lunes, 29 de diciembre de 2014

La palabra cobertizo

Colum McCann. The New Yorker. Cada vespertina, cuando mi padre llegaba a casa de su trabajo como editor de artículos en un periódico de Dublin, desaparecía en su cobertizo de escritura. Para llegar allá había que encogerse a través del cajón del carbón, la podadora de grama, latas de kerosene y pintura y viejas piezas de bicicleta. El cobertizo siempre olía a humedad, como si la lluvia se hubiese escapado de la alfombra. Los estantes de libros se inclinaban. El techo bajo y crujiente tenía una luz opaca con un sombrero de un gris de nube irlandesa. Desde la casa, yo podía oir el tic-tac del tipeo con dos dedos. El estallido de la campanita. El rugido del rodillo que avanzaba la página. Todo sonaba como una débil forma de aplauso. Los libros de mi padre, "The World of Sean O'Casey", "The Wit of Oscar Wilde", "All the World's Roses", "The Fighting Irish", descansaban sobre la mesa de café en lo que llamábamos la sala D & D: reservada para lo inerte y dignificado. Los libros no significaban mucho para mí. Yo quería ser lo que querían los otros chicos; futbolista profesional. En su juventud, mi padre había sido portero de futbol semiprofesional. Nada del otro mundo. Era suplente en el Charlton Athletic, en Londres, le pagaban diez chelines y 6 peniques semanales. Lo que él recordaba más era tener que pulir los zapatos de los jugadores regulares, y barrer los excrementos de rata de la cantina en la mañana. Nunca jugó en el primer equipo, pero no lo veía como un fracaso, sino como una aventura con limitaciones. Regresó a Dublin, tuvo una familia, y empezó a escribir. Una noche de invierno, cuando yo tenía nueve años de edad, él vino a mi habitación, con un paquete de papeles bajo el brazo, algunos de ellos de un metro de largo. "Como Kerouac, él usaba largos rollos de papel industrial en su Olivetti). Era una copia al carbón de lo que había estado escribiendo durante las semanas recientes: un libro para niños titulado "Goals for Glory". ("Goles de Gloria") "¿Te atreverías a leerlo? Dime si es horroroso o no". Lo leí a velocidad de relámpago. Georgie Goode era un infeliz muchacho gitano, de quince años, con cabello negro largo. Él pasaba alrededor de las tierras bajas de Inglaterra en una caravana caótica, con un padre que algunas veces estaba ahí, y otras no. Georgie no tenía dinero para comprar botines de futbol, por lo que se resbalaba en el lodo con sus zapatos de goma. Este era el tema del mito de los niños, Georgie tenía visión para encontrar la red y un pie izquierdo cual relámpago, pero todo parecía previsible. Años después, leería a James Joyce y reconsidetré la idea de que la literatura podría "recrear la vida fuera de la vida", pero en aquel entonces lo que me impactaba era que del destartalado cobertizo de mi padre pudiera emerger otro muchacho, tan real para mí como el polvo acumulado en mis propios botines de futbol. Esto era un nuevo territorio: el imaginado regreso a la vida.. La máquina de escribir de mi padre me sonaba diferente a hora. Más y más, me desaparecí entre los libros. Cuando "Goals of Glory" fue publicado, el año siguiente, llevé la portada a la escuela. Mi profesor, Mr. Kells, leía un capítulo entero en voz alta cada tarde de viernes, el momento de la semana escolar cuando todos están pendientes de escapar. Nos sentábamos en nuestro salón prefabricado y esperábamos por él. En el último capítulo, el equipo de Georgie tenía que vencer al equipo rival, Dale Rovers. A Georgie le habían regalado un par de botines de futbol nuevos. Se decidiría el campeonato. Yo ya conocía el desenlace, pero mis compañeros de clase no. Estaban empinados en sus pupitres. Por supuesto, Georgie comenzó el juego muy mal, y por supuesto se adaptó a sus botines nuevos, y por supuesto su padre llegó tarde para animarlo, y por supuesto la tristeza crecía, como siempre lo hace en una buena historia. Nunca olvidaré a Christopher Howlett, mi compañero de asiento pelirrojo, saltando como en una oración ante un ataque aereo, mientras Mr. Kells se acercaba a la página final. Georgie marcó el gol de la victoria. El salón de clases hizo erupción. El niño del cobertizo de mi padre, esa maraña de cabellos que había salido detrás de una cinta de máquina de escribir, salió con nosotros fuera del portón de la escuela, hacia Mart Lane, a través del estanque, y hacia el campo detrás de Dunnes Stores, donde, con un pesado balón de cuero en nuestros pies, todos nos convertimos en Georgie, por lo menos por uno o dos minutos. Tal euforia pocas veces dura, pero la nostalgia por ella permanece. Mi mundo había cambiado lo suficiente para saber que trataría de escribir sobre un personaje, no un Georgie, pero quizás un padre, o un hijo. Pocos años después, cuando yo era adolescente, mi padre me sentó en el cobertizo y recitó, de memoria "This Be the Verse" de Philip Larkin: "Tus padres te la hacen pasar mal/ Ellos pueden decir que no, pero lo hacen". Y supe lo que él trataba de decir, pero también sabía que algunas veces, solo algunas veces, el padre que tienes es el padre que quieres. Tarducción: Alfonso L. Tusa C.

martes, 23 de diciembre de 2014

Joe Cocker fallece a los 70; estrella del rock de voz ronca con movimientos distintivos.

Ben Sisario. 22-12-2014. The New York Times Joe Cocker, el cantante británico de voz grave que se convirtiera en uno de los intérpretes de música pop más reconocidos hacia finales de los ’60 y en los ’70 con versiones apasionadas e idiosincráticas de canciones como “With a little help from my Friends” de los Beatles, feneció este lunes 22 de diciembre en su hogar de Crawford, Colo. La causa fue cáncer de pulmón, dijo su agente, Barrie Marshall. Mr. Cocker había sido un cantante a destajo en Gran Bretaña buena parte de los ’60, se construyó una reputación de ejecutante de versiones muy emotivas a toda garganta de canciones de Ray Charles y Chuck Berry. Pero solo se convirtió en sensación luego de su versión de “With a Little help from my Friends” en el festival de Woodstock de 1969. Su aparición ahí, capturada en la película del concierto “Woodstock”, lo estableció como uno de los vocalistas de música pop más poderosos e irreprimibles. Con su camisa de corbata desteñida y largas patillas empapadas en sudor, Mr. Cocker, entonces de 25 años, jugó con los versos de la canción, “¿Que harían si cantara fuera de tono?/ ¿Se levantarían y se irían?” y se lanzaba en repetidos climaxes, respirando profundo y gesticulando de manera de imitar a un guitarrista en un solo heroíco. En Twitter, Ringo Starr escribió el lunes, “Adios, que Dios te bendiga Joe Cocker, de uno de sus amigos”. En una declaración, Paul McCartney recordó oir la grabación de Mr. Cocker de la canción. “Fue algo impactante, el convirtió la canción en un himno de emotividad”, dijo, “y estuve agradecido eternamente con él por haberlo hecho”. Después de Woodstock, Mr. Cocker viajó mucho y se convirtió en quizás en el intérprete de rock de las canciones de otros, un arte que entonces estaba fuera de moda con el advenimiento de cantantes, compositores y grupos como los Beatles, que escribían su propio material. Sus otros éxitos incluían una versión del sencillo de Box Tops “The Letter” y el patrón “Cry Me a River”, ambos en 1970, y “You are so Beautiful”, en 1975. Su único sencillo número 1 fue “Up where we Belong”, grabado en dueto con Jennifer Warnes para la película de 1982 “An Officer and a Gentleman”, con el cual ganó su único premio Grammy. Casi desde el incio de su fama, Mr. Cocker tuvo dificultades con el alcochol y las drogas. “Si hubiese sido más fuerte mentalmente, pude haberme alejado de la tentación”, dijo en una entrevista el año pasado para The Daily Mail, el periódico británico. “Pero no había rehabilitación entonces, y me sumergí de cabeza. Y una vez que caes en esa espiral sin fondo, es difícil salir de ella. Me tomó años volver a la lucidez”. Sus primeras giras, particularmente “Mad Dogs & Englishmen” en 1970, las cuales fueron documentadas en un álbum en vivo y una película del mismo nombre, fueron negocios ruidosos, llenos de drogas y los excesos artísticos de la era. El equipo de “Mad Dogs” incluía no solo más de 30 músicos, entre ellos el tecladista y compositor Leon Russell y el baterista Jim Keltner, sino también, esposas, hijos y mascotas. A la vez, las contorsiones de Mr. Cocker en escena, se habían convertido para bien o mal, en su marca de presentación. John Bellushi realizó una parodia en “Saturday Night Live” en 1975 que terminó con una convulsión en el piso; el próximo año Mr. Cocker ejecutó “Feelin’ Alright” de Traffic en el show, junto a Mr. Bellushi quien lo imitaba. Cuando le preguntaron por sus movimientos característicos en esecena en una entrevista del año pasado con The Guardian, Mr. Cocker dijo que se debían “a mi frustración por nunca haber tocado la guitarra o el piano”. Agregó: “Es una manera de descargar sentimientos. Me excito y todo sale a través de mi cuerpo”. John Robert Cocker nació el 20 de mayo de 1944, en Sheffield, Inglaterra, y comenzó a tocar batería y harmónica en 1959 con un grupo llamado los Cavaliers. Influenciado por Ray Charles y estrellas de jazz como Lonnie Donegan, pronto se cambió a cantante principal y se renombró Vance Arnold, un nombre inspirado en el cantante de música country estadounidense Eddy Arnold y un personaje de la película de Elvis Presley “Love me tender”. Mientras todavía era un intérprete adolescente, Mr. Cocker había mantenido su trabajo como instalador de tuberías de gas en la East Midlands Gas Board. Le dieron un permiso de seis meses cuando firmó con Decca en 1964. Pero su versión de “I’ll cry instead” de losBeatles y una oportunidad en la gira de Manfred Mann fueron poco exitosas, por lo que regresó a su trabajo en la compañía de gas por un tiempo. La carrera de Mr. Cocker comenzó a tomar forma alrededor de 1965 cuando él y el tecladista Chris Stainton formaron Grease Band, la cual tocaba éxitos de Motown en tabernas alrededor del norte de Inglaterra antes de regresar a Londres dos años después. En 1968, el sencillo delk grupo “Marjorine” lanzado a nombre de Mr. Cocker, se covirtió en un éxito menor, y una versión de “With a little help from my Friends”, con Jimmy Page en la guitarra y B.J. Wilson, de Procol Harum, en la batería, llegó al número uno en Inglaterra. Woodstock hizo de Mr. Cocker una estrella mundial, pero a través de los ’70 su carrera estuvo afectada por problemas con drogas. Él algunas veces olvidaba las letras de las canciones en el escenario, y mientras efectuaba una gira en Australia en 1972 fue arrestado por posesión de marihuana. “Up where we belong” resucitó la carrera de Mr. Cocker en 1982, eso lo llevó a grabar otras canciones para películas, entre ellas “You can leave your hat on” de Randy Newman, en “Nueve semanas y media” (1986) y “When the night comes”, de “An innocent man” (1989), la cual llegó al puesto 11 de Bilboard. Mientras tanto, Mr. Cocker llegaba a millones de seguidores jóvenes porque la versión de Woodstock de “With a Little help from my Friends” fue usada como tema musical de la serie de ABC “The Wonder Years”, que empezó en 1988. Él actuó en Woodstock ’94, en la versión del aniversario 25 del festival. Por todo, Mr. Cocker produjo más de 20 albums, el más reciente fue “Fire it up” en 2012. Le sobreviven su esposa Pam; un hermano, Victor; una hija adoptiva, Zoey Schroeder; y dos nietos. En un concierto en septiembre, Billy Joel llamó a Mr. Cocker “un gran cantante que no está muy bien en estos momentos”. Agregó: “Pienso que él debería estar en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Estoy sorprendido de que no esté allí, pero estoy depositando mi voto por Joe Cocker”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

sábado, 20 de diciembre de 2014

'Vaya, vaya, él es grande’

Era dificil decir quien había Ganado al mirar los rostros magullados del campeón Muhammad Ali y el vencido retador Joe Frazier. Mark Kram. 11-08-2014. Joe Frazier dijo eso de Muhammad Ali, pero su enfrentamiento habìa resultado tan fiero y cruento que la frase podía ser aplicada para ambos. En honor al aniversario 60 de Sports Illustrated, Si.com está reeditando, en su totalidad, 60 de las mejores historias publicadas por la revista. El turno de hoy es para la pieza poética de Mark Kram de Thrilla in Manila, la tercera y final pelea entre Muhammad Ali y Joe Frazier en su trilogía épica. Esta pieza fue publicada originalmente en el ejemplar del 13 de octubre de 1975. Fue solo un momento, deslizándose ante los ojos como el paso repentino de la luz a la sombra, pero largos años después permanecerá como una mirada pura y dinámica de la dura realidad, y si Muhammad Ali pudiera haberse mirado ¿Qué verdad inicial y final habría visto? Él había sido conducido por la alfombra roja por Imelda Marcos, la primera dama de Filipinas, como invitado de honor en el Palacio Malacañang. La música suave flotaba desde la terraza mientras la hermosa Imelda guiaba al inmenso y todavía campeón mundial de los pesos pesados por el largo buffet ornamentado por grandes candelabros. Los dos susurraban, y entonces ella se detuvo y llenó su plato, y mientras él esperaba las llamas lanzaron una chispa de luz sobre el rostro de un hombre que solo pocas horas antes había sobrevivido la última inquisición de sí mismo y su arte. El más loco de los existencialistas, uno de los grandes surrealistas de nuestro tiempo, el rey de todo lo que ve, Ali nunca antes pareció tan vulnerable y frágil, tan penosamente inmajestuoso, tan lejos del universo que reclama como su propiedad absoluta. Apenas podía sostener su tenedor, y levantaba la comida lentamente hasta su labio inferior, el cual había sido golpeado hasta ponerlo rosado. La piel de su rostro estaba opaca y magullada, sus ojos drenados de esa familiar alegría infantil. Su ojo derecho estaba amoratado, empezando a cerrarse, un punto de inminente ceguera ante la luz. Masticaba su comida dolorosamente, y entonces de pronto se alejó de las llamas como si se hubiese dado cuenta de la máscara que usaba, como si una voz interna estuviese riéndose de él. Se encogió de hombros, y el momento se fue. A un par de millas de distancia, en la habitación de un hotel, el hombre que siempre ha demandado respuestas de Ali, que siempre ha acechado al campeón como un lobo, descansa en la semipenumbra. Solo su respiración profunda alteraba la tranquilidad como un viejo amigo que caminase a medio metro de él. “¿Quién es?” preguntó Joe Frazier, levantándose para mirar alrededor. “Quién es? ¡No puedo ver! ¡No puedo ver! ¡Prenda la luz!” Otra luz se encendió, pero Frazier todavía no podia ver. La escena no puede ser olvidada, este buen y galante hombre tendido ahí, acusando los residuos de algo nunca antes visto en un cuadrilátero, una voluntad que lo había llevado tan lejos, y ahora seguramente muy lejos. Sus ojos estaban apenas abiertos, su cara lucía como si hubiese sido pintada por Goya. “Hombre, lo impacté con golpes que hubiesen tumbado los muros de una ciudad”, dijo Frazier. “Vaya, vaya, él es un gran campeón”. Entonces regresó su cabeza a la almohada, y pronto lo único que permanecía era la respiración profunda de un sueño profundo estrellándose como grandes olas contra el silencio. El tiempo puede erosionar aquella mañana larga de drama en Manila, pero para cualquiera que hubiese estado ahí, esas caras regresaran una y otra vez para evocar lo que ocurrió cuando dos de los más grandes pesos pesados de cualquier era se enfrentaron por tercera vez, y dejaron atónitos a millones alrededor del mundo. Muhammad Ali lo describió como fue: “Fue como ver muy de cerca la muerte. Lo más cercano a morir que yo conozca”. La versión de Ali de la muerte empezó alrededor de las 10:45 a.m. del primero de octubre en Manila. Hasta entonces su actitud había sido frívola. Simplemente no aceptaba a Joe Frazier como hombre o como peleador, a pesar de la amarga lección que le había dado Frazier en su primera pelea salvaje. La estética gobierna todas las acciones y conclusiones de Ali; la manera como luce un hombre, la manera como se mueve es lo que interesa a Ali. Para los patrones de Ali, Frazier no era bien parecido como hombre ni tenía la semblanza de estilo como peleador. Frazier era una afrenta a la belleza, para la propia belleza de Ali tanto como para su concepto precoz de cómo un buen peleador se debe mover. Ali no odiaba a Frazier, pero lo veía con la idea de un hombre que no puede lograr algo cercano a la perfección física y profesional. Allá arriba, hasta que sonó el campanazo del primer round, Ali estaba convencido de que Frazier estaba acabado, estaba convencido de que no era más que un cascarón, que tantos golpes a la cabeza dejaron a Frazier como un recipiente de metal para lápices. “¿Que clase de hombre puede recibir todos esos golpes en la cabeza?” se preguntó una y otra vez. No podía encontrar una respuesta. Eventualmente él despreciaba a Frazier como la representación de la estupidez animal. Antes del campanazo Ali estaba concentrado en su esquina, miraba a su entrenador, Herbert Muhammad, y conversaba sin foco. Una vez, mientras miraba una botella de agua mineral en frente de Herbert, dijo, “¿Qué tenemos ahí Herbert? Solo otro día de trabajo. Voy a poner un astazo en la cabeza de ese negro”. Al otro lado del cuadrilátero, Joe Frazier usaba pantalones que parecían haber sido cortados de la indumentaria de un granjero. Estaba oscuramente tenso, saltando arriba y abajo como intentando encender un motor dentro de él. El odio nunca había sido parte de él, pero palabras como “gorila”, “feo”, “ignorante”, toda la crueldad interminable de Ali, habían finalmente mordido profundamente su alma. Él estaba ahí no solamente por la victoria; quería arrancarle el corazón a Ali y luego destrozarlo con sus manos. Uno pensaba en ese momento días antes, cuando Ali y Frazier con sus manejadores entre ellos salían del Palacio Malacañang, y Frazier le dijo a Ali, inclinándose y midiendo cada palabra, “Te voy a sonar ese culo medio desarrollado”. En vehículos rústicos repletos, en taxis diminutos, en limusinas y bicicletas destartaladas, 28000 personas habían llegado hasta el Coliseo Filipino. El sol matinal reverberaba y el mar del sur de China traía un viento ruidoso. Las calles de la ciudad se vaciaron cuando la pelea empezó en la televisión pública. En el ringside, aun cuando había aire acondicionado, el calor apretaba los cuerpos como una cuerda pesada y húmeda. Ahora, el Presidente Ferdinand Marcos un pequeño hombre moreno, e Imelda, hermosa y agradable como si estuviese relajada en un balcón de palacio tomando té, se habían sentado. Fiel a su plan, arrogante y contencioso sobre el valor de un oponente como nunca antes, Ali inició la pelea plantado en el centro del cuadrilátero, lanzando los puños como pistones de una inmensa y magnífica máquina. Mucho más amplio de lo que nunca había sido, la mirada destructiva definía cada uno de sus movimientos, Ali parecía indestructible. Una vez, hacía mucho tiempo, él había sido un pájaro de plumas espléndidas quien escribió en el viento un singular tipo de poesía del cuerpo, pero ahora estaba abajo en la tierra, debido a la cambiante forma de su cuerpo, como muestra de su propia vulnerabilidad, y a los años de exceso. Bailar era para el salón de fiesta, la fiera cacería había empezado. Con la cabeza erguida y desprotegida, Frazier se quedó en la boca del cañón, y la gran pistola rugió una y otra vez. Las piernas de Frazier se arquearon dos o tres veces en aquel primer round, y en el segundo se inclinó más mientras Alí cargaba sobre él con toda su crueldad. “Él no te volverá a llamar Clay”, Bundini Brown, el hombre espíritu, sollozó en alaridos desde la esquina. Para Bundini, la pelea sería un asunto de quien sintiera miedo primero, pero Frazier no tenía miedo. En el tercer round Frazier fue zarandeado dos veces, y parecía que se podía ir en cualquier segundo mientras su cabeza se balanceaba hacia las luces incandescentes y el sudor fluía por su rostro. Ali golpeó a Frazier a voluntad, y cuando decidió hacerlo de otra manera atascó su largo brazo izquierdo en la cara de Frazier. Ali no alargaría esta pelea como lo había hecho en la segunda. El árbitro, un trabajador incansable, no iba a tolerar las agarraderas. Si necesaitaba ganar tiempo, Ali tendría que usar su larga izquierda para desbalancear a Frazier. En el cuarto se vieron señales de cambio. Frazier parecía levantarse del castigo, sus golpes afilados empezaron a entrar mientras se fajaba y se acercaba. “¡Mantente duro con él campeón!” Gritaba la esquina de Ali. Ali todavía tenía al hombre a su merced, y fustigaba su cabeza con furia. Pero al final del round, detectando un cambio y fastidiado, miró a Frazier y dijo: “¡Tonto, idiota!”. Ali peleò todo el quinto round en su esquina. Frazier trabajaba al cuerpo, el golpeteo de sus guantes en los riñones de Ali sonaba como un estruendo. “Sal de esa condenada esquina”, gritaba Angelo Dundee, el entrenador de Ali. “Deja de actuar”, chirrió Herbert Muhammad, agitando las manos y limpiando el agua mineral nerviosamente de su boca, ¿Sabían ellos lo que se aproximaba? Vino el sexto, y había llegado, ese momento especial que siempre buscas cuando Joe Frazier está boxeando. La mayoría de sus peleas han mostrado esto: puedes ir lo más lejos que quieras en ese lugar desolado y oscuro donde late el corazón de Frazier, puedes cercar sus perímetros, puedes ver su cabeza colgando en la plaza pública, puedes incluso creer que lo tienes, pero de pronto comprendes que no. Una vez más el patrón emergió mientras Frazier desataba toda la furia, toda la que ha hecho de él un brillante peso pesado. Ahora estaba adentro ahora, peleaba sobre el pecho de Ali, el lugar donde tenía que estar. Su vieja carta de ataque, esa repentino demonio, su gancho izquierdo, estaba trabajando la cabeza de Ali. Dos ganchos tuvieron efectos de carnicería sobre la mandíbula de Ali, causando que Imelda Marcos mirara hacia sus pies, y el Presidente doblarse como si un puñal hubiese sido clavado en su espalda. Las piernas de Ali parecían buscar el piso. Estaba en serios aprietos, y sabía que estaba en tierra de nadie. Lo que sea que un día pueda decirse de Muhammad Ali, nunca debe decirse que no tiene coraje, que no puede asimilar un golpe. Resistió esos disparos de Frazier, y entonces salió para el séptimo, y le dijo: “Viejo Joe Frazier, ¿Por qué pensé que estabas acabado?”. Joe replicó, “Alguien te contó todo equivocado, niño bonito”. El asalto de Frazier continuó. Para el fin del décimo round la pelea estaba empatada. Ali se sentó en su banqueta como un hombre listo para ser sacado a asolearse. Su cabeza estaba inclinada, y cuando la levantó sus ojos rodaron desde la agonía del cansancio. “¡Echa el resto, campeón!” gimió su esquina. “¡Regresa a tus orígenes una vez más!” En el undécimo, Ali fue atrapado en la esquina de Frazier, y embestida tras embestida llegaba a su cara fundida, de su boca fluían flecos de baba. “¡Señor ten piedad!” Exclamó Bundini. El mundo mantuvo la respiración. Pero entonces Ali hurgó profundo en lo que sea que el es, y aun sus críticos más severos tendrían que admitir que el hombre muchacho se había convertido finalmente en hombre. Empezó a perseguir a Frazier con derechas largas, y la sangre saltó de la boca de Frazier. Ahora, la cara de Frazier empezó a perder definición; como islas perdidas reemergiendo del mar, muchas hematomas aparecieron repentinamente alrededor de cada ojo, especialmente el izquierdo. Sus puños parecían perder su fuerza. “Dios mío”, soltó Angelo Dundee. “Míralo. ¡No tiene poder, campeón!” Ali lanzó las últimas onzas de resolución que quedaban en su cuerpo en el décimotercero y décimocuarto. Le sacó el protector bucal a Frazier en el décimotercero y este llegó hasta la fila de la prensa, y casi lo tumbó con un derechazo en el centro del cuadrilátero. Frazier ahora ya no estaba al acecho. Estaba ido, con sus manos abajo, y mientras sonaba la campana del décimocuarto round, Dunde empujaba a Ali diciendo, “¡Él es todo tuyo!”. Y lo era, porque Ali lo atacó con nueve derechazos seguidos. Frazier no estaba captando los golpes, y mientras regresaba a su esquina al terminar el round el árbitro Filipino lo guió parte del camino. “Joe”, dijo su manejador Eddie Futch, “Voy a parr esto”. “No,no, Eddie, no me puedes hacer esto”. Rogó Frazier, su lengua gruesa apenas pronunciaba las palabras. Él empezó a levantarse. “No podías ver en los últimos dos round”, dijo Futch. “¿Qué te hace pensar que vas a ver en el décimoquinto?” “Le quiero ganar, jefe”, dijo Frazier. “Siéntate hijo”, dijo Futch, presionando su mano sobre el hombro de Frazier. “Se acabó todo. Nadie olvidará lo que hiciste aquí hoy”. Y así será, por una vez más Frazier llevó al niño de los dioses al infierno y lo regresó. Después de la pelea Futch dijo: Ali peleó con inteligencia. Conservó su energía, ahorrándola cuando debía. Puede hacerlo debido a su estilo. Era principalmente una pregunta de anatomía, eso es todo lo que separa a estos dos hombres. Ali es muy grande, y cuando se agregan esos largos brazos, bien…Joe tiene que presionar constantemente, y eso tiene su efecto en el cuerpo y el alma de un hombre. Dundee dijo: “Mi muchacho se dejó de cuentos y echó mano a todo lo que tenía. Nunca veremos a otro como él”. Ali se tomó un buen tiempo antes de ser entrevistado por la prensa, y entonces solo pudo decir, “Estoy cansado de ser el juego completo. Hay que dejar que otros peleen. Esta podría ser la última pelea de Ali”. La mañana siguiente en su suite el habló con tranquilidad. “Oi algo una vez”, dijo. “Cuando alguien le pregunta a un maratonista que pasa por su mente en los últimos dos kilómetros, él dice, te preguntas a ti mismo porque estás haciendo eso. Te cansas tanto. Eso te desgasta mucho mentalmente. Te hace un poco insano. Pensaba hacia el final. ¿Porqué estoy haciendo esto? ¿Que hago aquí ante esta bestia de hombre? Es tan doloroso. Debo estar loco. Siempre saco lo mejor de los hombres con quien peleo, pero Joe Frazier, lo diré al mundo entero ahora, saca lo mejor de mí. Te diré que es un gran hombre, y que Dios lo bendiga”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

lunes, 15 de diciembre de 2014

SI 60: El duelo de los cuatro minutos

Ambos hombres terminaron la carrera de la milla en menos de cuatro minutos, pero Roger Bannister cruzó primero la meta por delante de John Michael Landy. Paul O’Neil. Viernes, 08-08-2014. En honor al Aniversario 60 de Sports Illustrated, SI.com está reeditando por completo, 60 de las historias más memorables de la historia de la revista. La de hoy procede del propio primer ejemplar del 16 de agosto de 1954, y reporta lo que ocurrió cuando dos hombres que recientemente habían hecho algo hasta hace poco imposible, correr la milla en menos de cuatro minutos, se encontraron en Canadá. Vancouver, B.C. – El arte de correr la milla consiste, en esencia, en alcanzar el umbral de la inconsciencia en el instante de tocar la cinta de llegada con el pecho. No es un proceso fácil, ni siquiera en una carrera contra el tiempo, que el cuerpo se rebele contra tal desgaste y deba disciplinarse entre la velocidad y la mente. Es definitivamente más difícil en el anfiteatro de la competencia, allí el corredor debe permanecer alerta y dispuesto a pesar de la fatiga y el dolor, su cálculo instintivo del ritmo debe ajustarse al manejo del posicionamiento, y debe administrar las fuerzas para responder al empuje de los rivales antes de recurrir a sus últimas reservas en el trecho decisivo. Pocos eventos deportivos ofrecen una prueba tan enfática del coraje, la voluntad y la habilidad humana para porfiar y resistir por el simple motivo del esfuerzo, esta carrera clásica es un espectáculo de corazones agitados y gargantas apretadas. Pero el mundo de las pistas nunca había visto algo parecido a la “Milla del Siglo” la cual el Dr. de Inglaterra Roger Gilbert Bannister, el alto, explorador de la piel pálida del cansancio humano que fue el primero en romper la barrera de los cuatro minutos, ganó aquí el sábado pasado al australiano dueño del record mundial, John Michael Landy. Esto probablemente no se verá por mucho tiempo. El duelo de los primeros milleros de cuatro minutes, punto cumbre de los cuadrienales Juegos de la Comunidad del Imperio Británico, fue la carrera pedestre más ampliamente elogiada y universalmente contemplada de todos los tiempos. Treinta y dos mil personas se apretujaron y gritaron mientras este evento se efectuaba en el nuevo Empire Stadium de Vancouver, millones lo siguieron con avidez por televisión. También fue la prueba más ferozmente disputada de todos los eventos de la milla. A pesar de la necesidad de cabalgar en las primeras vueltas y de moverse en un campo ocupado por otros seis buenos corredores, Bannister agenció un afilado 3:58.8 y Landy 3:59.6. Por tanto, por primera vez dos hombres corrieron por debajo de los cuatro minutos en la misma carrera. (Y más atrás en el pelotón cuatro otros corredores terminaron por debajo de 4:08, Rich Ferguson de Canadá con 4:04.6. Victor Milligan de Irlanda del Norte con 4:05, y Murray Halberg de Nueva Zelanda e Ian Boyd de Inglaterra con 4:07.2 ambos). El récord mundial de Landy de 3:58, había sido establecido siete semanas atrás en el frío crepúsculo nórdico de Turku, Finlandia, se mantuvo vigente cuando se rompió la cinta. Pero los corredores solo son probados en las carreras por sus pares. Cuando la milla de cuatro minutos fue sacada del laboratorio y tratada en el campo de batalla, Landy fue vencido, hombre a hombre, y Roger Bannister se consagró como el gigante de las pistas modernas. Pocas veces un evento ha opacado completamente a un colorido y gran carnaval deportivo como los Juegos del Imperio de este año. Los Juegos Olímpicos en miniatura del Imperio, para los cuales Vancouver construyó su estadio de 2.000.000 de dólares, un velódromo de ciclismo y una magnífica piscina habrían sido notables solo por la belleza marina y montañera en las cuales fueron desarrollados. Fueron resaltados por la vista forrada de escarlata del Seaforth Highland Regiment en desfile, por la presencia del Mariscal de Campo Británico Earl Alexander de Tunis, y, aun más excitante, del alto y bien parecido esposo de la Reina Elizabeth, Philip, Duque de Edimburgo. Durante siete días de competición 20 de 27 records de los juegos fueron rotos solo en eventos de pista y campo, e Inglaterra, por virtud de sus incomparables corredores de fondo, se fueron con la cuota de gloria del león (marcando puntos no oficiales: Inglaterra 514-1/2, Australia 363-3/4, Canadá 339, Sudáfrica 260-3/4) y mostró al mundo una tremenda fuerza nueva. Los turistas canadienses y estadounidenses estaban extasiados ante la rudeza con la cual los ingleses dejaron a sus opositores en el piso en carreras que exigían vigor y aliento. Ellos colocaron uno, dos, tres en la carrera de seis millas (ganada por Peter Driver), uno, dos, tres en la de tres millas (ganada Chris Chataway, quien corrió junto a Bannister en la milla de Oxford) y uno, dos, tres en la media milla (ganada por Derek James Neville Johnson). También hubo discusiones y sensaciones. El equipo de ciclismo de Australia protestó que las tácticas inglesas eran indebidas, escandalosas. El campeón mundial de levantamiento de pesas de Vancouver, Doug Hepburn, de estatura mediana y quien pesa alrededor de 150 Kg, mide 22 pulgadas alrededor de los bíceps y tiene la apariencia de un bárbaro terrible, levantó un agregado de 500 Kg con relativa facilidad mientras sus conciudadanos lo miraban orgullosos. La gran lanzadora de bala, la hermosa rubia canadiense, la maestra de Toronto Jackie McDonald, fue expulsada en medio de la competencia por hacer publicidad para la bebida gaseosa Orange Crush. Y la multitud del gran día de clausura en el estadio presenció una de las escenas más dramáticas en la historia de los deportes cuando el campeón maratonista de Inglaterra, Jim Peters, entró a la pista con una milla de ventaja sobre sus rivales pero casi completamente inconsciente de cansancio y desgaste. Peters se cayó tan pronto estuvo a la vista de la multitud, se levantó mareado, tropezó unos pasos y se volvió a caer, hasta que fue llevado a una camilla y por lo tanto descalificado de la competencia. Pero a pesar de todo esto, nada en los juegos se acercó remotamente a la tensión y el drama de la milla. De hecho, la carrera se desarrolló, en medio de una atmósfera mucho más reminiscente de una pelea de campeonato de pesos pesados que de una competencia de pista entre amateurs. Y no era para menos, era obvio que Bannister y Landy se enzarzarían en una suerte de combate de gladiadores, un duelo sin cuartel en el cual ningún otro par de hombres pudo haber estado involucrado antes. A primera vista parecían un par de gladiadores. Como la mayoría de los corredores de fondo ambos lucían frágiles y delgados en ropas de calle. Landy era algo oscuro, cabellos ensortijados, los ojos brillantes de un venado, una voz suave con pequeñas trazas de acento australiano, y un curioso hábito de doblarse hacia adelante y frotar las manos delante del pecho cuando observaba algo en una conversación. Como estudiante en la Geelong Grammar School de Australia (“Una iglesia de la escuela inglesa”, dice su padre con satisfacción, “donde las autoridades exigen a los muchachos, usted sabe”) John desarrolló una pasión por coleccionar mariposas y polillas y una ambición por convertirse en entomólogo (lo cual solventó su padre enviándolo a Melbourne University para estudiar agronomía. Roger Bannister es más alto (1,93 m por 1,86 de Landy), un poco más pesado (77 Kg por 75 Kg. de Landy) y un poco más viejo (25 años por 24 de Landy) pero él también sería el último hombre en el mundo en ser distinguido entre una multitud como un atleta. Es torpe y negligente en sus movimientos corporales; tiene cabello rubio fino, y una voz educada de clase alta británica. La cara es expresiva y se puede iluminar con animación y calidez. Puede usar palabras con precisión y humor, y a veces hasta con una suerte de elocuencia conversacional. Pero escolarmente, es la palabra para el Dr. Bannister. Es así, es un estudiante y uno brillante. Quizás cinco por ciento de los estudiantes de medicina de Londres pasan por sus cursos sin fallar un examen y Bannister estaba entre esa pequeña fracción cuando recibió su título en el St. Mary Hospital de Londres este año. Pero los hombres pocas veces son lo que parecen; Bannister, una persona compleja y de muchas caras, es repelido y fascinado por la agitación de la gran escena deportiva, pero por siete años, se ha manejado estoicamente, como un indio valiente o un hombre escalando el Everest, hacia la milla de cuatro minutos. Así lo ha hecho también John Michael Landy en los últimos cinco años. Ambos hombres se han comprometido en un esfuerzo sostenido y profundo para explorar y empujar hasta los límites más remotos de su resistencia. Ninguno ha sido dirigido por un entrenador, en el sistema casual del club británico, a diferencia del más reglamentado sistema de los equipos universitarios de Estados Unidos, los corredores presumen de ser capaces de entrenarse por su cuenta. Por separado, con medio mundo de por medio, Bannister y Landy llegaron a conclusiones curiosamente idénticas, ambos decidieron que el sobre-entrenamiento y la fatiga son solo mitos y que mientras el cuerpo resiste más, habrá mejor rendimiento. Ambos entrenaban hasta el extremo del esfuerzo supremo (sesiones de entrenamiento de diez a catorce cuartos de milla de 58 segundos con una vuelta caminando entre ellas) lo cual hubiera sobrepasado al atleta promedio de Estados Unidos. Bannister llevó su preocupación sobre los misterios de estar exhausto hasta el mundo de la ciencia cuando era estudiante de medicina en Oxford en 1951. Corría hasta el punto del colapso total en una caminadora casi diariamente, con agujas huecas insertadas en sus dedos para medir el ácido láctico y con una máscara de oxígeno en la cara para darle combustible extra. Tanto en Oxford, y a través de todos sus tres años en St. Mary (donde salía al Paddington Recreation Ground y pagaba tres monedas para usar las caminerías), avanzaba con su gran carga de carreras. Los milleros de cuatro minutos se convirtieron en seres únicos, hombres cuyos corazones tienen enorme capacidad y poder y cuyos cuerpos pueden utilizar el oxígeno con una economía fantástica y resistir los embates de la fatiga con éxito fantástico. El pulso de Bannister, que era 65 cuando tenía 17 años, ahora es 45. El de Landy es 50. Pero ahí finalizan sus similitudes. En Vancouver, cuando la presión de la excitación mundial actuaba sobre ellos, y se acercaba el día de la carrera, sus diferencias de temperamento se hicieron obvias. Landy parecía seguro, relajado, sobrado. Bannister se tranquilizó, se fue lejos, se iba a entrenar a un campo de golf. Pero los compañeros de Bannister no se engañaban.”Roger odia la idea de tener que vencer a Landy, de tener a miles de personas esperando que lo venza”, dijo uno. “Pero lo hará. Nadie se mete en tal momento emocional antes de una carrera como lo hace él. Él tiene un resfriado ahora. Sospecho que es psicosomático y sospecho que él lo sospecha, tuvo uno como este antes de la milla de Oxford. Roger puede decirte que ha dormido antes de una carrera, pero no lo ha hecho. Cuando él va a correr, luce como un hombre que va a la silla eléctrica. Hay veces cuando la noche anterior a la carrera él hace sonidos involuntarios, como un hombre que está siendo torturado. Pero Roger es un hombre difícil para la comodidad, si tratas de dársela el te atravesará con la mirada”. Lo que quiera que sea su rutina preliminar, ambos corredores parecían igualmente voluntariosos e igualmente conscientes del estruendo del aplauso mientras calentaban en la grama interna los momentos anteriores a la carrera. Un sol brillante bañaba el estadio repleto. La temperatura estaba alrededor de los 23 ºC, la humedad relativa alrededor de 48%. Solo las brisas se movían sobre la pista, mientras los milleros eran llamados a la línea de salida. Landy, con el verde de Australia, se paró tranquilamente en la primera posición. Bannister, con las barras rojas sobre blanco de Inglaterra, tenía el carril 5, realizó una respiración profunda y entonces se inclinó hacia delante para una salida de pie. Con la detonación del pistoletazo, Murray Halberg, el caballo oscuro de Nueva Zelanda salió adelante con su compañero William David Baillie pisándole los talones. Landy los dejó ir, quería velocidad, pero la quería mantener todo el recorrido, por eso se mantuvo en el cuarto puesto con un paso dócil. Alí se mantuvo por menos de una vuelta. Los fijadores del paso bajaron el ritmo de manera imperceptible, y Landy se movió instantánea y decisivamente hacia el primer lugar. Su estrategia era simple y salvaje, correr los primeros 1500 metros a un paso tan intenso que dejara atrás la famosa zancada de Bannister. Mientras Landy se movía, Bannister también. Landy iba de primero, Bannister segundo al final de la vuelta, el duelo había empezado. “Tiempo de la primera vuelta”, explotó en los parlantes cuando completaron ese recorrido, “cincuenta y ocho segundos”. Entonces también empezó la confusión y el delirio. Esta aumentó cuando Landy se alejó, cinco metros, diez, quince, hacia el final de la segunda vuelta, y Bannister lo dejó ir. “Era algo que me asustaba”, dijo después el inglés, “pero yo creía que él estaba corriendo muy rápido. Yo tenía que administrarme para mi remate final y esperar poder alcanzarlo a tiempo”. El tiempo de Landy era 1;58 a mitad de carrera. El trabajo para una milla de cuatro minutos había sido ejecutado. El pelotón se había desdibujado lejos en el fondo. Los duelistas avanzaban despegados al frente con Landy aún marcando el paso. Pero ahora, metro a metro, fácil, casi imperceptiblemente, Bannister recuperaba terreno. Estaba a muy poca distancia mientras entraban al último y decisivo cuarto en medio de un histérico eco de aplausos. El se mantuvo ahí en la vuelta. A doscientos metros de la meta, Landy hizo su apuesta por la victoria. Pero Bannister se resistió a ser arrollado, y con 90 metros por delante, él decidió alargar su remate. Se puso hombro a hombro, peleó por mantener el paso, sacó cuatro metros de ventaja y corrió de manera estable y estilística a través de un clamor ensordecedor hasta la cinta. Él cayó, con los brazos flotando, las piernas dobladas, en los brazos del director del equipo inglés medio segundo después de concluir la carrera. “Traté de alejarme de él en el final de la última vuelta”, dijo Landy después de terminar de buscar el aliento. “Esperaba que el paso fuera tan rápido que él se reventaría. No fue así. Cuando llevas a un hombre a ese tipo de situación y no se revienta, tú lo haces. De ahí en adelante yo sabía que era cuestión de tiempo. Miré sobre mi hombro izquierdo para ver donde estaba él en la vuelta, y cuando miré otra vez estaba delante de mí”. Él hizo una pausa, sonrió, ladeó la cabeza y agregó: “La tenía”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Dan Blocker: Un Hombre llamado Hoss

Nació en 1928 en De Kalb, Texas en el seno de una familia campesina pobre, Dan Blocker fue grande desde su nacimiento. Pesó 7 kilogramos al nacer, hasta la fecha de este artículo Dan Blocker permanecía como el bebé más grande que hubiese nacido en Bowie County, Texas. Poco después de nacer Dan, la familia Blocker se mudó a Lubbock, Texas, donde el padre de Dan se hizo de un abastos de víveres, y Dan empezó a trabajar en la tienda de su padre desde muy pequeño. A los 13 años Dan fue inscrito en una escuela militar donde destacó en futbol americano y al graduarse recibió una beca por su talento deportivo e ingresó al Sul-Ross State College donde estudió inglés. Sin embargo, el destino alejaría el interés de Dan por el futbol cuando el departamento de drama de la escuela presentó la obra Arsenic and Old Lace. Buscaban un estudiante lo suficientemente fuerte para “mover cadáveres” sobre el escenario, a Dan Blocker le plantearon el papel de Teddy Brewster en la producción. La experiencia frente a la audiencia de pronto avanzó en Dan, quien cambió su carrera de Inglés a Teatro. Se especializó en Shakespeare y Arte Folklórico Estadounidense, Dan se graduó con una maestría en artes dramáticos. Curiosamente, aunque su personaje de Bonanza era el más simple del clan Cartwright, Dan Blocker tenía más educación que todos sus coprotagonistas. Obviamente hace falta un genio para interpretar a un tonto. Luego de graduarse, Dan viajó a la ciudad de Nueva York, donde interpretó a King Lear y Otelo en Broadway. ¿Se imagina a Dan Blocker de gabardina y tirantes? Un último grito de la vestimenta rústica y el sombrero de diez galones con quien estamos familiarizados. Sin embargo su carrera actoral sería interrumpida temporalmente cuando Dan fue llamado por la armada, allì sirvió un período corto en la guerra de Corea. Luego de Corea, Dan regresó a Texas y empezó a enseñar inglés y drama en la secundaria, también se casó con su novia de la universidad Dolphia Parker. Luego del nacimiento de sus dos primeros hijos, Dan decidió estudiar su PhD en teatro y mudó su familia a Los Ángeles. Sin embargo, mientras trabajaba a destajo en las noches, el dinero pronto se convirtió en un problema. Fue entonces que Blocker se enteró que la serie de vaqueros de televisión, de corta vida, Sheriff of Cochise estaba buscando un hombre grande como actor invitado. Al ser perfecto para el personaje, la actuación de Blocker en Sheriff of Cochise le llevó a varios roles como invitado en otras series vaqueras televisivas, incluyendo a Have Gun – Will Travel, Maverick, Cheyenne, The Rebel, The Rifleman y Wagon Train. Al ser capaz de llevar un cheque de pago y poner comida en la mesa, Dan decidió dejar sus estudios, conseguir un agente y hacer carrera en la televisión. Prefería la televisión al cine, los papeles de Dan en el cine eran lejanos e intermedios durante su primer período en Hollywood, aunque se ganó algunos papeles sin crédito en un número de películas para el olvido. Continuando en la línea vaquera, Dan interpretó a un herrero en Black Patch y a un barman en Gunsight Ridge. También interpretó a un barman en un drama de crimen grado-B llamado The Girl in Black Stockings. Sin embargo, una aparición en un corto de Joe Besser llamado Hook a Crook le llevó a su papel en un corto de tres partes llamado Outer Space Jitters en el rol de un zombie prehistórico. A pesar de que el papel tenía poco que ver con los roles de Shakespeare que interpretaba en Broadway, Outer Space Jitters fue la primera película en la cual Dan recibió un crédito en pantalla. Desafortunadamente ellos escribieron mal su nombre y fue acreditado como “Don” Blocker. Afortunadamente, Dan sería capaz de dejar atrás las películas B y los cortos de variedades, rápidamente encontró la fama y la fortuna en 1959 cuando fue probado como Eric “Hoss” Cartwright en Bonanza. Coprotagonizaban Lorne Green, Parnell Roberts y Michael Landon, Bonanza narraba el drama semanal de Ben Cartwright y sus tres diferentes hijos, mientras ellos tendían a la acción y el drama alrededor de su rancho de mil acres, La Ponderosa. Aunque la serie empezó lenta en su primera temporada, para 1960 Bonanza se convirtió en un éxito de sintonía y una fija las noches dominicales por catorce temporadas, convirtiéndose en el segundo programa de vaqueros más largo en la historia de la televisión, asi como tener el record por mantenerse entre los diez programas más vistos por doce años, solo la primera y la última temporadas no estuvo entre los diez mejores. El lento pero amable Hoss, quien era un campeón de las causas perdidas, se convirtió en favorito de los televidentes. Con su sombrero de diez galones, Hoss a menudo era el foco de muchas de las bromas de la serie, pero debido a su bonhomía y gentileza, Dan se convirtió en el ícono de la serie. Como siempre pasa con la mayoría de los actores de carácter, Dan tuvo momentos difíciles para separarse de su personaje. Esto tuvo su éxito financiero. En 1963 Dan fue uno de los invitados a la inauguración de La Ponderosa Steak House, la cual rápidamente se extendió por toda Norteamérica. Dan se convirtió no solo en su animador, sino que a menudo hacía apariciones con la indumentaria completa de Hoss Cartwright. Desafortunadamente, también sería forzado a ponerse las ropas de Hoss para otras apariciones en el Show de Johnny Carson, Laugh-In y como una de las primeras celebridades invitadas en Sesame Street. El público adoraba a Hoss, pero casi ni le interesaba Dan Blocker. Este fue el precio que Dan tuvo que pagar por la popularidad de Bonanza. Como resultado de su tiempo ocupado con Bonanza, Dan Blocker raramente participaba en otras producciones. Aun así, hizo algunas pequeñas apariciones en pocas películas. Apareció en Come Blow Your Horn y The Lady in Cement, ambas protagonizadas por Frank Sinatra. Dan también ganó reconocimiento de la crítica como la estrella de su propia película de televisión de 1968 titulada Something for the Lonely Man, donde Dan finalmente fue capaz de mostrar ante la audiencia televisiva el rango completo de su capacidad actoral. Tipificado como un herrero introvertido que se enamora de la maestra del pueblo mientras trata de aprender a leer, un Dan Blocker diferente fue apreciado por la audiencia. Esto desembocó en su propia película Cockeyed Cowboys of Calico County en 1970. Sin embargo, Cockeyed Cowboys of Calico County era una comedia, inapropiada para un actor dramático de la estatura de Blocker, y el resultado no fue el mejor. Dan Blocker también fue la primera escogencia de Stanley Kubrick para interpretar al alcalde “King” Kong en su película de 1964 Doctor Strangelove. Desafortunadamente, el agente de Blocker desestimó la película por ser “muy alocada” y en su lugar Slim Pickens manejó la bomba nuclear en la ahora icónica escena. Dan también fue convocado para interpretar al alcalde Frank Burns en la versión de la pantalla grande de MASH, pero se vio forzado a salir de la película porque interfería con la mudanza de su familia a Suiza en 1970. Crítico declarado de la guerra de Vietnam, Dan Blocker hizo campaña por el senador Eugene McCartney en 1968. Cuando McCartney salió, Blocker apoyó a Hurbert H. Humphrey para la presidencia, pero luego que este fue derrotado por Richard Nixon, Blocker había tenido suficiente de las políticas foráneas de Estados Unidos y mudó a su familia a Suiza en protesta. Al mantener su hogar en Inglewood, Blocker pasó el tiempo viviendo entre Suiza y Los Angeles por el resto de su vida. Desafortunadamente, su vida no duraría mucho. En 1972, durante una operación normal de próstata, Dan Blocker falleció en el quirófano debido a una embolia pulmonar. Tenía 43 años. Al estar entre temporadas, el elenco y equipo de Bonanza estaban impactados y se les presentaba un problema. ¿Qué harían ahora que su personaje más popular estaba muerto? No se podía sustituir a un tipo como Dan Blocker. Había dos opciones. Podían tranquilamente sacar a Hoss de la serie, lo que era lo que generalmente se hacía en esas situaciones, o podían matar al personaje fuera de pantalla, lo cual no tenía antecedentes. Sorpresivamente se decidió que se irían por la segunda opción y Michael Landon escribió un episodio en el cual Little Joe tenía un sentido monólogo relacionado con la muerte de Hoss. A la larga la muerte de Dan Blocker determinó el fin de Bonanza. Los televidentes no podían aceptar un Rancho La Ponderosa sin Hoss y Bonanza rápidamente cayó en las mediciones, por primera vez desde 1960 salió de los primeros diez. El elenco y el equipo de Bonanza decidieron dejarlo hasta ahí, y Bonanza terminó en 1973. Hasta el día de hoy, los episodios sin Dan Blocker permanecen como los menos populares y los menos difundidos. Antes de su muerte, Dan Blocker había sido escogido para interpretar a Roger Wade en la producción de Robert Altman, The Long Goodbye, en la cual Elliot Gould personificaba a Phillip Marlowe. Debido a su muerte, el rol de Wade fue ejecutado por Sterling Hayden, la película fue dedicada a la memoria de Dan Blocker. The Long Goodbye sería la primera aparición en pantalla de otro gigante de la cultura pop en un rol sin crédito, el hombre fuerte, estrella de acción y futuro gobernador de California Arnold Schwarzenegger. El cadáver de Dan Blocker fue enviado a DeKalb, Texas, el lugar de su nacimiento, donde sus restos fueron cremados y guardados en una caja que simplemente dice Blocker. Sin embargo en la vecina O’Donnel, Texas, un recuerdo de Dan Blocker fue erigido en 1973. Un busto de Dan está ubicado en un pequeño parque llamado Heritage Plaza, en el cual una placa lee “Gracias a las películas Hoss Cartwright vivirá, pero muy raramente el mundo mantendrá a Dan Blocker”. Traducción: Alfonso L. Tusa C.