- Danny Williams es lo mas cercano a ser absolutamente anormal. Pero Prior tiene un código moral; no es el mismo de los demás, pero tiene uno”. Prior- al igual que la médium Mason y otros de sus personajes- también refleja el interés de ella en los estados disociados; episodios de fuga mental a menudo causados por traumas reprimidos profundamente, pero también, en el caso de la escritura, por ejemplo, capaz de provocar creatividad.
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La trilogía le dio a Barker un perfil enorme y un premio grande; el Booker, dice ella, “cambia el paisaje totalmente, en maneras que son maravillosas, pero también muy amenazantes a veces. Es una especie de ‘sigue ese’ sentimiento, lo cual es muy extraño, un sentimiento muy expuesto. Toma tiempo acostumbrarse a eso”. Despues de “seguir eso” con tres libros muy diferentes, ella se embarcó en otra trilogía, esa vez produjo un prominente personaje femenino y creo una memorable y fugaz relación incestuosa hermano-hermana. De nuevo, una figura real está mezclada entre sus creaciones ficcionales: sus personajes empiezan la vida como estudiantes en la Slade School of Art, donde son enseñados por Henry Tonks, artista y cirujano, quien después hace dibujos de hombres de servicio con heridas faciales severas antes y después de su tratamiento; Kit Neville es uno de ellos. En Noonday, Kenneth Clark hace una pequeña aparición.
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Transcurrieron cinco años entre la publicación de Life Class y Toby’s Room, principalmente porque Barker pasó dos años cuidando a su esposo antes de su muerte en 2009. Ha sido, dice ella, con su característica sobriedad, “una trilogía muy bombardeada”. Dada la relación entre Toby y Elinor (el título Toby’s Room, como señaló Hermione Lee en su revisión, es un eco del Jacob’s Room de Virgina Woolf, también una memoria de un hermano muerto), la trilogía siempre habría estado cargada con dolor; pero Barker está de acuerdo en que su propia pérdida le dio una dimensión extra.
“Usas las experiencias que tienes. Ese no fue el primer dolor de mi vida; fue el más profundo hasta ahora, esperemos que no ocurra algo más fuerte”, dice ella. “Encuentro muy interesantes las etapas del dolor, porque nadie habla de las etapas de enamorarse, por ejemplo, o cosas como esa, y pienso es una manera en que las personas se distancian, atenuan la experiencia, lo cual en realidad es una experiencia que no puede ser atenuada. Es una de esas cosas que arranca la carne de tus huesos, y esa es la verdad sobre eso. No hay muchas etapas definidas, y tampoco hay nada que pueda ser identificado como recuperación, aunque obviamente se aprende a vivir con eso, y a través de eso, y debido a eso. Pero ciertamente, tan pronto como las personas hablan de recuperación, solo pienso, ‘Ah, eso no te ha ocurrido aun’”.
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Cuando le pregunto si está segura de que la trilogía realmente terminó (algunas historias de personajes están terminadas, otras no) ella da un gemido agónico y luego rie. “¡Oh, no digas eso!” Ella piensa que su primera incursión hacia la segunda guerra mundial probablemente será su último. ¿Escribiría ella otra trilogía? Ella mueve la cabeza. “Es un poco como tener un perro. Sabes que eres muy viejo para tener otro. Una parte tí piensa, ‘bien, es triste en un sentido’, pero no lo es realmente”. Si, recalco, pero entonces las personas continúan teniendo perros, ¿o no? Hasta cuando no están seguros de que deberían; no saben cuando poner punto final. “Bien, lo hacen”, replica ella, “me refiero, puedes traerlos de vuelta a casa, pero no sé que se haría con dos libros de una trilogía. Nadie podría escribir el tercero por ti”.
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No, de ahora en adelante serán novelas individuales, y tal vez bastante cortas:”Pienso que merezco una novela corta después de todo eso…en que he invertido las horas”. En su libro siguiente, ella va a escribir acerca de una esclava por quien Aquiles y Agamenón discuten en la primera sección de La Ilíada, lo cual ella describe como “como un recuento extremadamente realístico de lo que es una guerra y lo que les ocurre a los hombres en una guerra”, “Tengo la voz de ella”, dice ella. “Quiero tratar de contar tanto de la historia como pueda en su voz, a través de sus ojos”. La escena estará ambientada en ese período, más que transpuesta en otro, reconoce ella, “una gran salida”. ¿Se siente eso asustante? “No, asustante no. Es muy diferente a lo que he estado haciendo antes…”
Indico que ella nunca ha escrito de un conflicto contemporáneo, y ella responde que piensa que sería muy difícil adquirir el conocimiento profundo y la distancia necesaria para escribir ficción. “Una vez William Deeds (el editor del Daily Telegraph) me invitó para ir a Somalia y escribir de eso, junto a otros escritores”, recuerda ella. No fue. “Si piensas en lo que en realidad podíamos haber escrito, habríamos estado escribiendo acerca de varios novelistas yendo a Somalia. Eso sería lo que en realidad podíamos entender”.
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Ella siempre está alerta a los “trabajos falsos” de alta factura, que pueden resultar muy fáciles de escribir; un material que luce “respetable en la pantalla, pero está completamente muerto. Después de todo, dice ella, “existen similitudes incómodas entre los novelistas y los médiums. Una de ellas, por supuesto, es que a veces son genuinas y a veces falsas. Y el problema es que una vez que tienes las técnicas, puedes producir una falsedad fantástica”.
Por todas sus ambigüedades, y por su falta de didactismo, el trabajo de ella tiene un claro imperativo moral. ¿Piensa ella, por lo tanto, que es eso importante? “Pienso que al menos se necesita la ilusión de que eso es importante”, replica ella. “¿Por qué más lo harías? Sentada en una sala, vestida como Anita la Huerfanita, arrancándote los cabellos, eso no es atractivo. Así que se necesita la ilusión de que eso es importante. Ciertamente pienso que las novelas no cambian al mundo, ni siquiera pequeños fragmentos del mundo. Por otro lado, es importante decir la verdad. Y, creo que la verdad es reconocible instantáneamente”.
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Un extracto de Noonday de Pat Barker.
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Al cerrar la puerta ante la implacable luz de luna, él rodeó la sala de dibujo revisando que las cortinas aislantes estuvieran desplegadas y apagando las lámparas. Entonces volteó para mirar a Kenny, quien miraba ausente alrededor de la extraña sala. ¿Ahora qué? ¿Qué se supone que haga con él? Las sirenas sonaban por segunda vez esa noche. Ellos debían ir a uno de los refugios públicos, pero él no podía soportar salir de nuevo y pensaba que Kenny tampoco.
“Dormiremos en el salón”, dijo él. “Estaremos lo suficientemente seguros ahí”. Hace pocas semanas cuando empezaron las molestias de las ráfagas, él y Elinor habían arrastrado un colchón doble hacia el piso de abajo. Rodearon las paredes con otros colchones y cojines del sofá y él se aseguró de que todas las ventanas estuviesen reforzadas con cinta adhesiva antiexplosión. Por supuesto, nada de esto los protegería de un golpe directo, pero tampoco ninguno de la mayoría de los refugios. “¿Por qué no te acuestas? Veré si puedo buscar algo de comer y beber”.
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En la cocina, el abrió y cerró varios armarios, encontró media hogaza de pan endurecida, pero así la comeríamos, un par de manzanas marchitas, un pedazo de Cheddar empezando a descomponerse y una botella de jugo de naranja. Entonces se sirvió un trago largo de whisky y llevó la bandeja al salón.
Kenny había sacado los soldados de juguete del bolso y estaba ordenándolos en una zona del piso de madera entre el colchón y la puerta de la sala de dibujo. Miró hacia arriba, su rostro estaba pálido, a punto de llorar pero conteniéndose al pestañear muy seguido. “¿Por qué no podemos ir esta noche?”
“Porque habrá un caos absoluto y nos quedaremos en el camino”.
“Podríamos ayudar”.
“No lo creo. De todas formas, dudo que nos dejen acercarnos”.
Se oyen detonaciones en la distancia. “Mira, te llevaré a primera hora en la mañana, tan pronto como amanezca. Lo siento, Kenny, es lo mejor que puedo hacer”. Un impacto cercano estremeció la puerta. “Vamos, come algo, eso te hará sentir mejor”.
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Kenny estaba desgarrando un pedazo de pan con los dientes. “Podríamos jugar”. “¿Jugar?” Kenny sonrió hacia los soldados. Bien, ¿por qué no? Eso le sacaría de la mente todo esto. Así que ellos masticaron manzanas, queso y pan, bebieron whisky y jugo de naranja, movieron grupos de figuritas por aquí y por allá, hasta que, eventualmente, hasta Paul fue absorbido por el juego. El trasfondo de estallidos se mezclaba muy bien con lo que hacían. Kenny era el oficial, por supuesto. Paul era un NCO no muy brillante. De vez en cuando, una explosión estremecía los marcos de las ventanas, y si, él estaba asustado. Nada como el miedo que había experimentado en las trincheras; aunque, de alguna manera, esto era peor: experimentaba este miedo en la seguridad de su propio hogar, y eso significaba que nada estaba seguro. Más de una vez, estuvo tentado a salir y ver que estaba ocurriendo, pero no quería interrumpir el juego, eso era obviamente para mantener a Kenny ajeno a las bombas, y así seguían jugando, las armadas de metal avanzaban a través de las líneas del piso de parquet, más rápido de lo que hubiesen hecho en la vida real; Passchendaele y el Somme jugaban en el piso de una casa en Bloomsbury. “¡Si, señor!” Nubes de humo oscurecían el saliente. “¡Usted está en lo cierto señor! El aterrizaje de un cascarón en un cráter inundado envió láminas de agua lodosa a diez metros de altura en el aire. “¡Vamos a salir afuera, para ver, señor!”
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Kenny tendría que dormir pronto, sus ojos giraban hacia el fondo de su cabeza, pero por Dios que luchaba por no dormirse. Terminó su jugo de naranja, pidió más…Esa vez, Paul agregó un poco de whisky en el vaso y, aunque Kenny arrugó la nariz ante el sabor picante, se lo bebió todo y poco después se acurrucó sobre el colchón y se durmió.
Paul empezó a recoger los soldaditos, entonces se detuvo, seleccionó dos y los miró, acostados juntos en la palma de su mano. De alguna manera, la última vez que los había visto, no se había dado cuenta de lo que significaba eso. Dios mío, pensó él. Nos hemos convertido en juguetes. Quería compartir el momento, el impacto de eso, pero no había nadie que entendiera.
Deslizó las pequeñas figuras en su bolsillo, se acostó al lado de Kenny y se durmió.
A media noche, Kenny despertó y agitó el brazo de Paul. “¿Oyes eso?”
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A Paul le costó despertarse; debió haberse dormido profundamente, apenas pudo entreabrir los ojos. Se quedaron acostados escuchando los impactos hasta que un estallido más fuerte que el resto hizo llorar a Kenny. Era muy grande para pedir resguardo, muy joven para no necesitarlo. Paul tocó su brazo. “No te preocupes, todo está bien”.
“Es verdad, ¿no oyes el que te pegó?”
“Si”. Dijo con firmeza de hecho, aunque el había oido la concha que lo había golpeado; la había oído chillarhasta abajo. Todavía lo hacía.
Kenny estaba sentándose, con los ojos abiertos de par en par, temblando como un galgoal comienzo de una carrera. “¿Podemos ir ahora?”
“Tan pronto como amanezca”.
“¿Qué hora es?”
“Las tres y treinta. Vamos, volvamos a dormir”.
“No puedo dormir”.
Paul tampoco podía.
“Sabes, no podríamos ser capaces de llegar hasta allá. No habrá buses ni taxis. Y yo no voy a manejar en ese ambiente”.
“Podemos caminar”.
No tenía caso discutir. Y de todas formas él no sabía. No más de lo que Kenny podía él estimó lo que tendrían que enfrentar. “Bien, me voy a dormir”, dijo él. “Y si tienes algo de conciencia harás lo mismo”.
Se volteó hacia su lado y se acostó en la oscuridad, esperando por el cambio en la respiración de Kenny. Solo cuando estuviera seguro que Kenny estaba dormido cerraría los ojos.
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• Noonday is published by Hamish Hamilton.
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Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 14 de octubre de 2019
Eliud Kipchoge Rompe la Barrera de las Dos Horas en la maratón.
En Viena, el keniano alcanzó una marca que una vez se creyó inaccesible. Pero su tiempo, 1:59:40, no será reconocido como registro mundial.
Andrew Keh. The New York Times. 12 de octubre de 2019.
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Viena—En una nublada tarde sabatina de Viena, en una ruta escogida especialmente para la velocidad, en un espectáculo atlético de proporciones históricas, Eliud Kipchoge de Kenia corrió los 42 kilómetros en el una vez inconcebible tiempo de 1 hora 59 minutos 40 segundos.
Al convertirse en la primera persona en cubrir el maratón en menos de dos horas, Kipchoge, de 34 años de edad, logró una marca deportiva de proporciones casi míticas en el mundo de las carreras, al atravesar una barrera temporal que muchos consideraban intocable solo hace pocos años.
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Kipchoge, un ganador de ocho grandes maratones y tres veces medallista olímpico, se golpeó dos veces el pecho cuando cruzó la línea de llegada en el Prater Park de Viena, cubierto de hojas secas, donde se desarrolló la mayoría de la carrera en una larga recta de camino pavimentado recientemente, con redomas en cada extremo.
Vitoreado por una multitud de espectadores, fue llevado en hombros por los miembros de su equipo, incluyendo a los 41 corredores profesionales quienes actuaron como marcadores del paso durante la carrera.
Para Kipchoge, el hecho apenas pulió sus credenciales como el maratonista más grande del mundo.
“Juntos, cuando corremos, podemos hacer de este un mundo hermoso”, dijo Kipchoge después de terminar.
Por toda su magnitud, el logro será apreciado como algo simbólico. El impresionante tiempo, que fue 10 segundos más rápido que el 1:59:50 planificado por Kipchoge y su equipo, no será reconocido oficialmente como registro mundial porque no fue alcanzado bajo las condiciones de un maratón abierto y porque presentó una profusa rotación de marcadores de paso profesionales.
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Lo que le faltó al evento en reconocimiento oficial, pareció recuperarlo con teatro y proclamaciones grandiosas.
La carrera, organizada por la compañía petroquímica INEOS, tuvo un ciclo de publicidad y auge comercial que la hacía parecer más a una pelea de pesos pesados que a una prueba atlética.
Los organizadores llamaron la marca de las dos horas como “la última barrera del atletismo moderno” y trataron de imponer un hashtag, nohumanislimited, en las redes sociales.
Kipchoge comparó varias veces un potencial maratón por debajo de dos horas con el primer viaje del ser humano a la superficie de la luna.
“La presión sobre mis hombros fue muy grande”, dijo Kipchoge, quien reveló que había recibido una llamada del Presidente Uhuru Kenyatta de Kenia, la noche antes de la carrera.
Cualquier que haya sido el alcance del logro, requirió una prodigiosa cantidad de planificación.
Al buscar el ambiente más adecuado para que Kipchoge intentara tal hazaña, los organizadores del evento habían escogido a Viena: No era muy caliente, ni muy fría y para nada montañosa. La altitud, 540 pies sobre el nivel del mar, estaba bien, y estaba solo a un huso horario de distancia del campamento de entrenamiento de Kipchoge en Kaptagat, Kenia, donde había trabajado los últimos cuatro meses bajo la asesoría de su entrenador de mucho tiempo, Patrick Sang.
Había llevado una existencia monástica allí, comiendo, durmiendo y ejercitándose con el único propósito de correr rápido. A su entrenamiento normal, agregó ejercicios enfocados en la fuerza para disminuir la tensión en sus pantorrillas.
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El sábado, Kipchoge mostró las señales más sutiles de tensión en su rostro en la primera mitad de la carrera y cayó un par de segundos por debajo del paso deseado en algunos trechos. Corrió los últimos metros del maratón con sus labios doblados en una sonrisa gentíl. Despues, caminó con una cojera apenas perceptible.
“En el deporte no hay garantías”, le dijo Jim Ratcliffe, el multimillonario fundador de INEOS, a Kipchoge después de la meta. “Pudiste haber tenido un mal día. Pero tuviste en realidad un buen día”.
Kipchoge había intentado vencer la barrera de las dos horas antes. En 2017, en un evento similar organizado por Nike, corrió un maratón en 2:00:25 alrededor de una pista de automóviles en Monza, Italia. Fue de lejos el maratón más rápido corrido alguna vez, pero no fue reconocido oficialmente como marca mundial porque no fue corrido bajo las condiciones normales de carrera.
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Desde entonces, y en grandes maratones reconocidos oficialmente, Kipchoge produjo los dos tiempos más rápidos de la historia para el momento cuando fueron ejecutados, al conseguir un tiempo de marca mundial de 2:01:39 en Berlin en 2018 y 2:02:37 el pasado abril en Londres.
“Berlin fue acerca de correr un registro mundial”, dijo Kipchoge la semana pasada. “Viena es acerca de correr y hacer historia, como el primer hombre en la luna”.
Llegó a Austria el martes, pero la fecha exacta de comenzar el intento no empezó hasta el día siguiente, y el tiempo preciso de arrancar no fue fijado hasta la tarde del viernes.
Lo que se materializó el sábado fue quizás la ruta de maratón más finamente ajustada, cuidadosamente orquestada de la historia.
Kipchoge salió de su hotel a las 4:50 am y desayunó avena.
A las 8:15 am, después de una espera de tres horas que llamó “el momento más difícil de mi vida”, salió desde el Reichsbrücke, un pintoresco puente que cruza el Danubio, y atravesó un trecho del camino en bajada que lo llevó hacia el parque. Allí, corrió en un circuito de alrededor de 9.6 kilómetros planos, de los cuales más del 90 porciento se desarrollaron en línea recta. Parte de la ruta fueron pintadas con líneas para resaltar el camino más rápido.
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Kipchoge, quien usó una franelilla blanca, zapatos blancos (Nike, aun no lanzados al mercado, manufacturados con piezas de fibra de carbón) y mangas blancas en sus brazos, tuvo un apoyo inmenso. Corrió detrás de un carro eléctrico que se movía a un ritmo de 4:34 minutos por milla (con un segundo carro de repuesto) y con su grupo de marcadores de paso rotativos (35 en la ruta, seis en la reserva) entre quienes se encontraban algunos de los mejores corredores de larga distancia del mundo, incluyendo antiguos medallistas mundiales y olímpicos como Bernard Lagat y Matthew Centrowitz.
Esos pasistas, que usaban franelas negras y expresiones severas, formaban un bolsillo protector y aerodinámico alrededor de Kipchoge, cinco de ellos corrían al frente en formación de V abierta y dos más en la retaguardia. Sabían exactamente donde correr gracias a un patrón de gruesos y verdes rayos laser proyectados sobre la calle por el carro del cronómetro. En momentos predeterminados, los siete pasistas hacían espacio para que otro grupo de siete deslizara y tomara el testigo.
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Un miembro del equipo en una bicicleta pedaleaba periódicamente dentro del pelotón para facilitarle a Kipchoge un coctel de carbohidratos pesados, en geles y fluidos.
“Mirar ese tiempo de 1:59:40, me emociona mucho”, dijo Lagat, doble medallista olímpico.
En la recta final, cuando era un hecho que la marca estaba al alcance, los marcadores de paso, el carro cronómetro y los ciclistas acompañantes, todos se echaron a un lado, dejando a Kipchoge sumergirse solo en los gritos y el aplauso de la multitud.
Despues de cruzar la meta, Kipchoge saltó a los brazos de su esposa, Grace, y de sus hijos. En todos sus años de competición, todas las medallas y victorias y marcas de su carrera, esta fue la primera vez que su familia lo veía correr en persona.
Abdrew Keh es un corresponsal internacional que cubre los deportes en Berlin. Previamente ha cubierto Major League Baseaball y la NBA y ha reportado la copa mundial de futbol y los Juegos Olímpicos.
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Traducción: Alfonso L. Tusa C.
lunes, 23 de septiembre de 2019
Entrevista con Michael Connelly. Los Fundamentos Claves de la Narrativa.
About Writing Roland
www.writerstudio.com.au/about-writing/michael-connelly-interview-key-fundamentals-of-storytelling
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El Arte y la esencia de Escribir.
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Haber leído prácticamente todos los libros de Michael Connelly y haberme inspirado en su personaje, Detective Harry Bosch, para escribir mi novela No Man’sLand, significó un gran retorno a mis raíces periodísticas, al sentarme con él en el Wharf durante el 2015 SydneyWriter’s Festival para entrevistarlo.
Es un verdadero maestro de la esencia de la escritura y me siento muy afortunado de hacerle todas esas preguntas que han estado burbujeando en mi subconsciente por años. Me complace decir que me pareció un tipo muy decente
Sus libros, de los cuales se han vendido 58 millones de copias en todo el mundo, han sido traducidos a 39 idiomas, y han ganado docenas de premios, incluyendo el Edgar. Ahora Bosch es una serie televisiva que cuenta con Connelly como guionista y productor. Se transmite en Australia en SBS One, desde el 29 de julio de 2015.
Nunca le mostró sus primeras dos novelas a nadie. Su tercera novela, el Black Echo, fue publicada en 1992 y ganó el Mystery Writer’s of America Edgar Award. Desde entonces nunca ha detenido su carrera como escritor. Hoy todo lo que hace es escribir y promover sus libros.
La Importancia del Personaje.
Uno de los verdaderos placeres de las novelas de Connelly es que el lector se siente totalmente en sintonía con sus personajes principales Bosch y Micky Haller, un abogado, en la serie Lincoln Lawyers. Se ve y siente el mundo a través de sus ojos, se entiende su motivación y lógica y se experimenta el viaje con ellos.
“Todo tiene que ver con el personaje, personaje, personaje”, dijo Connelly. “Siempre busco algo que revele quien es Bosch. Siempre busco algo que agregue una pequeña nota de carácter. Puede ser un recuerdo, o una línea de diálogo interno o un pedazo de historia de fondo”.
De hecho, le dio el nombre de Hieronymus Bosch a su personaje (aunque todos lo llaman Harry), por el pintor holandés del mismo nombre porque eso le da la oportunidad de añadir otro detalle del personaje. Las pinturas de Bosch dibujan un mundo que se fue por el camino equivocado y recuerdan a Connelly la escena del crimen.
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Personaje y estructura – Las dos caras de la moneda. Una existe para revelar la otra.
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Le dije como en nuestras clases a menudo citábamos a Sean Ryan, el creador de la serie detectivesca de televisión por cable, The Shield, al hablar de estructura. Ryan dijo que lo que determinaba el proceso de escritura de las historias de la serie no eran las pistas, las armas, o los asesinatos sino el arco emocional del personaje.
“Eso es correcto”, dijo Connelly. Esas cosas (las pistas, las armas, etc.) son parte de la mística de escribir este tipo de historias. En algun momento no importan, pero son necesarias”.
De acuerdo a Connelly, lo que mejor revela el carácter de Bosch y lo hace resonar con el escritor y el lector, son las escenas.
“Cuando regreso a cinco escenas de los libros de Harry Bosch que he escrito en veinte años”, dijo él, “las escenas que destacan no son las de él arrestando a alguien o disparándole a un malandro, son las de Harry negociando con políticos o tratando de trabajar en la burocracia”.
Él cita una escena de uno de sus libros, la cual recuerdo bien, donde una burócrata no le facilita a Bosch la información que necesita para su caso. Asi, que cuando ella sale de la oficina, Bosch desplaza el escritorio. Cuando ella regresa tropieza con el escritorio y derrama su café, lo cual genera un ambiente de justicia poética.
“Esos detalles del personaje”, dijo Connelly, “definen todo lo que es Harry Bosch”.
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El Corazón de una Historia.
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Le dije a Connelly que para esta entrevista traté de articular una explicación de porqué sigo regresando a sus novelas.
Lo que logré fue esto. Que hay un tema intrínseco que subyace en sus libros, el cual creo llama la atención de muchas personas. Resumí mis pensamientos en las siguientes oraciones.
La realidad de la experiencia humana es que como Bosch, estamos solos en un mundo retador y a menudo hostil. Lo que le permite a Bosch seguir adelante es su compromiso por tomar la próxima decisión correcta sin importar sus circunstancias personales. Y al final de muchas historias, lo que lo salva es su apertura para amar sin importar si es una mujer o su hija.
“No había pensado en eso de esa manera”, dijo Connelly. “Pero me gusta lo que dice. Su sentido de justicia, o todos importan o nadie importa, es la esencia de ese personaje. Alguien sincero en un mundo muy caótico ciertamente es atractivo”.
Entonces traté de articular lo que creía era una de las razones por la que los lectores como yo se conectaban con tales personajes tan profundamente.
Cuando leemos acerca de alguien como Bosch actuando noblemente, eso nos hace sentir bien por Bosch, por la humanidad y por nosotros. Cuando nos imaginamos actuando como Bosch si estuviésemos en una situación similar.
“Esa línea, me gustaría pensar que puedo actuar de la misma forma, resuena conmigo”, dijo Connelly. “Pienso que eso es lo que muchos escritores quieren hacer”.
“Las personas me preguntan a menudo que si soy como Harry Bosch. Me gustaría pensar que actuaría como Harry cuando se presente la oportunidad, cuando las cosas se complican y alguien tiene que dar la cara. Espero ser capaz de hacer eso”.
Todos lo esperamos.
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Prácticas de trabajo
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Cuando Connelly empezó a escribir sus primeras novelas, solía trabajar de noche como si tuviese un trabajo a tiempo completo como reportero del crimen en un periódico. En el presente escribe cuando quiere. Pero cuando empieza una historia nueva, le gusta escribir en una habitación oscura, con la misma lámpara con que escribía hace veinte años.
No lleva un conteo de palabras o fija un número de horas. Lo más importante para él es hacer algo que haga avanzar su historia todos los días.
“Un avance en la historia puede ser cualquier cosa”, dijo él, “un párrafo, una línea de la historia o una pieza de diálogo. Tan pronto como hago avanzar la historia, he tenido un buen día. Si tengo un par de centenares de buenos días, tendré un libro”.
“Tomo un poco de la embestida de un toro herido. Siempre releo lo que escribí el día anterior para ubicarme en mi historia y crear el momento del día. Y cuando escribo y algo no sale bien, sigo adelante porque sé que regresaré y lo arreglaré. Para mí todo tiene que ver con el momento”.
Él investiga mucho y siempre va al lugar de todas las escenas de sus novelas, pero no toma notas o fotos. Y solo usa lo necesario para hacer avanzar la historia.
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Cuando llega el momento de sentarse a escribir, dice que se sienta y a menudo escribe un montón de porquería, se permite cometer errores a lo largo del camino, mientras caza la inspiración con un palo.
Cree mucho en el poder de reescribir y editar. “Reescribir es lo máximo”, dijo él. “Si se logra o no, todo está en la reescritura”.
Pensamientos finales sobre escribir.
“Nunca lamas tu dedo y lo sostengas en el viento”, dijo Connelly. “Cuando se trate de lo que quieras escribir. Mira dentro de ti. ¿Qué tipo de historia quieres escribir? ¿De que clase de personajes quieres escribir?
“Si quieres ser escritor, entonces escribe. No pienses en eso, hazlo. Cada experiencia de escritura es un proceso de aprendizaje. Mientras más lo haces, mejor estarás”.
Dijo que intenta mantenerse escribiendo novelas con el procedimiento de Bosch.
“Lo que sea que quiera hacer como escritor puede ser hecho en ese marco de trabajo”, dijo él. “Espero escribir por otros 20 años. Tengo una fuerte conexión con Harry y la manera como ve el mundo. Me gusta tenerlo en mi vida. Es lo que hace que todo valga la pena”.
Pienso exactamente de la misma forma acerca de mi personaje principal Russell Carter en No Man’s Land. Estoy en el segundo libro de la serie y me gusta compartir el viaje con Carter mientras eso nutre mi espíritu a diario. Ese es una de los grandes placeres de escribir ficción.
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Traducción: Alfonso L. Tusa C. 22 de agosto de 2019.
lunes, 2 de septiembre de 2019
Steve Cucchiaro Explica la Matemática del Velerismo.
El matemático de MIT hizo carrera en las finanzas y sabe que el curso de la carrera es otro sistema complejo que necesita ser analizado.
John Clarke. The New York Times. 29 de agosto de 2019.
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Después de años de largas horas construyendo un negocio de mil millones de dólares, el inversionista Steve Cucchiaro de Boston, vendió su compañía y regresó a lo que lo hace feliz: el velerismo. El una vez miembro del equipo olímpico de velerismo de Estados Unidos, encuentra un balance entre administrar un negocio nuevo y el velerismo.
“Me siento como si tuviera la oportunidad de competir contra los mejores del mundo y navegar a los niveles más altos de los años 1970”, dijo Cucchiaro de 67 años. “Me alejé del velerismo, pero después de pasar algun tiempo empecé a extrañarlo”. Regresó al velerismo en serio en 2014 y competirá en la Maxi Yacht Rolex Cup en Flow, su Nautor’s Swan 601. Esta conversación ha sido editada y condensada.
¿Cuándo empezó a practicar velerismo?
Mi papá me puso en contacto con el velerismo. Él era un niño de Boston, y estaba en un programa que iniciaba a los niños en el velerismo, de otra manera no tendría esa oportunidad. Años después, cuando yo tenía unos 4 años, mi papá fue invitado a unirse a la asociación local de velerismo. Recordó lo mucho que le había gustado el velerismo de niño, así que empezamos a competir como familia.
Finalmente, mi papá sugirió que tomara el velero y empezara a competir con mis amigos. Hacía eso cada sábado en un 110, un bote de 24 pies. Participábamos y usualmente llegábamos últimos o penúltimos, pero fue una buena experiencia de aprendizaje.
Usted fue a MIT y obtuvo un grado en matemática ¿Ese pensamiento analítico le ayudó como velerista?
El equipo de velerismo era muy importante. Me convertí en capitán, y clasificamos como Nº 1 del país por un tiempo.
Algo que aprendí en MIT como matemático fue como analizar sistemas complejos. Eso me ha ayudado en los negocios y en el velerismo. El mundo entero está lleno de sistemas complejos. La ruta de las carreras de velerismo es un sistema complejo. Los mercados de inversión son un sistema complejo. A veces las cosas parecen ser aleatorias, como cambiará la dirección del viento o la manera que se comportan los mercados, pero no lo son. Todas son relaciones de causa efecto. Se puede usar la matemática para distinguir entre el azar y la señales reales de causa efecto.
Con el velerismo, noté que hay algo de probabilidad y azar, pero también hay patrones. Al estudiar el clima, se puede determinar si este es un día cuando este va a variar y oscilar en un rango, o empezar en una dirección y cambiar a otra. Dependiendo de los sistemas del clima, se puede aumentar la comprensión de eso y entonces cambiar la estrategia.
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También estuvo en el equipo olímpico de velerismo de Estados Unidos. Cuénteme de eso.
Clasificamos y ganamos la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de 1979. Antes de los juegos Olímpicos de 1980, el Presidente Carter dijo que boicotearía esos juegos debido a la invasión soviética de Afganistán. Me sentí muy mal por todos los atletas que habían estado entrenando toda la vida. Yo había estado trabajando a medio tempo. En ese momento, decidí que dejaría de navegar y trabajaría a tiempo completo.
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Ahora que está de vuelta en el velerismo ¿Le gusta el aspecto de ensamblar un equipo?
Cuando pongo junto a un equipo de veleristas, veo a las personas alcanzar metas. Veleristas diferentes tienes fortalezas diferentes. Algunos son buenos en la manera como maniobran el bote, mientras otros son particularmente buenos en como recogen las velas o ajustan el rig para hacerlo rápido. Luego están las fortalezas en táctica, decisión y estrategias. Esa es mi fortaleza. Trato de estar un paso o dos por delante de otros botes y trato de ser consistente.
Me gusta armar un equipo que sea muy cooperativo internamente, donde las personas se ayuden realmente entre sí, sin gastar energía compitiendo entre ellas, sino para que el equipo como un todo sea super competitivo y utilice todas sus energías para ser lo mejor posible. Al pelear internamente se gasta y desperdicia mucha energía.
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¿Qué tal es estar de vuelta en el velerismo de competencia?
La diferencia más grande es que hay veleros más grandes, lo cual significa equipos más grandes. Eso me ha permitido reconectarme con grandes amigos veleristas de los años 1970 y 1980. En vez de una tripulación de dos, es una de 10 o 15. Es casí como una gran reunión. Que cosa tan maravillosa de hacer después de todos estos años.
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Traducción: Alfonso L. Tusa C. 31 de agosto de 2019.
martes, 20 de agosto de 2019
¿…y qué fue de aquel país?
Aún resonaba en el entorno el murmullo del agua contra las piedras. El hombre de cabellos platinados hacía señas hacia el tronco de la ceiba que se erguía a un costado del río. “¡Apúrate chico, después tu abuela me llama la atención y no me gusta que me estén regañando a esta edad!” Siempre que íbamos a darnos un chapuzón parecía que éramos fugitivos, que teníamos el tiempo contado. Él decía que aún tenía que limpiar el aserrín y ordenar las puertas que había cepillado ese día, “…mañana debo entregarlas a primera hora…” Yo le insistía tanto que hacía más de una semana que no íbamos a bañarnos en Los Ipures, le recriminaba que era un esclavo de la carpintería, que el terminaba soltando el formón, y se secaba el sudor, mientras tomaba las llaves del Hillman, “Está bien pero solo va a ser un baño de media hora, la vamos a contar desde el momento en que lleguemos a Los Ipures”. Entonces yo le replicaba “No señor el tiempo se va a contar desde que entremos al río”. Luego de una mirada solemne, él estiraba los labios y asentía. Abuelo apenabas pasaba cinco o diez minutos en el agua y salía como eléctrico a vestirse, decía que estaba cerca el atardecer y después el frío le taladraba la piel. Entonces empezaba una discusión atropellada, él pretendía que nos largáramos. Yo le reclamaba que apenas habíamos llegado. Solo cuando el sol titubeaba mediante reflejos que teñían el cielo de carmesí, yo ensayaba varios saltos a través de siete piedras asomadas en la superficie. Mientras me ponía el pantalón de caqui detrás de la ceiba, abuelo encendía el motor y el Hillman resonaba como si fuese a explotar, cada aceleración me hacía llevar las manos a los oídos. “¡Ya…eso atormenta!”
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En medio de las curvas enrevesadas que corcoveaban junto al canal de riego, varios montículos de arbustos zigzagueaban la orilla de la carretera. Cada cien metros había un parapeto con pomalacas, jobitos o nísperos. Cuando vi el primer balde volteado con tres paqueticos de papel de cuaderno cosidos con hilo y aguja, le hice señas a abuelo para que se detuviese, solo que acababa de acelerar y fue imposible detenerse. Mi silencio prolongado le hizo darme dos palmaditas en el hombro. “Sé que te gustan mucho las semillas de merey”: Dos o tres kilómetros más adelante, avisté otro balde en medio de la penumbra del ocaso. Abuelo aminoró la marcha. “¿Tú que eres, gato o lince?” Pasamos como dos minutos llamando a los vendedores, miraba y remiraba los paqueticos. Abuelo me dijo en voz baja “Ni se te ocurre tocarlos”. Finalmente, cuando regresábamos resignados al carro, una voz cantarina restalló detrás de la casa de bahareque. Una señora de cabellos lisos y rostro bronceado sacó varias semillas de merey del bolsillo de su vestido y nos las ofreció. Abuelo aprobó la calidad, y le pagó por dos paqueticos a la señora, ella insistió en regalarme un paquetico, luego de varias negativas abuelo accedió, cuando regresaba contento al Hillman, él me templó por la mano derecha “¿Cómo se dice?” Me dirigí a la señora e incliné el rostro. “¿Muchas gracias”. La mirada de abuelo se mantuvo filosa hasta que arrancó el carro, “Siempre te he dicho que hay que ser agradecido y respetuoso, muy respetuoso”.
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Saboreaba las semillas de merey mientras disfrutaba de la brisa fresca del atardecer que entraba por las ventanillas. A la salida de las curvas de Gamero, justo antes de Las Charas, vimos relumbrar el escarlata fosforescente de un triángulo de seguridad. Me quedé mirando a abuelo cuando detuvo el Hillman unos cincuenta metros delante de un Ford Falcon verde oliva. “¿Por qué siempre tiene que pararse cuando ve a alguien en problemas?” Abuelo sabía lo que yo pensaba, por eso me miraba con los ojos entrecerrados como diciendo: “¡Cállese, eso no es asunto suyo!” Se presentó y el semblante del hombre cambió por completo, como si le hubiese vuelto el alma al cuerpo. Después de revisar el motor, el radiador y el resto de las partes automotrices; abuelo me dijo que sacara los cables de auxilio debajo del asiento del piloto mientras el sacaba la batería del Hillman. Luego de varios intentos el Ford arrancó, pero al poco rato se volvió a apagar. Luego de repetir esa rutina varias veces abuelo le dijo que la batería estaba dañada. El tipo se llevó las manos a la cabeza. Abuelo regresó con un mecate amarillo y se metió debajo del Ford, ajustó varios nudos en el chasis y le dijo que lo iba a remolcar hasta Cumaná. El hombre casi se abrazó con abuelo, pero a él no le gustaba ese tipo de efusividades. Le preguntó en que parte de la ciudad vivía. Llegaron a Cumaná a eso de las seis y media de la tarde, las sombras empezaban a decretar la noche. Abuelo me miraba por el rabillo del ojo. “¿Ves porqué es importante regresar a la hora convenida o un poco antes?” Subimos al barrio San Francisco por la iglesia Santa Inés. Había unos muchachos jugando pelota de goma en la calle Sucre. Abuelo se sorprendió de que el Hillman pudiese avanzar en la subida del cementerio. Cuando llegamos a la casa del dueño del Ford, abuelo me dijo que llamara a los muchachos y los invitó a tomarse unos refrescos en la bodega de la esquina. “¿Cómo hicieron ustedes cuatro para resistir el peso de ese carro?”
Alfonso L. Tusa C. 20 de agosto de 2019. ©
sábado, 3 de agosto de 2019
Cumanacuerismos: Bar Restaurant La Fuente.
Había que rodar unos ochocientos metros, o quizás un kilómetro, tal vez kilómetro y medio. En esa época me parecía una gran distancia, salir dela calle La Florida, el solar de asfalto frente al hospital, la calle Las Flores, las siete cuadras que recorría hasta el centro, era como un viaje espacial. Aunque aquello seguía siendo el valle de Cumanacoa, cuando trascendíamos los linderos de La Represa y avanzábamos en la carretera flanqueada por los cañaverales, me parecía un viaje a lo desconocido. Una curva antes de llegar había una estación de combustible, si mal no recuerdo era de gasóleo, había una publicidad muy llamativa, un poste blanco de algunos tres metros de altura, en el tope tenía un escudo rojo con números blancos, se leía Philips 66. Lo primero que me llamaba la atención de aquel viaje, era que papá empezaba a disminuir la velocidad del carro y los sonidos entraban por las ventanillas. El impacto del río sobre las piedras al costado derecho templaba mis ojos hacia la cinta brillante que saltaba junto a unas escaleras que subían a una especie de salón con techo de ramas de cocotero. Justo antes del rótulo que decía San Salvador había una entrada, donde papá dobló a la derecha y estacionó el carro entre dos pilotes de concreto.
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Era un ambiente expansivo, de imaginación híbrida entre el Baedeker 2000 de Andrés Eloy Blanco y las Trizas de Papel de José Antonio Ramos Sucre. Todo un caleidoscopio de sentimientos que empezaba al lanzar la mirada hacia el costado izquierdo. Las paredes tenían diseños en rombos y paralelas infinitas de caña brava y el techo mostraba un brillo apagado de láminas de cinc dispuestas en escalones espaciados de conexiones intercaladas hacia espacios atmosféricos que traían oxígeno, vahos de caña de azúcar y graznidos de gavilanes. Por lo general me le escapaba a papá y me escurría en el salón donde estaba la rockola, para mí era una versión ruidosa y obesa del robot de “Perdidos en el Espacio”, me acercaba con desconfianza, imaginaba que de pronto salían monstruos espaciales armados hasta los dientes. Las luces de la parte superior descubrían un mapa de cartulina blanca donde estaban dispuestas en duplas todas las canciones de su geología. Vi a un tipo de anteojos oscuros meter una moneda en una rendija lateral y empezó a sonar un bolero de Javier Solís “Si Dios me quita la vida…antes que a ti..” El tipo caminaba tan ladeado que casi se iba de bruces.
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Regresé con una locha y un medio, papá me advirtió que iba a estar pendiente del tipo de música que iba a poner. Pasé como cinco minutos escrutando todos los compartimientos del menú de la rockola, Yester me, yester you… de Stevie Wonder, El Retrato de Mamá de José Luis Rodríguez, Acompáñame de Enrique Guzmán, Noches de Blanco Satén de La Casa del Sol Naciente, Cuando un hombre ama a una mujer de Percy Sledge, Como yo te quiero de Cherry Navarro, Tú la vas a perder de Los Darts, Que me importa el mundo, de Rita Pavone, La Rubia y la Trigueña de Billo’s Caracas Boys, La Danza de la Chiva de Los Melódicos. Metí el medio en la ranura y presioné L45. Mis Costumbres. Tom Jones. Un brazo mecánico se movió y sacó un disco 45 rpm de una bandeja y lo colocó bajó la aguja. El tipo de los anteojos oscuros se levantó con cara de pocos amigos. Papá vino casi corriendo y me dijo: “¡Lo primero que te dije y vas a poner esa música alborotada!”. Me fui hasta el fondo de la estancia y desde allí tarareaba la canción en mi mente, cuando papá se fue, empecé a chasquear los dedos .
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Entre el salón de la rockola y el patio de mesas de cemento que se extendía bajo un techo vegetal de jabillos, bucares y apamates; había una entrada diagonal de algunos diez metros de longitud. Allí se extendía la línea de bowling más original e inolvidable que he visto. Sobre el cemento rústico, habían dispuesto una superficie de madera pulida. Al fondo se erigían diez pines algo más pequeños del tamaño normal. El bolo había que solicitarlo al dueño, era algo más pequeño y más liviano que los usados en el bowling convencional. Por lo general jugaban los adultos, aunque también dejaban jugar a los niños con la condición de que sus padres los vigilaran. Papá me dijo que todo ese aparataje lo había hecho el carpintero de Cumanacoa, uno que tenía su taller frente a la escuela Pedro Luis Cedeño. Cada vez que empezaba un juego con papá, me hacía prometer que cuando dijera que era suficiente no me iba a molestar y cada vez lo miraba con cara de pocos amigos cuando decía que había terminado el juego. No había espacio para tomar impulso, era casi como un juego con metras inmensas y tampoco había canales, el que lanzaba desviado perdía el turno siguiente.
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Lo más impresionante y emocionante de La Fuente residía en la atmósfera que se respiraba al llegar a la orilla del río, la brisa se engarzaba en los escalones que bajaban hasta el agua y la vista se perdía en el verdor de los cañaverales. El sonido del agua contra las piedras invitaba a recorrer cada uno de los recovecos de aquel curso de río brioso y salvaje, cada roca saltada planteaba una aventura, cada resbalón me retaba a subir más entre la chorrera, entre la potencia de la corriente. Podían pasar siete horas, el atardecer descorría las cortinas sobre cualquier tarde sabatina, y entonces lamentaba que era hora de partir, siempre regateaba dos minutos más para un último chapuzón, para una postrera zambullida en busca de algún guijarro redondeado que atesorar para recordar los detalles de esos momentos, pero solo sacaba piedras triangulares o deformes. De salida convencía a papá para que comprara una bolsita de maní salado, aun puedo saborear ese maní, las maniobras de papá para salir del estacionamiento y la paciencia para subir hasta la carretera, había que tener cuidado con los carros que venían de San Salvador, los que venían desde Cumanacoa se sentían en el puente.
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Alfonso L. Tusa C. 03 de agosto de 2019. ©
lunes, 29 de julio de 2019
Carlos Cruz Diez: Su cinética anclará siempre las emociones de los venezolanos en el aeropuerto.
Ayer mientras veía una película en televisión pasaron un micro del Maestro Diez, había fallecido luego de un largo periplo por los andariveles del arte, por la incandescencia de la cinética, por el vértigo de los colores en movimiento. En ese momento sentí, recordé que un país más que el territorio, las costumbres o los restos que pueden quedar de él a consecuencia del totalitarismo, son todos los seres humanos incansables, tenaces, perseverantes, estudiosos que siguen buscando respuestas, posibilidades de superación, aristas para trascender a mejores estadios de afecto verdadero, de progreso amplio, de instinto expresivo. Entonces la imagen profunda, alargada, vertiginosa de todas esas líneas de colores inesperados, acechantes de todo lo que llevamos por dentro cuando pisamos los parajes de ese aeropuerto, inundó mi vista y toda la mente se recargó de nostalgia, del dolor que lleva por dentro todo aquel cuando se aleja de su lar patrio, no por motivos de trabajo o placer, sino empujado por las garras de los malvados, por las fauces de la tiranía, por las zarpas del totalitarismo. Entré por un momento al taller artístico del maestro Cruz Diez y lo vi soltar los brazos hasta estirar todo el pecho para diseñar, orquestar, forjar el entramado, el laberinto sensorial de aquellos colores sublimados, evaporados, alborozados con trazos de una emoción contenida, de una voz escondida que aparece para decirnos que hay muchas aristas, muchas cotas, muchos recovecos en el laberinto y en muchas de ellas, hay elementos que nos pueden servir para iniciar un renacimiento. Lo vi trabajar con sus herramientas de ingeniero, de carpintero, de electricista, sobre muchas facultades que pocos recuerdan hay en el alma del venezolano y olía mucho a pundonor, a arepa pilada, a perinola, a papagayo de veradas tiernas pero resistentes, a Ramoncito en Cimarrona a ritmo de cuatro, a gurrufío de chapas ruidosas, a bienmesabe de coco y guanábana, a alfondoque y majarete.
Su mirada era profunda y sus pasos livianos, imperceptibles, casi flotantes sobre la realidad implacable, urgente, que reclama gestión y diligencia, empeño y obstinación, pundonor y entrega, todo a la vez, todo en ráfaga, sin descanso, con mucha prisa y poca pausa. Escuché su voz grave y fluida, llena de efusividad, cuajada de convicción; apretaba tornillos, ajustaba hilos, delineaba más las asíntotas de la realidad y la imaginación de grandes logros, de grandes metas. De pronto esas persianas inmensas del suelo del aeropuerto parecieron cerrase, y en un tris se abrieron y mostraron todo el remolino emocional que amenaza reventar todas las costillas hasta fundir el esternón de cada venezolano forzado a abandonar su tierra por motivos muy evidentes aunque la historia oficial se esmere en mostrar lo contrario. Entonces percibía la sonrisa natural, angulosa, inmaculada del maestro, la policromía burbujeaba en sus anteojos, la diligencia brotaba en su mirada, se veían caminos muy definidos en el laberinto, muy claros en la disposición a hurgar en las heridas, muy prestos a discutir con la nostalgia hasta convertirla en aquellos días de mañanas relucientes, de mediodías de pabellón y atardeceres de parrillas.
Percibía la sensación de solaz y escape de aquella obra a medio camino entre la pintura y la escultura a la entrada del Centro Plaza, ahora entiendo que mi mayor empeño por regresar a ese espacio residía y reside en las ansias por volver a dejar escapar la mirada en ese túnel de esperanza y libertad que despliega esa y todas las obras del Maestro Diez. Cada visita al Centro Plaza recarga mis sentidos, martilla mis ideas, me abofetea y me dice “Si es posible rozar la justicia y templarla hacia la realidad, hace falta mucho trabajo, mucha dedicación, pero de eso trata la vida, de que la suerte te encuentre trabajando”.
Entonces vuelvo a escuchar una de las últimas frases del Maestro en el micro: “Somos un país de afecto, de amigos, y eso hay que conservarlo a como dé lugar”.
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Alfonso L. Tusa C. 29 de julio de 2019. ©
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