miércoles, 27 de febrero de 2019

D’Angelo Russell es Poesía en la Cancha. Dicho por un Poeta.

Kelly Whiteside. The New York Times. 16 de febrero de 2019. El poeta y el piloto de baloncesto no se conocen. Pero ven los paralelismos en sus artes, el tira y encoge entre la creatividad y el pragmatismo, entre intrepidez y seguridad. Antes de esta temporada, Mikko Harvey, un poeta ganador de premios por mucho tiempo enamorado del estilo de juego de D’Angelo Russell, se preguntaba si los Nets encontrarían un lugar para el nuevo piloto, cuyo juego imaginativo puede vacilar entre lo hermoso y lo estúpido. ¿Se lanza el pase sin mirar por su estética y belleza cuando un pase práctico sería lo indicado? ¿Se escribe poesía o se pintan retratos cuando otras carreras son escogencias más prudentes? “Aupar a D’Angelo parece como un voto por el arte, un voto por la imaginación y un voto por lo absurdo”, dijo Harvey. Si ese es el caso, lo absurdo es ganar. A los 22 años de edad Russell jugará en su primer juego de estrellas de la NBA este domingo 17 de febrero. Harvey empezó a seguir a Russell cuando estaban en Ohio State hace cinco años, Harvey como estudiante de último año, Russell como estudiante de primer año que jugaba con los Buckeyes. Harvey se enamoró del sentido artístico en el juego del piloto. Observar a Russell es como ver a un patinetero en el aire, flotando a través de una serie de acrobacias y cabriolas, dijo Harvey. “Aguantas la respiración preguntándote si va a aterrizar o no”. Cuando le contaron de esa analogía, Russell sonrió. “Puedo relacionarlo”, dijo él. “Se trata del riesgo versus la recompensa. Juego libremente, tomando ventaja en el límite de lo que permite la defensa, pero también tomo lo que quiero. Y eso va desde un disparo difícil que entra o un pase complicado que llega a su destino. Puede ser un contraataque o una pelota en el aire”. “Hay un equilibrio. Pienso que mi éxito esta temporada viene de hallar ese equilibrio. Pero para los entrenadores, eso puede ser desesperante, contraatacar tantas veces o tratar de hacer un pase largo o lanzar al aro tantas veces”. Hasta ahora, el riesgo ha dado resultados. Russell se ha convertido en líder de un equipo que ha excedido las expectativas. Con marca de 30-29, los Nets han sobrepasado el total de victorias de la temporada pasada con menos de un tercio de temporada regular por jugar. En su cuarta temporada en la liga, Russell ha tenido éxito al mantenerse fiel a su artista interno mientras opera en el sistema de los Nets. En 58 juegos, ha promediado topes vitalicios en puntos (20.3), asistencias (6.6), porcentaje de cestas de campo (43.6), porcentaje de cestas triples (37.2) y porcentaje de tiros libres (82.4). “Es un gen creativo lo que tiene”, dijo Kenny Atkinson, entrenador de los Nets. “Los artistas veces te vuelven loco porque quieren seguir dando más, y tiene que haber una disciplina. A veces se pone muy creativo. Su mayor fortaleza puede ser una debilidad, pero su creatividad y nuestra estructura se han convertido en un buen matrimonio. Mientras más lo he conocido, más lo he dejado ser agresivo. Claro, a veces me molesto, pero voy en camino a darle más libertad al muchacho”. Aunque las jugadas artísticas de Russell han superado a las tontas, esta temporada, hay oportunidades cuando Atkinson quiere arrancarse el cabello a manotazos. En octubre, contra Nueva Orleans, con los Nets adelante por un punto y 7.5 segundos por jugar, Russell miró a su izquierda, sabiendo que Caris LeVert estaba a su derecha. Su pase a ciegas fue lejos del alcance de LeVert y perdieron la pelota, los Pelicans ganaron. “No dejé de mirar solo por no mirar”, dijo Russell, agregando que falló al calcular la velocidad del pase. “Pero debí haber mirado”. Más recientemente, contra Boston, con los Nets abajo por 7, Atkinson sentó a Russell por los 8 minutos y 42 segundos finales, aunque el piloto había marcado 25 puntos en 24 minutos. Luego que Russell fallara dos intentos de rebote y perdiera la pelota dos veces, Atkinson lo sacó en lo que llamó un “momento de enseñanza”. Despues de la derrota, Russell aceptó su responsabilidad sin quejarse, señal de su crecimiento desde su llegada a los Nets. Las destrezas de liderazgo de Russell están muy lejos ahora de la inmadurez que le afectó en su temporada de novato con los Lakers de Los Angeles, quienes lo seleccionaron como segunda opción en el draft de 2015. Ese año hizo una grabación secreta de su compañero de equipo Nick Young admitiendo haber engañado a su prometida para ese momento, la rapera Iggy Azalea. El video se hizo público, Young y Azalea terminaron, y a continuación hubo una disfunción en los camerinos del equipo. Luego de dos temporadas, los Lakers cambiaron a Russell a los Nets. “D’Angelo es un jugador excelente”, le dijo Magic Johnson, presidente de los Lakers, a los reporteros en 2017 después de presentar a Lorenzo Ball, el sustituto de Russell. “Tiene talento para ser estrella. Queremos agradecerle por lo que hizo por nosotros. Pero lo que yo necesitaba era un líder. Necesitaba alguien que pudiera hacer mejores a los otros jugadores y también que ellos quisieran jugar con él”. Russell se ha convertido precisamente en lo que Johnson deseaba: una estrella, un líder y alguien quien hace mejores a los que le rodean. “Hace que el juego sea divertido porque lo hace más fácil”, dijo el alero Joe Harris. “Es un jugador cerebral. Si alguien desentona, él piensa como transmitirle el ritmo”. En un viaje reciente, mientras el resto del equipo dormitaba en el avión, Atkinson palmeó a Russell en el hombro y le dijo que había sido llamado al juego de estrellas, Russell sería reserva, reemplazaría al lesionado Victor Oladipo. Russell contuvo las lágrimas. “Al revisar la temporada, pienso que nadie, incluido yo, pensó que sería convocado al juego de estrellas”, dijo Russell. “Me siento como que lo que me ha ocurrido en la liga, me ha enseñado que cuando te enfocas y te sumerges en tu arte, de pronto empiezan a ocurrir cosas buenas”. Y con lo bueno, viene algo más: presión. Como la mayoría de los fanáticos de los Nets, Harvey, el poeta, está emocionado con el éxito del equipo pero también lleno de ansiedad. ¿Qué tal si mientras se acercan a uno de los puestos de postemporada, se abre una puerta inesperada y caen hasta el sótano? ¿O que tal si Russell tiene una recaída? “Aún cuando las cosas están saliendo bien, estoy preparado por si todo se derrumba”, dijo Harvey, de 26 años de edad, quien previamente vivió en Brooklyn, donde enseñó escritura creativa y trabajó como editor en la revista Poets & Writers. El fanatismo del poeta abandonó los confines de su imaginación el año pasado cuando en una entrevista con un blog literario canadiense, le pidieron que describiese su obsesión secreta de internet. Confesó: “Veo sus juegos, leo comentarios sobre él en el sitio web de fanáticos NetsDaily, sigo su Instagram, etc. Ocasionalmente aparece en mis sueños”. Si encontrar un balance entre el juego intrépido y el sobrio es lo que Russell ha aprendido esta temporada, Harvey por supuesto ve un paralelismo con la poesía. “No es fácil mezclar este tipo de energía impredecible en un sistema establecido”, dijo Harvey. “Aún así ese es uno de los hermosos retos de hacer arte: encontrar formas de innovar en la estructura. Un poema puede ser naturalmente inventivo siguiendo un esquema de rima del siglo 18. La creatividad de él brilla cuando tiene un buen sistema para retirarse o para reaccionar en contra, su imaginación se ha hecho mucho más coherente”. Harvey se basa en un ensayo, “The Figure a Poem Makes” (“La Figura que Hace un Poema”) de Robert Frost, para describir el proceso creativo. “Hace falta el trabajo duro para convertirse en un gran artista, pero también se requiere algo misterioso e intuitivo”. Como un pedazo de hielo en una plancha caliente, el poema debe cabalgar en su propia fusión”, escribió Frost. “Un poema puede ser pulido una vez que exista, pero no puede haber preocupación por su existencia. Su cualidad más preciosa reside en avanzar por si mismo y arrastrar consigo al poeta. Se puede leer cientos de veces: Siempre mantendrá su frescura como un pétalo mantiene su fragancia. No puede perder el sentido del significado que una vez se desenvolvió por sorpresa al aparecer”. Cuando esas palabras fueron leídas a Russell, sus ojos se desorbitaron. “Asistí a la Robert Frost Middle School”, dijo Russell, quien es de Louisville, Ky. “Eso es fascinante. Me gusta la forma como hizo eso”. “Tan lejos como llegue el proceso mental, cuando se agregan palabras a un poema, se tiene que pensar en cuantas interpretaciones le puede dar el lector. Como dijo Robert Frost, nunca pierde vigencia, se puede leer centenares de veces y mantiene su frescura. Eso se puede trasladar al baloncesto. La mente puede llevar tu juego a muchos niveles diferentes”. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 24-02-2019.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Medio ciego.

Mi Tierra. Luis Arismendi. Intensidad de campanas bajaba diagonal desde la torre de catedral hacia el semisótano del liceo Antonio José de Sucre donde había empezado el curso de lenguaje Braille. Desde que la visión empezó a fallarme luego de un accidente doméstico donde espesas polvaredas de cemento impactaron mis ojos, yo me persuadí que tenía que encontrar la manera de seguir conectado con los detalles geográficos, los aromas arqueológicos, la arquitectura emocional de Cumaná. Por un lado debía encontrar un medio, un vehículo mediante el cual recrear las imágenes que iba grabando y rotulando en mi mente, por el otro ya tenía una armonía, una melodía que resonaba en mi cráneo por encima del estruendo de campanas, era una letra vertiginosa que levantaba mi alegría por haber encontrado la rareza de un curso de Braille en Cumaná, donde los vacíos de cultura desentonan con su escena de poesía, prosa, música y gastronomía. La cadencia de la canción sensibilizaba cada célula de mis dedos en el aprendizaje de los símbolos Braille, podía sentir cada esquina, cada pared de bahareque, cada calle tortuosa del centro o del barrio San Francisco. “Mi tierra…allá donde nace la luna…tus calles me traen los recuerdos…” Intentar aprender a escribir en Braille para plasmar todo lo que me hacía sentir esa canción, me hacia permanecer en el semisótano del liceo hasta que el profesor casi me tenía que sacar a empellones. Cuando yo trataba de reclamar que no me dejaba unos minutos para practicar lo que había aprendido, me respondía que ya eran las ocho de la noche y de pronto se disculpaba, aunque no lo decía, yo entendía perfectamente que él había olvidado mi condición de cuasi ciego. Entonces hacía un esfuerzo supremo y le comentaba que la luna estaba muy cerca del medio del cielo, en ese lugar desde el cual alumbra todo el centro de Cumaná, principalmente la catedral, el liceo y la plaza Andrés Eloy Blanco. El profesor respiraba profundo y yo sabía que miraba cada milímetro de mi rostro. En medio de la memorización de los símbolos Braille, yo intentaba recordar pasajes de poesías de Andrés Eloy Blanco, José Antonio Ramos Sucre o José Antonio López y de pronto podía entender y conversar con ellos desde esa sintonía con el alma de la ciudad, con los vahos que impregnan la ciudad de humedad desde las riberas del río Manzanares, con la brisa de cobalto que sopla desde el mar, con la esencia de arenque mezclada con jobo de la India que ebulle a medio camino entre Caigüire y la avenida Perimetral. Logré escuchar parte de un diálogo entre Andrés Eloy y Ramos Sucre acerca de la mejor hora para apreciar el espíritu de Cumaná, sus tradiciones, su magia, la incandescencia de sus atardeceres, el alivio de sus mediodías refugiado bajo la sombra de un bucare del parque Ayacucho, saboreando los grumos de una chicha tan espesa que puede llevarnos el mediodía entero en trasegar, en asimilar, en incorporar la geografía del momento a nuestra memoria. Durante la caminata diaria por la calle Montes, recreaba todas las imágenes que había soñado la noche anterior, lo primero que hacía al entrar al semisótano era preguntarle al profesor como se hacía la ñ, como se modelaban los símbolos de admiración, como se marcaba la diéresis…el profesor chasqueaba la lengua y reclamaba que él no era una máquina, a su debido tiempo el iba a explicar todo eso en clase. Yo me decía que no iba a perder todos los conceptos e inspiraciones que Ramos Sucre había compartido conmigo y lamenté no haberlo hecho al abrir los ojos e incorporarme en la cama, quizás estaba tan anestesiado por la intensidad de aquella prosa poética o por la profundidad de la poesía en prosa, que se me confundían intentando reproducirlas sobre el lienzo añil de la mañana cumanesa, ahora tenía que guardarlos, y empecé a garrapatear a ciegas vocablos desparramados, encaramados que fluían a un ritmo incontenible, la esencia de la canción permanecía en el fondo, bajo el entramado firme de las frases de Ramos Sucre, de su inspiración. El profesor estiraba el cuello y yo tapé el cuaderno con el hombro. Cientos de reflejos bajaban por el tragaluz a modo de periscopio que salía de la pared del fondo. Los sonidos de la calle Montes, el soplo de la brisa, las pisadas de las lagartijas sobre el latón del tragaluz, hacían que me imaginara en la sala de mando de un submarino y buscara a Julio Verne para que me dijera donde estaba el capitán Nemo, con la misma fruición que intentaba regresar al sueño para preguntarle a Ramos Sucre cuales creía él eran los mejores lugares de Cumaná para escribir poesía, ¿Dónde podía sentarme desde las seis de la mañana hasta el mediodía hasta completar el cuerpo de una poesía, o la extensión de una prosa, o los pasajes de un ensayo, sin pausas, sin respirar, sin pestañear? Había muchos sentimientos incrustados en el cuerpo de aquella canción, la letra me hacía enhebrar cada una de las imágenes de la ciudad hasta apreciarla con la mejor visión que hubiese tenido en mi vida. Sentía la melodía apretarme el cuello y martillarme los huesos hasta sacarme lágrimas, por eso había registrado todos los buscadores de internet hasta encontrar detalles inéditos del lenguaje Braille, por eso el profesor se escandalizaba cuando me veía modelar oraciones en Braille con signos que él no había impartido en clase. El paso, el momento, la respiración de la música, los secretos de la letra. Todos esos detalles existían en lenguaje común, con vista, con noción de profundidad tangible, con color. Esa era mi respuesta, por eso asistía a aquel semisótano cada vespertina y me calaba los regaños y hasta los sarcasmos del profesor. Hasta ese momento no había tenido oportunidad de comunicárselo porque necesitaba aprovechar con la mayor inmediatez cada una de las ideas o conceptos que impartía el profesor. El había resultado clave en mi tentativa de aprender Braille, en mi obstinación por darle a esa canción una versión invisible pero muy especial, que mostrara más profundidad que los sentimientos de la versión original. Que en el caso que se perdieran todas las partituras y hasta la letra y hubiese que recrear la canción desde la versión Braille, esta reapareciera con una fuerza telúrica que mostrara el sismo que sentía en las manos al modelar cada uno de los símbolos Braille. “Alla puso Dios la alegría…y la mujer mas bella….Y dice el poeta al cantar…¡Cumaná quién te viera!”. Alfonso L. Tusa C. © 02-10-2016.

viernes, 2 de noviembre de 2018

La afición deportiva de Teodoro Petkoff.

La voz de Héctor Becerra sonaba preocupada en el teléfono. Habíamos acordado un artículo de 2000 palabras para la edición aniversario de Tal Cual y yo había escrito un texto de 3000. El jefe de la sección deportiva del diario me informó que si no hacía el ajuste, difícilmente podrían publicar el artículo. Por más que intenté resumir el texto no hallaba la manera de hacerlo. Había demasiados elementos apasionantes, impactantes, esenciales, si sacaba alguno de ellos el artículo quedaría mutilado. Por eso en la próxima llamada de Héctor me preparé para asumir mi barranco. Esa vez la voz sonaba eufórica. “Si vamos a publicar tu artículo con las tres mil palabras. Teodoro lo revisó y le gustó muchísimo. Dice que todas las mañanas de ese año, revisaba El Nacional y El Universal para ver que había hecho Bob Gibson, si había vuelto a ganar Denny McLain, si Luis Tiant se había metido en otra seguidilla de innings sin permitir carreras o si Tom Seaver seguía quemando las garrochas de los bateadores. Le gustó mucho el título “El Año del Pitcher”. Creo que lo que hizo que aceptara el artículo con todo y las 3000 palabras fue que le hizo recordar que en ese 1968 Cesar Tovar jugó las nueve posiciones el 22 de septiembre ante los Atléticos de Oakland y en el primer inning ponchó a Reggie Jackson. También recordó un juego de veintipico de innings que terminó 1-0 que ganaron los Astros de Houston ante los Mets de Nueva York”. No supe que decir, Héctor me preguntó varias veces si estaba ahí. Apenas contesté con un “Sí” aprisionado por la sorpresa, por la pasión deportiva de un hombre cuyo día a día era la política. Cuando buscaba patrocinio para publicar mi libro biográfico sobre Isaías Látigo Chávez, me enteré mediante una entrevista, que Teodoro había vivido en Chacao durante su adolescencia. Quizás en medio de mi desespero o de mi imprudencia, conseguí el número telefónico de la dirección del diario Tal Cual y pedí hablar con Teodoro. Para mi sorpresa, en menos de dos minutos escuché la voz grave al otro lado del auricular. “Si, viví en Chacao pero no puedo ayudarte respecto al Látigo, no lo conocí personalmente. Con mucho gusto hubiese conversado contigo sobre él. En cuanto a patrocinio ahorita no tenemos disponibilidad. Sin embargo sigue adelante, estoy seguro de que tienes un gran libro en el horno. Eso sí, cuando lo publiques me guardas una copia, también quiero recordar esos juegos que lanzó y no pude ver”. Aún sin conseguir ninguno de mis objetivos, sentí que había logrado algo muy valioso. Mis publicaciones en Tal Cual habían empezado cuando envié a la redacción deportiva un texto con motivo de la desaparición del pugilista Joe Frazier. Titulé el texto “Un Tren Humeante”. Al día siguiente Becerra me envió un correo electrónico informándome que iban a publicar mi artículo, que a Teodoro le había agradado muchísimo porque él recordaba muchísimo la primera pelea Frazier-Ali, siempre lamentó que Frazier no hubiera llegado tan alto como debería y pensaba que aquel texto de alguna manera era un homenaje apropiado para Smoking Joe. Quizás la imagen imperecedera que siempre guardaré de Teodoro subyace en una mañana del Dia de La Chinita en el estadio Luis Aparicio El Grande. Me parece recordar que el comentarista de Radio Caracas Televisión entrevistaba a varias personalidades en la tribuna central. Cuando conversó con Teodoro, este le comentó que había seguido el beisbol desde su infancia en El Batey. Que siempre había sido seguidor de Luis Aparicio y por eso en algún momento se hizo simpatizante de los Tiburones de La Guaira. Con mucha propiedad le dijo al entrevistador que él estaba en el estadio Universitario cuando Aparicio se sacó de la alineación para poner a jugar a un novato llamado Enzo Hernández. Muchos en la tribuna lamentaron y hasta le reclamaron a Aparicio que estaba desmejorando el equipo. En la próxima jugada, Hernández tomo una pelota detrás de tercera base y pintó un strike en el mascotin de Mike Epstein. Desde ese momento lo llamaron “el segundo tomo de Luis Aparicio”. Para sorprender más aun al comentarista, Teodoro le dijo que él después se enteró que Enzo Hernández ya tenía cierto renombre desde el beisbol amateur, porque en un campeonato nacional AA, Alfonso Chico Carrasquel era manager del equipo de Anzoategui y se empeñó en llevar a las prácticas a un short stop juvenil. Cuando llegó el momento de hacer el corte, el jefe de la delegación le dijo a Carrasquel que aun cuando el muchachito del campocorto era muy bueno aun le faltaba para jugar a ese nivel y por tanto había que sacarlo. Carrasquel respondió enfático: “Si Enzo Hernández no es el short stop de mi equipo, renuncio”. Alfonso L. Tusa C. © 02 de noviembre de 2018.

viernes, 26 de octubre de 2018

Cincuenta años después aquel oro olímpico de Morochito Rodríguez todavía brilla.

Ahora puedo entender mejor la razón de aquel cuadrilátero de boxeo en el desfile del carnaval de Cumana. Era febrero de 1969. Yo sabía de Morochito Rodríguez y su hazaña en los Juegos Olímpìcos de México 1968. Pero como todo niño de siete años de edad, estaba más pendiente de mis juegos infantiles. Aquel año había sido muy, muy duro para la humanidad. El mayo francés, el asesinato de Martin Luther King Jr., la muerte de Robert Kennedy, la matanza de estudiantes en Tlatelolco. El planeta parecía un lugar horrendo y oscuro. Aquí en Venezuela, tal vez el único otro escenario hacia el cual las personas podían voltear era la preparación del equipo olímpico de boxeo, pero nadie pensó por un instante que un solo púgil tendría al menos la oportunidad de ganar una medalla de bronce. Aquel equipo solo había realizado dos jornadas de entrenamiento una en Machiques, estado Zulia, la otra en Tucupita, Territorio Federal Delta Amacuro. Había serias dudas respecto a la nueva categoría minimosca. Las autoridades boxísticas pensaban asistir a los Juegos Olímpicos sin representante en ese nivel, pero el periodista Carlos González habló con ellos y los convenció de que tenían que llevar a Morochito Rodríguez al magno evento olímpico. Rodríguez empezó su participación en los Juegos Olímpicos el 17 de octubre. Tuvo que enfrentar al cubano Rafael Carbonell, poseedor de una gran experiencia en el boxeo amateur internacional, incluidos los Juegos Olímpicos de Tokyo 1964. Así que Morochito tuvo que fajarse e intercambiar muchos golpes con su rival. Debió echar el resto en el tercer asalto porque la pelea estaba muy apretada. Su actuación fue tan intensa que el público y hasta Carlos Gonzalez, quien transmitía por radio la pelea para Venezuela, se puso de pie para aplaudir a Morochito. Luego se supo que había terminado la pelea con una mano lesionada. En la parte trasera de una camioneta pick-up, habían recreado las cuerdas, la lona, la campana, los baldes de los entrenadores y los gritos. La multitud de las calles de Cumaná gritaba, “¡Vamos Morocho, muéstranos como ganaste esa medalla de oro!” El 20 de octubre la refriega fue ante el ceilandés Khata Karunarathe. Aunque el rival era un tipo alto, Morochito encontró la manera de tumbarlo dos veces y el árbitro tuvo que detener las acciones en el segundo asalto. Mientras la camioneta pick-up avanzaba en el desfile de carnaval, las personas alzaban la voz para saludar a un hombre de franela blanca y pantalones azul marino quien estaba al lado del boxeador en una esquina del cuadrilátero. Entre la multitud, algunos padres explicaban a sus hijos que ese hombre era Ely Montes, el entrenador de boxeo quien había formado a Morochito Rodríguez al inicio de su carrera. El que le enseñó como atacar aunque estuviese acusando el castigo de sus rivales. El que pasó varias horas explicándole como debía lanzar sus puños o como esquivar los golpes mediante movimientos de cintura. El que lo regañaba cuando no seguía las instrucciones. El 23 de octubre, el diminuto púgil cumanés escuchó las observaciones de su entrenador, Angel Edecio Escobar, quien le dijo que tenía que aprovechar el hecho de que su rival, el estadounidense Harlan Marbley tenía una herida en una mano. Morochito había vencido a Marbley en los Juegos Panamericanos de Winnipeg en 1967. Morochito no se confió y desarrolló una andanada imparable de ataques en los tres asaltos para adjudicarse la victoria. Hubo un momento, durante el desfile, cuando la camioneta se detuvo más de diez minutos en una esquina, entonces pude mirar mejor el rostro del boxeador. Recordé una madrugada en un bar cercano a Puerto Sucre. Eran las cinco de la mañana. Mis hermanos se acercaron al lugar donde unos tipos jugaban bolas criollas. Felipe le dijo a Jesús Mario, “Hermano, ese es Morochito Rodríguez, el boxeador que ganó la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Winnipeg y ahora irá a los Juegos Olímpicos de México”. Jesús Mario no quería creerlo, hasta que uno de los tipos le dijo al más diminuto que si él iba para los Juegos Olímpicos no debería frecuentar ese tipo de lugares, si quería al menos ganar una medalla de bronce tenía que cuidar su salud. Felipe tomó su balde desde el suelo y nos dijo que era hora de ir hasta la costa, ya los pescadores estaban por regresar desde alta mar. Escobar siempre recordaba una entrevista con los medios en la Villa Olímpica ante la posibilidad de que Morochito consiguiera la primera medalla de oro para SurAmérica. Atletas y personalidades de la región fueron a saludar a Morochito para animarlo y desearle lo mejor en la pelea por la medalla de oro. Durante la ceremonia del pesaje hubo un inconveniente debido a un ligero sobrepeso de Morochito. Ángel Edecio Escobar le dijo que tenían solo diez minutos para resolver eso, de lo contrario perdería la pelea sin lanzar un puño. Morochito empezó a correr y escupir desesperadamente pero el sobrepeso permanecía. Cuando la tristeza y los lamentos invadieron los rostros, alguien de la delegación venezolana le dijo a Morochito que se quitara la prótesis dental. Así fue como finalmente hizo el peso y las sonrisas de la delegación coreana desaparecieron. Antes de la pelea, Carlos González se preparaba para la transmisión radiofónica hacia Venezuela desde el ring side de la Arena de México. Estaba algo molesto porque había tenido algunas dificultades para establecer la conexión radioeléctrica. Todo eso se olvidó cuando apagaron las luces y los púgiles subieron al cuadrilátero. González no podía creer la escalofriante ovación que le dio el público a Morochito. Empezaron a corear gradualmente “Ro-drí-guez, Ro-drí.guez, Ro-drí-guez hasta que todo el lugar parecía un pandemónium. Cuando el árbitro llamó a los púgiles al centro del cuadrilátero y les explicó las reglas, todo estaba listo. Morochito solo tenía una imagen en su mente, las calles de El Salao, su barrio de Cumaná. Entonces sonó el campanazo y Ángel Edecio Escobar gritó. “Vamos Morochito, este es tu día”. Despues de dos asaltos iniciales muy cerrados, Morochito echó el resto en el tercero al descifrar el laberinto de Young Ju Lee mediante la técnica de boxeo que había aprendido de Ely Montes. Vivió un gran momento y atacó repetidamente el torso y el rostro del coreano. Cuando sonó el campanazo final, una gran incertidumbre invadió la arena. Ángel Edecio Escobar trató de calmar a Morochito diciéndolo que había dominado la mayor parte del tercer asalto. Carlos Gonzalez estaba casi delirante, desde su asiento en el ring side, anunció que en cuestión de minutos se sabría la decisión de los jueces. Cuando el árbitro llamó a los boxeadores al centro del cuadrilátero y levantó la mano derecha de Morochito, Carlos Gonzalez tuvo que controlar sus emociones, enmudeció por fracciones de segundo, entonces anunció: “Ganó el Morocho, ganó Venezuela…” Entonces corrió hacia el cuadrilátero. Morochito casi no hablaba, sus ojos estaban vidriosos. González le preguntó como se había sentido durante la pelea. Morochito solo dijo que estaba feliz. Mucho tiempo después, diría que en ese momento solo pensaba en su madre y su ciudad. Hubo otro momento difícil en la ceremonia del himno nacional porque la delegación boxística no tenía bandera. Entonces, desde la multitud un estudiante universitario venezolano le lanzó una bandera venezolana. Alfonso L. Tusa C. 17 de mayo de 2018. ©

jueves, 20 de septiembre de 2018

Adiós a la arepera El Tropezón y a Lee Hamilton Steak House.

Nunca estuve en Lee Hamilton Steak House, aunque puedo saborear la exquisitez de sus carnes mediante las referencias escritas y orales que escuché toda la vida. Las tradiciones son una especie de fantasía que se hace realidad a través de el entramado de la vida de una ciudad, de un pueblo de un país, son documentos troquelados a pincel y cincel, a emociones e inspiraciones, a memorias y mitos que recrean a diario la imagen que tenemos de un entorno, de sus mejores momentos, de sus esperanzas. Todo eso se resquebraja, se retrae, intentamos guardarlo entre los archivos más preciados de nuestros recuerdos más valiosos, porque sabemos que no los veremos nunca más o en mucho tiempo. Se trata de una realidad mil veces repetida por los regímenes totalitarios, arrasan con la propiedad privada, con la libre iniciativa, con las oportunidades, con las esperanzas de superación. En cambio si viví en primer plano la fantasía de compartir la animación de compartir ante el mostrador y degustar una arepa en El Tropezón. Por eso al escuchar hace unos días en la radio que la arepera ubicada en Los Chaguaramos había cerrado, apreté con los recuerdos todos esos sueños vividos en tanto tiempo, toda la efervescencia de ver estudiantes, profesores, empleados y obreros de la UCV conversar de exámenes, proyectos, esperanzas, fracasos y recuperaciones, la esencia del alma de un país retratada entre las mesas de un lugar que delineaba algo impalpable pero muy presente, algo muy relacionado con los hilos que tejen el esqueleto de la concordia, la armonía, el entendimiento de un conglomerado humano. Sentí que habíamos perdido algo invalorable en medio de esta barbarie infinita, en medio de la indefensión más laberíntica, propia de los regímenes violadores de derechos humanos. Sabía que aquellas imágenes, aquellas memorias, aquellos pigmentos de felicidad serían difíciles de recuperar, por eso intenté recuperar mis remembranzas particulares. Aquel atardecer sabatino casi le reclamé al tío Rubén porqué en vez de seguir hacia el estadio de la ciudad universitaria entrábamos en el bullicio de aquella arepera. Para un niño de diez años quien asistía a su primer juego de béisbol profesional aquello significaba una afrenta muy grande, significaba perder instantes para apreciar la estructura del estadio, para ver la práctica de bateo, para ver la pizarra mecánica del jardín central que tanto describían los narradores en las transmisiones radiofónicas. El olor de carne guisada, aliños de cebolla y ajo, efluvios de cilantro y yerbabuena me trajo recuerdos de otra arepera que visité mucho en mi infancia cumanesa. Cuando Rubén pidió una arepa de perico con reina pepeada, no pude resistir el parecido de sabores y texturas. “Tío, estás arepas son iguales que las del 19 de abril de Cumaná”. Rubén me quedó mirando sonreído y me dijo que me apurara porque el juego estaba por comenzar. Tuve que terminar de pasar el bocado con el papelón con limón y salimos casi corriendo. Volteé como siete veces mientras atravesábamos la calle, quería guardar bien la imagen de la arepera, quería volver a saborear esas arepas. Muchos años después, quizás unos 25 años, mediados de los noventa. Bajé a Caracas con Pepe, un compañero de trabajo de Intevep. No me importó la velocidad con la cual Pepe asumía las curvas de la carretera Panamericana, la emoción de ir a presenciar un juego de beisbol entre Caracas y Magallanes era mayor que el miedo ante la cinética automotriz. Luego de estacionar el carro en un centro comercial de Los Chaguaramos, el reflujo de emociones beisboleras se mezcló con el rostro del tío Ruben y aquella tarde sabatina de noviembre de 1971. El mismo rebullicio, los mismos olores de hacía veinticinco años me templaron de la mano. Pepe me preguntó porque parecía un conejo encandilado en medio de la noche. “Siempre vengo aquí antes de entrar al estadio, esto forma parte de la gran experiencia de venir a ver un Caracas-Magallanes”. Quise hablar para responderle que estaba totalmente de acuerdo con él. Pero estaba atragantado con aquella arepa de perico y reina pepeada que ahora se había convertido en una de queso guayanés con unos pedazos de aguacate y tomate que le pedí al joven que atendía, el tipo me quedó mirando y luego sacó el aguacate de la bandeja de reina pepeada y el tomate de una ensaladera, Todo eso se podía hacer en El Tropezón. Ahora solo queda el éter de las remembranzas, la imprecisión de las imágenes rebota en los archivos de la memoria de aquel país ajustado, adherido con sudor y lágrimas, a la obstinación de pensar que tenemos derecho a un mañana mejor. Otro cuadrito, otro dibujo, otro símbolo en nuestro lenguaje arqueológico de un mapa indeleble que flota entre el pecho y las costillas, éntrelas sonrisas y los escalofríos, entre la tristeza y las sonrisas. Escucho un silbido en medio de mis parietales, me siento en medio de la orquesta de Billo, al lado de los gestos del director y sobre la marcha intento cambiar la letra original pero luego la dejo: “…ya no quedan ni Roof Garden, ni el La Suiza…el frontón de jai alai no existe más…las muchachas ya no van por La Planicie…y a Los Chorros casi casi nadie va…” Alfonso L. Tusa C. 20 de septiembre de 2018. ©

jueves, 13 de septiembre de 2018

Tardes Sabatinas.

A principios de la década de 1970, muy probablemente 1972, la invasión urbanística llegó hasta Cumanacoa. De pronto el solar de asfalto, escenario de nuestras cotidianas caimaneras de beisbol y futbol se convirtió en depósito de centenares de tubos de concreto, había empezado la instalación del sistema de cloacas y vimos con desolación como desaparecía el estadio de tantas diversiones y momentos inolvidables. Por otro lado el parque aledaño a la escuela José Luis Ramos también quedaba inhabilitado para cualquier tipo de juego al empezar los trabajos de albañilería para convertir el lugar en otro espacio público cargado de cemento por todos lados. El mismo año habíamos sufrido dos puñaladas certeras en la espalda y las costillas, ambas dolían mucho. La alternativa empezó a gestarse una mañana cuando notamos un pequeño hueco en la alambrada del paredón de la escuela que daba hacia la calle Bolívar. El hueco crecía con el paso de los días. Era una de nuestras curiosidades principales del recreo escolar. Luego de muchos sábados jugando en medio de la calle, un mediodía alguien propuso jugar en la escuela. Nos quedamos mirando indecisos, con miedo a que nos descubrieran y la subdirectora de la escuela nos amonestara y enviara una nota a casa para conversar con nuestros padres. Seguimos caminando hacia la esquina del tercer patio de la escuela. El hueco en la alambrada había alcanzado las dimensiones a través de las cuales podía entrar cualquiera de nosotros. Alberi puso las manos entrelazadas y Santiago fue el primero que utilizó ese escalón para llegar al tope de la pared y traspasar la alambrada. Se mantuvo entre los arbustos para ayudar al próximo que saltó. El último fue Alberi, tomó impulso, saltó y se sostuvo en la mano que Santiago le extendió desde adentro. A pesar de haber jugado en ese patio en infinitos recreos de tercer y cuarto grados, parecíamos frente a un territorio desconocido, la atmósfera sabatina, la desolación y el silencio de la escuela transmitía una sensación de espacio extraterrestre. En medio del patio se levantaban los dos tubos metálicos de la malla de voleibol. El cemento rústico relucía ante la intensidad solar, se podía distinguir todos los granos translucidos de la arena incrustada en el cemento. Pronto se escogieron los dos equipos. Alberi se decidió por Juan, Armando y Victor. Santiago llamó a Hermes, José y Alfonso. Se colocó un pedazo de hoja de examen con varias letras amontonadas y una nota roja de 07, como home. El tubo de la derecha era la primera base, el de la izquierda la segunda. Cada equipo tenía dos jugadores cerca de los tubos y los otros dos jugaban en la granza cubierta de hierbajo posterior al cemento rústico. La regla principal consistía en golpear la pelota de goma con la mano empuñada, nada de pendejadas de batear con la mano abierta, eso era de niñas, y se debía procurar batear contra el cemento o en línea hasta la altura del pecho. Quien bateaba por encima de ese nivel era out por regla. Queríamos evitar botar la pelota. El ambiente de escalofríos propio de la emoción de empezar un juego de pelota, rezumaba en la expresión de los que cubrían el improvisado diamante beisbolero y perlaba en la frente de los que se agrupaban alrededor del pedazo de papel para batear. Hermes se lanzó de cabeza para tomar un roletazo detrás del tubo de segunda base y metió un balín a las manos de José para sacar out a Armando en el salto. Dos innings después Juan dio varios saltos, como un saltamontes, sobre la granza y atrapó la pelota que crei iba a ser imparable justo antes de aterrizar, me fui zapateando hacia el pasillo. Hacia las seis de la tarde habíamos efectuado cuatro juegos, cada equipo había ganado dos. En medio de la emoción de la competencia empezamos el juego decisivo. El atardecer precipitaba veloz. Las penumbras avanzaban inexorables desde el techo hacia la mitad del patio. Alberí conectó un linietazo bestial que se estrelló contra una de las puertas de los salones. Un sonido de cascos de caballo y un roce metálico como de hojalata y el filo de una peinilla taladró la puerta. Nos quedamos petrificados, la palidez de nuestros rostros alumbraba la incipiente oscuridad. Por más emocionante que estaba el juego nos acercamos hasta la puerta del salón y retrocedimos por instinto ante un ruido infernal que casi desprende la puerta. Parecía como si cien caballos hubiesen chocado contra la puerta. Alberi dio la vuelta al edificio. Lo seguimos hasta el ventanal del aula. No sabíamos si respirar o tragarnos la lengua. Algunos lamentaban no haberse ido a casa a las cinco que era la hora cuando habían acordado dejar de jugar. Solo se veían puntos verde fosforescente en medio del aula. Un rumor de llanto de niños entremezclado con gritos apagados de mujeres y el rugido de una voz inclemente nos hizo correr hacia la alambrada. Atravesamos el hueco en simultanea, corrimos cada quien directo a su casa. El lunes siguiente ninguno se atrevía a pasar por el tercer patio de la escuela. Todo el recreo lo pasamos tratando de entender como habíamos hecho para pasar los ocho por un hueco tan pequeño. La piel se nos erizó cuando Alberi contó que su papá le había relatado la leyenda que había en el pueblo acerca del terreno donde estaba el tercer patio de la escuela. En la época de la guerra de independencia, en ese lugar vivían unas familias humildes. Ellos sabían que venían unos jinetes asesinando a todo el que se les atravesara. Eran los días de la emigración a Oriente. Cuando esos desalmados llegaron a Cumanacoa no hubo tiempo de nada. Un vendaval de lanzas, peinillas y bayonetas se abalanzó sobre ellos. Muchisimas personas murieron degolladas, tasajeadas, lanceadas, entre ellas, las familias que vivían ahí en el tercer patio de la escuela. Los pocos que lograron salvar el pellejo, apenas si lograban pronunciar los nombres de los asesinos: Bo…Boves y Su…Suazola. Nos quedamos mirando a Alberi con miedo, nadie se atrevió a decir una palabra. Ese día no jugamos en el recreo. Ni los próximos tres sábados jugamos pelota en el tercer patio. El cuarto sábado llegamos a las dos de la tarde y nos fuimos a las cuatro. Y el siguiente una ráfaga de viento hizo temblar las puertas de los salones y nos fuimos sin haber terminado el primer juego. Alfonso L. Tusa C. 3 de septiembre de 2018. ©

viernes, 7 de septiembre de 2018

Escribe tu historia Nena. Essence Carson. Los Angeles Sparks.

The Players Tribune. 18 de septiembre de 2017.PHO Parecía que nadie sabía su nombre real. Las personas lo llamaban Picture Man. Paterson, New Jersey, donde crecí, es el barrio… la ciudad interior… el ghetto… como se quiera llamarlo. Y muchas personas tienen apodos en la ciudad interior, apodos divertidos, apodos crueles, apodos estúpidos, apodos sin sentido, apodos de pandilla, todo. Picture Man se ganó ese apodo porque siempre estaba tomando fotos. Se le podía ver dando vueltas en su bicicleta. Se paraba para efectuar una fotografía de un hidrante, una señal de tránsito, una parrillada familiar o lo que fuera, y luego se iba. Que alguien se dedicara a la fotografía de esa manera era inaudito en nuestro vecindario, así que Picture Man era visto como un tipo raro. Un solitario. “Diferente”. De todas formas lo queríamos mucho. Era muy misteriosos para mí, había todo un mundo detrás de él que yo desconocía. Hasta el día de hoy, nunca supe su verdadero nombre. Pero nunca olvidaré donde estaba cuando oi los disparo que terminaron su vida. Yo tenía 12 años de edad. Estaba en casa de mis abuelos en el lado este de la ciudad, donde vivía, justo alrededor de la esquina de la barbería de la 17ma avenida. Corrí hacia afuera y vi a Picture Man inmóvil en el medio de la calle. La bicicleta le había caído encima, y la cámara, aun colgada de un cordel en su cuello, yacía en el pavimento a su lado. Mi abuela también había salido a ver que había ocurrido. No podía creer lo que había visto…Estaba triste e impactada, y muy preocupada. Aun recuerdo con claridad hasta el día de hoy, como su cuerpo estaba inmóvil pero sus ojos estaban completamente abiertos. Los disparos que lo mataron no eran los primeros que yo había oído. Pero era la primera vez que veía un cadáver fuera de la funeraria. El pozo de sangre acumulado en la calle era tan profuso que parecía negro. Me paré allí y observé. No corrí. No traté de ayudar. Las personas gritaban y venían desde las tiendas a mirar, y las sirenas sonaban por todas partes. Había una gran conmoción. Las personas decían que Picture Man había quedado atrapado en un enfrentamiento entre bandas. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, ese tipo de cosas. Cuando llegó la ambulancia, yo estaba parada en el mismo lugar frente a la barbería. Los policías le decían a la gente que se fuerana sus casas, pero me quedé un poco más, mirando a los paramédicos enfundarlo en un saco de plástico negro. Entonces caminé hacia la esquina y me fui a casa de mis abuelos. Cuando llegué a la puerta, me detuve por un segundo. No sabía lo que sentía. Honestamente, no estaba triste. Era como si no supiera que era lo que debía sentir. Fui al sótano, como hacía la mayoría de las noches. Me senté en el pequeño piano que mi abuela tenía allí, y toqué por un momento. A veces se tienen los pensamientos más extraños en los momentos más extraños. En mi cabeza de 12 años de edad, seguí pensando en la misma cosa mientras jugaba. Seguí pensando ¿Qué pasará con todas sus fotografías? Hasta hace unas pocas semanas, no había vuelto a pensar en Picture Man en años. Pero una noche de este verano, todo regresó. Estaba en mi apartamento en Los Angeles, grabando algo de música nueva. Tengo un pequeño estudio en la casa, y he estado trabajando en un álbum nuevo, el cual será mi tercer disco como solista. De pronto tenía 12 años de nuevo, parada frente a la barbería, frente a frente con el cadáver de Picture Man. No sé de donde me vino eso. La música tiene una forma de hacer eso. Ya no voy mucho a Paterson. No tanto como me gustaría. Despues de la escuela secundaria, me fui a la universidad y jugué baloncesto en Rutgers, y después de eso, el baloncesto me dio la oportunidad de ver el resto de los Estados Unidos y el mundo. Entonces fui lo suficientemente afortunada para establecerme en la WNBA, al jugar primero para Liberty y ahora para Sparks. El año pasado ganamos el título. Esta temporada de nuevo estamos fajadas por el campeonato. Tampoco hablo mucho de Paterson ahora. Ese lugar me moldeó, sin duda, pero cuando me preguntan por Paterson, usualmente digo unas pocas palabras y eso es todo. Soy tranquila, esa es la razón. Mis compañeras pueden dar fe de eso. Era más tímida cuando era una niña, así que manejo mejor eso que antes. “No te rías, Alana. ¡Estoy tratando!) Pero es más que solo ser tranquila. Hay muchos estereotipos acerca del barrio. Algunos son verdad, pero la mayoría solo son superficialidades. Es como si, no quisiera decir la verdad, no sé si quieran oir algo que no pueda ajustarse a su estereotipo. Si les hablo de mi vida quiero dartes la imagen completa. Es igual a como me enfoco en la creación musical, mi esperanza es comunicar algo real y hacer que las personas sientan algo real. Era una estudiosa agradable. Déjenme explicar lo que quiero decir con eso. Mis dos amores de niña eran el baloncesto y la música. Adoraba tocar música, eso me hacía una estudiosa. (También era muy dedicada a mis tareas escolares. Me gustaba mucho la escuela). Pero era agradable porque jugaba baloncesto. Iba a las reuniones de los estudiosos. Pero, podia jugar baloncesto. Cuando cerci también podia jugar con los varones. Así que eso me dió crédito ¿Ven? Una estudiosa agradable. La música fue primero. Uno de mis primeras memorias musicales es escuchar a mi abuela tocar piano. Era un piano pequeño todo roto que se estaba desarmando. Era horroroso, pero funcionaba. Mi abuela solo sabía tres canciones…y las tocaba una y otra vez. Cuando yo tenía ocho años de edad, aprendí a tocarlas…su repertorio completo. Eventualmente me aburría, quería material nuevo. Quería aprender a tocar la bacteria.. Eso fue muy divertido, mi abuela dijo que no, porque la batería “era un instrumento para chicos”. Así que dije, “Está bien, entonces quiero tocar el saxofón”. Ella dijo que ese era otro instrumento para muchachos también. Mis abuelos consideraron el asunto y me dejaron probar con el saxo. Me inscribí en la banda escolar. Dos días a la semana, cargaba con ese saxofón de ida y vuelta a la escuela. Lo guardaba en un estuche grande, rectangular nada agradable. Yo era alta y delgada. Lucía ridícula. A esa edad, si estás en una banda, luces anticuada. Pero me gustaba la música, así que no me importaba. Odiaba cargar ese estuche a la escuela, pero una vez que llegaba allá, me sentía bien. La música estuvo siempre en e entorno mientras crecía, sonaba en el tocadiscos de la casa de mis abuelos. Mi abuelo tenía una gran colección de discos de vinilo. Le gustaban todos los grupos viejos, los Temptations, O’Jays, Commodores, Otis Redding, Stevie Wonder, Ray Charles, podía seguir enumerándolos. Wynton Marsalis, Najee, Grover Washington Jr., y B.B. King, eran otros de los que él sonaba una y otra vez. También ponía algo de Kenny G de vez en cuando. Una de mis memorias favoritas es reir con mi abuelo mientras escuchábamos a Ray Charles. Me sentaba al piano imitando a Ray Charles, tocaba con los ojos cerrados. Pero mezclaba todas las notas porque no miraba las teclas. Eventualmente tenía que mirar hacia abajo. Todavía me rio al pensar en esos momentos. Mi otro amor de niña fue el baloncesto. Y estaba concentrada en el juego por las mismas razones que lo estaba por la música. Creo que el deporte es la manera como muchos niños de la ciudad obtienen su creatividad. Tenemos que crear algo de la nada todo el tiempo. Todo el tiempo. Cuando se tiene menos, se crea más. Paterson no tenía muchos gimnasios cubiertos, así que teníamos que jugar a la intemperie. No teníamos ligas de lacrosse, hockey o cosas como esas. Se trataba e cualquier deporte que pudieras jugar en la calle con una pelota. Cualquier cosa que pudiera parecerse a una cesta, nosotros la convertíamos en ella. Lo bueno era que no sabíamos que estábamos siendo creativos. Eso era normal para nosotros. S encontrábamos un pipote metálico de basura, ese era nuestro aro ¿Qué había basura dentro? La poníamos en la calle. También hacíamos nuestras cestas. Ese envase de leche que permanecía en la bodega, lo tomábamos y le cortábamos el fondo y lo clavábamos en un árbol. Ahora teníamos donde lanzar la pelota. Crecimos diciéndonos “Así es como se supone que juegues baloncesto”. Cuando eres joven, no te das cuenta de lo que no tienes. Pensaba que tenía el mundo. Pensaba que lo tenía todo. Al principio, mi abuela odiaba que yo jugara baloncesto, porque eso le recordaba a mi papá. Mi papá fue un gran atleta cuando era joven, pero para cuando yo nací él estaba empezando a caer en el mundo de las drogas de Paterson. Murió cuando yo era muy pequeña, les contaré más de eso después. Mi abuela no podía separar al baloncesto de lo que le había sucedido a mi papá, así que estaba renuente a dejarme jugar. Me gritaba mucho porque me quedaba tarde jugaba en la calle. Cuando el sol se ocultaba y se encendían las luces de la calle, ella siempre me quería de vuelta en casa. Decía, “No vayas a esta o aquella parte de la ciudad”. Tenía todo el derecho de sentir miedo por mí. Yo lo sabía. Pero me escapaba y jugaba de todas formas. Hasta que murió, mi papá estuvo siempre dentro y fuera de mi vida. Se iba por un tiempo, luego reaparecía pr unas semanas o meses. Me llamaba regularmente y me decía que me amaba. Nunca olvidaré esas llamadas. Pero regularmente no estaba ahí. Esa es la razón por la cual vivía en casa de mis abuelos. Mi mamá se encargaba de mí lo mejor que podía, pero tenía dos trabajos. Sin mi papá en casa ella necesitaba una niñera, pero no podía pagarla. Así que mis abuelos se encargaron, pasaba tanto tiempo en su casa que terminé mudándome. En 1997, el año que mi papá falleció, yo tenía 11 años de edad. Antes de contarles las circunstancias de cómo falleció, quiero decirles como mi papá influyó en mi de muchas maneras positivas…como yo no sería quien soy sin mi papá, aun con todo el dolor que él puede haber causado. Es complicado. Admiraba a mi papá por muchas razones. Antes que se mezclara con las cosas malas y las malas personas, muchas personas de Paterson lo admiraban también. Mi papá era un tipo muy inteligente, llevadero y popular. Era maestro de escuela y había sido atleta, estrella local del baloncesto, futbol americano y atletismo. Como mi papá, yo quería ser una gran atleta. También quería ser inteligente, por que todos decían, “Tu papá es muy inteligente” Siempre decían eso. Era un tipo bien parecido, inteligente, atlético. Pero Paterson no fue bueno para él. O el no fue bueno para Paterson, no lo sé. Lo que fuera que fuese, empezó a vivir otra vida. Parrandeaba. Se hizo adicto a las drogas. Veía otras mujeres. Eso era confuso para mí. Yo era pequeña. Era tranquila y observaba lo que ocurría a mi alrededor, lo cual me hizo entender las cosas aún de manera más cruda. Mi primera memoria del baloncesto fue con mi papá. No sé donde fue, pero me llevó a un gimnasio. Había muchas personas, y lo recuerdo clavando el balón. No sé que edad tenía yo, pero era muy pequeña. Estaba sentada en el piso. Recuerdo la emoción de los presentes cuando lo vieron ejecutar. Fueron unas clavadas muy buenas. Quería ser exitosa en los deportes como él. Quería ser inteligente y reconocida, como mi papá. Pero por otro lado, recuerdo haber pensado, aun a los ocho o nueve años de edad, No puedo ser como él. No quiero caer en las drogas. No quiero tener los amigos que él tiene. Quiero ser mejor que eso. Hay una vida mejor. Tiene que haberla. En ese sentido fui afortunada al tener a mis abuelos. Mi abuelo siempre decía “Lo que sea que hagas, no me importa los que sea, trata de ser la mejor en eso”. Él y mi abuela me inculcaron la importancia de ser buena en la escuela. Me apoyaron en la música. Me enseñaron que se podía salir adelante a pesar de cualquier dificultad, a perseverar y ser fuerte. Muchos niños del barrio no tienen estabilidad, y eso descontrola toda su vida. Fui afortunada de tener estabilidad con mis abuelos. Espero que toda esta historia de mi niñez no sea aburrida. Más aún, espero que no sea recibida como otra historia de bienestar acerca de una niña pobre que salió del barrio. Nadie tiene una historia totalmente grandiosa o totalmente mala. Cuando se empieza a develar las interioridades de cualquier vida, nunca es como una película, con un guió definido. Tuve muchos momentos felices en mi niñez, pero también hubo momentos muy duros… cosas que aun trato de entender años después. A través de todos esos altibajos, la música siempre estuvo ahí. Mi papá me conectó con el hip-hop. Fue durante sus dos últimos años de vida. Ya estaba enfermo, pero yo no lo sabía. El primer disco de hip-hop que colocó para mí se llamaba, Father’s Day. El artista era Father MC, y la primera canción que mi papá colocó para mí se llamaba “I’ll Do 4 U”, interpretada por Mary J. Blinge. Recuerdo las palabras exactas de mi papá, sostuvo el álbum sonriendo y dijo, “¡No sabes nada de esto!” Puso el disco en el reproductor y me enamoré del hip-hop. Mi papá me conectó con artistas que mis amigos aún no escuchaban: Busta Rhymes, Naughty by Nature, Q-Tip, Biggie, Junior M.A.F.I.A., Bell Biv DeVoe, Boyz II Men, LL Cool J, Tupac y muchos más. Deseo poder regresar a esos tiempos…solo para escuchar por primera vez el hip-hop. ¿Cómo puedo explicar lo que se siente? ¿Cómo sentí el hip-hop de niña? Sonaba…increíblemente…agradable. Cuando lo oi, me hacía sentir que trataba del lugar donde vivía, si eso tiene sentido, sonaba como la ciudad interior. Tenía el ritmo de la ciudad interior ¿Sabes? Ninguna música me ha hecho sentir así, y eso no significa despreciar otros géneros. Cada género te hace sentir algo diferente. El hip-hop se sentía como algo diferente. Como un estilo de música nuevo, fresco, que contaba historias de ambientes como el mío. Mirando en retrospectiva, el hip-hop influenció profundamente la música que yo creo hoy. También fue la banda musical de los últimos días de mi papá, porque en el momento que mi papá se estaba enfermando, el hip-hop predominaba en mi walkman. Hoy, hay ciertas canciones y álbumes que instantáneamente disparan memorias de mi papá. Justo antes del final, todo fue muy extraño, él pareció mejorar por primera vez en mucho tiempo. Todos pensaron que finalmente mi papá volvería a ser quien alguna vez fue. Un par de años antes de fallecer, había empezado a recuperarse realmente de su adición y a salirse de ese estilo de vida, trataba de vivir una vida limpia. Eso duró muy poco, entonces empezó a sentirse cada vez más débil. No tuve todos los detalles, pero fue diagnosticado con ALS (Enfermedad amiotrófica severa). Poco después, mi papá estaba en silla de ruedas todo el tiempo. Se fue a vivir con mis abuelos y conmigo. Menos de un año después, los médicos sospechaban que perdería la facultad de hablar, lo cual es el resultado final de la ALS, y le hicieron una traqueotomía. Ayudé con algunos de los cuidados, si mi papá necesitaba algo en medio de la noche, yo me levantaba. Teníamos que estar pendientes, eso fue lo que me dijeron mis abuelos. Eso es lo que hacen las familias, dijeron. Aprendí que los miembros de una familia tienen que cuidarse entre si, sin importar la razón que sea. Aunque no se quiera. Aunque te duela. Era como la una de la madrugada y mi papa tosía y no podía respirar. Tenía que levantarme y ayudarlo limpiando su tubo traqueal. Usualmente, me sentaba con él después de la limpieza y nos quedábamos dormidos. Hablábamos muy poco en los últimos meses de su vida. Él estaba muy débil para hablar. Yo era muy tímida. Cuando no pudo hablar más, empezó a escribir notas en pedazos de papel y me las entregaba. Le tomaba mucho tiempo escribir una oración corta. Sus notas usualmente decían que me amaba y cosas por el estilo. Yo no sabía que responder. Yo no sabía como expresarme, o no quería, no sabía como enfrentar ese tipo de emoción. Así que no decía nada. A veces, o mejor dicho todo el tiempo, me sentaba con mi papá y no decía nada. Desperdicié esos momentos. Desperdicié los suspiros. Porque rechazaba aprovecharlos. Despues de eso, en realidad por muchos años, cada vez que alguien trataba de expresar cualquier tipo de emoción hacia mí, me encerraba. Mi papá falleció en noviembre de 1997. Este año se cumplen 20 años. Guao, me di cuenta mientras escribía esto, 20 años. En las siguientes dos décadas, mis dos amores, la música y el baloncesto, han crecido y crecido. Alrededor de los 15 años de edad, le pedí a mi mamá unas mesas plegables y ella me las compró. La llevé al sótano y ese fue mi primer estudio. Recuerdo que quería ser productora, pero no tenía idea de cómo hacer eso o lo que significaba. Sabía tocar varios instrumentos, esa era mi fortaleza, pero tenía que aprender todos los programas y aspectos tecnológicos de la música. Me sentaba y estudiaba y estudiaba hasta que los entendía. Seguí produciendo música en la universidad y hasta cumplir los 30 años de edad. Practicaba y componía. Conocí un par de personas del mundo de la música, también, ellos me dieron una mano. En 2010 trabajé algo con Ronnie James Tucker, a quien todos conocían como Ro James. Ahora lo llamo Ronnie. Se convirtió en mi amigo como otras personas con las que estoy muy agradecida. De hecho, verlo crecer como artistas fue inspirador. Grabamos juntos en el estudio de mi casa de Harlem. Ahora él esta nominado al Grammy en R&B como cantante. En algun momento, tal vez cuando jugaba para el Liberty y vivía en Harlem, recuerdo haberme dicho: Hey, estás haciendo esto, y ayer no tenías idea de lo que hacías. Y nadie te enseñó nada. Date cuenta de eso. Noviembre de 2013 fue un gran mes para mí (ahí viene de nuevo otra vez el mes de noviembre) Lancé mi primer álbum, Broken Diary. Fue mi manera de abrirme al mundo. Hay una canción allí que escribí, llamada Runaway Memories. Trata de mi papá y distintas novias que tuvo. La canción tiene tres estrofas, las dos primeras son acerca de las novias que entraban y salían de mi vida cuando era niña, y la última es acerca de mi mamá. Aquí están unas líneas de la última estrofa: Nunca pensé en asustarla Nunca pensé que irme fuera duro Porque hacias parecer muy fácil todas la mentiras que ella vivió Mediana estatura, piel oscura, cabello largo natural Llevaba sus sentimientos en morrales pero esra mas fuerte que las estatuas Y en mi mente ella parecía retarte Dios envió un ángel para bendecirte Pero me parece que mi mamá se enamoró de un fugitivo. En 2016, lancé una recopilación llamada No Subz, el cual produje. Desde este verano, he estado trabajando en algo nuevo. Ahora que estoy con las Sparks, vivo en Los Angeles. La costa oeste es nueva para mí y algo rara. Para mi desventaja, es diferente. Los Angeles está muy lejos de Paterson, y mi vida actual se siente muy alejada de cómo crecí. Aun me estoy adaptando a el ritmo de vida de aquí, Me gusta el proceso y trato de incorporar eso a mi música. La evolución es buena. Grande. Como dije, hasta mis compañeras se van a sorprender de cuantos asuntos personales he compartido en esta historia. Ni siquiera comparto mucho de mi música con ellas. En verdad no sé porque. Pienso que solo es… me parece que mi historia aun está en proceso. A veces me pregunto lo que una joven, tal vez del barrio, tal vez preguntándose como seguir sus sueños, pensaría al mirarme hoy. Sé lo que espero que vea. Espero que ella me mire y diga, “Caramba ¿de donde salió esa muchacha?” Eso me haría sonreir, definitivamente. Y sé lo que le diría. Le diría. “Soy de Paterson”. Entonces le contaría lo que le he contado hoy, todo lo bueno y lo malo y lo que hay entre eso. Porque, tal vez ella se convierta en músico un día. O en baloncestista. Nunca se sabe, tal vez será ambas cosas. Traducción: Alfonso L. Tusa C. 1 de septiembre de 2018.