sábado, 17 de junio de 2017

¿Hay retratos microscópicos de resiliencia en los esqueletos de los corales?

Steph Yin. The New York Times. 01-06-2017. Los arrecifes de coral son irregulares, ecosistemas intrincados que alojan un estimado de 25 por ciento de toda la vida marina y pueden a veces ser vistos desde el espacio. Aún así están formados por un proceso invisible para nosotros. Un estudio publicado en Science este miércoles presenta una fotografía microscópica de la biología que hace crecer a los esqueletos de los corales. El hallazgo sugiere que el coral puede ser más resistente ante la acidificación oceánica provocada por los seres humanos, de lo que se piensa comúnmente. El coral desarrolla su defensa al disponer secretamente un volumen de esqueleto más pequeño que el grosor de un cabello humano a diario. Este proceso es llamado calcificación y los científicos han debatido por décadas cuales partes de este son más importantes. Una visión prioriza las interacciones químicas con el agua marina. Al usar bombas de iones, los corales pueden disminuir la acidez de suficiente agua marina con el carbonato de calcio, el material de la piedra caliza y la tiza, y la base de los esqueletos corales, que forman espontáneamente. Bajo estás circunstancias, si los océanos se hacen más ácidos, una consecuencia potencial de la emisión del dióxido de carbono generado por los seres humanos hacia la atmósfera que luego es absorbido por los mares, el coral puede tener dificultades para fraguar un esqueleto. La visión alternativa asume que la calcificación es un proceso principalmente biológico, coordinado por proteínas similares a las que ayudan a formar nuestros dientes y huesos. El nuevo estudio provee evidencia de esta perspectiva y alguna esperanza para los corales en un mundo con más carbón. “Los corales no son solo rocas”, dijo Paul Falkowski, profesor de ciencias marinas en Rutgers University y autor del estudio. “Y debido a eso, tenemos mucha confianza en que serán capaces de seguir fraguando sus esqueletos aún si el oceano se hace más ácido”. No todos los científicos están de acuerdo. “El problema es que tenemos mucha información que muestra que las especies de coral son muy sensitivas al cambio ambiental”, dijo Alexander Venn, científico del Scientific Center of Monaco, quien no estuvo involucrado en el estudio. “Mientras este trabajo construye un modelo estable para el control biológico de la calcificación, todavía hay piezas que faltan en el rompecabezas”. El Dr. Falkowski y sus colegas usaron imágenes microscópicas de resolución ultra alta y técnicas para observar la estructura de las moléculas al estudiar las ramas esqueletales del coral coliflor, una especie muy estudiada del Indo-Pacífico. El resultado es un modelo de calcificación de coral que empieza con una forma maleable de carbonato de calcio, llamado carbonato de calcio amorfo. Los investigadores dicen que creen que el carbonato de calcio amorfo es formado inicialmente por proteínas. Mediante un proceso aún no comprendido completamente, bolitas del material le dan paso a la aragonita, la forma de carbonato de calcio que hace madurar al esqueleto del coral. Se ha observado transiciones similares en erizos y conchas marinas, y algunos científicos hasta sospechan que el carbonato de calcio amorfo puede ser un precursor común de la calcificación a través del árbol de la vida. “Cuando precipitamos aragonita en el laboratorio, en un recipiente de agua salada, se forma ese patrón muy característico con cristales en forma de aguja muy largos”, dijo Nicola Allison, conferencista en ciencias de La Tierra en la University of St. Andrews, quien no participó en la investigación. “Este es el primer informe de carbonato de calcio amorfo en corales, y realmente sugiere que el organismo es capaz de controlar como son depositados los materiales sólidos”, añadió ella. Alex Gagnon, profesor asistente de oceanografía en la University of Washington quien no estuvo involucrado en la investigación, sugirió que era una supersimplificación sacar la química del agua de mar fuera de la ecuación. Él ácido disuelve al carbonato de calcio, mientras más ácido sea el océano, es más difícil que los corales organicen ese primer pedazo de esqueleto. “Al final del día, las reglas fundamentales de la química y la física siguen vigentes”, dijo él. “Es cierto que los corales pierden carbonato de calcio en un ambiente más ácido, pero mantienen la habilidad de regenerar ese esqueleto, lo cual es una buena noticia”, dijo el Dr- Falkowski. Dadas las proyecciones actuales de calentamiento del océano y acidificación, él está más preocupado por el recalentamiento, lo cual afecta la vida de las algas que viven en el coral y causa el blanqueo del coral. Al decir esto, el Dr. Falkowski reconoce que la causa del recalentamiento y la acidificación es solo una: las emisiones de carbón provenientes de quemar combustibles fósiles. “Ellos están relacionados en todos los sentidos”, dijo él. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 16 de junio de 2017

Desde los archivos: La reseña original de ‘Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band’.

Richard Goldstein. The New York Times. 01-06-2017. Esta reseña del “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” de los Beatles fue publicada el 18 de junio de 1967, con el encabezado “Todavía necesitamos a los Beatles, pero…” El crítico principal pop del Times, Jon Pareles, revisitó el álbum esta semana en su aniversario 50. Los Beatles invirtieron cuatro meses y 100.000$ en su nuevo álbum, “Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band” (Capitol SMAS 2653, mono and stereo). Como padres en espera, siguieron muy de cerca cada etapa de su gestación. No son simples superestrellas. Reconocidos como progenitores de la vanguardia pop, han sido idolatrados como los miembros más creativos de su generación. La presión de crear un álbum que es complejo, profundo e innovador debe haber sido abrumadora. Así que se retiraron a la santidad eléctrica de su estudio de grabación, dispensándose con su adorada audiencia, y la inspiración que les puede proveer. El producto acabado llegó a los estantes de los discos la semana pasada; los Beatles habían supervisado hasta la portada del álbum, una mezcla impresionante de personas famosas y oscuras, plantas y artefactos. Las 12 composiciones nuevas del álbum son tan elaboradas como la portada. El sonido es un pastiche de disonancia y delicia. El ánimo es agradable, hasta nostálgico. Pero como la portada, el efecto general es recargado, festivo y desordenado. Como un niño sobre atendido “Sergeant Pepper” es malcriado. Está lleno de cornetas y arpas, cuartetos de armónica, ruidos de animales y una orquesta de 91 piezas. Al menos en una ocasión los Beatles no se oyen instrumentalmente. A veces este elaborado trabajo musical es exitoso al proyectar el estado de ánimo. El tema “Sergeant Pepper” está lleno de metales y vaudeville. “She’s Leaving Home”, es una saga doméstica melodramática, fluye en una nube de cuerdas celestiales. Y lo que se está convirtiendo en una tradición Beatle, George Harrison devela su excursión más reciente al curry y el karma, el exótico acompañamiento de tres tamboras, una dilruba, una tabla, una sítara, un arpa de mesa, tres violoncellos y ocho violines. La canción de Harrison “Within You and Without You”, es un buen lugar para empezar a disecar “Sergeant Pepper”. Aunque está entre los puntos más fuertes, sus debilidades son típicas del álbum como un todo. Comparada con “Love You To” (La contribución de Harrison en “Revolver”), esta melodía muestra una conciencia expandida de los ragas indios. La voz de Harrison, oscila entre la canción y un canto religioso, flota sobre la melodía como queso fundido. Con la sítara y las tamboras, él logra una destacada síntesis pop. Debido a que sus motivos raga no son simples florituras sino que forman parte integral de la estructura de la canción, a “Within You and Without You” no se le ven las costuras. Se estira, pero se ajusta. Qué pena que las letras de Harrison sean depresivas y lentas. “Love You To” explotó con una apasionada calidad sutra, pero “Within You and Without You” revive los clichés que los Beatles ayudaron a enterrar: “With our love/We could save the world/If they only knew.” Todas las escalas menores del oriente no harían profunda a “Within You and Without You”. La obsesión con la producción, acoplada con una sorprendente rudeza para la composición permea hacia todo el álbum. No hay nada bonito en “Sergeant Pepper”. No hay nada real y no hay nada de donde agarrarse. La obscenidad de Lennon se ha convertido en simple capricho en “Being for the Benefit of Mr. Kite”. El pop sufrido de Paul McCartney magnifica que se ha convertido en algo suavemente profundo. “She’s Leaving Home” preserva toda la grandeza orquestal de “Eleanor Rigby”, pero la estructura está desgastada. El cuento de la muchacha provinciana que abandona una vida hogareña reprimida, dejando a los padres llorando su partida, no calza los puntos de aquellos instrumentos de cuerda oscilantes. Donde “Eleanor Rigby” comprimía la tragedia en un detalle impactante, “She’s Leaving Home” es narrativa sin inspiración, y nada más. Para la tercera deprimente audición, empieza a sonar como una parodia inmensa. Ciertamente hay elementos de burla en una composición como “When I’m 64”, lo cual lleva a la pregunta crucial: “Will you still need me/Will you still feed me/when I’m 64?” Pero el tono dominante no es lo burlesco; este es un retiro de fantasía, sobrevivir con nietos, dedicarse a la jardinería y una modesta cabaña en la Isla de Wight. Los Beatles cantan, “We shall scrimp and save” con reverencia estridente. Es un extraño cuento de hadas, raramente triste debido a que está muy distante de la realidad de los compositores. Pero aún aquí, la visión honesta es arruinada por el entorno que busca mejorarla. “Lucy in the Sky With Diamonds” es una curiosidad comprometedora, pero nada más. Está encajonada en el refraseo, el eco y otras distorsiones de estudio. El tono se superpone al significado y nos perdemos en los meandros electrónicos. Las mejores melodías Beatles son simples, de progresiones originales, apoyadas con letras punzantes. Hasta sus composiciones más radicales retienen un sentido de unidad. Pero por primera vez, los Beatles nos han dado un álbum de efectos especiales, incandescente pero ultimadamente fraudulento. Y por primera vez, no es exploración lo que sentimos, sino consolidación. Hay un toque del Jefferson Airplane, un asomo de las vibraciones de los Beach Boys, y una generosa palmada de la gimnasia de The Who. El único toque evidente de originalidad aparece en la estructura del álbum en sí. Los Beatles han recortado el espacio entre surcos de manera que cada canción parece solaparse con la siguiente. Esto produce la posibilidad de una sinfonía pop u oratoria, con movimientos distintos pero relacionados. Desafortunadamente no hay un aparente desarrollo temático en la ubicación de los cortes, excepto por las efectivas yuxtaposiciones de estilos musicales opuestos. Cuando mucho, las canciones están relacionadas solo vagamente. Con una excepción importante, “Sergeant Pepper” es maravilloso pero carente de joyas. “A Day in the Life” es una presencia tan radical en el espíritu del álbum que casi merece su posición peninsular (al seguir la repetición de los temas de “Seargeant Pepper”, este llega casi como una idea posterior). No tiene nada que ver con una postura o pretensión. Es una excursión seria, de música emotiva, con letra escalofriante. Su orquestación es disonante pero dispersa, y su ánimo no es nostálgico sino irónico. Con ello, los Beatles han producido una mirada de la vida en la ciudad moderna, que es terrorífica. Es una de las composiciones más importantes de Lennon y McCartney, y es un evento pop histórico. “A Day in the Life” empieza con la descripción de un suicidio. Con la misma precisión desplegada en “Eleanor Rigby”, el protagonista dice: “I read the news today, oh boy.” Esta suave expresión es la primera pista de su desilusión; comparada con lo que sigue, eso es muy irónico. “I saw the photograph,” continúa él, con voz de corista melancólico: He blew his mind out in a car He didn’t notice that the lights had changed A crowd of people stood and stared They’d seen his face before Nobody was really sure if he was from the House of Lords. “A Day in the Life” nunca pudo llegar a las Top 40, aunque pudo influenciar muchas grandes canciones que si llegaron. Su letra contiene un surgimiento repentino de tragedia pop. La desenfocada multitud al estilo de T.S. Elliot, siempre enfrentando el dolor y volteando hacia otro lado, puede convertirse en un símbolo común. Y su narrador, marcado por la totalidad de su desespero, puede reaparecer en incontables composiciones, como el héroe anónimo y silencioso. Musicalmente, ya hay indicaciones de que la intensa atonalidad de “A Day in the Life” es una clave del sonido de 1967. El rock electrónico, con su enfoque de anonadar a la audiencia ha llegado en media docena de estrenos. Ninguna de estas canciones tiene la intensidad controlada de “A Day in the Life”, pero la voluntad de muchos músicos reprimidos a “soltarse” significa que el pop aleatorio serio puede estar en camino. Sin embargo, es el tumulto de la influencia de las drogas en los Beatles lo que puede evitar que “A Day in the Life” llegue a una audiencia masiva. El refrán de la canción: “I’d like to turn you on,” ha hecho resentirse a disck jockeys supersensitivos a la “subversión oculta” en el rock ‘n’ roll. De hecho, puede haber un caso en la estructura de “A Day in the Life”, por la creencia de que los Beatles, como muchos compositores pop, saben de los altibajos de estar conscientes. La canción esta construída sobre una serie de pasajes tensos, melancólicos, seguidos de escapes a las alturas. En la primera estrofa, de hecho, la voz de John casi se quiebra en desespero. Pero luego de la invitación, “I’d like to turn you on,” los Beatles insertan un extraordinario ataque átono que es impactante, hasta doloroso, a los oídos. Pero eso encajona brillantemente la canción, y si el refrán precedente sugiere la motivación, los paralelos in crescendo llevan a una “velocidad” inducida por las drogas. El puente empieza en un intercambio de discontinuidad. Sentimos al narrador, subiendo, ajustando y apurando de memoria. La música es nerviosa con la disonancia de un jazz de club nocturno. Un tambor percusivo se funde en un sonido de vías férreas. Entonces Found my way upstairs and had a smoke Somebody spoke and I went into a dream. Las palabras se destiñen en un canto de libertad, cuerdas espaciosas, como el “zumbido” inicial de la marihuana. Pero el tono se hace misterioso y luego ominoso. Cuerdas profundas nos llevan a un descenso wagneriano y regresamos al blues del tema original, y la declaración original, “I read the news today, oh boy.” En realidad, es difícil ver por qué la BBC vetó a “A Day in the Life”, porque su mensaje es, claramente, un vuelo desde la banalidad. Describe una realidad profunda, pero no la glorifica. Y su conclusión, aunque magnífica, parece representar una negación del ego. La canción termina en una nota baja, resonante, sostenida por 40 segundos. Al haber logrado la paz absoluta de la nulificación, el narrador está más allá de la melancolía. Pero hay algo ponderado e irrevocable acerca de su calma. Suena como a destrucción. Que pena que “A Day in the Life” sea solo un coda en un trabajo poco distinguido. Necesitamos a los Beatles, no como compositores enclaustrados, sino como compañía. Y ellos nos necesitan. Al substituir a la audiencia por el conservatorio del estudio, han dejado de ser artistas populares, y el cambio es lo que hace del álbum nuevo un monólogo. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 13 de junio de 2017

Día triste para Ciudad Gótica: Adam West, quién interpretara a Batman, fallece a los 88 años de edad.

Anita Gates. The New York Times. 10-06-2017. Adam West, el clásico actor barítono quien convirtiera a un superhéroe de las tiras cómicas en arte pop en acción con la serie televisiva “Batman” de la década de 1960, falleció este viernes 9 de junio en Los Ángeles. La causa fue leucemia, según Molly Schoneveld, una vocera de la familia. “Batman” solo duró dos temporadas y media, desde enero de 1966 hasta marzo de 1968. Pero la serie fue tan fenomenal que Mr. West apareció con el disfraz de Batman en la portada de la revista Life, el tributo más alto a la popularidad nacional para ese momento. La cámara desenfocada y los globos superpuestos como efectos en las escenas de peleas como “pow!” y “splat!” estaban entre los elementos que llevaron a la serie a ser vista como una gran exageración. Mr. West desestimó esa etiqueta pero describió la serie orgullosamente como una parodia. Batman, el nombre de hacer frente al crimen de Bruno Díaz, un soltero millonario de Ciudad Gótica, fue creado como personaje de tiras cómicas en 1939 por Bob Kane y Bill Finger. (Pronto se le unió un joven escudero, Robin el Joven Maravilla). La versión televisiva de Mr. West fue dolorosamente recortada, hacia un ciudadano modelo cuya reacción a la frustración extrema podría ser, “Él tiene razón, ¡condenado!” Durante la mayor parte de la serie se transmitieron dos episodios cada semana y había muchas celebridades como estrellas invitadas. Además de los bien conocidos villanos como el pingüino, interpretado por Burgess Meredith, y el guasón, interpretado por Cesar Romero, las estrellas invitadas incluyeron a Zsa Zsa Gabor, Milton Berle y Liberace. La reseña del primer episodio en The New York Times fue calificada, al declarar que el programa era “de carácter divertido”. Mr. West, decía, tenía “la quijada, la altura y la rudeza del personaje”. William West Anderson nació el 19 de septiembre de 1928, en Walla Walla, Wash., hijo de Otto West Anderson, granjero, y Audrey Speer. Se mudó a Seattle luego que sus padres se divorciaran y su madre se volviera a casar. Se graduó en Whitman College en Walla Walla y trabajó brevemente luego de graduarse en Stanford University. Durante sus dos años en la armada, trabajó en la radio y ayudó a crear estaciones televisivas militares. Su carrera televisiva empezó cuando un amigo le sugirió que se mudara a Hawaii para que trabajara con él en “The Kini Popo Show”, un programa de variedades en vivo. La co-estrella era un chimpancé. En Hawaii, participó en su primera película, “Voodoo Island” (1957) una película de terror de zombies, protagonizada por Boris Karloff. En 1959 fue llamado a Hollywood para hacer una prueba de pantalla. Antes que llegara “Batman”, Mr. West se mantuvo ocupado con papeles de actor invitado en series de televisión, incluyendo “Perry Mason”, “77 Sun Strip”, y casi en todas las series televisivas del oeste, incluyendo “Maverick”, “Bonanza” y “Gunsmoke”. También apareció en un docena de películas, entre ellas “The Young Philadelphians” (1959), “Tammy and the Doctor” (1963) y “Robinson Crusoe on Mars” (1964). Después que terminó “Batman”, Mr West tuvo dificultades para conseguir trabajos actorales significativos debido a que estaba muy identificado con su papel de superhéroe, pero continuó trabajando en películas y la televisión, a menudo interpretando papeles que parodiaban su personaje de Batman. En décadas posteriores, hizo un gran negocio con su trabajo de voz, incluyendo una larga carrera (2000-17) en la serie animada “Family Guy” como Mayor Adam West, un político quien podría ser bien decsrito como sádico, corrupto, vago, despistado y encantador. Apareció en un segmento de 2011 de la página web Funny or Die llamado “Adam West Hits on You…Hard”. Y el año pasado fue estrella invitada en la comedia televisiva “The Big Bang Theory” interpretándose, fue contratado para aparecer en una fiesta privada donde las cosas salen mal. (“Aún así me pagan ¿no?”) Mr. West se casó tres veces y se divorció dos. En 1950, en su último año en la universidad, se casó con Billie Lou Yeager. Se divorciaron seis años después. Se casó con Ngahra Frisbie a mediados de los ’50, y su matrimonio duró casi una década. En 1971, se casó con Marcelle Tagand Lear, quien le sobrevive, junto a sus dos hijos, Nina y Perrin West. También le sobreviven dos hijos de su segundo matrimonio, Jonelle y Hunter Anderson; dos hijastros; cinco nietos; y dos bisnietos. La popularidad de la serie de “Batman” fue internacional, y los seguidores tenían muchas memorias. En 2005, Mr. West fue entrevistado para un artículo en The Independent de Londres. A los 76 años, casi 40 años después del final de la serie televisiva, Mr. West dijo: “Lo que me gustaba de Batman era su total falta de cuidado cuando interactuaba con el mundo exterior”. “Él de verdad creía que nadie lo reconocería al hablar por teléfono cuando era Bruno Díaz, aunque no intentara cambiar la voz”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

sábado, 10 de junio de 2017

E.R. Braithwaite: ‘To Sir, with Love’ (‘Al Maestro con Cariño’)-1959.

Susie Thomas. London Fictions. La novela autobiográfica To Sir, with Love, de Edward Ricardo Braithwaite, la cual está basada en su experiencia como profesor negro de una difícil escuela secundaria moderna del East End, ofrece una destacada visión de la política de clases y razas en el Londres de posguerra. Sidney Poitier fue a Londres en 1967 para protagonizar la versión cinematográfica de la novela, y después apareció en una secuela, ambientada en Chicago, la cual fue hecha para televisión en 1996 (‘To Sir With Love II’ dirigida por Bogdanovich). Aún así, la novela ha permanecido subestimada por mucho tiempo. Cuando el narrador de To Sir, With Love llega a Londres en 1948 se encuentra impresionado por la disparidad entre sus expectativas y la realidad: Yo tenía referencias de la ciudad por los textos clásicos y contemporáneos y estaba ansioso por conocer el Londres de Chaucer y Erasmus y de las Sorores Minories. Había soñado con caminar a lo largo de la adoquinada Street of Cable Makers hasta los ecos de Chancellor y los hermanos Willoughby. Quería mirar el Támesis a la altura de Blackwall, desde donde el capitán John Smith había zarpado en el barco Susan Lawrence para descubrir una colonia inglesa en Virginia. El narrador claramente había leído Heart of Darkness (El Corazón de las Tinieblas) de Conrad (1902) y Londres de hecho se convirtió en una ciudad de ‘brillo sombrío’. Aquellos quienes no han tenido la elitesca educación que recibió Braithwaite, primero en Queen’s College, Guyana Británica (ahora Guyana), luego en City University en Nueva York y después que esta fue disuelta, en Cambridge, pueden estar agradecidos de poder ir a Wikipedia para obtener explicaciones de las referencias más oscuras de este pasaje. Más aún, es quizás irónico que Braithwaite evoque Cable Street mediante una alusión a un explorador inglés del siglo 16 en vez de referirse a Oswald Mosley y sus camisas negras, derrotados en Cable Street en 1936, y aun intentando regresar a la escena en Ridley Road en la década de 1950. ________________________________________ . Queen's College, Georgetown Londres como la ‘ciudad surreal’ de la imaginación colonial permea la ficción de la posguerra inglesa. Si la de Braithwaite es la versión más erudita de esta tropa, la literatura más extasiante se encuentra en Beer in the Snooker Club (1964) del novelista egipcio Waguih Ghali: Yo quería vivir, y leer y leer… y quería vivir. Quería tener amoríos con condesas y enamorarme de una mesera y ser mujeriego y ser líder político y ganar en Montecarlo y salir en Londres y ser un artista y ser elegante y también estar harapiento. Quizás el exponente más lírico del sueño de la ciudad y el devastador encuentro con sus ‘realidades’ sea Sam Selvon con The Lonely Londoners (1956), donde los muchachos de las indias occidentales están primero emocionados por frecuentar la serpentina debajo del reloj de Charing Cross pero tarde o temprano se encuentran deprimidos por la rutina de comer, dormir, trabajar, intentar; y ser rechazados reiteradamente en las oportunidades de trabajo y alojamiento además de ser señalados en la calle. Mientras Galahad yace en su habitación sotanera, calmando sus heridas luego de un encuentro humillante, se pregunta: “Señor, ¿qué hemos hecho en este mundo para que tengamos que sufrir tanto?” ________________________________________ Para el momento cuando Hanif Kureishi miraba en retrospectiva la experiencia de migración de posguerra en el capítulo acerca del viaje del padre de Karim desde la India británica hacia Inglaterra en The Buddha of Suburbia (1990), el desencanto estaba lo suficientemente distante para ser tratado con ironía: Londres, la Old Kent Road, era un choque congelante…Papá nunca había visto ingleses pobres, como barrenderos, dependientes de tiendas, mesoneros. Nunca había visto a un inglés llevarse el pan a la boca con los dedos, y nadie le había dicho que los ingleses no se bañaban regularmente porque el agua era muy fría… Y cuando papá trató de hablar de Byron en las tabernas locales nadie le advirtió que no todos los ingleses sabían leer o que no necesariamente querían ser tutoreados por un indio acerca de la poesía de un loco y pervertido. Mientras invierte la mirada colonial, Haroon se siente “sorprendido “ por lo poco impresionante que resulta ser el centro metropolitano. Interesantemente, la novela de Braithwaite habla de manera directa al joven Hanif Kureishi. En The Word and the Bomb, Kureishi describe su búsqueda de los equivalentes británicos de los grandes escritores afroamericanos, James Baldwin, Richard Wright y Ralph Ellison. Aunque el disfrutaba a Forster, Greene y Waugh, ellos no exploraban las ‘profundas y permanentes alteraciones de la vida británica que habían empezado con el imperio y que ahora habían llegado a casa’: Al vivir en los suburbios de Londres con un padre indio y una madre inglesa, yo quería leer trabajos ambientados en Inglaterra, trabajos que pudieran ayudarme a encontrarle sentido a mi situación. El racismo era real para mí; el imperio no. Me gustaba Colin MacInnes y E.R. Braithwaite, cuya To Sir with Love me impactó cuando la leí bajo un pupitre en la escuela. Ningún escritor de las décadas de 1950 y 1960, ni siquiera V.S. Naipaul, el laureado del desencanto, hurga en las entrañas de las aspiraciones coloniales y el disgusto metropolitano de manera tan devastadora como E.R. Braithwaite. En sus años como piloto en la real fuerza aérea nunca había encontrado prejuicios raciales, pero después de la guerra es rechazado para un trabajo para el cual está calificado eminentemente, simplemente porque es negro. A pesar de haber arriesgado su vida por ‘el ideal del estilo de vida británico’ es visto como un extraño. Luego de su rechazo, él salió del ‘gran e imponente edificio’ en Mayfair: ‘el disgusto y el resentimiento ebullían amargos dentro de mí, me fui al baño público más cercano, me sentía enfermo’. Al recordar las divertidas celebraciones de cada visita a Guyana británica, él concluye: ‘Si, es maravilloso ser británico, hasta que uno va a Gran Bretaña’. Y así, sin ninguna vocación, como admite con candidez, se convierte en maestro en una escuela de East End, porque fue el mejor trabajo que pudo conseguir. Se trata de un edificio oscuro y reluciente ubicado en una zona desolada, el cual compara desfavorablemente con la escuela iluminada y agradable de la soleada Georgetown. La vida alrededor de Cable Street resulta ser dura y no solo para el narrador. En principio fue impresionado por los trabajadores de East End a quienes ve como ‘peones’; un término que Albert Angelo también usa con sus alumnos de East End en la novela epónima de B.S Johnson (1964). Braithwaite se resiste a ver a los muchachos como víctimas a pesar de las condiciones domésticas de pobreza, hacinamiento y humedad: ‘hambrientos o llenos, desnudos o vestidos, ellos eran blancos, y por lo que sabía, ese solo hecho marcaba la única diferencia entre los poseídos y desposeídos. Pero para el fin del año escolar Braithwaite se había adaptado a la clase y había llegado a querer a esos bastardos brutales’. El punto culminante de la novela ocurre luego de la muerte de la madre de uno de sus alumnos. Braithwaite hace los arreglos para que la clase envíe una corona a la familia pero ninguno de los muchachos la llevará porque no pueden ser vistos yendo a la ‘casa de una persona de color’. Los muchachos son amigables con Seales, quien ‘nació entre ellos, creció entre ellos, jugó con ellos’, pero no pueden quebrar el tabú social, el cual parece ser principalmente acerca de mestizaje: Un muchacho de color con una madre blanca, un muchacho de las indias occidentales con una madre inglesa. Siempre lo mismo. Nunca un muchacho inglés con un padre negro o de las indias occidentales. No, eso sería enfatizar en su carácter inglés, en su identificación con ellos. El narrador está amargamente disgustado con sus muchachos y piensa que ha perdido su tiempo (¡una queja común entre los maestros!) pero se maravilla al descubrir que su voluntad para la tolerancia y la paciencia ha dado resultados: sus alumnos, bien aseados y vestidos, asisten al funeral, como prueba de la eficacia de su pedagogía y el triunfo de su humanidad. Es una pena, como dice Bruce King, que ‘Braithwaite parezca tan insistente en proclamar sus habilidades, atractivo, inteligencia, juicio y asertividad’. Pero dado el prejuicio que encuentra, es poco sorprendente que a veces deba mostrarse como el héroe de su historia, especialmente porque a diferencia de ‘los muchachos’ de The Lonely Londoners de Selvon, Braithwaite no tiene nadie a quien acudir cuando es insultado en el bus o el metro. Vive con una amigable pareja blanca, a quienes el llama ‘mamá’ y ‘papá’, pero más allá de eso no tiene comunidad. Como dice Caryl Phillps en su introducción de la edición antígua de la novela: ‘sentimos simpatía por ese hombre aislado quien intenta establecer una comunidad con los alumnos a su cargo y con sus colegas maestros en la oficina’. Quizás el aspecto más impresionante de la novela no sea la auto-felicitación ocasional del narrador sino su quietud. Cuando uno de los muchachos ataca al maestro de deportes por su tratamiento sádico hacia un alumno, Braithwaite insiste en que el muchacho se disculpe con el maestro. La clase se siente afectada por lo que consideran una doble injusticia pero el narrador aboga contra la rebelión: “He sido empujado, Seales”, dije tranquilamente., “de una forma que no puedo explicarte. He sido presionado hasta que empecé a odiar a las personas tanto que deseaba herirlas, herirlas de verdad. Sé como se siente eso, créeme, y algo que he aprendido, Seales, es a tratar siempre de ser más inteligente que las personas que me hieren”. Aunque el discurso es dado frente a la clase, es dirigido particularmente a Seales, el muchacho de raza mestiza, aunque él no es el culpable. Es como si Braithwaite temiese que Seales, más que todo, fuese quien necesitara aprender la lección de la autodisciplina, ante el riesgo de agarrar ‘un puñal o una pistola’ y encontrarse en serios problemas. En otra escena, la madre de una de las muchachas de la clase va a quejarse por la mala conducta de su hija. La muchacha, Pamela, confía en su maestro: está enojada por los hombres quienes llaman a su madre viuda y en particular por algo que ocurrió que ella no puede mencionar. De nuevo el narrador advierte contra la rebelión e insiste en que Pamela debe ser una hija cortés y obediente. Su mensaje para los muchachos parece ser: el mundo hará el trabajo sucio; no se debe usar la violencia contra los remordimientos; trata de mantener tu dignidad; es lo mejor que puedes hacer. En varios momentos de la novela Braithwaite es humillado públicamente. En el bus una mujer inglesa rechaza sentarse a su lado. Él piensa que ella disfruta en secreto: “¡Que perra tan delicada y elegante!”, piensa para sí pero no dice nada. En el metro, al llevar a sus alumnos al Victoria and Albert Museum, dos mujeres mayores bien vestidas empiezan a murmurar acerca de ‘las desvergonzadas jóvenes y estos negros’, hasta que una de las alumnas, Pamela, les grita: “Él es nuestro maestro ¿les molesta?” De nuevo, Ricky permanece silencioso y así mantiene su dignidad. El estoicismo enfurece a su novia blanca inglesa. Cuando van a un costoso restaurant en Chelsea, el mesonero les hace esperar por mucho tiempo y luego, deliberadamente derrama la sopa de él. Gillian insiste en explotar, pero Ricky, asumimos, permanece en la mesa de manera digna, o lo habría complicado todo. Como puede notar el lector esta actitud se basa en pensar que el largo camino de las personas negras hacia la libertad depende de si se piensa en la senda no violenta del Dr. Martin Luther King Jr. o en la manera de Malcolm X (‘a costa de lo que sea’). Hacia el final de la novela, Braithwaite deletrea su filosofía: Dejé claro que…las personas de color en Inglaterra, trabajaban gradualmente por su salvación, notando que no era suficiente quejarse de las injusticias cometidas contra ellos, o confiar en los partidos interesados en agitar a su favor. Trabajaban para mostrar sus méritos, integridad y dignidad a pesar de las fuerzas opuestas a ellos. To Sir, With Love, hoy es principalmente recordada debido a la versión de la película de 1967 protagonizada por Sidney Poitier, la cual actualizó la particular y sorprendente historia de posguerra de Braithwaite en una especie de Blackboard Jungle de los años sesenta con un atractivo tema musical interpretado por Lulú. En una entrevista con Burt Caesar hecha para Radio 4’s, ‘To Sir, with Love Revisited’ (producida por Mary Ward Lovery en 2007) Braithwaite admitió tener sentimientos encontrados acerca de la película, aunque el éxito de esta garantizó que la novela nunca se hundiera en el olvido. Eso le dio alguna seguridad financiera pero aún así la resentía desde las plantas de sus pies, particularmente debido a la traición hacia el romance interracial de la novela, lo cual, sintió él, fue esencial para que el protagonista escapara de su aislamiento. El tema principal de To Sir, with Love tiene que ver con el amorío entre Ricky y Gillian, pero eso no se conocería viendo la película de 1967. Poitier pudo haber sido una de las grandes atracciones taquilleras de su época (‘Guess Who’s Coming to Dinner e ‘In The Heat of the Night’ fueron estrenadas ese mismo año) pero él no era considerado meritorio de ganarse el corazón de los ingleses en la pantalla. Solo tenemos que pensar en la crítica recepción de Ira Aldridge en el siglo 19 y Paul Robeson en el siglo 20 cuando interpretaron Otelo, para entender porqué eso es así. Una novela puede persuadir a los lectores a través de su voz pero en la tarima o en el cine, como Braithwaite lo sabía muy bien, las personas tienden a ver ‘solo la piel’ y no la persona dentro de ella. En la novela, Ricky y Gillian entablan una amistad en la sala de profesores, la cual se desarrolla gradualmente hacia un romance. El principal obstáculo parece ser la preocupación de él acerca del efecto de la sociedad racista sobre ella: ‘¿Por cuánto tiempo sobreviviría nuestra feliz asociación a la malignidad de las miradas que deliberadamente hacían sentir a la mujer sucia, como si hubiese degradado abyectamente no solo a si misma sino a todas las mujeres?’ Mientras tanto ella quiere que él se levante ante los racistas en el metro o en el restaurant. Una vez que deciden casarse, tienen que sobreponerse a la falta de voluntad del padre de ella para dar su consentimiento. Él objeta: “Ustedes pueden tener hijos, ¿Qué pasaría con ellos? Ellos pertenecerán a la nada, nadie los querrá”. Cuando los racistas no se quejaban de que los negros estaban ‘tomando nuestras mujeres’, pretendían estar preocupados por los niños mestizos quienes, argumentaban, no sabrían quienes eran ellos. Braithwaite asegura al padre de Gillian que sus hijos “pertenecerán a nosotros y los querremos”. Pero también prefacia un artículo de fe titulándolo, “Si Gillian y yo nos casamos”. Como To Sir, with Love es una autobiografía ficcional sería muy interesante saber si Braithwaite se queda con su muchacha al final; y lo que ocurre luego. . En cuanto a la precisión de To Sir, with Love, se ha argumentado que Braithwaite planteó todo de manera equivocada. En su memoria autopublicada, An East End Story, Alfred Gardner recuerda haber sido alumno en el salón de clases de Braithwaite: él era un tipo alto, disciplinario sin humor, quien nos transmitía miedo al recurrir al castigo corporal. Aunque eso estaba vetado por el director, en más de una ocasión lo vi golpear a un muchacho’. Puede haberse dado el caso de que la educación estricta de Braithwaite en el sistema escolar colonial le hiciera aparecer un poco victoriano ante algunos de sus alumnos, pero la discrepancia entre el recuento de Gardner de ‘mutuo resentimiento’ entre los muchachos y su maestro y la representación del amor y el respeto en la novela, representa un choque. La novela termina cuando Braithwaite recibe un regalo al partir y una tarjeta titulada “To Sir, with Love”, Gardner asegura que los muchachos lo odiaban tanto que celebraron cuando él se fue de la escuela. Gardner continúa: ‘También había el rumor de que algunas de las chicas mayores a veces se sentían incómodas alrededor de él’. En este punto, uno empieza a desconfiar de la versión de los hechos de Gardner: su insinuación parece tocar el miedo ante la sexualidad superior del hombre negro que era un tema propio del discurso de posguerra acerca de porque los británicos debían mantenerse blancos. Braithwaite parece haber estado consciente de ese miedo e hizo lo mejor por asegurar a sus lectores (de manera divertida) que ‘él sinceramente esperaba no lograr notoriedad especial como atleta de alcoba’. En la novela, Braithwaite sugiere que una de las muchachas, Pamela, siente atracción por su maestro, como a menudo ocurre con las adolescentes. Gillian le advierte de tener mucho cuidado de nunca estar a solas con Pamela. Leer la memoria de Gardner te hace notar cuan fácilmente Braithwaite pudo haber estado falsamente injuriado y terminara en una historia completamente diferente, una versión patricia de Tom Robinson en To Kill a Mocking Bird. Aunque el retrato de Gardner acerca de Braithwaite carece de cumplidos, su recuento de la reverencia de los muchachos por el heroísmo de su maestro parece ser confiable. La novela 'Greendale Secondary School', fue ambientada en la St George-in-the-East Secondary Modern de Cable Street, cuyo director era el carismático e innovativo educador, Alex Bloom (llamado Alex Florian en la novela) quien falleció en 1955. Bloom fue un defensor apasionado de una escuela radical y democrática que no fuera competitiva ni autoritaria y que fomentara el desarrollo individual y el compromiso con la comunidad. En principio, Braithwaite se impresiona con la ética de la escuela: ‘se anima a los alumnos a que hablen y se defiendan’, aunque lo que digan sea ‘alarmante o vergonzoso’; y no hay castigo corporal o ‘alguna otra forma de castigo’. Los alumnos escriben resúmenes semanales de sus lecciones, participan en las reuniones de consejo de escuela y ayudan a decidir sobre sus propios desempeños. Para su sorpresa, Braithwaite descubre que esa educación libertaria no lleva al caos o la violencia en el aula; en lugar de eso los muchachos son motivados a desarrollar una ‘libertad disciplinada’. Él es ganado gradualmente por la filosofía del director: escucha a los alumnos; déjalos bailar (su propia música durante el almuerzo); y enséñales como aprender de sus errores en vez de castigarlos. La escuela St. George fue conocida como la Summerhill del East End; A.S. Neill le dio su aprobación y eso atrajo la atención internacional. El trabajo de Alex Bloom todavía es muy admirado por académicos como Michael Fielding del Institute of Education de la University of London. To Sir, with Love aun tiene mucho que enseñarnos acerca de las clases y la raza en el Londres de la década de 1950, y acerca del sistema educativo de entonces y ahora. Quizás sorpresivamente la gran historia de la Black British Literature, ha ignorado por mucho tiempo a To Sir, with Love. Debe admitirse que Braithwaite no es un estilista brillante: no canta como Selvon ni pica como Naipaul. Pero To Sir, with Love, y la memoria igualmente innovadora de Braithwaite, Paid Servant (1962), acerca de un trabajador social negro contratado para supervisar la adopción de niños negros y mestizos en Londres, cuentan historias importantes nunca antes escuchadas y todavía son noticia. La novela de Braithwaite, A Choice of Straws (1965), narrada por un racista blanco quien mata a un adolescente negro, es misteriosamente previsiva del asesinato de Stephen Lawrence. Braithwaite puede estar totalmente ausente del canon literario inglés pero sus colegas escritores creativos siguen encontrando inspirador su trabajo. To Sir, with Love se convirtió en clásico en 2005 gracias a la novelista Caryl Phillips; la novela fue adaptada para Radio 4 por el guionista Roy Williams con Kwame Kwei-Armah como Ricky Braithwaite en 2007; una adaptación para teatro de Ayub Khan Din fue efectuada en otoño de 2013. Susie Thomas es Editora de Revisiones en The Library London Journal y agradece a Burt Caesar por recomendar el trabajo de Braithwaite. Traducción: Alfonso L. Tusa C. ________________________________________ References and Further Reading Michael Fielding, 'Alex Bloom: Pioneer of Radical State Education' (2005). Available online Bruce King, The Internationalization of English Literature , Oxford History of English Literary History, Vol. 13, 1948-2000 (Oxford UP, 2004). Alfred Gardner, An East End Story (Alfred Gardner, 2002). E.R. Braithwaite, Reluctant Neighbours (New English Library, 1973) Roberto Bangura, writer and director, 'Sidney’s Chair' - on the BFI website and avaliable to watch online Stuart Hall, 'Absolute Beginnings', a review of To Sir, with Love, and Colin MacInnes, Absolute Beginners in Universities and Left Review (Autumn 1959). Here's a link to the article.

martes, 6 de junio de 2017

Sola en la Casa con el Fantasma de Emily Dickinson

Sarah Lyall. The New York Times. 27 de abril de 2017. Amherst, Mass. ¿Importa donde vivía el escritor? ¿Pueden la creatividad y la inspiración insinuarse en un espacio físico, convertirse de alguna forma en parte de la atmósfera? ¿Cree usted en fantasmas? Es imposible no pensar en esas cosas cuando se visita el Emily Dickinson Museum, el cual incluye la casa donde Dickinson pasó la mayor parte de su vida, con su mente feroz merodeando, produciendo su profunda y enigmática poesía. Quizás más que la mayoría de los escritores, Dickinson es asociada estrechamente con un lugar. No se puede separar a la poetisa de la casa. Una tarde reciente, me encontré sola en la habitación de Dickinson, al haber pagado 100 $ por la oportunidad de pasar una hora allí. (El precio actual es mayor; las personas también pueden pagar por dos horas o ir con un amigo). Fue uno de esos días. Viaje por tren y taxi desde Nueva York, mis nervios estaban un poco tensos, mi cabeza zumbaba, preocupada por estar retrasada, revisaba mi teléfono compulsivamente. Y ahora estaba ahí, en un lugar relacionado con el pasado de hace mucho tiempo, trataba de ordenar mis pensamientos, mi bolígrafo apuntaba a una página en blanco de mi cuaderno. Debido a que Dickinson pasó mucho tiempo y fue muy productiva aquí, la habitación tiene una particular resonancia para los académicos y amantes de su poesía. Varias docenas de personas han trabajado (o quizás solo se sentaron) solas ahí por una hora o dos desde julio pasado, cuando el museo empezó a ofrecer visitas privadas, dijo Brooke Steinhauser, la directora del programa. Tienden a llegar con mucha pasión por la poetisa y se van con una nueva comprensión del lugar de ella en sus vidas. “Quería saber lo que es pasar un tiempo en esa habitación”, dijo Lanette Ward, 70, maestra retirada de inglés de Atlanta quien admira tanto a Dickinson que llamó Emily a su hija. Escribió allí por dos horas al final de una tarde, mientras el día se convertía en noche y una réplica de uno de los famosos vestidos blancos de Dickinson, exhibidos en la habitación, empezó a tomar un significado especial. “Oh si, me sentí cerca de ella”, dijo Ms. Ward por teléfono después. “Fue mágico para mí, fue como estar en el santuario de Emily Dickinson”. Ella no había planeado escribir nada en particular, pero lo que emergió, dijo ella, fue el inicio de “un cuento de realismo mágico muy gótico sureño, algo acerca de un vestido animado que empieza a moverse”. María Arenas, una estudiante de 20 años de edad de la University of Massachusetts, Amherst, visitó la habitación el 2 de diciembre, para disfrutar el regalo de cumpleaños sorpresa que le dio su familia. Su padre fue al pueblo a llevarla. “Él fue my misterioso con eso”, dijo Ms. Arenas. “No dijo donde me llevaba, y luego me entregó un bolso pequeño con un cuaderno y varios lápices, cuando llegamos al centro de Amherst”. Instalada en su lugar, ella dejó volar su mente y notó que Dickinson invadió sus pensamientos. “Empecé a escribir cualquier cosa que se me ocurriera”, dijo ella. “Terminé escribiendo un cuento acerca de un pez. Era muy interesante”. Para prepararme para esta experiencia, vagué a través de la casa, la cual está siendo restaurada más o menos al estilo que lucía cuando Dickinson vivió allí hasta su muerte en 1886. La habitación está de vuelta en su antiguo estado, aunque varias piezas del mobiliario, como el escritorio y la mesita de escribir que era tan importante en el trabajo de Dickinson, son reproducciones. (Los originales son propiedad de Harvard). Por alguna razón, la cama individual de Dickinson, hecha de una preciosa madera oscura, parecía particularmente atractiva y evocativa. Hay fragmentos de poemas de Dickinson dispersos a lo largo de la casa, leí algunos, “A chilly Peace infests the Grass” y “I dwell in Possibility”, para entrar en sintonía. La mayoría de las personas se había ido de la casa, yo estaba sola en el segundo piso. El sonido de las personas murmurando abajo empezó a disminuir junto con los ruidos del exterior, como ocurre en las horas pico en Amherst, sube y baja. La luz estaba cambiando, y me sentía diferente. Aun si eres afortunado lo suficiente para tener una habitación propia, como escribió Virginia Woolf en su elegante manifiesto, y esto aplica tanto para escritores masculinos o femeninos, no hay garantía de que serás capaz de suprimir la cacofonía de tu cabeza. Es difícil encontrar un lugar tranquilo para pensar con claridad. Llegué con una mente inquieta, había un proyecto truculento en proceso, en una situación personal aun más truculenta. Había dejado mis bolsos con los equipos electrónicos en otra habitación, todo lo que tenía a disposición era algunos lápices que me había facilitado la oficina del museo, un par de poemas de Dickinson y mi cuaderno. Barbara Dana, actriz y estudiosa de Emily Dickinson quien recorrió el país durante cuatro años y medio con la obra de teatro unipersonal “The Belle of Amherst”, pasó dos horas en la habitación en septiembre, trabajando en una memoria acerca de un momento difícil de su vida. Dijo que eso le ayudó a fraguar una cercanía que había sentido por la poetisa desde hacía mucho tiempo. Aunque para lo que no había estado preparada, era para lo agitada que se sentiría. “Esto va a sonar raro”, dijo Ms. Dana, quien tiene 76 años de edad. “La sentí intensamente allí. Empecé a trabajar. Le dije, que tenía dificultades para hacer esa memoria. Lo dije en voz alta, muy quieta ‘Necesito su ayuda’. Y mientras escribía sentí su apoyo, y pensé, ambas somos escritoras. Nunca antes me había permitido pensar de esa forma”. Llegué sabiendo menos de Dickinson que Ms. Dana. Planeé absorber la atmósfera y tal vez meditar un poco, tratar de imaginar la habitación en el siglo 19. Tenía listo el cuaderno para registrar mis observaciones. Lei un poema de Dickinson en voz alta, en un murmullo, tratando de caer en sus cadencias y absorber su significado. Cerré mis ojos. Estaba muy cansada. Lo que ocurrió a continuación también va a parecer extraño. Me invadió una calma, y fui tomada por un foco incisivo, que invitaba a escribir. Hice algo que no había hecho desde la escuela primaria y que nunca ha sido de mi conformidad: Empecé a componer un poema. Lo que salió no fue muy bueno, pero no era terrible, de todas formas ese no era el punto. El punto era que eso salió de mi interior, ese surgimiento de emoción y lenguaje. Me estaba expresando de una manera completamente nueva. Los pensamientos se derramaron en orden y no se solaparon. No dejé de pensar. No dejé de escribir hasta que Ms. Steinhauser vino una hora después y me dijo que era hora de salir. Eso fue espeluznante. Sobrenatural. Se sintió como si el tiempo no hubiese transcurrido para nada. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 5 de junio de 2017

Luego del Divorcio, le Damos a Nuestros Hijos la Custodia del Hogar,

Beth Behrendt. The New York Times. 30 de mayo de 2017. La Salida Nocturna de los Padres de Cuarto Grado está en pleno apogeo. Estas reuniones solo para adultos, al estilo circunstancial con muchos cocteles, son una tradición en la escuela de mi hijo. Una nueva pareja se presenta y hablamos un poco entre copas de vino mientras veo venir la pregunta inevitable. Ahí está, la esposa mira alrededor de la habitación. “¿Quién es tu esposo?” Estamos divorciados, explico. Él está con los muchachos esta noche. Vivimos en una ciudad pequeña y tradicional del medio oeste. Las personas del medio oeste no son buenas para compartir. Nos ponemos muy nerviosos al referirnos a lo personal. Por lo general, tan pronto como digo divorcio la conversación rápidamente cambia hacia un tópico menos vergonzoso. Como..’¡que tal van los Colts!’ Pero la esposa se inclina curiosa. “¿Entonces los niños viven con ustedes? ¿Cuál es su acuerdo?” (Ella no debe ser de los alrededores, murmuro). Intento explicarme. No es que trate de vender algo. He encontrado que mientras más sencilla sea en mis declaraciones, es más fácil que los otros las digieran (los gestos de manos ayudan). “Nuestro acuerdo es algo inusual. Los muchachos se quedan en la casa (las manos juntas frente a mí, las puntas de los dedos se tocan como si sostuviera una gran bola de nieve) y su papá y yo vivimos en apartamentos separados (estiro la mano derecha hacia un lado; luego la izquierda). Entramos y salimos cada semana (traigo la mano derecha hacia dentro; luego la mano izquierda, mientras saco la derecha) para cuidarlos”, (los dorsos de las manos al frente sosteniendo la preciada bola de nieve). Dejo de mover las manos y espero por una reacción. Por el silencio y la expresión confundida a los que estoy acostumbrada. ¿Tiene lágrimas en los ojos? Eso es nuevo. Lo que describo es llamado “nido de pájaros” o “anidar”. Está basado en la idea de que los niños son como pichones y la madre y el padre pájaros, vuelan dentro y fuera del nido para cuidarlos. Eso significa, en términos no ornitológicos, que después del divorcio los niños permanecen en el hogar familiar y los padres se turnan para estar con ellos. En nuestro caso, mi ex y yo tenemos apartamentos donde vivimos cuando no estamos en la casa con los muchachos. Nuestros cambios de guardia en la casa son los miércoles en la mañana y los sábados en la noche. Los muchachos y todas sus pertenencias, ropas, tareas escolares, implementos deportivos, instrumentos musicales, y pilas de remanentes de la infancia, permanecen ahí. Leí acerca de esa idea en el gran libro de Laura Wasser, “It Doesn’t Have to Be That Way: How to Divorce Without Destroying Your Family or Bankrupting Yourself” (“No Tiene que ser de esa Manera: Como Divorciarte sin destruir tu Familia o arruinarte”). Anidar significó una conexión entre los muchachos, papá y yo. Esperábamos que mantener la rutina de la vida diaria tan consistente como fuera posible daría continuidad a lo que pensamos que el divorcio significaría para nuestra familia. Por supuesto, iba a haber cambios. Esperábamos que si la vida de ellos no se sentía muy diferente, eso podría atenuar el miedo y la incertidumbre. Cuando nos sentamos con ellos para decirles que nos ibamos a divorciar, tenían 12, 9 y 5 años de edad, lo primero que dijimos fue: Pero nada va a cambiar para ustedes. Seguirán viviendo aquí. Los ilustramos con escenarios familiares: Es como cuando papá se va de viaje de negocios por unos días y mamá se hace cargo de ustedes. O cuando mamá va a visitar a sus amigas y papá cuida de ustedes. Cuando nos estábamos divorciando casi no se sabía nada de anidar, al menos en nuestra zona del país. Anita Ventrelli, antigua directora de la sección de leyes familiares de la American Bar Association, dijo que recordaba el concepto de mantenerse a flote de hace 10 años, pero no pensaba que alguien estuviera al tanto de que tan común es eso. “Anidar no es algo que aparezca en los estatutos del divorcio”, notó ella. “Es una solución que los abogados creativos y los padres han desarrollado para aliviar las preocupaciones acerca de la mudanza de los niños. Es algo que a menudo se acuerda fuera de la corte, una criatura de estabilidad, no es algo que los jueces ordenen”. Describir esto a nuestros abogados, terapistas y consejeros financieros, tomó cierta explicación y nos obligó a contestar algunas preguntas difíciles. Decirle a la familia, amigos y maestros de los muchachos requirió aclaratorias y repeticiones (usando los gestos manuales. ¿La pregunta más frecuente? ¿Por cuánto tiempo van a hacer eso? La mejor respuesta que pudimos dar fue, no sé, hasta que decidamos no hacerlo más. Estamos en el tercer año de esto, y nuestra respuesta aun es la misma. Lo cual no quiere decir que esto sea fácil. Hay inconvenientes, seguro, el espacio compartido, las finanzas y hacerme cargo de mis cosas entre la casa y mi apartamento. A las parejas que se proponen anidar. Ms. Ventrelli, socia de Schiller DuCanto & Fleck en Chicago, les sugiere se hagan tres preguntas: “¿Es esto algo en lo que mi ex y yo podemos ponernos de acuerdo? ¿Podemos tener otro lugar donde vivir cuando no estemos en el nido? ¿Podemos trabajar juntos y compartir y cuidar el nido? Si no pueden decir “sí” a estas preguntas, Ms. Ventrelli advierte, “Pueden encontrar que los retos de anidar sean insostenibles, aunque pueda servir como solución a corto plazo hasta que se formalice el divorcio”. Anidar no necesariamente es la respuesta para todos. Pero igual no hay razón para que la única solución tenga que ser el tradicional escenario post-divorcio. En el hogar familiar viven muchas memorias. Si los muchachos siguen viviendo allí, y todos nuestros caminos se cruzan allí, ese es un recordatorio constante para todos. Mientras nuestra narrativa siempre está cambiando, fuimos y seremos nuestra versión de una familia. ¿Qué hay de mi nueva amiga en la fiesta de la escuela? “Dios mío, si mis padres hubiesen hecho algo como eso, todo habría sido diferente”, dice ella, limpiando sus ojos y mirando avergonzada a su esposo y a mí. “Eso fue hace 30 años pero nunca olvidaré como mi hermana pequeña lloraba desconsolada cada vez que teníamos que mudarnos. Era terrible”. De nuevo había lágrimas en sus ojos. “Lo siento, me pongo muy emocional”. “Tranquila”, le digo, mis ojos también se ponen vidriosos. “Me hiciste sentir que lo que estamos haciendo podría de verdad valer la pena”. Beth Behrendt es una escritora independiente de Fort Wayne, Ind., que trabaja en un libro acerca de anidar. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

Mi Vida en las Olas del Oceano.

Michael Hutchinson. The New York Times. 26 de mayo de 2017. Londres.- La carrera de veleros Fastnet, empieza desde Cowers, en la Isla de Wight, al sur de la costa de Inglaterra. Los competidores enfilan hacia el oeste a lo largo del English Channel, pasan alrededor de Land’s End, y atraviesan el Celtic Sea hasta llegar a la desolada Fastnet Rock en el extremo sur de Irlanda. La carrera regresa para tener su meta en Plymouth, Devon, al sureste de Inglaterra. El trayecto le toma a la mayoría de los veleros cerca de cinco días y es uno de los clásicos de las competencias alrededor de la costa, notorio por las aguas picadas y los ventarrones repentinos. En línea recta, la ruta es de 608 millas náuticas. Pero los veleros nunca viajan en línea recta. Cuando se disparó el pistoletazo de partida de la última edición en 2015, el velero donde yo estaba ni siquiera avanzaba. En una calma sin viento, nos movíamos hacia los lados, impulsados solo por la marea. Aún así estaba agradado de estar ahí. No me lo esperaba. De hecho, no había navegado en una década. Pero dos semanas antes de la carrera, mientras estaba estacionario en el tráfico londinense una tarde, mi teléfono se iluminó con un mensaje de texto: “¿Quieres competir en Fastnet?” El mensaje venía de un número desconocido. Respondí de inmediato, “Si”. Después de un momento, seguí con, “¿Quién eres?” Y entonces, poco después, “De todas formas iré, no me importa quién seas”. Me moría por participar en Fastnet, había sentido eso por años. Cuando crecía en un pueblo pequeño de Irlanda del Norte, navegar era todo mi mundo. Era el tipo de maníaco que solo puede ser un muchacho. Pasaba mis veranos apurando un bote de madera en Belfast Lough, el estuario donde la ciudad aun lanzaba sus efluentes. Pasaba mis inviernos calafateando y barnizando mi velero hasta que brillaba con luz dorada, esperando que regresara el verano y sus olores violatorios. Memorizaba el contenido de las revistas y libros de velerismo. No había nadie de 10 años de edad mejor capacitado o más dispuesto, para charlar de meteorología, dinámica de fluidos y, en particular, de las carreras clásicas en el océano. Siempre sentí la Fastnet como si fuese parte de mí. Aun 30 años después, quería navegar alrededor de esa roca. La misteriosa invitación había venido desde una mujer llamada Tessa Walsh. Ella había sido parte de la última tripulación de velerismo con la que yo había navegado, pero casi no la había visto desde que el dueño de ese velero lo vendió, en 2007, y la tripulación se había desbandado. Esencialmente, había sido privado de mi diversión. Ms. Walsh había encontrado un nuevo dueño, quien buscaba el último integrante de una tripulación de ocho miembros para un velero de 38 pies, yo fui el primero de sus contactos en responder. (Incidentalmente, los veleristas hablan de los dueños como si estos fuesen los amos de la tripulación también: “Nuestro dueño dijo que no podemos tomar cerveza”. “¿Verdad? Nuestro dueño nos deja hacer casi todo”.) Nuestra nueva dueña se llamaba Flic Gabbay. También era la dirigente y la navegante. Eso significaba que durante la carrera, ella dormiría no más de cerca de una hora en determinado período. Su reto era encontrar la ruta más rápida: tomar decisiones sobre si deberíamos tomar rumbo al norte y bordear la costa, seguir la marea pero lejos del mejor viento. O enfilar hacia el sur, hacia el canal abierto. El viento podía ser mejor, pero la ruta era más larga y la marea podría estar en contra. Los cambios de vientos y corrientes marinas significan que el campo de juego del velerismo está variando constantemente. Es como manejar una bicicleta: si tomas la ruta correcta viajaras en bajada todo el tiempo. Esas cosas en una escala más pequeña, eran las preocupaciones de mis veranos juveniles. Oía que los buenos veleristas podían ver el viento. Pasaba horas sentado al fondo de un muelle mirando hacia el mar, tratando desesperadamente de ver al aire moverse. Entonces alguien me dijo que había entendido mal. No ves el viento, dijo él, lo olfateas. Así que agregué la hiperventilación a mi rutina. Eso no ayudó. El viento venía, se iba. Todo era una sorpresa para mí. Pude haber estado obsesionado, pero eso no implicaba una habilidad real. Parecía empeorar con la práctica. Yo era un chico intratablemente serio. Si pudiera, hubiese tenido bigote y fumado pipa. Mientras más lo intentaba, y los surcos se acentuaban en mi pequeña frente, me hacía más inútil. Establecía grandes estrategias basadas en las distantes formaciones de nubes y las fases de la luna. Pero en las competencias, era dado por muerto por los muchachos quienes solo se concentraban solo en timonear. Aún así me gustaba mucho navegar. Solo era feliz con un bote moviéndose bajo mis pies. Para el momento cuando nuestro velero llegó a Land’s End el segundo día, era claro que mi maldición nos había acompañado, y no estábamos ganando nada. El viento que había inflamado nuestras velas una hora después de la partida se había disipado, y permanecíamos en calma bajo un sol traspasante. Fuimos desafortunados, los veleros que estaban una milla o dos delante de nosotros tuvieron otras condiciones climatológicas, y ya se acercaban a la roca. Ms. Gabbay pasó horas frente a su laptop, tratando de bajar alguna información del viento de alguna parte. Nueva tecnología, la misma vieja frustración. Nada ayudó. Pasaron casi 24 agonizantes horas antes que el viento regresara. Cuando lo hizo, finalmente salimos del canal y entramos al Celtic Sea. Las condiciones eran diferentes, porque ese mar es parte del océano Atlántico. Grandes corrientes de aire soplan a ritmo lento. Las disfrutaba. Me abstraía por una o dos horas mirándolas, me mecía con las subidas y bajadas y escuchaba como pasaban. Lo mejor de todo era cuanto había olvidado. Toda la información técnica acerca de la nubes y otras particularidades, como el albedo de la costa, una medida de como la radiación solar reflejada influye sobre la dirección del viento en las tardes, se había ido. Asumí el papel de timonel. Todos esos años en botes no habían sido totalmente en vano. Ahora que los asuntos difíciles de navegación se habían convertido en el problema de Ms. Gabbay, encontré que yo podía pararme detrás del timón para forjar un paso rápido a través del mar picado por horas hasta el final, sin pensar en nada. Estaba hipnotizado. Rodeamos Fastnet Rock de día, la tarde del cuarto día. Me había preocupado que pudiéramos hacerlo de noche, y no ver nada, Apareció escarpada y alta, gris y desolada, con un faro a un costado. Ese es el segundo faro de Fastnet. Del primero solo quedan escombros, sobre una fundación de concreto que tenía el aire siniestro de una fortificación abandonada. Era un lugar poco acogedor. Aun después de todos esos años de imaginar este momento, tenía un gran deseo de abandonar. En el viaje de vuelta, el viento reapareció. Timonear se hizo más difícil: Tuve que mover con precisión el timón sobre las olas para desplazar el bote de cinco toneladas como una tabla de surf. Luego lo mantuve a flote en el valle de las olas antes de perder el control. Si eso hubiese ocurrido, el bote se hubiese ido de lado, las velas se hubiesen contraído y todos hubiéramos quedado colgando. Sobre una ola grande, maniobré justo a tiempo. Pasamos volando por su frente. Todos en la cubierta soltaron exclamaciones, y alcanzamos una marca de velocidad. Un par de minutos después, me equivoqué, y un muro de agua verde barrió la cubierta y nos arrastró. Todo esto ocurrió no solo durante el día, sino también a través de las horas de oscuridad, cuando nuestro pequeño mundo terminaba en el borde de la cubierta. Tripular un bote pequeño desde la aurora anaranjada hasta el atardecer gris, a muchas millas de tierra firme, es una experiencia extraordinaria en su intensidad. Mi Fastnet fue como una época fuera de lugar. Cinco días que se sintieron como que venían desde otro universo, cinco días tan plenos que sacaron mi vida de mi cabeza. Y todo lo que pensé fue donde estábamos, como nos iba en la carrera, que podíamos hacer para que el bote avanzara más rápido. Intercalado, solo ocasionalmente, con cuanto frío sentía, que tan mojado estaba, y cuan cansado. No quería que la carrera terminara. ¿Por qué, me pregunté, la carrera terminaba en Plymouth? Habríamos tenido otro día o dos de carrera si hubiéramos seguido por el canal hasta Cowes. Había logrado una especie de balance.: En velerismo por lo menos, estaba obteniendo de la vida, todo lo que había invertido en ella. Aún habiendo perdido toda esperanza respecto a un buen resultado general, las últimas horas fueron las mejores. A las 2 de la madrugada, con las luces de Plymouth a la vista y a una hora de llegar a la meta, apareció una escuela de delfines. Dejaban surcos fosforescentes en las aguas negras mientras nadaban en parejas junto a nosotros, antes de sumergirse bajo la quilla. Dos más llegarían para ocupar su lugar, girando y centelleando. Eso fue metafórico, nosotros ocho avanzando hacia la meta rodeados por delfines saltando. Mi yo de diez años, con bigote y pipa, los habría ignorado, para evaluar el efecto de la fuerza Coriolis en las velas. Felizmente, resultó que me había hecho más joven en los años sucesivos. Terminamos en el lugar 186 en una flota de poco más de 300 veleros. Tristemente, pienso que no haré la carrera de nuevo en el futuro cercano. A menudo pienso en Fastnet, aunque; eso se ha convertido en una memoria muy pesada. Tarde en la noche, o en los vuelos fastidiosos, todavía me gusta sentir ese oleaje del Atlántico mecerme hasta dormir. Michael Hutchinson, escritor y columnista de Cycling Weekly, es el autor de “Missing the Boat: Chasing a Childhood Sailing Dream” y más recientemente, “Re:Cyclists: 200 Years on Two Wheels”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.