lunes, 4 de mayo de 2015

Entrevista con Ken Buchanan.

27-03-2005 Ken Buchanan pasó momentos difíciles cuando terminó su gloriosa carrera como boxeador pero dice que ahora está contento con la vida. A primera vista no se ve por ninguna parte. “Nos vemos en Moriarty’s”, había dicho. “Estaré ahí a la 1 pm”. El bar está lleno por la hora del almuerzo, el murmullo de voces cuelga en el aire como humo de cigarrillo, y él está camuflajeado entre el tropel de caras ordinarias. Me toma una vuelta alrededor de la habitación para eventualmente divisar una figura que luce familiar, está sentado con otros dos hombres que también dejaron atrás hace rato la mediana edad. Uno está enrollando un tabaco cuidadosamente, el otro estudia su boleto de futbol y el tercero es él. “Hola Ken”. Él salta en la punta de sus pies, impulsado por sus pensamientos. Aún ahora, a sus casi 60 años, los pasos no le preocupan a Ken Buchanan. Su cuerpo es firme y magro y sus ropas parecen apretarlo con fiereza. “Ah, Sonny”, dice él, extendiendo la mano. “¿Te gustaría ir un lugar más tranquilo para hablar?” Él se dirige a una habitación lateral, su estilo de caminar está un poco rígido y desajustado, una o dos personas sonríen un hola o dicen su nombre. Han pasado 23 años desde que él efectuó su última pelea profesional y la vida fuera del cuadrilátero ha sido dura, aunque su reputación permanece intacta. Hay dos Ken Buchanan, uno que vive el día a día, trabajando por casi todo lo que tiene, y el otro suspendido en el tiempo, el muchacho de 25 años que alcanzó su sueño y encontró que lo podía tocar. En 1970 se convirtió en el primer boxeador británico en 55 años, y el único escocés, en ganar un campeonato mundial a domicilio cuando derrotó a Ismael Laguna en Puerto Rico. Defendió el título liviano exitosamente dos veces antes de perderlo dos años después ante Roberto Duran en una pelea angustiante. Peleó en el Madison Square Garden de Nueva York seis veces; compartió un camerino con Muhammad Ali; es el único británico viviente en ser inducido al Salón de la Fama Internacional de boxeo de Nueva Jersey. Él fue desde una casa de asbesto prefabricada de Edinburgo a conquistar el mundo. “¿Para hablar de qué estás aquí? Pregunta mientras se sienta. “Estoy aquí para hablar de tu pelea con Jim Watt. Para hablar de tu carrera. Para hablar de tí, Ken”. Se enfrentaron al anochecer del 29 de enero de 1973, en el cuadrilátero del recién estrenado St. Andrew’s Sporting Club de Glasgow. Watt, un joven de 24 años de Glasgow, defendía su cinturón británico de pesos livianos, ante Buchanan, un tipo de 28 años de Edinburgo, quien intentaba ganar el título por tercera vez. Aunque esa no fue la pelea decisiva de ninguna de las carreras de ambos hombres, más el hecho de que se realizó prácticamente en privado, solo se vendieron 500 boletos, este encuentro aun resuena con significancia. Dos de los boxeadores escoceses más grandes enfrentándose, golpe a golpe. En los preliminares del combate, el preparador de Watt, Jim Murray, caldeó los ánimos con afrentas hacia Buchanan, quién respondió. Se creó un sentido de enemistad en la competencia y esto se reflejó en lo ocurrido sobre el ring. Por 15 vueltas intercambiaron impulsos, pero al final habló la experiencia. Fue el compromiso profesional 48 de Buchanan y el 18 de Watt. El retador se llevó la victoria por puntos. Al final, los dos hombres se abrazaron. “La gente solía pensar ‘Jimmy odía a Ken y Ken odia a Jimmy’, pero esto no tenía nada que ver con eso. Yo solo quería pelear con él porque si ganaba, ganaría el cinturón Lonsdale completo”. “Imagínate esa pelea en el presente”, dice Buchanan, ladeando la cabeza. “Me refiero a que fui un antiguo campeón mundial y Jimmy iba a ser campeón mundial. Ahora nos reimos. Jim lo entiende ahora. Siempre lo vi así”: Un viernes de una semana, dos de los mejores boxeadores actuales de Escocia se enfrentarán para competir por el título británico; Alex Arthur, de Edinburgo, contra Craig Docherty, de Glasgow, por el título vacante del peso superpluma. Esto es un eco desteñido de la pelea de hace 32 años, pero trae una inocultable luminosidad al rostro de Buchanan. “Llamé a Alex”, sonríe. “Me dijo que si pierde correrá desnudo por Princess Street. Le respondí, ‘Mira, si pierdes con Craig Docherty, correré contigo. Y llevaré un palo grande para pegarte en el trasero, también’” Él ríe, un sonido leve que parece frágil. La pelea sera en Meadowbank, Buchanan nunca boxeó en su ciudad. Se pensaba que en Edinburgo no había afición por el boxeo, ni siquiera por un campeón mundial nativo de allí. “Hice 69 peleas en el profesional, 40 en Inglaterra, seis en Escocia y el resto en otros lugares”, dice él. “Supongo que nunca tuve el reconocimiento que tal vez debí tener”. Mientras él baja su café a la mesa, hay una mirada lejana en sus ojos, una visión opaca, como si tuviese que saltar para revisar su pasado. Sus largos brazos rara vez se mantienen quietos y él está incansable en su silla, como si su cuerpo fuese un animal que no siempre puede controlar. Algunas preguntas lo tornan sombrío, otras hacen que sus labios dibujen una sonrisa. Es como si caminara a través de sus memorias, pasa por trechos de sombra y luz. Él todavía asiste a espectáculos de boxeo y siempre es bien recibido por aquellos que entienden la trascendencia de sus logros. Sería interesante saber si él extraña ser figura central del boxeo. “Seguro”, suspira. “Lo extraño”. “He llevado el boxeo en la sangre desde que tenía ocho años y gané mi primer título. Es algo natural”. Fue una serie de eventos en la niñez de Buchanan que convergieron en una firme ambición de hacerse boxeador. Su papá, Tommy, lo llevó a ver The Brown Bomber, una película acerca de la vida de Joe Louis; su tía Agnes le compró un par de guantes de boxeo; y su abuela lo llevó a un espectáculo de boxeo escondido en su abrigo. Se puede sentir que él siempre ha estado desplazándose contra algo, que pelear se le da naturalmente. A menudo se enzarzaba con muchachos mayores que él durante sus días escolares, creció con un sentido de persecución que llevó consigo en su vida adulta. Sin embargo eso era suplementado, con una gran dedicación y un estilo refinado, porque Buchanan poseía un recto de izquierda casi ejemplar y unos movimientos fluidos y rápidos. Con su piel pálida, cabellos arena y pantalones cortos sintéticos, se convirtió en una figura icónica, aunque siempre con un mínimo nexo con el Reino Unido. Su momento más grande llegó en el sofocante calor de una tarde puertorriqueña cuando ganó el título de la Asociación Mundial de Boxeo contra Ismael Laguna, una pelea a la que solo asistió un reportero británico. Entre rounds, Buchanan tenía que aplicar loción bronceadora en su espalda y su papá tuvo que comprar un parasol a un espectador para procurarse alguna sombra, pero él peleó con corazón y precisión para alcanzar una victoria a los puntos. “Debo ser el único tipo en boxear y conseguir un título mundial y un bronceado”, dice con brillo en los ojos. Algunas memorias pueden estar perdidas en el tiempo, pero otras permanecen reales con intensidad. Su próxima pelea fue contra Donato Paduano en Madison Square Garden, cuando compartió camerino con Ali. “Había algo de tiza en un cenicero y el piso era de linóleo o algo parecido, yo dibujé una línea en el medio de la habitación”, dice él, saltando en sus pies. “Imagina esto. Toda la habitación quedó en silencio. Entonces Ali dice, ‘Qué estás haciendo’” Buchanan imita a Ali con el más puro acento estadounidense mientras da pasos adelante y atrás. “Le digo, ‘Bien, este es mi camerino y te permito compartirlo. Ese es tu lado y este el mío’. La boca de mi padre estaba en su trasero, pero entonces Ali empezó a reir”. Otras historias aparecen con facilidad, como su enfrentamiento con Durán. En el décimotercer round, con Buchanan detrás en las tarjetas, el panameño aplicó un contundente puñetazo debajo del cinturón que inhabilitó a Buchanan y lo dejó orinando sangre por días. “En esa época el protector tenía metal y eso me rompió el testículo derecho”, dice él con propiedad. “Hasta el día de hoy sufro dolores por eso, un dolor punzante que sube hasta mi estómago, hasta el ombligo”. Buchanan era el británico de mayores ganancias económicas en 1972, por encima de Jackie Stewart, Mick Jagger y Tony Jacklin, pero un divorcio lo forzó a vender su hotel y una serie de inversiones equivocadas lo forzaron a regresar a la carpintería, su oficio, después de retirarse en 1982. “La gente solía decir, ‘¿Por qué regresas a eso?’ Yo no era lo suficientemente inteligente para hacer algo más, porque todo lo que quería ser era boxeador. Entonces ¿por qué desacreditarme porque me ven con pantalones blue jeans y un cinturón de herramientas en la cintura? Lo que de verdad dolía era cuando la gente decía ‘Ken, botaste todo’. Podría contarte algunas historias de dinero que perdí estúpidamente. Yo confiaba mucho en la gente”. Ahora él vive en la austeridad. A pesar de todas las cicatrices de su rostro, él aún tiene vigor. Cuando él lanza su recto para simular un golpe, no se tiene más remedio que retroceder rápidamente, porque todavía flota con fuerza elemental. Y aunque su cuerpo aún recuerda los golpes que absorbió, es una lesión sufrida fuera del cuadrilátero la que deja el legado más duradero. Mientras estaba en una casa de citas a mediados de los ’90, Buchanan fue asaltado sexualmente, un incidente que él recuerda vívidamente en la biografía que escribió sin la ayuda de ningún escritor. Cuando intentó defenderse, se cayó sobre una cama y se dañó una de sus vértebras. “Por eso no puedo trabajar”, se lamenta él. A medida que pasan los años tengo que tomar más calmantes. Y ellos no son baratos”. Fue valiente revelar en su libro todo lo que había ocurrido. “Tal vez eso sale del corazón”, dice él solemnemente. “Algunas veces cuando se esconden las cosas, es peor. Eso me ayudó mucho. Lo que ocurrió fue ofensivo. Me alegra que eso me ocurrió a mí y no a alguna dama. Yo era lo suficientemente fuerte”. Aunque la vida se le ha venido encima desde que dejó el cuadrilátero, la amargura no ha tomado su alma. Hay momentos cuando él debe sentir que le deben algo más por lo que él logró, pero eso no nubla su apariencia. Todavía hay entusiasmo y esperanza. Si se le pregunta si es feliz. Responde, “Soy muy feliz. Las cosas están empezando a salir ahora. He tenido una buena vida en muchos aspectos”. Mientras nos acercamos a la barra para cancelar nuestros tragos, la encargada ladea la cabeza y le hace un guiño a Buchanan. “No te preocupes Ken, déjalo así”. Entonces él se vuelve a sentar con sus dos acompañantes. De vuelta a la vida que vive ahora. Traducción: Alfonso L. Tusa C.

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